30 Ago

Alemania y Austria, capítulo 3: Knuckel-stein Haus

Intentamos salir pronto de Salzburgo, pero entre desayuno, devolver sábanas, hablar con el desconsolado coreano que no había podido dormir ni media hora, y recuperarnos nosotros mismos de los ronquidos de Iñigenstein, nos dieron las 10.30. Por suerte, nuestro destino de hoy no estaba demasiado lejos. Se trataba de Kehlsteinhaus, o el Nido de Águilas, un regalito del partido nazi a Hitler que por lo visto fue utilizado muy pocas veces por el señor del bigote y por eso no lo demolieron. Esta casa superchachi está en lo alto del monte Kehlstein (1800 msnm) y la gente sube en bus hasta su base, donde se coge un super ascensor dorado hasta el mismo refugio. Pero nosotros habíamos pensado hacer todo el trayecto andando.

Así que nos dirigimos a Berchtesgaden, un parque natural donde está el Nido de Águilas y muchas cosas más. Para cuando llegamos allí, era bastante tarde, y teníamos que pasar por delante del hotel en el que íbamos a dormir un par de noches, así que aprovechamos para dejar las maletas grandes e ir con el coche más ligero. El hotel de Berchtesgaden tenía una pinta estupenda, pero no podíamos seguir esperando, y partimos hacia el inicio del trekking. Al llegar eran ya las 12, así que íbamos a subir en medio de todo el hambre.

Todo esto hay que subir?

Todo esto hay que subir?

Empezamos a subir por un camino sencillo, que muchas veces discurría junto a la carretera, y que era un poco empinado, pero asequible. Nos habían dicho que la subida era muy escénica, pero tenía pinta de que íbamos a ir bajo pinos todo el rato.

La subida fue empinándose más, hasta que en el último tramo que era en modo puerto con curvas cerradas y tramos pegados a la ladera. Había hambre y no se veía el final entre la espesura de los pinos. Pero al fin, tras 2 horas y media de subida llegamos al aparcamiento, donde se cogía el ascensor.

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Hicimos un pequeño descanso y decidimos pagar el ascensor. El precio con autobús desde abajo es bastante caro, pero sólo ascensor se quedaba en 3 eurillos, así que no fue para tanto.

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El ascensor está tras cruzar un largo túnel que te mete en la montaña y es bastante grande, subíamos hasta 25 ó 30 personas a la vez. Además era de bronce bruñido con espejos, cuero, y un ascensorista simpático.

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En un momento te ponías en la cima, saturadísima de gente, y empezabas a ver las pedazo de vistas de los alpes que tenía Adolfo, con lagos, cordilleras, etc.

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El hambre apretaba mucho, así que directamente nos pusimos a comer en un banco, que por otra parte era el banco más deseado de Kehlsteinhaus porque tenía las mejores vistas.

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Nosotros comimos tranquilamente y luego nos hicimos una sesión de fotos allí mientras los grupos de polacos se agrupaban detrás, ruidosos como españoles, esperando a que nos largáramos.

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A lo tonto nos dieron las 15.30, así que empezamos el descenso, que iba a ser mucho más fácil pero también más crítico para las rodillas.

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Poco a poco fuimos bajando mientras veíamos como el espectacular cielo azul se iba cubriendo de nubes. Las nubes se volvieron negras y empezaron a oírse estruendos en las montañas más alejadas. Estábamos cerca de una tormenta, así que abreviamos y empezamos a bajar mucho más rápido. El cielo estaba completamente negro y la tormenta estaba muy cerca. Cuando llegamos abajo, unos chinos estaban empezando a subir. Iban a flipar. Empezaron a caer los primeros gotones, y echamos una carrera al coche. Cuando entramos empezó a llover de forma salvaje. Perfect timing.

La tormentaza desde la habitación del hotel

La tormentaza desde la habitación del hotel

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Así que nos fuimos al hotel a ducharnos, cambiarnos, pero sobre todo a dar uso intensivo del spa del hotel, con su jacuzzi y su sauna. FETÉN.

Estuvimos a remojo (y al vapor) más de dos horas, y subimos a la habitación como nuevos.

Like a boss

Like a boss

Al bajar de nuevo salimos a preguntar qué podíamos hacer en un minipueblo como Berchtesgaden. La chica de la recepción nos dijo que no teníamos muchas dificultades ya que eran las fiestas del pueblo!!! así que nos acercamos al centro de Berchtesgaden, que por cierto era muy bonito, y vimos que había unos cuantos escenarios con música, algo similar a «txoznas», pero alemanas, o sea con salchichas y cerveza.

Había un ambiente tremendo, con gente vestida, en vez de arrantzale, de tirolés, y música y demás, pero nos lanzamos a comer, que había hambre después de la montaña. Encontramos un biergarten muy majo, que prometía cerveza casera, y buenos platos, en largas mesas en la calle. Por una noche, nos mantuvimos alejados del knuckel, pero Iñigestein, el Duke miraba receloso a los knuckels de mesas cercanas. Pedimos unos «noodles con queso» y unas hamburguesas. Todo muy bueno, pero siguientes visitantes deberían saber que los «noodles» de los alemanes tienen poco que ver con los noodles. En realidad son mucho más parecidos a los gnocchi, son una especie de alubias de patata. Por lo que dijeron estaban muy buenos.

Con una cervecita y una hamburguesa en la barriga las cosas se veían diferentes, así que fuimos a las «txoznas». Estuvimos especulando un rato, hasta que encontramos un escenario en el que un grupo estaba tocando clásicos del blues y rock, y la gozamos bastante. Allí había un gordaco sin camiseta y con una barba hasta el ombligo al que se acercaban todas las chicas jóvenes. Supusimos que el ideal estético de guerrero vikingo lo peta en la Alemania rural. Iñigenstein estuvo a tope con las jóvenes también, con su bebida parecida a la coca cola que valía más que dos cervezas juntas. Le impediría dormir la cafeína al Duke? Ni pa dios.

 

A tope con las fiestas de Berchtesgaden

A tope con las fiestas de Berchtesgaden

En una de nuestras expediciones al baño (esto estaba muy mal montado, no había ni un baño público, había que apañárselas con los bares, que no eran tantos), Karl y yo pasamos por un escenario donde unos sudamericanos estaban cantando temazos de Julio Iglesias. Karl lo dio todo bailando con unas viejis a las que les encantaba Caballo de la sabana.

Después de aquello la fiesta fue decayendo. Eran las 0.00, y no podíamos olvidar que es Alemania, donde después de las 8 de la tarde te comen los lobos. Así que estuvo bastante bien, considering. Nos fuimos a la confortable camita del hotel Alpina.

Mañana tocaban más trekkings.

 

 

25 Ago

Alemania y Austria, capítulo 2: Sin knuckels no hay paraíso

Tras una noche de ronquidos cavernosos del infierno, despertamos sin mucha determinación. El desayuno de Wombats era más que correcto, un buffet en el que Karl se inició en el alpiste. Hoy empezaba el viaje de verdad, cogíamos nuestra Touran de alquiler y empezábamos a recorrer el interior de Austria y Baviera.

Al llegar a la oficina de alquiler descubrimos que no nos iban a poner una Touran, si no una Zafira… Parecía poca diferencia pero en los días sucesivos descubriríamos qué mierda de coche nos habían dado. Iniciamos en nuestro cutre-wagon el recorrido por las tierras bávaras y austriacas, con destino Salzburgo. Lo primero que descubrimos es que las carreteras de esta zona se quedan un poco pequeñas para las necesidades que hay. O todo el mundo se puso de acuerdo para largarse a la vez. Parecía Castro Urdiales en jueves-pre-finde-de-tres-días-que-va-a-hacer-bueno. Lo segundo que descubrimos es que el larguísimo CD que había traído Xabimann para amenizar los viajes básicamente se componía de temas folklóricos, patrióticos, Oskorri, y pinceladas de bizarradas francesas. No tardamos en empezar a skippear las canciones.

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Salzburgo está cerca de Munich, pero tardamos más de dos horas en llegar con ese intenso tráfico. Aparcamos en un parking cercano al youth hostel que habíamos cogido y salimos decididamente a ver el centro de la ciudad. Salzburgo me sorprendió por lo pequeña que es, una vez te salías del centro había unas cuantas zonas de viviendas pero no demasiado extensas. Parece que en Austria no se estilan las ciudades grandes. Estar rodeados de super montes y nieve una buena parte del año seguro que no ayuda demasiado. Aun así, Salzburgo tiene un pasado de poder e influencia. Su control de la sal de diversas minas cercanas (de ahí su nombre), parece que tuvo que ver en que fuera una ciudad independiente gobernada por un super arzobispo de la super iglesia romana.

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En cualquier caso, estábamos hambrientos. El condenado viaje se había alargado demasiado, y entre dejar las cosas en el hostel, aparcar, y conocer al pobre coreano al que le había tocado compartir habitación con nosotros, nos dio la hora de comer. Conocer ciudades con estómago vacío está muy mal, así que nos fuimos al primer italiano que pillamos y prescindimos un día más del bocata.

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Salzburgo no es muy grande, pero es bonito. Estuvimos callejeando un rato por sus callejuelas con tiendas de mucha pasta, adornos de navidad, y muchas referencias a Red Bull. Resulta que SAlzburgo es la ciudad de Red Bull, y había unas cuantas tiendas con referencias a los coches y a Felix Baumgartner (el que saltó desde muy arriba), que también es de Salzburgo. Parece que no hubiera más Salzburguinos ilustres… oh, wait!

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En fin, pronto llegamos a la espléndida catedral. Como Salzburgo fue un arzobispado de gran relevancia para la iglesia católica, tiene un montón de iglesias tremendas, una catedral impresionante, y un super edificio que si no entendí mal, era donde vivían los altos cargos eclesiásticos y donde se celebraban concilios y reuniones similares.

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El techamen de la catedral se salía

El techamen de la catedral se salía

Después de enredar un poco por lo viejo, subimos al castillo, el edificio más destacado de Salzburgo. Si algo hemos hecho en este viaje ha sido subir. Fuera donde fuera el destino, siempre había que subir una cuesta empinada. Había también un funicular, pero no era lo mismo. Así que salvamos la cuestita, y entramos al castillo.

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Este castillo-fortaleza tiene una pila de años (es del año 1077) y como no podía ser de otra manera, la iglesia estaba implicada en que alguien decidiera construirlo. En la primera parte de la visita se veía cómo habían ido entochando el castillo con los años, como si fuera uno de estos videojuegos de «hazte tu granjita». Pues igual pero con «hazte tu überfortaleza en la montaña».

También había zonas con buenas vistas

También había zonas con buenas vistas

Luego iban enseñando salas, papas, arzobispos y gente con poder y mucha sal. La visita te lleva también a una «cámara de la tortura». Como bien decía Karl, ¿quién demonios no va a entrar en un sitio así? Una vez dentro, descubrías que era humazo, la cámara de la tortura era una sala en la que guardaban algunos instrumentos de tortura (4 instrumentos), y en la que nunca se había torturado a nadie, ya que en la fortaleza no se aplicaba la justicia material. ERa un poco decepcionante, pero luego pudimos subir a lo más alto del castillo para poder ver las tremendas vistas de Salzburgo y los valles colindantes.

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Una cámara de no tortura

Una cámara de no tortura

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Después de unos garbeos adicionales por otras áreas del castillo en las que se podían ver armas medievales, trajes de guerra, y otras cositas interesantes.

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Había un paisaje majo

Había un paisaje majo

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Al final, volvimos a bajar al centro, donde habría estado muy muy muy bien poder ver el concierto del Requiem de Mozart que daban en la super catedral con sus über-órganos, pero costaba 28 pavazos entrar. Yo los habría pagado, pero me parece que era el único.

Xabimann era el único al que le daba igual posar con tumbas

Xabimann era el único al que le daba igual posar con tumbas

Así que seguimos la vueltita por el centro, que nos llevó hasta la universidad, donde había unos pepinos gigantes:

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Cucumis sativa es un primo cercano de Calabacín, así que tuvimos que hacernos una fotillo con la primada.

Por último fuimos a ver la casa de Mozart (desde fuera, no era barato visitarla por dentro), y el palacio Mirabell, uno de esos palacios hechos por los poderosos para sus amantes, con unos jardines tremendos. Allí nos sentamos un rato, recordando la sentada en el parque de las estatuas de Oslo.

DEsde Mirabell se veía chachi el castillo

DEsde Mirabell se veía chachi el castillo

Después, volvimos al hostel a dejar las cosas, ducharnos y prepararnos para nuestra segunda noche de knuckel. El Duke Knuckel Iñigenstein estaba ya relamiéndose. Esta noche tocaba la cervecera Augustiner Braustubl, mítica por hacer su propia cerveza, y tener unos salones y jardines inmensos. El problema de esta cervecera es que no tiene cocina como tal, si no una serie de comercios pequeños dentro de la cervecera (es gigante), en los que puedes comprar diversas viandas de muchos tipos. La parte interior de la cervecera son unos cuantos salones enormes con pasillos centrales donde están los puestitos de comida que acaban en las grandes barricas de cerveza. Estos salones estaban un poco desangelados y casi sin gente y llegamos a pensar que no era la cervecera adecuada. Pero abajo hay un super biergarten, un jardin con árboles y mesitas donde estaba todo el jolgorio.

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Allí nos lanzamos, pedimos 5 de sus mejores cervezas, y fuimos a por comida. Iñigenstein y yo queríamos algo menos intenso que el knuckel, y pedimos lo que pensábamos que era jamón asado. Cuando la chica empezó a prepararlo descubrimos que eso de la foto era knuckel deshuesado. Así que otra noche de knuckel para el Duke. Los demás fueron unos blandengues que se conformaron con costillas.

La cena estuvo muy buena y la cerveza mejor. Al salir nos dirigimos a uno de los bares del centro que nos habían recomendado. Encontramos uno muy interesante que pretendía ser una especie de minibar belga, con una pequeña selección de cervezas de importación. Tenía el elefante rosa de Delirium Tremens en la puerta y nos tomamos unas cervezas artesanas muy buenas. Nos sorprendió que la gente estuviera fumando a saco, pero por lo visto en Austria se puede fumar en los bares. Asco.

Después de aquello nos volvimos apestando a nuestro hostel, donde el pobre koreano esperaba en el vano de la ventana con la mirada perdida. Parecía una peli de Wong Kar Wai, pero no sabía lo que le esperaba. Accedió a irse a la cama en cuanto nosotros estuvimos listos.

El resto de la noche, probablemente la pasó despierto. El knuckel me dio una digestión pesada, pero al Duke no: pudo dormir como un tronco. Y los demás lo pudimos notar.

20 Ago

Alemania y Austria, capítulo 1: En el principio, todo era Knuckel

El madrugón fue notorio. Teníamos sueño, pero por delante sólo nos esperaba un vuelo de dos horas. Sin escalas. Sin jet lag. A las 10 de la mañana estaríamos ya en Munich, nuestro centro de operaciones del octavo viaje de verano.

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Así que sin esperar demasiado, fuimos al céntrico Wombat City hostel donde no pudimos acceder a nuestra habitación. Al menos no teníamos mochilas, así que empezamos a recorrer el centro de Munich sin más demora.

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Todos habíamos estado ya en la ciudad, pero siempre hay cosas nuevas que hacer, y si no, siempre te queda el codillen y las salchichen. De hecho, Karl tenía algún tipo de historia turbia con esta ciudad. Por no hablar de Xabimann, que tenía al menos dos historias turbias. Que se sepa. Había que andar con pies de plomo, amigo (y mantenerse alejado de las jarras y la policía).

Lo primero que hicimos fue visitar el ayuntamiento, mítico edificio de Munich, en el que pudimos subir a la torre para ver si las vistas merecían la pena. Tampoco es para tanto, Munich es una ciudad agradable pero no tiene un super skyline.

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Al bajar, empezaba a apretar el hambre, sobre todo a Unaien, que parece que tiene una especie de tubería trituradora en vez de un estómago. Nos acercamos a la plaza del mercado Rindermarkt, donde había todo tipo de delicias teutonas: quesito, salchichas, codillo, fruta, miel, té… Como de momento Bayern estaba aplicando el modo austero (aunque no le dejaron hacerlo mucho tiempo…), nos decantamos por comer un bocata de salchicha. De pie. Y nuestra primera cerveza. Todo perfecto.

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Tras unas frutitas de postre, seguimos visitando el centro de Munich, sus iglesias convertidas en jungla, sus museos de juguetes y sus macrocerveceras.

Esta iglesia estaba reconvertida en algo mucho más práctico y bonito

Esta iglesia estaba reconvertida en algo mucho más práctico y bonito

Cuando por fin Unaien y Xabimann consiguieron el ansiado helado que querían de postre (en contra de la política de austeridad de Bayern), cogimos el metro para dirigirnos al norte, y ver la villa olímpica y el museo BMW. El transporte público de Munich es impensable en otros sitios: no hay canceladoras, y uno valida el ticket por principio. Nosotros cogimos un ticket para venir del aeropuerto, y compramos otro para ir a la villa olímpica, pero perfectamente podríamos haber ido gratis: nadie controla si has comprado y validado el billete.

Macroconcesionario BMW

Macroconcesionario BMW

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El museo BMW es un imponente edificio de diseño que… Ah no! esto no es el museo, es una especie de concesionario gigante!

En el museo se puede ver el i8. Hay un tipo con una balleta que pasa de vez en cuento a limpiar babas

En el museo se puede ver el i8. Hay un tipo con una balleta que pasa de vez en cuento a limpiar babas

También hay un tipo con pinta de moro que explica a la gente lo que es el par motor

También hay un tipo con pinta de moro que explica a la gente lo que es el par motor

El museo es bastante más discreto, aunque no está mal. Hay coches y motos míticas de la marca, y en la expo temporal tienen unos cuantos Rolls Royce, y está organizado de una forma elegante. Tampoco hay que fliparse demasiado, sólo son coches. Es una buena visita si ya has visto los otros muchos atractivos de Munich mucho más interesantes, como el museo de ciencia (que mola un huevo).

Después del museo nos pegamos con una máquina de refrescos que finalmente nos acabó robando varios euros, y nos fuimos a tomar nuestras cocacolas a una campa en el recinto olímpico.

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Tienen muy bien montado este espacio, uno de los mejores aprovechamientos de instalaciones olímpicas que recuerdo haber visto, y eso que han pasado una pila de años. En este gran parque hay diversas atracciones, lagos, e incluso una montañita para tener buenas vistas.

Karl aprovechó para hacerse la mítica foto embarcadero

Karl aprovechó para hacerse la mítica foto embarcadero

También hay una torre-pincho  a la que no subimos, pero que recuerdo de visita anterior que tenía un museo del rock bastante interesante (además de las mejores vistas de Munich). Nos apañamos con la montañita.

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Poco a poco fuimos volviendo hacia el hostel, esta vez andando, callejeando, con polémica sobre el Coleta, que es un populista, y blablablabla, que no, que es un semidiós, blablabla. POLÉMICA!! Xabimann había venido a este viaje especialmente militante (a qué se deberá?) y los primeros días hubo varias polémicas izquierdoso vs neocon, pero al final las conversaciones del viaje volvieron a su cauce habitual: el pez ese de los ríos tropicales.

El hostel estaba muy bien, buenas camas, una terraza terrible, y buena localización. Además tenía un bar. Así que descansamos un poco, nos duchamos, y salimos a por nuestro primer codillo. Hoy tocaba HofBräuHaus am Platzl, la cervecera super mítica y super grande que está en el centro (y en la que se constituyó el incipiente partido nazi, aunque de eso no comentaban mucho).

Esta cervecera es gigante, tiene varios pisos, infinitas mesas, y músicos tocando temazos bávaros alternados con el típico Ein Prosit. Aquí nos lanzamos al que sería el primero de una larga lista de codillos (knuckels) con los que Iñigenstein se convertiría en el legendario Duke Knuckel. Las cervezas de litro, y las salchichen de sabores tampoco faltaron.

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Codillers

Codillers; se acabó la conversación

Después de la copiosa cena arrancamos hacia el hostel, donde nos esperaba una cerveza gratis en el bar, y una noche de sueños pesados regurgitando la grasa del knuckel, y de los estruendosos ronquidos de Iñigenstein, que también se convertirían en leyenda.