07 Dic

Improvising Switzerland 2015 – capítulo 3: Aquapark

El tipo de encima se levantó a las 5.30. Salió. Volvió. Volvió a salir, y regresó de nuevo. Entre tanto trasiego me di cuenta de que era incapaz de entender las letras de la marca de su pasta de dientes, tirada en su mochila junto a mi cabeza. El logo era conocido, pero ¿qué diablos ponía ahí? Colgate! Sí! Era un tubo de Colgate. Pero ahí no ponía Colgate. Estaba en árabe! (igual sí que ponía Colgate después de todo :D) . El caso es que el tipo era musulmán, y ahora empezaba a darme cuenta de que se había levantado muy pronto para sus oraciones. Cuando mi somnolencia empezaba a despejarse me di cuenta de que el tipo estaba extendiendo una mantita plegable en el suelo y acto seguido se lanzó a murmurar unas oraciones casi en infrasonidos. Poco después se levantó el francés, un tipo extremadamente raro, que estuvo un buen rato de pie en medio de la habitación sin hacer nada. Después de su gran montón de nada, se puso a enredar con bolsas de plástico, que casi no hacen ruido.

En fin, el despertar fue gradual y escandaloso hasta que bajamos al aceptable desayuno del hostel y nos preparamos para marchar  a Lausanne, una ciudad al norte del lago LeMan, a unos 50 kilómetros de Ginebra, conocida por la universidad principalmente. Pero antes había que pasar por el centro de Ginebra a comprar un bañador para Einigen, ya que el plan de la tarde era ir al super resort acuático que había junto a Montreux. No puede haber cena sin patatas para Unaiguille, y no puede haber viaje sin acuapark.  Einigen había pasado algunas penurias el mes anterior, y no precisamente por subir al monte: le habían robado buena parte de su equipaje y había tenido que recomprarlo para poder ascender al Mont Blanc, por lo que tenía muchas cosas nuevas pero le faltaba alguna de las viejas. Por eso estuvimos recorriendo algunas de las tiendas del centro. EL plan de comprar un bañador barato en HM fracasó, por no tener ninguno el componente “barato”, así que finalmente cayó un discreto bañador deportivo, que tampoco duraría mucho…

Salimos hacia Lausanne un poco más tarde de lo esperado, para encontrar una ciudad agradable y animada.

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Lausanne tenía una vidilla callejera completamente diferente a la de Ginebra: bares, terrazas, vida artística, y mucha menos importancia del lago para la ciudad, que estaba notablemente más elevada que el centro de Ginebra. En definitiva, se notaba que era una ciudad universitaria.

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Lausanne era mucho más «artsy» que Ginebra
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En ese ambiente estuvimos hasta que se nos acabó la OTA, básicamente.  En ese momento cogimos el coche y arrancamos hacia Montreux, donde pararíamos a comer. Montreux está en el extremo opuesto a Ginebra del lago Leman. Es una ciudad de ricos, por ricos y para ricos. El lago era más azul aquí, las vistas de los Alpes, mejores. Los hoteles, todos y cada uno de ellos impresionantes. Era una especie de ciudad de vacaciones para los más ricos de este país de ricos. Tenía un largo paseo junto al lago mucho más bonito y acogedor que el paseo de Ginebra, al que se le puede achacar hasta un aire soviético, con esa anchura desmedida y ese muro espartano y frío. El paseo de Montreux, con esculturas cada poco tiempo, bonitos adoquines, y muchas plantitas de diversos tipos era un sitio realmente acogedor y daba una vista del mismo lago mucho menos desapacible.  En vez de motoras, se oía el sonido de los grandes barcos turísticos, y conversaciones amortiguadas por el extenso follaje de las plantas.

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En ese contexto, bajo un sol de justicia, buscamos una sombra para comernos unos triste-bocatas que constituirían nuestra comida de hoy. No éramos los únicos losers que ante los desmedidos precios suizos habían decidido hacerse unos bocatas, y en muchos más bancos del paseo había gente como nosotros comiendo bocatas y dando miguitas de pan a los miles de gorriones que inundaban el paseo. Fue una comida tranquila, con una pequeña siestita en la hierba (mientras intentábamos adjudicar nuestras identidades a viejos que paseaban: «tú cuando seas viejo, a qué viejo te vas a parecer? a ese que va en bici todo sportman, o a ese venerable anciano con cachaba? o tal vez a ese con pinta de mala uva?».

Dimos un paseíto por el lago, hasta llegar a una zona de baño que tenía muy buena pinta, pero contuvimos nuestras ansias porque nos esperaba el super aquapark!
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El calor de las tres de la tarde se hacía insoportable por lo que decidimos arrancar hacia el cercano aquapark para ponernos a remojo.

El aquapark era grande, pero no estaba al nivel del que visitamos en Eslovenia. Además, imagino que por el tiempo, era completamente cubierto, salvo unas pequeñas piscinas exteriores que tenían para los 4 días de sol que les hace al año. Cuando llegamos había un ejército de niños peleándose por los diferentes deslizadores que eran necesarios para cada tipo de tobogán. Cada tobogán tenía un tipo de deslizador, así que tenías que andar peleándote para conseguir el flotador y luego hacer la cola. Era mucho menos práctico que el de Ptuj, en el que con un deslizador tipo donuts podías tirarte por cualquier sitio. Eso sumado a que fuera interior hizo que estuviéramos hacinados en colas mucho más tiempo  que a remojo.

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Hubo varios toboganes no obstante que merecieron la pena. Uno de ellos era un tubo vertical que tenía una plancha de metacrilato que se abría bajo tus pies, dejándote caer al vacío. No lo probamos ya que había que pagar una tasa adicional. Sin embargo había uno similar en el que se caía casi verticalmente, y se cogía gran velocidad. Yo me tiré dos veces y las dos bajé a tumbo puro. De hecho, a Einigen y a mí se nos rasgó el bañador en ese tobogán. Los demás fueron más normales pero molaban, sobre todo los que nos tirábamos en barca de 3.

A las 7 de la tarde cerraban el centro y misteriosamente a las 6.30 empezaron a estar cerradas todas las atracciones. A las 6.45 había un revuelo generalizado de gente yendo y viniendo, intentando apurar algún tobogán que quedara abierto.  A las 6.50 estábamos todos en el vestuario, y a las 7 el sitio estaba cerrado a cal y canto. Bastante efectiva la puntualidad suiza.

Como no era muy tarde, de camino a casa, por si no habíamos tenido bastante agua, paramos en un lago y nos echamos un último baño del día, que nos quitaría el calor que habíamos acumulado en el aquapark de concentración.

Ya con el sol bajando, arrancamos de nuevo a Ginebra, para aprovechar nuestra última noche, que acabaríamos cenando en el mismo sitio que el día anterior. Una curiosidad que encontramos en las txoznas de la Ginebrako Aste Nagusia fueron unos feriantes cuya atracción consistía en una barra suspendida y un cronómetro. Si conseguías permanecer colgado durante 2 minutos sin caerte te llevabas 100 euros. Parecía una cosa evidente que cualquiera podría conseguirlo, así que infinita gente picó. Lógicamente cuando los feriantes ponen ese tiempo es que saben que muy muy poca gente va a ser capaz de aguantarlo. Pero todo el mundo se ve muy power. Y no pasa de un minuto colgado como un fuet. Al día siguiente esto nos daría juego. Einigen y Unaiguille no se lo creían. Pero sí.

Al final acabamos visitando la «txozna» de los bailes latinos, donde había unos rusos preocupantes dándolo todo. Una vez más, cerraron puntualmente a las 12, y nosotros nos largamos a dormir.