30 Ago

Nepal-Tibet. Capítulo 3: From Lhasa with love

Ni vimos amanecer. El tercer día ya volábamos a Lhasa, capital de Tibet, sin haber visto casi Kathmandu. El vuelo era a las 9, pero las extremas medidas de seguridad nepalíes nos hicieron estar en el aeropuerto a las 6.15. Dil Pahari nos llevó al aeropuerto, como no podía ser de otra manera. Control de pasaporte. Control de equipajes con rayos X, supuestamente. Después te cacheaban a fondo. Después facturación (vuelta a comprobar el pasaporte). Después control de inmigración, rellenando papelitos y sellando visado, y control de pasaporte. Después un control… de rayos X!! Arco de metales. Nuevo cacheo. Tras pasar el control de rayos X, unos tipos registraban a fondo el equipaje de mano, metiéndole mano (después de pasar por dos controles de rayos X, que se antojan un poco inefectivos, si después hay que hacer una revisión manual). Entonces sellan el equipaje para que en el posterior control se sepa que se ha chequeado. Otro control de pasaportes. Después sala de espera. Parece que no hay más controles. Espera no! Cuando te llaman a embarcar, en la puerta de embarque vuelven a cachearte!!!! Y control de pasaportes!!!! Dios! Igual he falsificado mi identidad en los últimos 20 metros de aeropuerto! De mofa! Parece que no se fían de sus compañeros! Por último, como volábamos con Air China, compañía insegura según Iñigorkha, para el que todas las compañías son peligrosísimas, hacían una revisión de olores con un oloroscopio!!! No es como el del profesor Farnsworth, pero casi. Te ponen en fila militarmente y pasan unos algodoncillos por tu mochila, que después meten a una máquina que analiza olores. A esas alturas mi mochila sólo podía oler a manos nepalíes, que la habían estado manoseando toda la mañana.

Sagarmatha desde el aire

Durante el vuelo pudimos ver dos cosas: iñigorkha inmunizándose a las drogas y pasándolas canutas, y la cumbre del Everest asomando entre las nubes. De todo tenemos fotos.

Iñigorkha bajo los efectos de las benzodiazepinas

El aterrizaje en Lhasa nos sorprendió por varias cosas. Por un lado, pensábamos que la altitud nos ahogaría y aplastaría nuestros pulmones, pero la realidad es que todos nos encontramos tremendamente bien. De momento. Por otro lado, el aeropuerto parecía el de una gran ciudad civilizada, no era un cutreaeródromo como el de Katmandú. Y la frontera china fue un ejemplo de agilidad y eficiencia: Nos comprobaron el pasaporte y el visado una vez! Y con eso fue suficiente! Salimos de allí relativamente rápido y fuimos a por las mochilas, donde nos encontramos con un grupo de 4 valencianas médicos todas ellas, que iban a hacer el mismo viaje que nosotros. Excelente, nos íbamos a encontrar casi todos los días con unas tipas que nos podían salvar la vida, y que sin duda llevarían un botiquín importante. Además eran muy simpáticas. Pero el botiquín cuenta :D

Al salir de allí nos encontramos con Gyatso (o Kyatso o algo así, nunca vimos su nombre escrito). El que sería nuestro guía en Tibet era un chavalillo de 16 años con visera girada que se parecía terriblemente a Tapón, el chaval de Indiana Jones en el templo maldito.

[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=i9jBiosg1x4&feature=related] (aquí aprendió nuestro guía lo que valía un peine)

De no ser porque no cuadraba por la edad, habría jurado que era el mismo. Tapón nos guió (para empezar su trabajo), hasta la furgoneta, donde esperaba el driver. Para dejarlo claro, el driver, a lo largo de los 10 días, acabó convirtiéndose en dios. La frase más recurrente era “in driver we trust”. El driver era un señor de 53 años, con la nariz gorda y rara, gesto afable y siempre sonriente, que hablaba 0 inglés, pero era un crack tremendo. Un tipo que siempre mantuvo la calma, que nos sacó de bastantes problemas, y que no tenía ningún tipo de complejo. Un tipo capaz de mantener a un bebé riéndose durante horas, y capaz de arreglar una válvula de paso de gasolina de una Toyota Hiace. Nunca supimos su nombre pero por lo que decían los guías, sonaba algo así como Sin-hielo.

Driver!

El primer sitio que visitamos fue un Buda en una pared, al que había que tirar unos pañuelos para dejarlos encajados en alguna pared. Por supuesto si fallabas era mala suerte. Nosotros no probamos porque éramos unos cutres que no teníamos el típico pañuelo.

Budas formados naturalmente en la roca

El buda, según ellos, estaba formado naturalmente en la piedra, con sus formas y demás, y sólo lo habían pintado. Es decir, nadie había tallado la forma de la nariz, boca, etc…

Hijo, nunca seas tan pantxito como estos spanish.

Tras una hora de camino llegamos a Lhasa, y nos sorprendió bastante lo gran ciudad que es, para lo que había sido hasta hace nada. Entramos en una especie de gran vía de Lhasa y durante unos cuantos kilómetros vimos como la ciudad se extendía por el valle.

Edificios estándar de Lhasa

Neones de comercios chinos

Algo que nos chocó bastante también fue la notable presencia policial, del ejército, de cámaras… Desde el 59, Tibet nunca se ha caracterizado por ser un sitio libre, pero al parecer desde la gracieta de los americanos en el campo base del Everest con su pancartita, la represión se había vuelto completamente leonina. El barrio antiguo de Lhasa, donde se concentra la población propiamente tibetana, además de los templos y centro espiritual estaba atestado de militares. Cada una de las bocas que entraban al barrio desde calles adyacentes tenía entre 4 y 8 militares fuertemente armados. Los tejados estaban llenos de militares vigilando desde la altura. No tenemos ningún testimonio de esto porque Tapón nos dijo que si nos veían tomar alguna foto nos quitarían la cámara y quién sabe qué más.

El barrio antiguo, con la auténtica vidilla tibetana (y con cuidado de que no haya militares cerca)

Quesito de yak, en ristra. Sólo en la parte vieja

Tapón nos preguntó qué queríamos hacer. La respuesta fue unánime: Comer carne de yak! Así que allí nos llevaron a un buen restaurante para comer Yak. Se llamaba noseque Yak Steakhouse, así que definitivamente tenía buena pinta. Menos Xhabitse, que pidió un set insatisfactorio, todos pedimos yak a la piedra, que se presentaba en la típica piedra caliente, pero además tenía cantos rodados calientes entre la carnet. Nos supo a gloria.

Qué hambre dan las drogas!

Por la tarde Tapón quiso ganarse su sueldo y llevarnos a sitios, pero al final le dimos esquinazo porque queríamos ir un poco por libre y ver la ciudad. Dejamos a Tse-dhano en el hotel Flora, nuestra base de operaciones, porque no se encontraba demasiado bien… la altura empezó a hacer mella en él. Y nos lanzamos a ver el Palacio de Potala, la residencia del Dalai Lama (cuando no está exiliado, como ahora), y el principal atractivo turístico de la ciudad.

Potala pawah

El palacio Potala es grande. Muy grande. Refleja, como en otras religiones, la pasta y la desproporción asociadas a los líderes espirituales. Pues allí echamos la tarde entre fotos a Potala, al lago, y a la plaza que había en frente, obra sin duda del gobierno popular, con sus característicos símbolos de poder, dominación y propaganda.

La foto de rigor con el monje. De fondo los símbolos propagandísticos chinos

Junto al palacio, origen de la ciudad, y centro religioso, había un moderno edificio con una pantalla gigante al más puro estilo Times Square. Tal es la ocupación china.

Potala y su lago

POtala para todos

Andamos de vuelta los casi 3 km que había hasta el hotel, y recogimos a Tse-dhano bastante cansados. Él no estaba mucho mejor. Salimos en busca de un restaurante pero no llegamos muy lejos. Cruzando la calle principal estaba el sitio. Un restaurante chino con decoración estridente y alegres camareras que cantaban y reían a cada paso, pero que no hablaban nada de inglés.

La carta estaba en inglés, pero las camareras no sabían inglés!

Tardamos 15 minutos en hacernos entender para hacer el pedido (y el té con leche de Xhabitse resultó no ser más que un vaso de leche), pero finalmente conseguimos la cena.

En Lhasa sí hay iluminación pública!

Después de aquello, fuimos a dormir. La noche a 3500 metros prometía ser divertida. Mañana Tapón nos recogía a las 9.

25 Ago

Nepal-Tibet. Capítulo 2: KTM Confidential

El amanecer nepalí es muy pronto. Demasiado. A las 5 de la mañana ya hay luz, y miles de personas hormiguean por la ciudad, abriendo comercios, haciendo colas, y empezando a saturar de tráfico las calles. Hoy tocaba levantarse pronto, había mucho que ver. A las 8.30 ya habíamos terminado el abundante y exquisito desayuno que nos preparó Asmita, a base de huevos, tostadas, té, y fruta. Salimos a buscar un taxi que nos llevara a nuestra primera parada, el templo de Swayanbhutinath, también conocido (o mejor dicho, únicamente conocido) como el templo de los monos. Los taxis de Kathmandu, y al parecer de todas las ciudades de Nepal, sólo son de un tipo: Suzuki Maruti, un minicoche en el que dos personas con equipaje van bastante apretadas. Pues allí nos metimos los 5, más el conductor.

Suzuki pawah!

Todo apuntaba a que el coche ni se iba a mover del sitio, sin embargo, no sólo arrancó, si no que el conductor lo llevaba sin problemas, apurando al máximo los espacios y entre bocinazos, al estilo nepalí. Vimos por el camino que era habitual ir 5 (o más) en un mismo taxi. Para ser conductor en Nepal hay que estar hecho de una pasta diferente; cada día que pasara iríamos descubriendo lo cracks que son los drivers de esta parte del mundo. El viaje en taxi fue divertido (sobre todo para Bayupur, que iba en el sitio de delante, sin perder la sensibilidad en las piernas y espalda), y además el driver puso la canción del mundial, que por lo visto triunfó en Nepal. Por fin llegamos al templo de los monos, pagamos al taxista 200 rupias y le prometimos otras 200 para volver si nos esperaba (más adelante descubriríamos lo exagerado que fue pagar 400 rupias por ese paseíto).

El templo de los monos

El templo de los monos no defraudaba. Según llegamos empezamos a ver monitos colgándose de las estatuas y representaciones de buda.

Mono budista besa a Buda

En la parte de abajo encontramos los rodillos de oración que luego encontraríamos en absolutamente todos los sitios con algo de influencia budista. Iñigorkha se lanzó a probarlos y recibió su primera reprimenda por girarlos en sentido antihorario. Insensato! Eso es mala suerte!

Pokharlos sí que sabe girar rulos de oración! (obsérvese la mano de iñigorkha de fondo, amenazando con ir en sentido contrario)

En el budismo, al parecer, se cree bastante en girar cosas (o girar tú alrededor de cosas), pero siempre en sentido horario. Para subir al templo había una escalera bastante empinada y con escalones altos que se hizo dura al final, pero teníamos que entrenar para las altas cotas a las que iríamos después. Arriba estaba la stupa, las velas, las campanas, el olor a incienso y mantequilla de yak. Las vistas espectaculares de Kathmandu, y por supuesto, la venta de baratijas.

La Stupa principal

El templo de los monos debe de ser bastante importante para los budistas, pero también para los hindúes, ya que había todo tipo de gente por allí, rellenando de mantequilla las velas, poniendo incienso, etc. También había turistas, pero éramos los menos; allí se respiraba fé.

La Stupa secundaria, que se parece a la otra.

Era un buen sitio para la caza de la WordPress Photo, que Iñigorkha siempre va buscando, lo intentó varias veces con una familia de indios, y con una vendedora local, que se zafó cual culebrilla del abrazo de Iñigorkha para la foto.

Mujer culebril

En ese momento, un mono tiró a Xhabitse un hueso de mango, que de haberle dado le podía haber hecho alguna liada.

Los monos psicópatas eran una fuente de diversión

Después entramos en una capilla donde se estaba oficiando algún tipo de rito fúnebre y en el que pudimos entrar a cambio de descalzarnos.

El percusionista del funeral

Terminamos de recorrer las diferentes partes del templo, con más stupas, estatuas de Buda y otros ítems relacionados con la religión y la suerte.

La txikita ésta tenía un caldero, si echas dinero y aciertas es buena suerte. Nosotros tuvimos más bien mala.

Cogimos el taxi para volver al centro; había que ver la Durbar Square que el día anterior no pudimos por que cayó la noche. Por el día tuvimos mejor suerte, salvo por un policía que decidió que para andar por la plaza teníamos que pagar. No parecía tener mucho sentido, y desde luego no parecía que todos los turistas que andaban por allí hubieran pagado así que frente a su insistencia empezamos a hacer como que nos íbamos, siempre bajo su mirada, ya que se unió a nosotros como si fuera uno más del grupo.

Durbar Square

Hasta que salimos de la Durbar no nos libramos de él. Entonces iniciamos otro intento de entrada, esta vez más furtiva para que no nos viera el maldito policía.

Una de las pagodas

Conseguimos subir a una de las pagodas y echar unas fotos desde allí.

Pescado "fresquito" a la venta en Durbar Square

Venerable señor rezador dentro de la pagoda.

De Durbar Square bajamos hacia el río. Iñigorkha estaba particularmente obsesionado con ver las casas de cremación, una zona del río en la que supuestamente los hindúes queman a sus muertos y los tiran al agua. Dimos un millón de vueltas entre puentes, orilla del río, el otro extremo… preguntar (es difícil llegar a sitios en una ciudad que no tiene puestos carteles con los nombres de las calles), preguntar a mujeres (ya que los hombres, si no sabían dónde era, te mandaban a otro sitio antes de reconocer su ignorancia)… Finalmente llegamos a un sitio en el que veíamos humo y parecía que ése era el sitio. Resultó que estaban quemando madera para lo que probablemente sería una parrillada hindú-style. Había una familia bastante numerosa, con mucha comida, y una pérgola donde estaba el fuego. Fracaso. Esto no era una casa de cremación. Era una casa particular. Desmotivados, volvimos y cogimos un taxi que nos llevaría al centro de Thamel a comer. Después de una comida de calidad media y un garbeo por Thamel y sus tiendas, descubrimos gracias a Dharma, el sherpa de Asmita, que las casas de cremación en realidad eran un templo hinduista, el templo de Pashupatinath. Así que por la tarde cogimos un taxi para ir a ver el templo.

El outer-circle del templo de Pashupatinath

El templo de Pasupatinath apestaba. Parecía que durante todo el día habían estado vendiendo frutas y verduras, pero ahora quedaban restos por el suelo pudriéndose. El lugar estaba lleno de sadus, los santones hindúes que auguraban una buena WordPress Photo… pero claro no se dejaban fotografiar gratis (y no teníamos moneda pequeña), así que no cayeron muchas fotos. Cuando llegamos a la parte central del templo, donde se quema a la gente (morbo, morbo!!), encontramos que los no hindúes teníamos que pagar, 500 rupias cada uno. Lo cual es una salvajada. Intentamos colarnos por varias entradas pero fue imposible, demasiada policía velando por los cadáveres ardiendo. Como estaba ya casi anocheciendo, decidimos no pagar y volver otro día con más tiempo y aprovechar el precio. Las diferentes vicisitudes del camino nos impidieron finalmente visitarlo. Sin embargo vimos otras partes exteriores del templo, calles atestadas de tiendas con objetos religiosos, y tintes, y muchos colores. Nepal es color.

Nepal es color

La foto final fue de una puerta con colores intensos. La dueña de la casa salió mientras hacíamos la foto. Nos miró. Miró a la puerta. Nos volvió a mirar. Volvió a mirar a la puerta pensando “qué demonios le pasa a mi puerta?”. Luego nos volvió a mirar pensando “estos tíos son tontos…”

La puerta en cuestión. Creo que sòlo yo entendí esta foto. Y cuando digo sólo yo, me refiero a que ni Iñigorkha, ni Pokharlos ni Tse-dhano ni Xhabitse la entendieron tampoco... a veces me siento tan cansado...

Antes de ir a cenar hicimos una visita al Señor Lobo. Dil Pahari era el hombre que nos organizó el viaje a Tibet, que mañana íbamos a emprender. La visita era para cerrar algunos asuntos y pagarle lo que faltaba por pagar. Sin embargo aprovechamos para preguntarle e intentar organizar la visita a Chitwan y Pokhara, a la vuelta del Tibet. Ahí descubrimos su naturaleza de Señor Lobo. Dil Pahari, además de hablar castellano, resuelve problemas.

-Es queeeee queremos ir a chitwan y el mismo día a Pokhara y no sabemos como hacerlo con los autobuses y es qu….

-No problema. Yo os pongo furgoneta. Yo os pongo conductor. Conductor os espera, os lleva a Pokhara.

-También queríamos sacar un billete de avión para ir a Jomsom porque querem..

-No es problema Yo saco billete. Os llevo a aeropuerto. Si hay problemas os gestiono la devolución del dinero.

Dil Pahari era nuestro hombre de confianza en Kathmandu, un auténtico Señor Lobo, siempre tranquilo, con la mirada de yak y el tono de voz relajado, y su polo de Ralph Lauren. Cuando le dimos los 4000 euros en metálico del viaje a Tibet, no pestañeó. Los guardó en un cajón como si nada. Nos fuimos de Buddha Treks con la certeza de que volveríamos a que nos resolviera más problemas. No estábamos equivocados.

Aquella noche cenamos en el Full Moon, recomendado por la Lonely Planet. No era para tanto. A veces da la sensación de que los de la Lonely visitan 4 ó 5 sitios y los recomiendan, sin saber muy bien qué más cosas hay.

El full moon, antes de cenar.

Nada más acabar de cenar el pollo frito que sentó mal a más de uno, nos fuimos a nuestra parroquia, el Namaste Café & Bar. Volvió a no decepcionar.

23 Ago

Nepal-Tibet. Capítulo 1: Así empezó todo

No éramos más que 5 inocentes muchachos con una maleta cargada de sueños, y todos sabíamos que usaría esta frase al comenzar el relato. El viaje fue más enrevesado de lo habitual; dos salíamos de Bilbao, uno de Estocolmo, uno de Madrid y otro de Londres. Así, aunque los 4 vuelos (Bilbao-Lisboa, Lisboa-Londres, Londres-Delhi, Delhi-Kathmandu) que hicimos Pokharlos y yo parecían una eternidad, había que recordar que Tse-dhano se había comido otros dos adicionales, para llegar a Bilbao desde Estocolmo. A parte de la química diversa que se metió Iñigorkha para superar su miedo, y la extrema y ridícula seguridad del aeropuerto internacional Indira Gandhi de Delhi, los vuelos fueron bastante bien y aterrizamos en Kathmandu a medio día del 1 de agosto. El aeropuerto Tribuvhan de Kathmandu ya empezaba a mostrar un pequeño adelanto de lo que sería el caos que predominaba en la ciudad y en el país. Para hacer el visado estuvimos prácticamente 2 horas, incluyendo una absurda salida y reentrada de la cola de los visados, y un sistema totalmente analógico para el visado, papelitos y buscarse la vida.

Cuando conseguimos salir de aquella cola caímos en nuestro primer error de pipones occidentales (especialmente yo, Bayupur). Había decenas de ávidos nepalís esperando a pichones como nosotros para cogernos la maleta y llevarnosla al taxi. Qué majos! pensé yo… pero claro luego me di cuenta de que nada es gratis en esta vida. Llegamos a la furgoneta que nos había preparado Dil Pahari (nuestro Señor Lobo particular), y los amables nepalís extendieron la mano.. Todos les dimos unas cantidades totalmente aberrantes, pero en mi caso, fui especialmente pardillo y le di a uno 10 euros!!! OMFG!!!! 10 euros! con eso podía vivir un mes cómodamente! y había cargado mi maleta durante 46 segundos!

No pasa nada, para completar nuestra piponería nos calzaron los collares florales típicos y nos llevaron al hotel. Por el camino claro, éramos como un freak show ambulante para los nepalís… debían de pensar, mira esa furgoneta llena de turistas occidentales con collares de flores! :D

Tse-dhano y Pokharlos con los clavelitos

una calle importante de Kathmandu

DEspués de descubrir el caos circulatorio de Kathmandu, donde todo funciona a base de bocinazos y ver quién llega primero, donde los carriles no existen y donde el conductor más apanao tiene una pericia extrema y un control exquisito del ancho y largo de su vehículo, llegamos a Asmita bed and breakfast.

La calle vista dese ASmita.

Asmita Bed & Breakfast es un encantador albergue llevado por un matrimonio nepalí, Dharma y Asmita. Dharma es un sherpa que en una de sus expediciones a un 8000, y tras 17 horas de bajada, tuvo congelaciones en sus manos. Fue llevado a Barcelona donde fue operado y ahora tiene algo parecido a dedos, pero conserva la movilidad, la agilidad y sobre todo la sonrisa. Está tan agradecido a los médicos catalanes que le operaron, que sus nombres figuran en el folleto del hostal, y el restaurante del mismo se llama Barcelona. Dharma y ASmita son tan encantadores como el propio hostal. La verdad es que después de ver las calles y el caos de Kathmandu esperábamos algo mucho más… humilde, pero las habitaciones, colchones y duchas de Asmita no tenían nada que envidiar a cualquier alojamiento occidental. Asmita se convertiría en nuestro particular campo base al que siempre que volviéramos a Kathamandu, intentaríamos regresar.

Tras dejar todo, decidimos ir a explorar Kathmandu y ver el primer hito, la Durbar Square, en el centro de Thamel, que es el barrio en el que nos alojábamos, así como uno de los barrios más turísticos, por tiendas, y oferta hostelera.  El viaje hacia Durbar Square se vio interrumpido por Mr. Monsoon… Ya esperábamos que el monzón nos pillara pero fue repentino y salvaje.

La calle, cerca de Asmita

Venta Ambulante

Una placita de Thamel, el monzón amenazando

La policía poco puede hacer aquí...

Mr Monsoon ataca!

Ricksaws bajo el monsoon

La intensidad y la duración de la lluvia hicieron que el camino a Durbar Square tardara mucho más de lo previsto y llegáramos a ella ya de noche (lo cual no sería un problema de no ser porque en todo Thamel no hay ninguna farola ni iluminación nocturna de ningún tipo). Así que sumidos en la oscuridad nepalí, iluminados sólo por los faros de los taxis locos, decidimos ir a cenar. Tras dar varias vueltas en el caos de gente, lluvia, barro, coches, bicis y animales que poblaban la plaza, acabamos en un restaurante de Basantapur Square, donde nos quedamos a oscuras varias veces por cortes de luz, y comimos nuestra primera comida nepalí, con cierto recelo.

Después, y de camino a casa, encontramos casi de casualidad el que sería otro de nuestros grandes checkpoints en Kathmandu, el Namaste Cafe & Bar. Un agradable pub que no aparece en las guías, con haimas, música en directo (todo temazos, por cierto), iluminación sólo a base de velas, cócteles, y sishas. La sisha cayó, como también unos cócteles (mount everest para Bayupur y white russian para Iñigorkha, que se convertirían en incondicionales). DEspués unas cervezas del país, Gorkha (como los guerreros, de los que ya hablaremos). Y a dormir, había sido un día complicado e intenso.

Iñigorkha se pone místico con la guía de Nepal.