23 Sep

Improvising Switzerland 2015 – capítulo 2: Ginebrako Aste Nagusia

Pues nada, tocaba improvisar. Improvisar empezando por Ginebra. La ciudad de los relojes está a una hora de Chamonix, así que nada más desayunar arrancamos hacia allí, dejando detrás el Mont-Blanc y lo que podía haber sido nuestro viaje, y que finalmente no fue.

Suiza es un país caro. Muy caro. Y Ginebra no lo es menos. Por eso elegimos ir al Youth Hostel, que no es que fuera nuestra elección prioritaria, pero el sitio más cutre posible para dormir en Ginebra, con habitación para 6, costaba como un hotel de calidad media aquí. Así que fuimos al HI de Ginebra, ubicado en su barrio rojo. Nos costó un huevo aparcar, aunque al final conseguimos dejar el coche dentro del hostel, por pura chamba. Tras dejar las mochilas en recepción, salimos a ver un poco la ciudad de la famosa convención de derechos humanos.

El lago Leman es una de las cosas que más caracteriza a Ginebra. Tiene una parte vieja agradable, cuna de la Reforma protestante y del calvinismo, pero todo lo que ves en sus postales es el lago y su chorro absurdo.

DSCF4196 DSCF4197Parece que ese chorrazo es lo que más mola a los ginebrinos, ya que sale en todos los retratos de la ciudad, desde cualquier ángulo. El chorro es un absurdo total, simplemente dos bombas de agua lanzan medio metro cúbico de agua p’arriba, a 140 metros. Sí, es una fuente grande, pero ni es bonita, ni hace filigranas, ni tiene ningún valor estético. Tampoco funcional. Si algo no tiene estética ni función, ¿para qué diablos existe? Pues es el emblema de la ciudad.

En fin, la primera visión que tuvimos del lago Leman y del chorrazo fue desde la orilla norte, donde estábamos alojados. Resulta que en esa orilla también había una serie de atracciones de feria, puestecitos y tómbolas ultra-chabacanas, ya que era la semana grande de Ginebra! La Aste Nagusia! O algo parecido. Si Ginebra hubiera tenido un atisbo de glamour o de estilo de ciudad europea con historia destacada, lo habría perdido de un plumazo con esta feriucha del tres al cuarto que montaron ocupando unos buenos centenares de metros de su principal paseo junto al lago. La cosa es que sin necesidad de feria, todo ese estilo y glamour se iban perdiendo por otras causas.

Por la feria íbamos viendo los precios de los platos de comida rápida y cervezas que tenían por allí. No es un buen indicativo del índice de precios de un país, pero si montarte un viaje en la noria cuesta 10 euros, pues algo de idea te haces. Ninguna cerveza bajaba de los 5 euros (y éstas eran 20 cl de heineken). Lo normal era pagar 8 euros por una cerveza normal y entre 8 y 10 por cosas como perritos calientes. Los “mojitos” de algunos puestitos (el entrecomillado es intencionado, claro), rondaban los 16 euros. Sí, Suiza es muy caro. Así que cuando llegamos a la orilla del Ródano y vimos el exclusivísimo hotel Cuatro Estaciones, donde el coche más cutre que había en la puerta era un Porsche Macan, no quisimos ni pensar en el precio que podría tener allí una simple taza de té que se estaban tomando unos tipos con pinta de banqueros chungos. Gran parte de los coches del hotel tenían matrículas árabes: Bahrain, EAU, Arabia Saudí… No me sorprendería que buena parte de esa gente que estaba allí, a 10 metros de nosotros, pagando 10000 euros por noche, tuviera algún tipo de relación con las cosas que se están viendo por oriente próximo. Era como el vórtice de ignorancia de Bart, pero en este caso era un vórtice de chunguez. Eso sí, los Aston Martin muy bonitos.

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Plaza Molard

Cruzamos el Ródano para entrar en el distrito chachi de Ginebra, donde empiezas con el museo de Patek Philippe, luego pasas a Constantin Vacheron y a partir de ahí empiezas a cruzar relojerías y bancos a partes iguales. La zona de la plaza Molard y el boulevard que llega a ella son lo que más recuerda a una ciudad europea de las buenas, aunque el ambiente que hay en ésta no tiene nada que ver con el que hay en ciudades francesas, alemanas o incluso otras suizas que veríamos después. Aquí todos son banqueros estirados. Y nosotros con ropas de monte, barbucias, y un tipo a cuyo pelo sus colegas lo habían denominado “mocho picón”.

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Subimos a la parte antigua de la ciudad, sin duda lo más elegante de Ginebra, lugar de grandes acontecimientos históricos, pero nuevamente nos encontramos con calles vacías, sin el brillo de otras partes antiguas.

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Aunque había un festival de teatro de calle y marionetas ongoing, sólo pudimos ver un escenario con espacio para 10 o 15 espectadores en un pequeño rincón. Allí pudimos ver también el parlamento cantonal, una de las cosas que molan de Suiza es su afición por votar sobre muchas más cosas de las que votamos en el resto del mundo, y los parlamentos cantonales son pequeños centros de poder superdistribuidos. Me pareció curioso, considerando todo lo que había visto, que el parlamento estuviera abierto al público, pero así era.

Unaiguille en el pato del edificio del Parlamento

Unaiguille en el pato del edificio del Parlamento

Poco a poco fuimos bajando de la colina donde se haya la ciudad vieja hacia el centro, atravesando algunos otros centros de poder y también alguna que otra calle con pilinguis. Durante esta bajada vimos un kebab. Un kebab infecto, cutre, y maloliente. Nos acercamos para ver cuánto podía costar un kebab aquí. Desolador: 16 pavazos.

Cerca del hostel, en las txoznas de Ginebrako Aste Nagusia, había una de bailes latinos, que increíblemente para su temática, era la mejor!! Unaiguille les dio unas lecciones de baile a los malditos suizos mientras a Einigen y a mí nos apretaba el hambre como nunca.Para evitar los platos de pasta a 32 euros fuimos a un super que había cerca del hostel y compramos comida cutre y barata para ir a comer tirados en un parquecillo junto a la aste nagusia de Ginebra.

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1,2,3, 5,6,7

 

Con el calor que hacía, tuvimos que comer en una sombra cercana, para no morir en llamas. Por la tarde teníamos plan: ir a ver el jardín botánico, que increíblemente era gratis, el edificio de la ONU y puede que un plan adicional más. Seguimos por un gran parque que hay junto al lago en el que habían instalado una guardería improvisada, aunque Einigen se montó su propia guardería con los columpios que había.

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Muy cerca estaba el jardín botánico, que no tenía grandes historias, pero era bonito. Quizá lo más bonito para ver en Ginebra. Y tenía un pequeño jardín zen, con gong y todo que tuvimos que tocar.

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Intentamos llegar al edificio de la ONU entre conversaciones sobre comprarse pisos (cómo han cambiado las conversaciones desde que calabacín empezó…). Digo intentamos porque al menos por la parte que intentamos acceder estaba completamente vallado y no se podía entrar. No parecía un sitio muy acogedor. Como para ir con problemas. Con este ya son dos los edificios de la ONU que he visitado y me han defraudado enormemente.

Al volver hacia el centro, Unaiguille no pudo evitar ver de nuevo algo que ya había fichado antes: el puestecito donde se contrataban viajes de waterski por el lago. YA desde el minuto 1 había visto a gente hacer waterski y se había interesado por hacerlo él también, aunque no había quedado claro hasta ahora cómo contratarlo. Fuimos al hostel y cogimos todos los bañadores, ya que aunque sólo Unaiguille pensaba hacer waterski, la idea era bañarnos después en el lago, ya que habíamos encontrado junto al parque (el de la guardería) una zona apta para el baño, que estaba prohibido en todo el resto de orilla.

El puestecito de waterski se componía de un pequeño embarcadero, una mesita pegada a la pared del muelle, con una sombrilla, y cuatro tipos debajo que llevaban básicamente todo el día bebiendo. Había multitud de latas a su alrededor y ahora se estaban centrando en una botella de ron. De vez en cuando aparecía un quinto tipo con la lancha, que parecía que no había bebido tanto. Luego volvía a irse con algún insensato. El caso es que cuando llegamos de coger los bañadores, los borrachos del waterski nos dijeron que la lancha se acababa de ir y que en 20 minutos estaría allí para coger a Unaiguille y a quien quisiera acompañarle desde dentro de la lancha. Parece que la familia completa que se había ido en el ultimo viaje quería experimentar todas las opciones que la lancha ofrecía: skis, tabla, un flotador gigante, etc, por parte de todos sus miembros. Así que los 20 minutos se transformaron en hora y media que estuvimos sentados en un banquito esperando a que volvieran los rusos y nos dejaran.

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Al final conseguimos arrancar con el driver de la lancha francés que no dio mucho juego, pero era mucho más majo que el suizo medio. El waterski no parece complicado, pero en la práctica parece que sí que lo es. No obstante Unaiguille le cogió el cayo rápido, y en las últimas pasadas, el driver lanchero forzaba sus caídas tipo “a ver si doy este giro aquí a toda piña, genero una ola, y así le tiro jainjainjain”

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Tras la experiencia lanchera, nos dimos un pequeño baño junto al embarcadero, sin irnos a la “playa” que había a unos cuantos metros, ya que tanto esperar se nos había ido el sol y la salida del agua estaba fresquita. Y tras el baño, una cerveza en la feria. A lo LOCO! Cerveza en Suiza! Fuimos de nuevo al puestecillo de los bailes latinos, donde seguían dándolo todo y las cervezas no eran tan increíblemente prohibitivas como en otros sitios: sólo 5 euros por una de medio litro en lata. Después del día de calor y el baño en el lago, la cerveza entró rica. Pero había que empezar a pensar en cenar. Qué hacer en esta ciudad para cenar. Otra vez cutrecomida? No. Tendríamos que pasar por el aro y pagar 25 o 30 euros por un plato de pasta o una pizza. Por suerte encontramos un italiano cerca del hostel en el que todo el personal era italiano (o eso parecía, no creo que ningún suizo hable italiano de verdad, por mucho que éste sea un idioma cooficial). Todo lo que comimos ahí estaba increíblemente bueno, y de hecho, repetimos cena en ese mismo italiano todas las demás noches que cenamos en Ginebra. Muy recomendable visitar Chez Remo

Después salimos hacia el quay de nuevo, a intentar encontrar algo de ambiente. Como con el tiburón de las algas, la lucha dura poco. Nos pudimos tomar una cerveza en la txozna de los bailes latinos, junto al lago, con una vista espectacular de los alpes al fondo, pero poco más. A eso de la una desmontaron el chiringuito y nos desalojaron, por lo que nos fuimos al hostel. El reto era dormir con los 3 tipos que nos habían tocado: el moro, el francés mediobobo y el mazorcas.

 

 

07 Sep

Tour Mont Blanc… Improvising Switzerland 2015 – capítulo 1: Mala pata

Faltaban dos días. Lo habíamos hablado desde marzo. El Tour Mont-Blanc. Un paseo, comparado con subir-al-Mont-Blanc. Pero con su dificultad. Doscientos kilómetros en ocho días por uno de los macizos más increíbles de Europa, a los pies de su monte más alto. Habíamos reservado todos los albergues, concretado la ruta. Habíamos comprado lo que nos faltaba. Todo estaba pensado. Había algunos nervios, por diferentes motivos.
“¿Puede salir algo más mal?” – Einigen
“¿Estaré a la altura del reto físico?” – Bayunne
“¿Estará a la altura del reto físico?” – Einigen
“¿Nos dejará vendidos el Einigen, tras las noticias que nos ha contado?” – Unaiguille

Pero cuando faltaban dos días todo se disipó. O más bien pasó de ser una fina niebla matinal a un denso humo negro. No sabe lo que pasó. No pisó mal. No hizo ningún movimiento brusco. Simplemente, las fibras se rompieron. En el peor momento. No podía andar. La pasta de dientes estaba fuera del tubo, ya no había vuelta atrás.

B – “Me quedo en casa. Id.”
U – “No!, lo cambiamos todo!”
B – “Nos falta Einigen.”

Einigen estaba, tras muchas penurias, cumpliendo uno de sus múltiples sueños: llegar a la cima del Mont-Blanc. Incomunicado, sorteando rocas y cruzando aristas, y sin saber que en Bilbao estábamos a punto de decirle que cancelábamos el viaje. Esperamos. Todo apuntaba a que la expedición se partiría. El domingo a las ocho de la tarde conseguimos hablar con Einigen. Estaba en el refugio de Gouter. Esa noche partiría hacia la cima del Mont-Blanc.

Todo cambió en diez minutos. De pronto, íbamos a hacer un viaje por Suiza. No teníamos nada mirado, ni qué ver, ni a qué ciudades ir, ni ningún hotel reservado. A última hora, alquilamos un coche para toda la semana y nos pusimos a cancelar todos los albergues que teníamos reservados, perdiendo toda la pasta en muchos casos. Íbamos a improvisar Suiza.

Al día siguiente me encontré con Unaiguille en el autobús. Había trabajado de noche, así que no le había dado tiempo a cambiar la maleta: maleta de montaña para ver ciudades. Chachi. Yo llevaba el equipaje más ligero ever. Seis kilos para una semana.

Por la tarde llegamos a Les Houches, un pequeño pueblo junto a Chamonix, y que era el único del que habíamos mantenido reservas, ya que Einigen bajaba del Mont-Blanc allí, y era un buen punto para encontrarnos y planificar mínimamente el viaje.

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Las vistas desde el hotel de Les Houches no defraudaban. Era el sitio que nos perderíamos.

 

Einigen apareció a las ocho de la tarde, barbudo, con dos grandes bolsas de viaje de montaña y cansancio de dos días seguidos caminando por las alturas. Rápidamente nos fuimos a tomar una cerveza, ante la cual nos contó en detalle sus diversos incidentes y gestas desde que se había ido de viaje, hacía ya un mes. Robos de equipaje, colegueo con la policía de Bérgamo, ascensiones a variados picos, cortes profundos y visitas a médicos. Y lo más importante, la llegada a la cumbre del Mont-Blanc. También estuvimos planificando el que iba a ser nuestro viaje a partir de ahora. Habíamos pensado mantener algunos de los refugios para no perder tanto dinero, pero esto implicaba dar grandes rodeos y estar en zonas que lo único que tenían era monte; monte al que Bayunne no podía subir con su lesión. Así que finalmente nos decantamos por coger un alojamiento más o menos en el centro del país y movernos desde allí a diferentes ciudades y sitios de interés, que tampoco sabíamos cuáles eran. Ya iríamos viendo. Por lo pronto, al día siguiente volveríamos a Ginebra, donde habíamos aterrizado, para poder conocerla en profundidad.

La "factura" que nos dieron en el hotel de Les Houches. Muy artesanal

La “factura” que nos dieron en el hotel de Les Houches. Muy artesanal

Tras una espectacular pizza en el restaurante Le Basilic, probablemente el único abierto en Les Houches a esa hora,  y que Einigen ya conocía de sus diversos tejemanejes por la zona, nos fuimos al hotel. Allí, Einigen caería dormido de forma instantánea, mientras Unaiguille y yo reservábamos hotel en Ginebra y mirábamos alojamientos para los siguientes días.