18 Oct

Namibia, capítulo 4: Kalahari desde abajo

Nos quedaban dos días en Waterberg, y la excursión más importante, la que nos llevaba al desierto y en la que veíamos bichos. Pero eso sería por la tarde, así que por la mañana hicimos una excursión por la parte baja de la reserva, recorriendo un sendero que conectaba nuestro camping (el Anderson Campsite) con el manantial que hacía que el interior de la herradura fuera un vergel en medio del desierto.

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El sendero discurría por el monte entre árboles que no estaban del todo secos, como en el resto de sitios, para al final desembocar en la zona del manantial, donde había una fuente de agua inesperada, rodeada de hierba, berros y tréboles, y todos los árboles eran grandes y verdes, e incluso había un río, algo muy raro de ver en temporada seca en Namibia. Parecía que estábamos de vuelta en algún parque natural europeo, pero los árboles, enormes y retorcidos nos recordaban que seguíamos en latitudes tropicales.

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De vuelta paramos de nuevo en el camping caro para hacer uso del wifi, y nos fuimos a nuestro campsite a comer, echar una pequeña siestita con el sonido de las cigarras, y esperar a que vinieran a buscarnos para hacer la excursión estrella de nuestra visita a Waterberg.

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A eso de las 5, cuando empezaba a calentar un poco menos, un jeep enorme apareció en la estrechita carretera del camping y aparcó justo delante de nuestra plaza. El tipo que lo conducía parecía bastante simpático. Éramos los primeros, pero luego fuimos pasando por los otros campings recogiendo a otros europeos (franceses y alemanes mayormente) que nos acompañarían al encuentro de los rinocerontes por toda la extensión de la granja, que no era poca.

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Poco después de salir ya nos topamos con las primeras jirafas, que parecen como algo más normal de ver, pero cuando ves montones de ellas y a un par de metros de tu jeep la cosa impresiona un poco más. Nos enseñaron a diferenciarlas machos de hembras por las antenitas que tienen pero cualquiera se acuerda._MG_5675 _MG_5677 _MG_5680 _MG_5682

Lo que sí recordamos es que cuanto más oscuro era el color de las manchas más viejas eran, así que se podían distinguir fácilmente las jovencitas de los vejestorios._MG_5684 _MG_5750

Ya sin jirafas y sin bichos enormes, el paisaje era muy llamativo, con muchos pajaricos, roedores de diversos tamaños y árboles en posiciones imposibles a los que no les quedaban hojas porque las jirafas son muy voraces. De todas formas, la joya de la corona eran los rinocerontes blancos, que son una especie escasísima, y en la granja tenían 3, dos hembras y un macho, algo que hacía que tuvieran que vigilar fuertemente la granja contra los furtivos, que por lo que comentaban eran mayoritariamente chinos en busca de cuernos de vigor (un estilo al capítulo de Futurama en el que los omicronianos quieren el «cuerno inferior» de Fry, pero con malditos chinos y especies en peligro de extinción). _MG_5748

La movida es que la granja tenía un buen porrón de hectáreas y los rinocerontes son bastante huidizos, así que a pesar de que pagas la excursión porque el guía supuestamente sabe encontrarlos, hay posibilidades (avisadas en un disclaimer) de que no veas un solo rinoceronte. Pero nosotros tuvimos bastante suerte, y media hora después de salir, el guía recibió algún tipo de chivatazo por radio y pegó un volantazo.

Parece ser que otro guía había detectado a las dos rinocerontas echándose una siesta entre unos matojos, y si íbamos muy despacico podíamos verlas. Inquietantemente, nos bajamos del jeep, y fuimos tras el guía, siempre intentando estar en contra del viento, y metiéndonos en el sotobosque del kalahari hasta verlas allí. Enormes, mucho más de lo esperado y mirándonos, mientras algunos franceses que iban en la expedición ponían de los nervios al guía intentando acercarse más de la cuenta.

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En seguida echaron a andar y el guía nos dijo que podíamos seguirlas siempre que fuéramos opuestos al vector del viento y a una distancia prudencial.

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También nos contó el motivo de llamarlos rinocerontes blancos, que no sé hasta qué punto es cierto, pero sonaba razonablemente creíble. Resulta que hay dos especies en África, los negros y los blancos. Los negros son bastante más pequeños y tienen el morro más en punta, mientras que los blancos, a parte de enormes, tienen el morro ancho, con lo que los primeros colonos que le dieron un nombre en holandés les llamaban widje, ancho. Pero ese widje acabó degenerando en white  cuando los colonos británicos entraron en Sudáfrica. Y al final se quedó con rinoceronte blanco. Tanto los blancos como los negros son en realidad bastante grises. _MG_5693

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Después del encuentro con las rinocerontas estuvimos un rato más dando un garbeo en el jeep hasta que paramos delante de una explanada en la que había cienes de bichos, sobre todo roedores, kudus, ñus, pájaros, y muchos otros. La idea era ver el atardecer sobre la explanada con unas cervezas y refrescos que había en una neverita secreta en el jeep, que iban a entrar como dios porque estábamos todos con la boca ultraseca. Pero cuando estábamos tranquilamente viendo a los bichos, a nuestra espalda apareció un bicharraco, a escasos metros y mirándonos fijamente. El rinoceronte macho estaba ahí. El guía, visibilemente preocupado, nos dijo que nos ocultáramos detrás el coche (las escalas no estaban puestas para volver a montarse), y empezó a retarle dando golpes al coche para que se fuera._MG_5758

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Pero el rinoceronte no parecía muy agresivo, era un tipo tranquilo que nos observó un rato, dio unos cuantos pisotones levantando arena y luego se piró por donde había venido.

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La excursión triunfó muchísimo, y cuando volvimos estábamos destruidos del calor y las emociones, así que tras una cena ligera, a las 8 estábamos ya sumidos en la oscuridad y nos fuimos a la tienda a ver una peli.