30 Sep

Austria y Alemania, capítulo 6: Sequía de Knuckels

Amaneció gris en casa del euroescéptico. Desayunamos como generales en el super hotel Schlosswirt, y emprendimos el viaje pronto. Hoy teníamos dos posibles destinos, recomendados por el dueño del hotel. Por un lado podíamos subir a Mohar, un pico de unos 2700 metros, que iba a ser bastante duro, pero por otra parte gratificante, o ir a la garganta de Raggaslucht, recomendada en todas las guías de la zona, y también recomendada por el tipejo del hotel, aunque él nos dijo que era muy sencilla.

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Decidimos probar con Mohar, a menos que lloviera. DE momento parecía que íbamos a tener suerte, así que tras comprar pan en la única panadería de Grosskirchheim, iniciamos la subida a la base del monte. Mohar está a casi 2700 metros, pero el ascenso empezaba a casi 2000, así que en realidad era un ascenso considerablemente menor para nosotros, y mayor para el coche. La subida empezaba suave, alejándose del valle, entre las casas de los lugareños que preferían vivir en el monte. Poco a poco se fue complicando y desapareció del GPS, hasta que entramos en un camino de tierra. Todo apuntaba a que el condenado Zafira nos dejaría vendidos, pero llegó hasta el final.

En el final, tal como nos indicó llegamos a Glocknerblick, un pequeño pero bien equipado refugio donde aparcamos, y desde donde vimos el pico, imponente.

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El ascenso hasta Mohar fue exigente, eran sólo 700 metros pero se salvaban en muy poca horizontal, por lo que el desnivel era considerable. En un punto medio llegamos a Moharkreuz, un pico intermedio con una gran cruz, donde descansamos y nos hicimos algunas fotos de cracks. DEspués de la cruz, la subida transcurre por una cresta de hierba bastante espectacular.

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Al final, a eso de las 12 llegamos a la cima de Mohar. Tal como nos indicó el amigo euroescéptico, las vistas desde aquí eran terribles: se podía contemplar todo el macizo Glockner, así como Großglockner, el pico más alto de Austria, y la segunda montaña más alta de los Alpes, tras el Montblanc, con 3798 mts. Por el otro lado podían observarse otras cimas de la Marmolada o Ankogel.

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En Mohar estaba lloviendo de forma más intensa, y teníamos dos opciones, hacer el tour completo, de 4 horas, que consistía en bajar por otra ruta que nos llevaría por los valles, o bajar por donde habíamos venido, en mucho menos tiempo, para poder así ver también la garganta de Raggaschlucht. Nos decantamos por la segunda opción, menos épica, pero más práctica.

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Al llegar de nuevo a Glocknerblick, abajo hacía un tiempo estupendo, que aprovechamos para ver una pequeña iglesia que había en el borde del precipicio, y para comer uno de nuestros últimos bocatas premium, que supo más a gloria que nunca, tras el esfuerzo de la mañana.

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Salimos hacia Raggaslucht, que estaba un poco a desmano de nuestro destino de hoy. La entrada a esta garganta cuesta 6 euros y ofrece un paseo impresionante por encima y dentro de una estrechísima garganta que baja con fuerza hasta el río. Todo el paseíllo va por unas pasarelas de madera que no inspiran ninguna confianza, especialmente cuando se ven letreros que prohíben a los paseantes juntarse en el mismo tramo de pasarela. Así que fuimos haciendo el paseo, una constante subida, por las pasarelas de madera con un poco de desconfianza, pero gozándola con las vistas.

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Sin embargo, estas vistas se acaban rápido. Hicimos muy bien en venir después de Mohar, este plan no te ocupa un día entero, ni siquiera una mañana entera. Al final se volvía por otro camino entre bosque, que también era muy agradable.

Neukirchen am Grossvenediger era nuestro nuevo destino, un minipueblo en la cara norte de Hohe Tauern, que quedaba un poco a desmano.

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Hoy sin embargo cruzamos el super macizo Glockner por un túnel en vez de por la ruta panorámica, por la que se tardaba mucho más. El túnel también era de pago, pero era mucho más rápido. Dos horas después, sobre las 7 llegamos a Neukirchen, y descubrimos que estaba todo ultra cerrado. REstaurantes incluidos. Y no teníamos para cenar. Tuvimos que contactar con la señora de la casa que habíamos reservado, ya que era un apartamento y no vivía allí. La casa estaba muy bien, tenía una terraza terrible, y tres habitaciones, en las que podríamos dormir de lux benelux. Tambien tenía una cocina nueva muy chachi.PEro no teníamos nada que cocinar, así que salimos a todo meter a encontrar algo abierto, un restaurante o un super. Nada.

Finalmente encontramos un pequeño super que estaba abierto. Mientras nos acercábamos se me ocurrió comentar «te imaginas que cierran a las 7 y media y nos cierran en la cara?» «jajaja» risas nerviosas. Pues así fue. Según llegamos a la puerta sale una tipa y nos dice que quedan dos minutos para cerrar y que no podemos entrar. Karl le convenció de que íbamos a ser ultra rápidos y al final la mujer nos dejó entrar. Pero fue la compra más relámpago hecha nunca: a las 7 32 estábamos fuera con nuestro desayuno y con los macarrones con tomate que íbamos a cenar.

Las vistas desde nuestra terraza

Las vistas desde nuestra terraza

La cena fue un poco insípida (y abundante), pero la gozamos en nuestra super cocina, aunque echamos de menos el knuckel… dónde quedaron las grasientas cenas de los primeros días…. Los días empezaban a ser más flojos después de los duros días del principio. Así que estuvimos un buen rato haciendo el vago por el aparta. Al día siguiente no tocaba madrugón!

15 Sep

Austria y alemania, capítulo 5: Knuckelriesenwelt

El quinto día de viaje empezaba con nuestra despedida de Berchtesgaden, ese agradable pueblo. Hoy teníamos una visita chachi: el mundo de los gigantes de hielo, la cueva de hielo más grande de Europa, de la que habíamos leído que se formaban grandes colas y había que andarse con ojo con dormirse en los laureles. Así que tras el gran desayuno del hotel Alpina, y comprar el pan en la única panadería abierta de Berchtesgaden, salimos hacia Werfen, el pueblo junto al que se encontraban los gigantes de hielo.

Werfen no está demasiado lejos de Berchtesgaden así que para las 10 y media ya estábamos allí. Pero al llegar a la desviación para Eisenriesenwelt encontramos que había una barrera y un tipo que estaba parando a los coches. Cuando nos llegó el turno, nos dijo que el teleférico que subía hasta los gigantes de hielo se había estropeado, no sabían cuándo lo iban a arreglar, y si queríamos acceder teníamos que pensar en subir hora y media andando por una pendiente muy muy empinada, además de 20 minutos que se tardaba en llegar al teleférico y otros 20 que se tardaba en llegar del teleférico a la cueva; total: dos horas y pico para llegar a la cueva, y un buen desnivel: la entrada a la cueva está a casi 2000 metros. Accedimos, en principio sin dudarlo, no habíamos venido hasta aquí para nada… pero la idea de subir una pendiente empinada durante 2 horas no hacía demasiada gracia.

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Al subir por el pequeño puerto que llevaba hasta la base de la montaña pudimos contemplar las vistas del valle de Werfen, así como su castillo Hohenwerfen (que como su nombre indica,estaba en una colina elevado sobre el resto del valle). Esta fortaleza es muy llamativa y aunque no la visitamos, cuando volvamos por allí, tendremos que ir.

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Al llegar al centro de turistas que tienen montado en la base de la montaña, y que es espectacular, fuimos temerosos a preguntar si el teleférico seguía estropeado. Nos dijeron que no, ya había entradas, y aunque casi duplicaba el precio de la entrada, si ésta incluía teleférico, nos lanzamos sin dudarlo a la opción completa. Una de las mejores decisiones que hemos tomado en el viaje. Desde el paseíto hasta el teleférico había muy buenas vistas también, y cuando llegamos, aunque era bastante pronto, vimos que había algo de cola, y tuvimos que esperar 15 minutos a que subieran unos 4 o 5 teleféricos, hasta que nos tocó a nosotros.

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Al montar pudimos ver lo que era la subida «very steep» de la que nos habían avisado: una subida infernal con un desnivel en algunos tramos del 100% (en el teleférico ponía que su desnivel era del 120%), por un camino que casi no existía en bastantes tramos, y que iba por un pedregal de roca suelta, de esta que se hunde al pisar. Parecía normal ahora, que el teleférico tardara 3 minutos y andando fueran 90: en realidad no era mucha distancia, pero recorrerla era un trabajo para tipos duros. Y allá abajo se veían algunos que habían llegado cuando el teleférico aún no funcionaba. Y estaban muriendo. Qué bien habíamos hecho al coger el teleférico.

"ÉSE" era el camino!

«ÉSE» era el camino!

delux

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benelux

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Arriba, como en todos los montes alemanes, había restaurantes y salchichas y cerveza, y un bonito paseo de otros 15 o 20 minutos hasta la entrada de la cueva.

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Llegando, con toda la niebla encima

Llegando, con toda la niebla encima

Durante un rato pudimos contemplar el valle y lo imponente del monte al que íbamos a entrar. Pero en un par de minutos vimos como la niebla se echó encima y lo cubrió todo. Fue rapidísimo. Al llegar a la cueva no se veía nada.

IMG_0620Eisenriesenwelt es una visita muy interesante. Según llegamos nos asignaron un guía en inglés y nos dieron un farolillo cada dos personas. Los farolillos cabría esperar que fueran eléctricos, pero no, eran de gas, y la llama variable iba chisporroteando divertida. Abrieron la puerta a la cueva y una corriente brutal de aire frío salió, casi impidiéndonos entrar, y apagando nuestros recién encendidos farolillos. El guía, un tipo con un acento ultra raro y una entonación divertidísima, nos volvió a encender los farolillos y empezó nuestra marcha hacia las profundidades, que como no podía ser de otra manera, sería una marcha de ascenso, ya que la cueva entraba en la cueva hacia arriba y subía varios centenares de metros hasta su parte más alta (lo que explicaba que al abrir la puerta saliera el aire de forma tan violenta: aire frío, más pesado, y en una zona más alta, salía de golpe y dejaba paso al aire caliente de fuera.)

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Porque en la cueva hace frío. Mucho frío. Íbamos bien abrigados, y al principio estaba bien. Pero la visita es algo más de una hora entre paredes de hielo, por lo que al final se agradece tener un buen polar. Es recomendable también llevar guantes, ya que había que agarrarse a barandillas metálicas muy frías, y sujetar el farol, por lo que las manos llegaban azules al final de la visita.

La visita a la cueva de los gigantes de hielo es todo el rato subir por escaleritas, es un poco cansado. Mientras subes, el guía, con el acento más raro del mundo, te va explicando cosas de los gigantes, mientras quema cordeles de fósforo que crean curiosas iluminaciones en la cueva (ya que no hay nada de luz dentro). A la vez que eso, está constantemente pendiente de que nadie haga fotos. Según la página de la cueva, tienen una política estricta antifotos para evitar que la gente se pare y se apelotone, ya que eso baja el ritmo de las visitas que vienen detrás (y las aglomeraciones aquí tienen pinta de ser peligrosas). Es verdad que la cueva funciona como un reloj suizo y ves como otros grupos se mueven por delante y por detrás sin entorpecerse. En la web dicen que no es para vender más fotos en la tienda de souvenirs. Pero sí es para vender más fotos. Una cosa es que te vean pararte en un momento dado y entorpecer a los que vienen, y otra es que mientras el tío te está explicando algo, que le lleva un buen rato, no te deje echar una foto sin flash (que estás parado, no vas a entorpecer nada). Bastante estricto el tipo (y amenazador).

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Al margen de esto, la visita fue muy interesante (Unaien echó unas cuantas fotos), y cuando se llega a la parte más alta se encuentra un lago helado muy bonito que queda muy resultón con el fósforo ardiendo. Después se baja por una ruta alterntiva, y estrechita hasta la puerta inicial. *APUNTE FRIKI*: en todo momento me sentí como mi personaje del Diablo II cuando entrabas en las cuevas de hielo de Arreat (o en las cuevas de Chiltara del Diablo III). Ibas por cuevas de hielo que no eran más que tubos, y llegabas a salas (donde no había monstruos gigantes azules, pero casi). La visión menguada, el suelo resbaladizo, y la stamina gastándose a medida que subía escalones. Así que cueva muy guapa.

CUando salimos de la cueva el aire cálido nos acarició gentil, y nos devolvió el color a las manos. Iniciamos el descenso hacia Werfen, donde comeríamos antes de ir a nuestro siguiente checkpoint.

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Tras el bocata cutreibol, mientras algunos se tumbaban a la bartola, para asombro de los locales, yo aproveché para comprar unos tapones para dormir, anticipando las noches que me quedaban de viaje. Qué buena decisión.

En seguida salimos hacia la cascada de Golling, una de las más míticas de Austria, que está muy cerquita de Werfen. Esta cascada que haría las delicias de Karl, estaba muy accesible tras un pequeño paseo de 15 minutos. Después se podía subir a la parte superior para tener otra perspectiva.

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Después de las fotos de rigor y hacer un poco el chimpancé, arrancamos hacia nuestro refugio de esta noche:el hotel Schlosswirt de Großkirchheim. Si estos días los habíamos pasado visitando el parque natural de Berchtesgaden, los siguientes tocaba visitar Hohe Tauern, la cordillera más gorda de esta parte de Austria, y desde la que se veía el Tirol, Salzburgo y Carintia (incluso a lo lejos, la Marmolada). La idea que habíamos tenido era dormir en algún punto elevado, ya que teníamos que cruzar la cordillera, con pasos a casi 3000 metros. Pero no encontramos un alojamiento disponible en los pueblos elevados, así que finalmente nos decantamos por uno en Großkirchheim, mucho más abajo en el valle. La parte buena es que había una carretera escénica para cruzar las montañas, tan escénica que tenía horarios de apertura, y no se podía pasar más que a ciertas horas, pagando un buen pastizal.

Las alturas de la cordillera

Las alturas de la cordillera

Cuando llegamos al peaje de la carretera de Großglockner, el tipo nos miró un poco mal y nos dijo que íbamos muy tarde (serían las 18), ya que la carretera cerraba. Se aseguró de que íbamos a algún sitio accesible en el tiempo que teníamos, y nos dejó pasar, tras pagar casi 30 euros. El inicio de la carretera era una super autopista de tres carriles, con un buen desnivel (un poco Altube). Tanto, que el coche no podía. Teníamos que subir en segunda!!! Así que al de 20 minutos empezó a oler a quemado. El coche estaba sufriendo infinito, así que cuando la carretera era más estrecha íbamos parando cada poco tiempo, como por otra parte estaba indicado en una carretera escénica (aunque no hacía buen tiempo, y los montes más chachis estaban tapados por la niebla). De todas formas la carretera era sencilla, lo que pasa que el zafira era un VENENAZO de coche.

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Al cabo de 30 kilómetros empezamos a bajar, suavemente al principio y más a lo loco al final, entrando en un valle espectacular, con iglesias pinchudas y sumido entre los escarpados picos de Hohe Tauern.IMG_0676

 

Llegamos a Schlosswirt a eso de las 20, y costó que el dueño, vestido de tirolés, nos atendiera, ya que eran horas intempestivas para ellos. Nos dijo que la cena se acababa ya, y que si queríamos cenar teníamos que darle duro cuanto antes. En principio pensamos en salir a un restaurante a cenar, pero pronto descubrimos que en Großkirchheim no había restaurantes. Era un micropueblo que vivía de la ganadería y el turismo de ski en invierno.

La cena a base de sopas y delicias austriacas estuvo a la altura de su precio (y sus calorías a la altura del frío que debe de hacer aquí en invierno). Preguntando al dueño para hacer un trekking interesante al día siguiente, acabó sentándose con nosotros a la mesa, para descubrir después que el tipo era francés (se había pirado de Francia porque había muchos extranjeros y en Austria menos, nivelazo), y un poco bastante euroescéptico (explicado en parte por lo anterior). Europa ens roba, y no nos deja hacer queso con nuestra leche.

El tipo fue muy simpático con nosotros y nos dio unas guías estupendas para hacer trekkings al día siguiente (supongo que el hecho de que fuéramos blancos influyó en su simpatía). Nos recomendó subir a Mohar, un pico a 2700 metros, que se escapaba un poco de mi planning original. Pero insistió en lo espectacular de sus vistas y que se podía ver Großglockner y sus imponentes 3798 metros, y blablabla. Mañana decidiríamos. Hoy era mejor no darle mucho más pie a hablar al tipo aquel, que lo mismo nos crucificaba por habernos llevado tantos fondos estructurales europeos y poder fabricar nuestro propio queso.

ASí que tras un chute de internet a baja velocidad, nos fuimos a la cama, pensando que llevábamos ya dos noches sin comer knuckel.

12 Sep

12 meses, 12 montes: Tologorri

El otro día empecé con Carlos (sí, cuando estamos aquí no tiene nombres raros), Leire e Irantzu el reto de hacer un monte al mes. Es una nimiedad de reto, pero con nuestra escasísima preparación y fondo, es todo un reto (que además vendrá premiado por chuletas o similares en los montes que sea procedente). Carlos me propuso el 12 meses 12 montes en plan original, y luego descubrí que hay otra veintena de blogs que han recogido iniciativas similares. Así que muy originales no hemos sido (incluso unos empezaron el reto por el Tologorri!)

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Pero aquí van las fotos del Tologorri, nuestro bautismo de fuego, en el que nos perdimos (mira que es complicao…), pero tuvimos un día espléndido.

El paseo al Tologorri empieza en Lendoño Goikoa, atravesando un hayedo muuu bonito, por el que nos perdimos. No es que sea un camino complicado, es todo el rato por pista, pero nos des-pistamos :D

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Cuando acaba el hayedo, que es la parte más dura de la subida, y que no será más de 45 minutos, se empieza a ir por una ladera muy chachi con unas vistas guays del monte y el valle, hasta que se llega a una pequeño paso que da lugar a la campa que hay en la cima, que es una pendiente muy suave hasta que se llega al pincho.

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Desde arriba del todo se pueden ver los dos valles alrededor de la sierra Salvada, y el propio cresterío de la sierra, hasta la virgen de Orduña.

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Después de unas mandarinillas, hacia abajo, y alubiada épica!

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06 Sep

El libro de Noruega

Por fin, tres años después del viaje, llega el libro de Noruega. Aunque estuvimos menos días que en Nepal, este libro es más gordo aún que el de Nepal, con 230 páginas.

Tengo que decir que este libro era el mayor escollo a mi producción librera, ya que antes del viaje a Jordania no guardaba las fotos en RAW revelado, por lo que tenía que retocarlas todas para hacer un libro. El de Noruega lleva 360 fotos, que he tenido que depurar una a una (ya que para la impresión siempre hay que aclararlas un poco, además de intentar equilibrar colores para que sean uniformes para las fotos sacadas con cuatro cámaras diferentes. Si no hiciera esto, las fotos serían un caos de colores similares pero no iguales)

El caso es que desde Jordania en adelante, las fotos están ya retocadas por lo que el esfuerzo de hacer un libro sólo consiste en maquetarlo. Lo cual me hace pensar que tal vez antes de que acabe este año alcance 2013 en los libros editados.

Sección de libros

También inauguro sección de libros en el menú, donde se pueden encontrar mis principales libros editados de todos los viajes, y comprarse incluso! Y pronto aparecerán el menú derecho el acceso directo a la compra del libro de Calabacín, que ya era hora :D

Próximo destino editorial: Jordania!

04 Sep

Alemania y Austria, capítulo 4: La leyenda de Knuckel Vance

Amanecer en el Alpina Ros de Berchtesgaden fue una maravilla, especialmente para Xabimann y para mí, que nos habíamos quedado con la habitación doble, alejados de los ronquidos de Iñigenstein. Por fin habíamos podido dormir toda la noche a pierna suelta. Unaien y Karl no pudieron decir lo mismo :) Iñigenstein no tenía claro si había dormido bien o no, pero para Karl era bastante obvio que sí.

"mucha cara sonriente, pero he dormido 10 minutos en toda la noche"

«mucha cara sonriente, pero he dormido 10 minutos en toda la noche»

El desayuno estuvo a la altura del hotel, y nos pusimos morados, anticipando el trekking que nos íbamos a meter después. No sabíamos muy bien a dónde ir ya que en Berchtesgaden hay un montón de trekkings, así que preguntamos a la chica de recepción, que era muy maja y se desvivió por darnos un itinerario que nos molara.

La chica nos sacó mil de documentación, miró en internet y preguntó a sus compañeras. La realidad es que no tenía ni idea: lo primero que nos contó es que sólo conocía un trail que era muy fácil (se hacía descalzo), y que ella no lo había hecho nunca. Tenía pinta de poco deportista. Pero entre la info que nos dio y lo que sacamos de la página web del parque, decidimos hacer el camino del valle de Wimbachtal. Este valle fue formado por un poderoso glaciar del que ahora quedaba más bien poco. Era un sendero junto al río Wimbach, que bajaba de lo que quedaba del glaciar. El trail completo eran 17 km, con una subida hasta un paso de montaña a 2500 mts de dificultad muy alta, y regreso por el valle de al lado. Entre levantarnos, desayunar, y ponernos en marcha nos habían dado las 11, así que parecía que ese trekking no era el más adecuado. Así que decidimos hacer el intermedio: llegar hasta Wimbachschloss, un refugio a medio camino que era más asequible. La estimación de tiempo eran unas 3 horas ida y vuelta, algo que se ajustaba a nuestro timing.

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El camino empezaba en Wimbachbrücke, donde aparcamos el coche gratis (increíble!), y empezaba con una pendiente mucho más fuerte de lo que pensábamos. La parte empinada duró poco, y el resto del sendero fue bastante fácil. Un poco más arriba encontramos que había que pagar para hacer el camino. Era un poco raro, pero no salía demasiado caro especialmente con Gästekart (unos 2 euros). Las tarjetas de invitado Gästekart son un buen invento que hay en Austria y (al menos al sur de) Alemania. En los hoteles te dan unas tarjetitas que puedes llevar a las atracciones turísticas de la zona y te hacen descuento, así como coger transporte público local. No sé si lo hacen para fomentar el alojamiento en hoteles o para fomentar la visita a sitios turísticos o el uso de transporte público, pero parece una buena idea en cualquier caso.

Al principio todo era garganta

Al principio todo era garganta

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Pagamos el acceso y entramos en la garganta de Wimbach. El río glaciar discurría por una estrecha garganta en su parte más baja, con pasarelas de madera, y unas vistas muy chachis.

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Todavía no lo sabíamos, pero el trayecto de pago correspondía únicamente al tramo de la garganta. Es decir, se podía hacer todo el trekking sin pagar, pero entonces te perdías la cascada y la garganta. A la vuelta se volvía por el tramo sin pagar, que iba en paralelo pero no tenía vistas.

El ascenso empezó a ser suave, y la garganta dio paso a un río que poco a poco se fue anchando, hasta que llegó una gran explanada de cantos rodados con un hilillo de agua por el centro. REcordaba a los grandes valles que había en la base de los Himalayas en Tibet, que en verano eran un pedregal pero en invierno/primavera tenían pinta de estar a rebosar de agua.

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Las paredes de los montes cercanos estaban completamente estriadas por la acción del glaciar en el pasado, y las vistas eran terribles durante todo el trayecto.

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Al final llegamos a Wimbachschloss sin tardar demasiado (alrededor de una hora), y nos planteamos seguir, pero no habíamos traído bocatas, ni agua, ni en realidad ganas, ya que la siguiente parte del trayecto era mucho más dura.

Así que estuvimos un rato haciendo el mono por allí y nos volvimos hacia Wimbachbrücker, con las conversaciones recurrentes sobre los peces del Amazonas siempre presentes.

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Al llegar nos hicimos un bocata en medio del parking y lo comimos tirados como perrillos.

Bocatele en el parking

Bocatele en el parking

Habíamos visto un minigolf cercano a la entrada, y después de comer empezó lo que sería el PGA Open Deutschland, un tour por los mejores minigolfs, con Xabimann, un sabio barbudo con un toque mágico para el putt, Knuckel Vance, el jovenzuelo ultracompetitivo, Unaien el señor de los montículos y en el papel de la hermana Bernadette, Roxy Monóxido!

había troncos hermosamente apilados

había troncos hermosamente apilados

Hicimos unas reglas un poco raras, pero estaban bastante claras: máximo 20 golpes (sí, somos unos paquetes), si se sale de la pista en cualquier caso, se vuelve a empezar, se puede alejar la bola de los bordes cuando queda pegada, y lo más raro, jugábamos todos a la vez, por lo que había 5 bolas en la pista siempre. Lo cual era una locura.

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POLÉMICA

POLÉMICA

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MAS POLÉMICA

MAS POLÉMICA

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SÚPER POLÉMICA

SÚPER POLÉMICA

POLEMICÓN!

POLEMICÓN!

Para el hoyo tres ya había habido un par de polémicas. Al llegar al 12, que no tenía pista si no que la bola tenía que volar hasta el hoyo, llegó otra polémica. Y en el último hoyo, cuando más disputado estaba todo, Knuckel Vance protagonizó la ultrapolémica, ya que su bola entró a la primera en el hoyo, pero se salió después. Él decía que como había entrado, que se saliera era irrelevante, pero todos decíamos que la bola tenía que quedarse dentro.

Al final para el resultado daba igual, ya que 1 golpe o 20, iba a quedar segundo de todas formas.

Resultados clarísimos

Resultados clarísimos

Con la polémica en mente salimos hacia Königsee, el lago más mítico de la zona, que era una visita obligada en Berchtesgaden. El pueblo por donde se accede al lago es un pueblo bonito y agradable, pero como esto es Alemania, y habíamos llegado a las 6, todo estaba cerrando ya, y no pudimos alquilar una barca para recorrer el lago. Recordad: si queréis remar en Königsee, antes de las 5! El baño era la opción b, pero tampoco vimos un sitio claro por donde meterse al lago, y encima estaba empezando a refrescar (a pesar del supercalor que habíamos tenido en el minigolf). Así que hicimos un minitrekking de 15 minutos hacia un mirador desde el que se veía el esplendor del lago.

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Debatiendo de cosas profundas

Debatiendo de cosas profundas

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Para cuando volvimos al coche, como el día anterior, estaba empezando a llover de nuevo. Cuando llegamos al hotel, estaba jarreando.

Qué podíamos hacer, estábamos atados de pies y manos… no nos quedaba otra solución que pasar una durísima tarde en el spa del hotel. Baños de burbujas, sauna, tumbonas… se hizo muy muy duro, pero con nuestro entrenamiento pudimos resistir dos horas a remojo.

Al salir no había dejado de llover, como el día anterior, así que fuimos a cenar, esperando encontrar un jaleo similar al de la noche anterior en Berchtesgaden. No había NADA. CERO. Muerte y destrucción. El pueblo estaba desierto. Llovía a mares, y no teníamos muy claro si encontraríamos algo para cenar.

Pero finalmente encontramos un agradable restaurante italiano en el centro donde nos pudimos pinchar unas pizzas enormes increíbles.

Una cena épica. Pero sin knuckel. DOs noches seguidas sin knuckel. Esto empezaba a ser preocupante.

Con esas nubes de preocupación (y también de las de llover), nos fuimos a la camita a pasar nuestra última noche en el agradable Berchtesgaden. Mañana veríamos gigantes!!