19 Nov

Vietnam y Camboya, espisodio 5: la cuesta

Amaneció en Sapa muy pronto, pero estuvimos remoloneando en nuestras duras camas hasta que a Mao le dio por hacer el desayuno y ahumarnos vivos en el piso de arriba. El desperece fue rápido, para huir de aquella humareda, y bajamos al piso de abajo para degustar el espartano desayuno a base de té, tortitas y muchas cosas más. Mao nos quería bien alimentados. Tocaba volver a Sapa para bajar de nuevo a Lao Cai y coger el tren de vuelta a Hanoi. Podíamos volver por el camino del día anterior, entre los bosques de bambú y por las cumbres o por otro camino, por el valle, y cerrar el círculo. Así que nos decidimos por el valle. Antes tuvimos que esperar un buen rato a que llegara la hermana de Mao, ya que ella tenía que volver rápidamente a Sapa para coger a sus nuevos inquilinos.Cuando por fin llegó, nos despedimos de los perros, el niño sin pantalones, los cerdos, y las gallinas, y emprendimos la bajada al valle.

POr fin, los arrozales. Pronto los odiaríamos.

El niño nos vino a despedir

Lo primero que hicimos fue llegar a una cascada bastante más grande que la del día anterior, lo cual nos llevó a darnos un chapuzón rápido, ya que empezaba a hacer bastante calor, aunque sólo serían las 10 de la mañana.

Camino a la cascada

De goce

El baño fue casi obligado. Lo bonito era subir a la parte alta de la cascada donde había unas grandes pozas, pero era una cuesta bastante empinada, y hacía demasiado calor. Así que nos quedamos abajo del todo. Hubo gente más vaga incluso, unos franceses se estaban bañando en el río, varios metros más abajo.

Después del baño arrancamos hacia Sapa por una carretera que la unía con el pueblo donde vivía Mao. Éste era el camino por el que venían normalmente y cuando Mao compró carne en el mercado y pensamos que se iba a poner  mala antes de llegar a su casa no sabíamos que realmente la traerían en moto por este camino, en poco más de 15 minutos. Sapa estaba a 12 km, así que en principio el paseo iba a ser muy tranquilito. Además, era totalmente llano, por lo que pudimos disfrutar largo rato de los arrozales en bancales, hacer fotos, reír, cantar…

Qué felices éramos… hasta que llegó la señal. “Sapa 7 km”.  Bah! Ya hemos hecho casi la mitad. Aquí se pone un poco empinado, pero nada preocupante. Poco a poco sin embargo el camino fue empinándose más, hasta darnos cuenta de que era una cuesta perpetua, de 7 km, bastante empinada.

Metralleta Carlong gozando en el arrozal

Se acabó el camino normal. Empieza la cuesta

Tampoco es para tanto, pensarán muchos caminantes de Santiago. Lo que realmente hizo de este último tramo un infierno, más que la distancia, fue la empinación, combinada con el montón de ropa que llevábamos porque el día anterior había hecho frío (y las mangas y pantalones largos por si los mosquitos), y sobre todo combinado con el factor clave: la temperatura había subido a más de 40 grados.

Era un infierno estar si quiera sentado en la calle, con el sol cayendo  implacable sobre el asfalto. Pero recibir ese sol mientras subías una empinada cuesta que no acababa, cargado con la mochila, era extenuante. Cada 100 metros parábamos a beber. Cuando encontrábamos alguna tienda parábamos a comprar más agua. Los dos últimos kilómetros fueron especialmente empinados. Llegó un punto en el que nos acercábamos a las pequeñas caídas de agua que había en los lados de la carretera y nos metíamos casi enteros. Metías todo el gorro en agua para tener la cabeza mojada, y en 10 minutos estaba seco otra vez.

Una necesaria parada a la sombra

dignidad

las vistas mejoran

Echando la vista atrás,  el trekking que hicimos en Nepal, 25 km por un paisaje agreste que costaron un triunfo, fue mucho más ligero que los dos últimos kilómetros bajo el sol de justicia hacia Sapa.

La cuesta y el calor empeoran

Por fin, sólo 2! (aunque los peores...)

ahí está! o es un espejismo?

Cuando por fin llegamos (y tardamos casi dos horas en hacer los dos últimos kilómetros), fuimos directos al mismo restaurante, el Buffalo Bell, en el que habíamos desayunado el día anterior y nos metimos unos señores macarrones para quedarnos bien a gusto.

Por fin el buffalo bell!

Después de reposar un buen rato, fuimos a buscar un transporte que nos devolviera a Lao Cai para coger el tren. Fue bastante más sencillo de lo que pensábamos. Junto a la iglesia de Sapa se arremolinan un montón de taxis para intentar bajar a turistoides que acaban su trekking, algo que ocurre a diario. Nosotros acabamos bastante pronto, ya que para las 5 habíamos terminado de comer, así que teníamos para elegir (y por tanto para negociar). Resulta que al venir pagamos 150 000 dongs por persona  (unos 5 euros), algo que parecía razonable para una hora de furgoneta, aunque sabíamos que de alguna manera nos estaban timando (aunque menos que a unos americanos que pagaron el doble). El caso es que Mao nos dijo que no podíamos pagar más de 150000 dongs en total, es decir, por viaje, y que con eso ya sacaban lo suficiente. Son unos malditos timadores.

Así que con esa información no nos costó mucho negociar una furgo por 150k. Al principio el tío quería llenarla y nos estuvo haciendo esperar, pero al final decidió que nos bajaba directamente sin cargar a nadie más, así que fuimos como reyes, nosotros solos en la furgoneta.

Al llegar a Lao Cai, era bastante pronto (no pasarían de las 7), y el tren salía a las 10, por lo que, sin nada que hacer, nos sentamos en una «terraza», junto a la estación, y nos tomamos unas cervezas y cenamos una indignísima cena.

de birras

Después de un buen rato bebiendo cerveza y de que Car-long reventara 2 ó 3 sillas, que bien es cierto que eran de chichinabo, pero que si uno se sentaba bien no había problema, y ante la mirada punitiva de la dueña de las sillas, arrancamos hacia el tren. Este tren nocturno podía tomarse todo el tiempo que fuera necesario, ya que nos llevaba a Hanoi, pero en Hanoi no teníamos hotel, ni en esencia, nada que hacer, ya que por la noche cogíamos otro tren nocturno al sur. Todo lo que habíamos planificado para el día 6 ya lo habíamos hecho en nuestros días tifoneros, por lo que el plan era echar el día. Tren, tómatelo con calma, y llega a medio día.

Pero no. Este tren tenía que tocar las narices.