24 Ene

Vietnam y Camboya, Episodio 8: Oasis

Despertar en un hotel de 5 estrellas era algo a lo que no estábamos habituados, ni en este viaje ni en ninguno. Mucho menos bajar al restaurante del hotel, tener un extenso buffet y contar con un cocinero francés que te hacía la comida a demanda. Así que los desayunos fueron frugales y variados, con muchos platos en la mesa, como si fuéramos náufragos que llevan 15 años subsistiendo sin probar bocado caliente.

 

La fruta dragón estaba por todas partes

En principio teníamos que largarnos del hotel, ya que sólo nos lo habían puesto para una noche. Sin embargo intentamos convencer a Lisa para que nos dejaran la segunda noche aquí. No funcionó, tuvimos que hacer un nuevo cambio de hotel al que habíamos reservado en principio. Era peor que el de 5 estrellas, pero aún así estaba muy bien. Y teníamos masajes a cambio. Después de establecernos en nuestra nueva habitación, cogimos toda nuestra apestosa ropa en mugrientas bolsas de plástico y la llevamos a recepción, ya que teníamos servicio de lavandería. En cuanto nos deshicimos del pestilente cargamento un transporte del hotel nos vino a buscar para ir a la playa. La playa privada del hotel.

Brutal.

Al llegar a la playa fuimos conscientes de lo que era una playa privada: en realidad era una gran playa dividida en zonas donde cada hotel montaba su chiringuito con sus tumbonas y sombrillas.

 

mal o qué?

Las nuestras eran perfectas. Estaban en el centro de la playa, tenían un “restaurante” de pescado detrás (habíamos leído cosas muy interesantes sobre el pescado en el centro de Vietnam), y básicamente, nos tumbamos a la bartola con lectura, música o sueño, durante el resto del día, con paradas esporádicas para chombos, paseos bajo el sol abrasador, y para comer un arroz con pescado absolutamente espectacular (la mejor comida so far en todo el viaje). Había también una lancha con parapente que nos tentó varias veces, pero cuando vimos el precio nos desmotivó un poco: eran medio millón de dongs por unos segundos volando.

Así que allí vimos el día pasar hasta que sobre las 6 decidimos volver al hotel para darnos el masaje prometido, primero de pies y luego espalda y hombros. Por lo que cuentan los que se lo dieron, estuvo muy bien .

nnññg

Después de reposar un poquito en las habitaciones, salimos de nuevo a ver un poco más Hoi An, y a conocer su otro gran atractivo: los trajes a medida por 4 duros y en 24 horas! Estuvimos un buen rato mirando tiendas especializadas en trajes a medida, pero finalmente fuimos a la que nos recomendaron en el hotel, que por otra parte es la más conocida, y por tanto llena de turistas (y probablemente, la más cara). Pasamos un buen rato entre las telas, y los catálogos de corte, para descubrir que los trajes no eran tan baratos, a menos que te lo hicieras de polyester. Si te haces un traje majo de algodón o de lino, los precios suben hasta 80-120 euros, que sigue siendo barato para lo que es, pero no para ser Vietnam. Probablemente puedas buscar tiendas en las que te lo hagan por 50 euros.

 

las tiendas de farolillos lo petaban

Así que un poco desmotivados, nos fuimos a mirar lámparas (las lámparas son el mítico recuerdo de Hoi An). Y Carlong se volvió con una. También conseguimos negociar un batín de seda, e Iñiguyen se compró tela en bruto para sus confecciones caseras. Las tienditas de Hoi An molan bastante, son como el típico bazar asiático, caótico, con olores mezclados, regateo, y turistoides, pero sin la parte mala: no venden JENAS.

Hasta venir a Hoi An, todos los mercadillos bazares asiáticos que había visto habían sido similares y siempre salía con la sensación de “sólo he visto baratijas y mierdas varias que nunca compraría o que aquí compro porque soy un turista y algo tengo que llevar a casa”. Pero aquí además de las baratijas, que también, había cosas curiosas, enormes tiendas con barcos gigantes de madera( hay un episodio de TopGear que vienen a Hoi An en moto y el flacucho canijo tiene que irse en la moto con uno de estos enormes barcos), lámparas, y artesanía de calidad.

Tras los trajes y compritas, fuimos a conocer un poco mejor sus bares, que no tienen desperdicio, donde pudimos apalizar a Carlong al billar.

Sí, APALIZAR.

 

mucha posturita pero luego perder

:D

Otro día escribiré sobre Carlong y su palizabilidad al billar y a los bolos :P

Con los zumos se hizo más llevadero. También reservamos para cenar en el mejor restaurante que proponía la guía, el Morning Glory. Como era tan famoso, había que reservar, primera vez que nos pasó algo así en Vietnam.

 

sah, nostamal...

La comida fue lenta y tampoco tan buena. Resulta que en este restaurante tienen dos mini terrazas que si las pillas pues cenas medio en la calle y muy bonito. Si no, pues es un poco gabarrero y la comida tampoco es para tanto. Me quedo con el SAkura sin dudarlo.

La cena no fue gran cosa, pero después seguimos inspeccionando la noche de Hoi An, aparentemente sin mucha novedad que ofrecer. Demasiado bar para turisteo y demasiado poco para tomar una cerveza a precio vietnamita. Sin embargo ahí estuvimos un buen rato, para después volver a nuestro Little Hoi An boutique and Spa.

La noche fue larga y placentera, para levantarnos al día siguiente deseando tener un día más en Hoi An.

Como no lo teníamos, decidimos explotar al máximo el tiempo que sí íbamos a estar, así que después de otro desayuno histórico, y recoger nuestra ropa limpita de la lavandería, desalojamos la habitación para irnos directos a la playa otra vez, donde una vez más, pasamos todo el día entre chombo y chombo, paseos, y lo mejor, la comida. El día anterior habíamos visto que en el restaurante de pescados había langosta también, y parecía bastante barata. Así que desde el día anterior habíamos estado especulando sobre la langosta. Nos lanzamos al tema, y Carlong e Irang-tzu eligieron un ejemplar que no pesara demasiado.

Además pedimos más del arroz que tan bueno había estado, y unos cocos para beber. Por muy poco dinero atacamos a la preciada langosta, y volvimos a reposar a las hamacas.

 

burrarrum!

Al volver al hotel, nuevo masaje y piscina, hasta que saliera el coche que nos iba a llevar a Da Nang. Da Nang es un sitio muy mítico, pero por lo que pudimos ver de pasada al venir a Hoi An, era un poco Benidorm. Así que pensamos en ir a última hora con un transporte privado organizado por el hotel, que tampoco sería muy caro pues no estaba muy lejos.

Cuando nos quedamos sin luz para hacer el mono decidimos salir hacia Da Nang. El chófer era majo aunque no hablaba demasiado. Sin embargo, cuando nos arrimamos a las montañas de mármol, uno de los vista points relevantes, empezó a hablar y a decirnos que nos acercaba a verlas y blablablá. Tener driver privado no estaba mal J Así que el driver nos acercó a la base de la montaña, una zona repleta de tiendas que vendían tallas de mármol. Pero no 2 o 3 tiendas. 20 o 30 más bien. Básicamente sólo había tiendas de mármol. No sé de qué pueden vivir en esta zona si todos venden exactamente lo mismo.

En fin, en esta montaña en la que obviamente hay mucho mármol, también hay una pagoda en lo más alto que se puede visitar normalmente, subiendo en un ascensor. Hoy no era el día, ya que era demasiado tarde y ya no había visitas. Así que nos perdimos las vistas de la pagoda y las llanuras de alrededor, pero al menos pudimos hacer alguna foto.

No mucho después el driver entró en Da Nang, y nos acercó a nuestro hotel, un agujero infecto con cucarachas en una de las calles principales de Da Nang. Esta ciudad es muy turísitca, pero sobre todo hay turistas chinos, que son a los que les mola el rollo chabacano. Así que era raro encontrar occidentales por aquí, pero en su lugar encontrabas chinos, que son mucho peores. Nada más pisar el hotel nos largamos de allí, porque no era un hotel como para pasar el rato. Habíamos venido a DA Nang sólo porque al día siguiente cogíamos un avión a Saigón (HCMC Ho Chi Minh City)

Al venir en el coche ya habíamos visto el percal de la ciudad: neones, mal gusto, muchos coches, rascacielos… y en definitiva, una mezcla de las vegas y Benidorm cogiendo lo peor de cada mundo. Nos dimos una vueltilla junto al río, viendo los espectaculares puentes que han construido recientemente, ya que la ciudad es la que está en mayor auge de Vietnam y crece a pasos agigantados. Pero no había mucho que ver, salvo grupos de chinos haciéndose fotos con los estridentes puentes. Nada que ver.

Así que enganchamos con la cena directamente, fuimos a un restaurante recomendado por la guía, con una buena terraza y “cocina mestiza”. Básicamente pedimos macarrones a un precio semiasequible, pero fue una de las mejores cenas. No tardamos en volver, ya que tampoco había muchos sitios para ir, y meternos en el sobre para ver alguno de los peliculones que echaban en canales extranjeros. Al día siguiente íbamos a lo gordo!

 

18 Ene

Vietnam y Camboya, Espisodio 7: Cambio de aires

En episodios anteriores…

sssshhhuummm

-“No lo hagas Bayu, es una serpiente!”

shhhhhhhuuummm

“¿vamos a entrar ahí?”

Sssshhummmmmmm

“ese mono me ha tirado un hueso de mango!”

Sssssshhummm

“está lleno de mosquitos! Y todos portan la malaria! Yy…. Yyy -.. y el dengue!! Y el cáncer!”

Sssshhhuummm”

“Mis gafas, dónde están mis gafas??!!”

Ticlintin.tinclintin… (piano dramático)

Amanece en Hue. No huele a Napalm, pero sí a gambas fritas y a pollo gonpao. No huele a victoria.

Parecía un día más en Vietnam, pero no podíamos imaginar cómo iba a acabar, de una manera absolutamente inesperada para tratarse de uno de nuestros viajes. A la una teníamos el bus a Hoi An, contratado de malas maneras en una agencia local, por lo que no podíamos esperar mucho del bus. Así que teníamos la mañana para visitar la fortaleza de Hue, una serie de edificaciones, teatros y templos fortificados que habían sufrido bastante durante la guerra. Hue, Hoi An y Danang están en el centro de Vietnam, que fue una de las zonas más castigadas, ya que es por donde se dividía el país entre la comunista Vietnam del norte y la… pérfida Vietnam del sur, así que era donde había que contener a los malditos rojos, que tanto amenazaban la paz mundial y blablablá (preguntad a los yanquis, que fue su estúpida guerra); dejo para otro episodio la breve historia de la guerra de Vietnam, para todos aquellos a los que oyen campanas pero no saben dónde, que es lo que nos suele pasar a los que nos pilló tan lejos en distancia y tiempo.

templo-ruina-fortaleza

El caso es que bajo un calor absolutamente abrasador y aplatanante emprendimos la marcha por el templo-ruinas-fortaleza, que sin una guía apropiada no nos dijo demasiado, salvo que había sido un importante centro de resistencia hasta que los kilotones lo hicieron pedazos.

No dio mucho de sí, y no llegamos a comprender porque en el complejo había por ejemplo, un super teatro magníficamente bien conservado. Probablemente este sitio fue un señor palacio en otro tiempo, antes de que lloviera fuego. Pero a quién diablos le importaba, con aquel calor. Sólo queríamos sombra, y agua.

también había algunos tanques y helicópteros, por qué no?

Así que poco antes de la una volvimos al hotel para esperar al bus, que como no podía ser de otra manera llegó más de media hora tarde, haciéndonos dudar más de una vez si se había ido sin nosotros (algo que después veríamos que era bastante plausible: al visitar el Mehkong el bus en el que íbamos dejó en tierra a varias personas por no presentarse a la hora, como si ellos tuvieran algo de puntualidad…)

Cuando por fin llegó yo estaba pensando, bueno, al menos en el autobús tendremos aire acondicionado (como en todos los que habíamos cogido hasta ahora) y soportaremos este calor infernal. Ingenuo de mí. Al ver las ventanillas correderas abiertas, los rostros sudados y desencajados, y el ridículo miniventilador que tenía el jefe del conductor entendimos lo que nos esperaba. Por supuesto, nos tocaron los peores asientos. Detrás, encima del motor, sin apenas sitio para encajar las rodillas y sin poder meter nada en las bandejas superiores, éramos los últimos en montar.

quien hubiera pillado este avión...

Para cuando llegamos a Danang, a medio camino, el cielo se había cubierto y amenazaba con llover, por lo que al menos el calor se aplacó ligeramente.

A las cinco llegamos a Hoi An y salimos de aquel bus que olía a cuadra. Estábamos en Hoi An y la cosa cambiaba. El spa nos esperaba, la spanish  scum llegaba!

Hoi An parecía otro país. Calles ordenadas, tráfico regulado, respetuoso. No se tocaban la bocina, iban por su carril. Poca contaminación. Al bajar cogimos un taxi, con nuestro habitual descrédito hacia el colectivo, para acercarnos al Little Hoi An Boutique and Spa, el mejor de todos los hoteles que habíamos reservado en Vietnam.  Un hotel de un lujo relativo, con spa, playa privada (esto estaba por comprobar…), y muy cerquita del centro del pueblo. Y todo ello por un puñado de dólares. Pero al llegar, la amable Lisa nos contó lo que pasaba: habían hecho mal la reserva y nos habían cogido dos camas de matrimonio, cuando claramente pedimos una doble y una de matrimonio. Era imperdonable (según ellos), así que sintiéndolo muchísimo nos  hicieron pasar esa noche en otro hotel de la cadena, que estaba más lejos… Lamentable incidente. Imperdonable. Eso sí, el hotel al que íbamos tenía 5 estrellas, era completamente nuevo, de absoluto lujo, y además nos regalaron un masaje a cada uno, así como los desplazamientos a la playa privada. Aun así, Car-long puso mala cara para ver si rascaba algo. No rascamos nada más, pero el trato del personal del hotel fue siempre exquisito, como si nos debieran algo. Así que nos llevaron al super hotel, que en realidad estaba a 5 minutos andando del primero, y nos acomodaron en unas buenas habitaciones. 30 segundos después estábamos a remojo en la piscina spa.

la pisci en cuestión

Este viaje había tenido sus inconvenientes, como todos, pero no podíamos imaginar que acabaríamos en este resort más propio de República Dominicana que de lo que habíamos podido ver por Vietnam.

fruta dragón en tu habitación!

Así que cuando nuestros dedos parecían ciruelas pasas, por color y por textura, salimos de la épica piscina verde para ducharnos y disfrutar de la noche hoianesa. Que básicamente se traducía en comer bien de una maldita vez. Hoi An definitivamente era otra liga dentro de Vietnam.

Un tranquilo río con barquitas de pescadores lo cruzaba, y a sus lados las orillas se llenaban de restaurantes, comercios y bares con farolillos rojos. En el centro un gran puente peatonal con más farolillos, y bajo él, en el río, una flota de barquitos de papel con velas, que eran un auténtico negocio ya que todos los turistas querían poner su vela. Los viejos edificios estaban bien cuidados, y había uniformidad en los estilos, en la iluminación.

También había un puente cubierto de madera, con vigas talladas con formas de demonios, y budas.  La estampa era única, y daba la sensación de tranquilidad. Por alguna razón todo esto recordaba un poco a las pequeñas ciudades que vimos en Japón unos meses antes.

Tras un paseo rápido y localizar algunas de las míticas tiendas que hacen trajes a medida en 24 horas, nos pusimos a buscar un restaurante y pronto dimos con el Sakura, un restaurante japonés un poco caro, para ser Vietnam, pero muy recomendado en varios sitios. La terraza a la que nos subieron era espectacular sin duda: con vistas a todo el centro, el río y los puentes, tranquila, y con muchos geckos en las paredes devorando mosquitos. La comida que nos trajeron estaba a la altura, especialidades japonesas en modo delicatesen, pero con raciones abundantes. Ahí fue donde descubrimos el origen de todo este oasis en la chabacanería típica de Vietnam: Hoi An fue durante bastante tiempo un asentamiento japonés para el comercio con China. Había habido muchos japoneses viviendo aquí, usando su importante puerto, sus calles y sus conexiones con China. Y se notaba. Todo era tan… japonés…

En el Sakura cenamos muy bien, y después nos dispusimos a dar un garbeo por el un poco hippy centro de Hoi An. Inicialmente vimos una gran barcaza de madera donde habían improvisado un bar al que se entraba por una estrecha pasarela de madera combada digna de las pelis de aventuras. Tenía un gran ambiente y la cerveza era barata pero estaba lleno, y estar de pie en una barca no es lo mismo que en un bar. Así que seguimos nuestro paseo nocturno hasta la otra orilla del río, donde encontramos muchos más garitos propios de turistas, especialmente de turistas muy jóvenes que vienen a desfasar. Vamos que parecía Miami más que Hoi An. Al final encontramos un buen sitio en el que los zumos y las cervezas no eran demasiado caras, y despedimos la noche HoiAnita en el mismo sitio, para hacer buen uso de las primeras camas decentes que teníamos en todo el viaje.