30 Dic

Eslovenia, capítulo 10: A remojo

Después de unos días un poco light, nos disponíamos a hacer algo épico: Visitar Ptuj. Después de un desayuno excelente en una de las terrazas de Maribor, y no saber nada más de nadie del personal del hostel de Maribor, arrancamos para ir hacia la ciudad con nombre de escupitajo.

La iglesia de Ptuj

Ptuj se alzaba como una de las ciudades más ricas culturalmente del país, así como una ciudad famosa por sus balnearios. El plan era ver qué demonios había allí, y si no había mucho que hacer, visitar el balneario.

La subida de cada mañana.. esta vez en Ptuj

Cuando fuimos acercándonos por la carretera descubrimos que el “balneario” era en realidad un aquapark con toda suerte de piscinas, toboganes, juegos acuáticos, trampolines y una zona de agua termal. Ejem. Hacía 40º, otra vez. Iba a visitar Ptuj RAMÓN.

no obstante, aquí estábamos, subiendo al castillo de Ptuj

El caballo de plástico en el que se subió Xabislav casi se viene abajo

Decidimos dar una oportunidad a la ciudad, que en efecto, tenía un casco antiguo muy elegante, y varios edificios míticos (cerrados), que visitamos con nuestras mentes puestas en el espectacular aquapark. Tuvimos también tiempo para visitar un museo de arte contemporáneo, durante un breve lapso de tiempo.

El castill... aquapark aquapark aquapark

Edificio cerrado aquapark aquapark

Qué aquapark es Ptuj

No tardamos mucho en descubrir que lo que realmente queríamos era ir al maldito aquapark.

hum, mira este puente, cuánta AQUA tiene debajo!!

Así que montamos en el 807 y raudos partimos hacia el oasis con toboganes, con la excusa de que lo típico en Ptuj era visitar un balneario. Cuando aparcamos y convencimos a la chica de la taquilla de que éramos estudiantes para que nos cobrara la tarifa reducida (le caímos bien porque estaba claro que no se lo creyó, pero nos cobró la reducida), por fin pudimos ponernos a remojo.

yuhuuuuu

Toboganes extremos, trampolines, e incluso un divertido tobogán que te soltaba a cierta altura y en la parte inferior había una lona en la que ibas rebotando hasta que por fin caías al agua.

DEja la cámara! its aquapark time!

Todo era perfecto. Lo mejor, los megaflotadores que te llevaban por un circuito alrededor de la piscina, chocando con otros usuarios menos temerarios, generando tsunamis al saltar encima del flotador…

Burutal

Así nos pasamos el día, a remojo.

Antes de irnos, visitamos ligeramente el spa con agua termal, que hizo las delicias de Iñigovič, que se pasó buena parte de la tarde rojo, con los ojos cerrados, y en éxtasis, entre las burbujas de agua caliente. También probamos unos toboganes hippis que eran negros y oscuros y con estrellitas, al bajar rápido eran bastante psicotrópicos, y el despertar era un chapuzón en el agua que había al final. Cuando ya teníamos los dedos como pasas, decidimos coger el coche y volver a Ljubljana, esta vez ya de forma definitiva. Llegamos casi al anochecer al Zeppelin Hostel, uno de los más famosos de la capital, bien situado, en el centro centro, y con unas instalaciones adecuadas al precio. Allí conseguimos ducharnos, sacar a Xabislav de su embotamiento en el whatsapp, y salir a cenar algo por la capital; esta vez probamos una pizzería más céntrica, que no estuvo nada mal. Después intentamos hacer algo con nocturnidad y alevosía, volviendo al Top, el mítico bar en azotea, que casualmente estaba a menos 100 metros de nuestro hostel. Las cosas eran diferentes en lunes, no había que pagar, era un sitio para estar sentado y no había casi nadie.

La entrada al TOP. Sin segurata no es lo mismo

Después de todo el día haciendo el mono en el agua el cansancio se dejaba notar, así que tampoco insistimos demasiado. Nos fuimos a la cama seguido. Intentamos dormir algo con el calor insoportable de la capital, pero fue complicado, había que abrir las ventanas, y entraba mucho ruido. Mucho más complicado lo debió tener la australiana que tuvo la suerte de dormir en nuestra habitación para 6: además de todo lo anterior, tuvo que luchar contra los ronquidos de algunos de nosotros.

26 Dic

Eslovenia, capítulo 9: el esloveno errante

Levantarse el día 9 no fue fácil. La noche había sido más larga de lo esperado y  hoy tocaba hacer unos cuantos kilómetros, ya que íbamos a Maribor, la segunda ciudad de Eslovenia, y una de las más norteñas. La idea era parar a visitar Kamnik, un pequeño pueblo cerca de Ljubljana conocido por su monasterio franciscano, su castillo en el monte y sus calles antiguas.

Salimos pronto hacia Kamnik, algunos envueltos en una nube de resaca, y tras perdernos un par de veces llegamos a la ciudad.  Estaba desierta. Era domingo, no había nadie, ni nada abierto. Karloš preguntó a una mujer local qué podíamos hacer allí, y nos contestó que ver los edificios.

CAlles de Kamnik

Fue un poco fraude el tema, así que deambulamos por las calles vacías de Kamnik durante un buen rato, hasta que en una oficina de turismo nos dijeron que podíamos subir a un monte cercano, en el que estaba el castillo. Era una subida fácil y corta, y por supuesto, era una subida mañanera… Ya nos estábamos haciendo a cada mañana meternos una pechada a subir a algún sitio.

Los tejados de Kamnik

Así que nos dirigimos al monte y empezamos el ascenso por unas laderas bastante empinadas y con un camino que se desdibujaba a ratos. Prácticamente íbamos por el medio del bosque y la pendiente era muy elevada. El cansancio de la noche anterior empezaba a notarse, parando cada poco tiempo, cuando de repente, nos adelantó un esloveno motivao. Iba a toda piña en esa cuesta, con su perrillo, y se paró a hablar con nosotros y contarnos algunas cosas sobre el monte y unos enanos de porcelana que había en el camino. No se puede decir que tuviéramos mucho aliento como pare responderle, y se dio cuenta de ello, así que siguió, a su ritmo extenuante hacia arriba.

Las vistas desde lo alto

Cuando por fin coronamos el monte, el “castillo” no eran más que cuatro piedras que habían sobrevivido, pero arriba nos encontramos con el agradable esloveno, que rápidamente se puso a hablar con nosotros. Tenía bastante rollo el hombre y lo que empezó siendo una declaración seminacionalista destacando las virtudes de Eslovenia y criticando a esos malditos austriacos que se llevan la madera, pasó por un “pero venga, hazle fotos a mi perra… No, hazle más, una sola no…”, y acabó con nosotros sentados en la terraza de un bar que había en la cima del monte, tomando unas coca colas, y con el esloveno hablando sobre mujeres, y lo pérfidas que eran.

La perra del esloveno (pero no la que le había abandonado)

Al principio parecía que era un flipao, pero después lo que dio la sensación es que las mujeres le habían hecho daño y estaba resentido. Fue bastante divertido (para los que no estábamos de resaca).

Cuando conseguimos quitarnos de encima al esloveno motivao que desperdiciaba su vida jugando a videojuegos y despreciaba a las mujeres, tiramos hacia abajo.

Después de comer malamente, seguimos nuestro camino hacia MAribor, a donde llegamos cuando era media tarde.

Maribor

Maribor es una ciudad bonita y agradable. Era la actual capital europea de la cultura, y había multitud de referencias a ello. Nuestro hotel (sí, hotel, sin “s”), estaba en el centro, y habíamos quedado con el dueño en un bar, ya que no tenía recepción. Resultó que después de todo ni siquiera era un hotel, era un piso con un par de habitaciones y baños. En el bar nos dijeron que el dueño no estaba, pero nos dijeron cómo acceder al hotel (lo que aún no sabíamos era cómo pagar, ya que el dueño no aparecía). El hotel resultó un auténtico lujo. Todo nuevo, puesto con mucho gusto, sin más invitados, y con unos baños exquisitos (con bañera de hidromasaje y todo). En aquella cama con nórdicos de plumas y colchones viscoelásticos, y después del monte de la mañana no vimos más remedio que echarnos la siesta.

Cuando apareció por fin dimos con el dueño intentamos pagarle con tarjeta pero no hubo manera. Tenía todo pinta de negocios turbios, pero qué demonios, era un hotel de lujo extremadamente barato, así que pagamos y nos fuimos a recorrer la capital europea de la cultura 2012.

Resultó que era una capital además de bonita, muy activa, peeeero, no en domingo, así que poco pudimos hacer aparte de pasear por la orilla del río viendo un espectacular atardecer. Allí nos encontramos con dos chicas, francesa y eslovena, con las que Karloš se puso a hablar de buenas a primeras, y que nos contaron que la ciudad era bastante animada otros días. Mal timing.

Podmaribornye Vechera!

De todas formas pudimos ver a unos tipos cubriendo toda una calle con pintadas de tiza y velas (algún tipo de hippy), y varias actividades culturales interesantes. Al final nos fuimos a cenar a un super restaurante en el que fabricaban su propia cerveza (hmmm), y conseguimos unas ensaladas épicas y alguna cosa más.

Después de unos tragos en el bar de abajo del hotel, que estaba muy muy bien, nos fuimos a disfrutar de las camas viscoelásticas.

 

 

22 Dic

Eslovenia, capítulo 8: El origen de los dragones

Nos levantamos pronto en Piran, tras una noche de calor y colchones pegajosos. Fuimos a desayunar al mismo sitio en el que habíamos tomado la cerveza el día anterior, y nos tomamos unos épicos chocolates con cosas.

Pronto salimos hacia Postojna, la cueva más mítica de Eslovenia, la más grande. En poco más de una hora nos plantamos en el recinto. Era mucho más grande que el de Škocjan, el día anterior. El parking era enorme, y la entrada a las cuevas, espectacular. Un gran edificio de taquillas, restaurantes, hotel y multitud de puestos de souvenirs. Estaba claro cuál era el atractivo number one de Eslovenia.

La cueva es enorme, tanto que el inicio se recorre en tren. Nada más entrar, te montan en un trenecillo que parece que es la típica turistada para hacer el mono, pero no, el tren dura un buen rato y va a bastante velocidad, por lo que ahorra un buen tramo de cueva.

Hacia las entrañas

Otra cosa a tener en cuenta al visitar Postojna, y de la que te avisan al entrar es que hace mucho frío dentro. En el trenecillo se pasa un mal rato, de hecho, ya que con la velocidad, la humedad y el ir poco preparado porque fuera hace 40º, la brisa es refrescante.

El tren pasa por un buen número de salas y cavidades a cual más espectacular, incluida una con lámparas de araña de cristal fino en la que se hacen representaciones de navidad y a la que acuden familias reales y dirigentes varios. Es una cueva muy grande

Nada que no conociéramos

Cuando acaba el recorrido en tren, estás a más de 100 m bajo tierra, y empieza la visita por cavidades enormes, con estalactitas y estalagmitas gigantes, así como columnas, cuando se unen dos de ellas. Está todo muy preparado, y la afluencia de turistas es masiva, así que la prohibición de hacer fotos se queda un poco ridícula, todo el mundo está sacando.

El símbolo de la cueva: el diamante. Una columna blanca con forma de diamante

Por los excesivos turistas, la cueva quedaba un poco en segunda posición respecto a Škocjan, mucho más pequeña, pero que se difrutaba más. Eso sí, en Postojna se podían ver columnas brutales, salas completamente blancas y dragones, ya que había mucha vida en el interior de la cueva.

Era curioso descubrir salas blancas en una cueva, es algo que no se suele ver. Estas salas que parecían una appple store con pinchos, por lo visto eran de lo más común, ya que el carbonato cálcico, componente muy habitual de las paredes de las cuevas y por el que filtra el agua, es de este color. Explicaba la guía que la mayor parte de salas blancas del mundo fueron descubiertas mucho antes de que la iluminación eléctrica fuera de uso general. El color tostado de las paredes de muchas cuevas, se debe, al parecer, al humo de antorchas, candelas, velas, y demás enseres de iluminación pre-eléctricos. Sin embargo la espectacular sala apple de Postojna fue descubierta en los 70, por lo que seguía siendo blanca. O eso decía la guía.

Los dragones prometidos eran otra cosa. Resulta que entre toda la vida que crece dentro de esta cueva, hay una especie de pez que tiene unos minibigotillos y minibrazos y piernas. Por ello el nombre común de este pez es “human fish”, ya que es completamente blanco, y tiene pies y manos (aunque no tiene ojos.) Pues bien, la cueva acaba en un río que pasa por un poblado. Al parecer antiguamente se creía que dentro de la cueva vivían dragones, y cuando había lluvias torrenciales o los ríos interiores de la cueva iban muy cargados, algunos de estos peces  (que necesitan oscuridad para vivir), salían moribundos al exterior. Los lugareños pensaban que eran crías de dragón, y esto reforzaba su tesis de que vivía un dragón dentro.

Cría de dragón en el terrario

Pero sólo eran peces.

Agur cueva

Cuando salimos de la cueva el calor nos golpeó de nuevo, pero esta vez se agradeció. De ahí fuimos a visitar el terrario, que estaba incluido en la entrada y en el que se podían ver de cerca todos los bichos de los que nos habían hablado, y que no habíamos visto más que murciélagos dentro de la cueva.

Después de aquello cogimos el coche para dirigirnos al mítico castillo de Predjama, cerca de Ljubljana.

Allí, antes de entrar nos pusimos a comer, chorizo horrible, en una campa cercana, mientras los todoterrenos accedían al parking y nos cubrían de polvo. Sentados en la campa volvimos a tener la sensación de estar sentados en las faldas del Anboto, el paisaje era exactamente igual (lo cual no es para quejarse).

Predjama, embebido en la roca

Después visitamos el castillo de Predjama, un castillo curioso por estar integrado en una roca. El edificio se empezó a construir de dentro a fuera y luego fueron añadiendo cada vez más estancias hacia afuera. Lo más curioso es que el interior de la cueva tenía galerías y grutas que llevaban a un bosque en lo alto del monte. De esta manera, podían resistir asedios por tiempo indefinido, ya que se podían aprovisionar por su sistema de galerías.

tenía su propio campo de justas

El exterior del castillo es bastante impresionante, pero el interior, convertido en museo donde se ve la vida que llevaban los señores en su día, aunque es interesante, se queda un poco corto. Merece la pena la visita a las almenas, totalmente integradas en la roca, y desde las que se divisa todo el valle. La gruta también estaba bien

Desde la gruta

Tras el castillo, paramos un poco para reponer fuerzas, ya que el calor era aplatanante, y cogimos el coche para dirigirnos a Ljubjlana, por fin la capital!

El albergue de Ljubljana estaba muy muy bien, era un albergue casi de lujo, pero estaba en las afueras. Tampoco es que Ljubjlana sea una ciudad enorme, pero teníamos 20 minutos andando hasta el centro. Allí nos refrescamos y preguntamos al dueño, que era un crack, a ver dónde podíamos cenar y tomar alguna.

Nos recomendó buenos sitios, la mejor pizzería de Ljubljana (según él, y algunos otros), llamada la Pizzería Trta, y en la que nos pinchamos unas buenas pizzas a precios excelentes. Después tiramos hacia la rivera del Ljubljanica, un estrechito río que cruza la ciudad, y donde se aglutinan casi todas las terrazas y bares. El ambiente nocturno de Ljubljana es casi de lujo, la gente iba muy preparada, nada que ver con nuestras barbas de viajeros y ropas de veraneante. Tomamos una cerveza no eslovena en una de las terrazas, pero la cosa estaba muriendo un poco, así que decidimos dirigirnos a un club que nos había recomendado el tipo: the Top! Un ascensor en medio de la calle con un portero cuadrao anticipaba lo que veríamos después.

Top es un club en la azotea de un edificio de oficinas, uno de esos sitios que hay que ir aunque sólo sea por verlo. REsultó bastante animado, y mereció la pena pagar la entrada (era sábado). Así que en Top pasamos la noche del sábado (unos más que otros), con intentos frustrados de aproximaciones, y bailes entregados.

La buena cama del hostel Confidenti se agradeció, llegando a las 3 y 5 de la mañana respectivamente. Al día siguiente tocaba conducir un buen rato

18 Dic

Eslovenia, capítulo 7: Vila Piranesi

La noche en el hotel fábrica no fue para tanto. En el fondo estuvo bastante bien, a pesar del ruido de las máquinas de refrigeración y condensadores que teníamos por vistas. Sin levantarnos muy tarde decidimos ir a por el prometido desayuno.

Vaya, había algo que no habíamos tenido en cuenta al coger este hotel (otra cosa más), y es que como sólo era un bloque con habitaciones y camas, no había ningún sitio para desayunar. En realidad el sitio del desayuno estaba en otro edificio, en otro pueblo.

Así que recogimos todo y salimos hacia el desayunadero, que en realidad era otro hotel, y allí nos recibieron como correspondía: diciéndonos que no habíamos reservado desayuno, y que nos iban a dar porque estábamos allí, pero casi casi le debíamos la vida. El desayuno fue bastante pútrido, pero mejor que otros anteriores, así que tampoco podíamos quejarnos.

Escapamos como buenamente pudimos de Nova Gorica para ir a las cuevas de Škocjan, uno de los principales atractivos turísticos de Eslovenia, junto con las de Postojna. En principio Škocjan eran las cuevas pequeñas (en Postojna se habían llegado a realizar obras de navidad para la realeza), pero eran bastante espectaculares.  En menos de una hora se puede llegar desde Nova Gorica a las cuevas, así que fue buena idea dormir allí después de todo (quizá habría sido mejor dormir en Trieste).

En Škocjan no hay muchísima gente como cabría esperar, pero hay bastante, y aunque está bien organizado por grupos, es conveniente ir con tiempo suficiente. Pronto los guías reunieron a los grupos y nos llevaron a la entrada de las cuevas, que parecía más la entrada a un silo de misiles nucleares. En esta entrada es donde explican que no se puede hacer fotos dentro de la cueva (ingenuos…).

Una cueva como otra cualquiera

Al principio, la cueva es estrecha y lleva por cavidades relativamente pequeñas, con las formaciones cársticas de rigor, como una cueva cualquiera de cualquier parte del mundo. En esas estrecheces, una chica de un grupo se agobió, y le entró claustrofobia. ¿Pero a dónde pensaba que iba? La guía tuvo que acompañarla fuera de la cueva. Momento perfecto para hacer fotos.

Sin embargo, después se llega a una sala enorme, muy profunda y larga, a la que se accede por arriba, y después se va bajando. La sensación al entrar es de entrar en Moria. Faltaban las columnas talladas y echamos de menos al Balrog, pero todo lo demás era igual que la gran mina enana. Rica carne deshuesada y ríos de cerveza!

La gran sala

Después de mega cavidad, que nos indicaron que se había inundado entera en un momento dado, en el que murieron un montón de visitantes (es mucha agua la que hace falta para llenar eso), se llegaba a otra serie de cavidades más pequeñas, y finalmente a la calle.

Un agradable paseo nos devolvió al centro de visitantes, donde comimos en unas mesas comunes al aire libre, mientras Unaij lanzaba miradas a un grupo de chicas hipsters. La verdad es que el centro de visitantes estaba muy bien preparado.

Paseíllo hacia el centro de visitantes

Tras comernos un señor helado, cogimos el coche para dirigirnos a Piran.

Hacía 43º, un sol de justicia, y nos dirigíamos a la única salida al mar de Eslovenia, Piran, un pueblo blanco construido en un saliente de roca en el Adriático norte. Con este calor, todo pintaba muy bien yendo a un pueblo con playa que no tenía ninguna actividad para hacer.

La cosa no fue tan bonita como pensamos. Piran es un pueblo muy pequeño con calles muy estrechas (menos de un metro en muchos casos), que tiene mucho de los pueblos mediterráneos griegos, pero también tiene un extraño toque de la Rusia soviética… No sé si serán sus playas de hormigón armado, sus decadentes edificios semi en ruinas, o el hecho de que esté lleno de eslavos mafiosos de diversa procedencia con coches de lujo y que se llaman Dimitri, Yuri o Vladimir…

Las estrecheces del pueblo hacen que sea prohibitivamente caro aparcar dentro, hasta el punto de que hay una barrera al entrar al pueblo que cobra las salidas, exactamente igual que un parking. El pueblo es un gigante, caro y retorcido parking.

Así que por unos módicos 5 euros!!!, entramos hasta la cocina, dejamos las maletas en el hostel, y nos llevamos el coche a un parking que se había construido estratégicamente en las afueras. 20 minutos, 5 euros. Cuánto daño ha hecho el euro. Y la mafia.

Así que a medio día del día más caluroso de todas las vacaciones ( y de la historia, probablemente), recorrimos a pie el largo trecho entre el parking y el centro de Piran, y compramos algo de fruta para la cena (sí! fruta!!). El hostel de Piran merece una entrada propia, así que sin entrar en detalles, contaremos simplemente que estar quieto sentado en la cama hacía sudar.

Calor

Tras reposar un poquito nos fuimos a la épica playa de hormigón. En todo piran, las “playas” son los míticos cubos de hormigón que ponen para que rompan las olas, pero había una zona privilegiada donde había un bloque  de hormigón seguido de un pedregal donde uno podía incluso tumbarse. No fue el caso, ya que debido al calor nos pegamos al muro que había para evitar estallar en llamas.

La "playa"

La entrada al mar era como poco difícil, con piedras afiladas y musgo resbaladizo, el combo perfecto. El agua estaba tibia-turbia, y un poco oleosa. No era una sensación muy agradable, así que al menos yo, pasé la tarde entera pegado al muro, observando a los rusos, búlgaros, ucranianos, croatas y eslavos en general que había por la zona, cómo disfrutaban con un poco de agua.

Cuando la tarde dio un poco de tregua y refrescó ligeramente (hasta los 35º), decidimos ducharnos (la ducha más absurda que he tomado), y dar una vuelta por el pueblo, que todo sea dicho, tenía bastante encanto a pesar de todo.

foto time!

Menos mal que bajó la temperatura

La plaza central era una elegante plaza de mármol construída sin duda con dinero sucio.

Subiendo unas empinadas cuestas se llegaba a una iglesia y lo que fue una fortaleza, desde la que se veía la costa opuesta del Adriático (probablemente Venecia) y la impresionante tormenta que estaba teniendo lugar allí. Estuvimos un buen rato en la fortaleza ya que las vistas eran impresionantes, al atardecer, mereció la pena después de todo el día pasando calor y sudadas.

subiendo a la fortaleza

el puntiagudo Piran

Al bajar, fuimos a un puesto de pescadito frito que había muy cerca de nuestro hostel, y aunque estuvimos esperando casi una hora, el pescadito, calamares y demás que nos sacaron estaba a la altura de una ciudad pesquera. Fue una buena cena.

"cuando vienen esas rabas for christ's sake!"

Después nos dirigimos al “paseo marítimo” (la zona con terrazas que había junto al bloque de hormigón que era la playa), y nos pinchamos unas Laškos que entraron de lujo.

Pensábamos que Piran tendría algo de vida nocturna, pero no fue así, pese a que era viernes, así que nos fuimos a la cama, ya que en cualquier caso, al día siguiente teníamos nueva sesión de cuevas.