13 Abr

Kiwi el Aucklander 15: La pascua

Ha llegado la Pascua, que no Semana Santa, y con ella se acerca el final de nuestra estancia. Es bastante curioso como la palabra de las lenguas germánicas para desginar la pascua, Easter, Ostern en alemán, está totalmente relacionada con el amanecer, la llegada de la luz (del este->amanecer),  propia de la primavera, y como en en el hemisferio sur esto no tiene mucho sentido, ya que nos estamos metiendo de lleno en la oscuridad.

Pero como en la Europa atrasada que saca muñecos de madera y cornetas infumables, aquí también hacen fiesta (aunque no sepan muy bien por qué), y venden abundantes huevos y conejos de chocolate (de esto sí que no tienen ni idea de por dónde les da el aire). Y yo he aprovechado para ver el norte de la isla, todo lo que queda al norte de Auckland, que parece que es muy poco, pero que me ha llevado los 5 días. Por cierto que aquí el jueves santo no existe, pero en su lugar, el martes posterior al lunes de resurrección es festivo en el mundo académico. Cinco días igualmente.

Como sigue habiendo una posibilidad de que en mayo tenga que hacer el viaje a la isla sur solo, quería ponerme un poco a prueba y ver cómo es eso de viajar solo, aunque sólo fuera por unos pocos días. El destino era Cape Reinga, el punto (aparentemente) más al norte de Nueva Zelanda. Y por el camino pues un montón de cositas, que básicamente se reducen a: PLAYAS. El norte de la isla norte de Nueva Zelanda es bonito, pero esencialmente todo es playa y campa. No hay nada más de interés.

Algo que pasa frecuentemente es que con los mapas que normalmente manejamos no somos capaces de estimar bien el tamaño de algunos países. La proyección de Mercator que utilizan la mayoría de mapas hace que las cosas cercanas al ecuador tengan un tamaño más cercano al real, pero las cercanas a los polos sean más grandes, por lo que Groenlandia suele aparecer del mismo tamaño que toda África, cuando no es así ni pa dios. Además cuando dos países están muy lejos es difícil compararlos, y por eso cuando vemos archipiélagos distantes como Japón o Nueva Zelanda, parecen pequeños, especialmente estos dos, que están junto a gigantes como Asia y Australia, respectivamente. Cuento todo esto porque yo me imaginaba Nueva Zelanda un país mucho más pequeño, pero cuando te mueves a visitar sitios de alrededor descubres que tardas muchísimo en llegar. Me metí en  The True Size of, para ver el tamaño de NZ respecto a españa, y efectivamente:

No sólo no es tan pequeña como pensaba, si no que la isla norte es tan larga como españa de punta a punta. Vale que tiene muchos menos kilómetros cuadrados, pero es larguísima. El área roja es la que he visitado durante los 5 días de pascua, y realmente me ha llevado ese tiempo. El punto verde de arriba es Cape Reinga y el verde de abajo es Auckland. Podría haberlo hecho en menos tiempo pero renunciando a ver cosas y dándome grandes palizas de viaje. Son unos 350 km en línea recta, que no parece mucho, pero hay que añadir un par de cosas: la “autopista” que va al norte, deja de tener 3 carriles después de 20 kilómetros, y pasa a tener 1 carril y a ser básicamente una nacional, que pasa por ciudades, pueblitos, con curvas infernales, puertos, etc. Así que la velocidad media está en unos 50 km/h. Y el tráfico es infernal, los atascos son constantes, las obras omnipresentes, y de hecho la única carretera que sube a Cape Reinga había estado cortada dos días antes porque el río se había llevado 20 metros de carretera.

Sabiendo todo esto salí el jueves muy pronto después del trabajo, intentando evitar el atasco de salida, pero fue imposible. Tardé 4 horas en llegar a Whangarei (pronunciado Fangarei), que está a 170 kilómetros. Velocidad media: 42 km/h. Desesperante.

Llegué por la noche a una casita de madera muy elegante donde una señora me atendió extremadamente bien y estuve cenando con una pareja de austriacos que eran sus otros invitados. Eran un poco raros, e incluso inquietantes, pero para el ratejo de la cena sobremesa dieron juego. En el bosque que rodeaba a la casa vivían algunos kiwis que no pude ver porque salen sólo por la noche, pero pude oír, chillando de forma afilada. Dormí como un rey en la cama ultra mullida de la casita de Whangarei, y por la mañana me levanté pronto porque la idea era subir hasta la base de la última península, pasando por todos los recovecos de la costa.

Lo primero que visité fueron las Whangarei falls, unas cataratas que están en el mismo “pueblo” de Whangarei, aunque entrecomillo pueblo porque es más bien una gran diseminación de casas. No hay un centro claro y definido, y es tan disperso que de hecho tiene una catarata en el centro geográfico del municipio.

Estas cataratas son normalitas, tirando a cutres. Bueno hay que decir que están muy bien considerando que están dentro de un pueblo, con su paseíto de madera, su zona de picnic y su gran parque junto al río. Pero bueno, lo que ocurre cuando has ido a sitios de naturaleza salvaje como Islandia es que luego ves cosas similares en otros sitios y siempre te parecen más cutres. Sólo he visto una cascada hacer sombra a las que veíamos en Islandia, y estaba en Austria (que también las gasta buenas).

Así que en poco tiempo salí de allí y me dirigí a la costa, hacia Tutukaka (no preguntéis, no es el sitio con peor nombre en el que he estado en este viaje). En contra de lo que uno puede imaginar, Tutukaka es un sitio muuu bonito, con playas de arena blanca y aguas turquesa.

Allí me hice un trekking por los acantilados hasta la playa y me pegué un remojoncillo. Luego seguí el camino hasta Matapouri, donde pude ver las Mermaid pools, y los acantilados de la bahía de las ballenas.

Después empecé a pasar una secuencia de playas que si bien eran muy bonitas, no dejaban de ser cada una igual que la anterior: Oakura, Helena Bay, Whangaruru. Me pasaba lo mismo que con las cascadas, después de haber estado en playas increíblemente bonitas (en europa, y en otros sitios), pues estas no me parecían mal, pero tampoco me parecían brutales. Así que las fui pasando más o menos de largo. Y me metí en el bosque de Russel para ver un pequeño groove de kauris, que estuvo bien, pero tampoco era nada del otro jueves. Además el camino era de grava y yo no tenía muy seguro que pudiera usar caminos de grava con las condiciones de alquiler del coche. Acabé bajando hasta Okiato y crucé en ferry a Opua y Paihia. Paihia es la población central de Bay of Islands, uno de los principales destinos turísticos de los neozelandeses que viajan al norte, ya que es una inmensa bahía de islas, calas, playas y montecitos. Aquí es muy frecuente ver coches tirando de fuerabordas, todo el mundo tiene su barquito y se viene a las islas en verano. A finales de marzo, siendo la semana de pascua, estaba todo lleno todavía, mayormente de kiwis.

En Paihia comí un bocata cutre y después de pasar un rato leyendo bajo un árbol en la playa, seguí mi camino hacia keri keri y sus cascadas.

Keri keri es un bonito pueblo de interior de Bay of Islands, que tampoco es que tenga mucho que ofrecer, salvo un grupo de cascadas que se suceden. La más gorda es increíblemente parecida a la de Whangarei. Es más alta de hecho y tiene bastante fuerza, hasta el punto de llegar a impresionar un poco. Lo bueno de estas cascadas es que junto a ellas hay un trekking interesante que me llevó 2 horas, así que estuve bastante entretenido paseando entre arbolitos junto al río, y sin cruzarme con nadie.

Por la tarde llegué a Mangonui, la población que está en la base de la peninsulita en la que está Cape Reinga. Mangonui es una pequeñísima población pesquera que tiene un montecito con muy buenas vistas y un pequeño puerto situado en una ensenada en el que un garito de fish and chips domina todo el waterfront.

Después de subir al montecito, antes de que anocheciera, que las noches empezaban ya a acortar, fui a mi alojamiento, un sitio muy peculiar en medio del bosque, en el que me atendió un señor que al principio me pareció un enfermo mental. Iba con un bañador sucio y una camisa vieja y raída, y tenía los dientes y los labios completamente amarillos. Me dio la bienvenida y me enseñó mi habitación, en una chabola anexa, que no inspiraba mucha confianza. Luego descubrí que el señor estaba cenando algo con curry, y de ahí lo de sus dientes. DEspués de limpiarse un poco tenía mejor pinta. Y de hecho, tuve un par de conversaciones con él la mar de interesantes sobre inteligencia artificial y tráfico.

A las 8 bajé al puerto a ver si pillaba algo de cenar, y como Txusuru y Luciaroa estaban también alojándose en el pueblo esa misma noche, quedamos para cenar.

Fuimos a un tailandés en el que cenamos de luuuujo. Mi última comida decente hasta volver a AKL.

Al día siguiente la luz me despertó, ya  que mi chabola (que tenía toda la pinta de que la había construido el tipo raro con sus propias manos), no tenía persianas ni cortinas ni nada. Desayuné en el porche, y a la luz del día descubrí que la casa tenía mucha más miga de la que parecía, tenía su propia colmena, una huerta bastante grande y un rack de tablas de surf, así que el tipo básicamente era un hipi que vivía de lo que le daba su huerta y los visitantes de airbnb. Me contó algunas historias de sus varios trabajos en muchas partes del mundo, incluida Madrid. Y cuando le dije que era vasco, rápidamente me habló de vitoria, san sebastián y pamplona (curiosamente conocía todo, de haber estado!, menos Bilbao). Era un tipo con bastante mundo y muy interesante, pero yo no tardé en salir, ya que tenía un largo viaje hasta Cape Reinga.

El viaje a Cape Reinga sucedió en una larga caravana de coches de turistas, campervans y autobuses. Esto junto con la playa de 90 millas son los destinos más visitados del norte de Nueva Zelanda. Además, como era festivo también había un buen porcentaje de kiwis.

Cabo Reinga tiene un buen parking justo al final de la carretera, y de ahí se puede andar a los acantilados, al faro y a algunas playas que están escondidas entre paredes de roca.

En el faro podías ver las distancias a otras ciudades del mundo (no sé por qué no salía Bilbao…), y también unos cuantos viejos “obnoxious” con sus drones. Yo había pensado comprarme un dron para echar unos vídeos en nz y luego venderlo, pero viendo lo molesto que es para otra gente, y lo melocotón que pareces ahí de pie mirando a la pantallita del móvil, al final no lo voy a hacer. Además, las regulaciones aquí son un poco infierno, menos que en españa, pero siguen teniendo sus complejidades.

Me hice  un trekking hasta una de las playas que fue más duro de lo que pensaba, al principio era todo bajar, pero la vuelta me cogió a medio día, con el mítico sol de justicia neo zelandés, que quema 10x el de Europa, y todo cuesta arriba.

DEspués del paseíto por acantilados y playas, emprendí mi vuelta hacia el sur con idea de ir parando en los diferentes  recovecos y playas que había en los laterales de la carretera principal. Todos caminos de grava bastante malos, pero ya me daba igual el coche.

El primero que paré es la playa de.. bueno, esta:

Que a pesar de su nombre era muy bonita, y allí busqué una sombrita y me tiré entre las rocas a comer y a leer un poquito.

Después de comer me di un paseíto por el agua y seguí el camino, parando en la “duna gigante”.  Resulta que en toda la costa oeste de la península donde está Cape Reinga hay una playa, larguísima, que llaman 90 mile beach (aunque no tiene 90 millas, más bien 90 kilómetros). Por esta playa te puedes meter con el coche y recorrerla en coche metiéndolo en el agua si eres un motivao y te da igual que se lo coma la corrosión (o viajando en unos autobuses especiales elevados que van por el agua y por la arena a toda piña). En el extremo más al norte hay una supuesta duna gigante por la que la gente se tira en bodyboard. Cuando llegué allí me volvió a pasar la “desepsió”: la duna gigante no era gigante, ni molaba nada. La duna de Pylat es mucho más gigante y mola mucho más. Incluso otras dunas en las que he estado (en Namibia, y en Polonia) estaban mejor que ésta que tanto se publicita. Además el parking estaba llenísimo de coches, era un caos absoluto porque la carretera para llegar era muy estrecha y bueno en general sin más. Así que me di la vuelta y seguí  mi camino al sur visitando otras playas y rincones.

Al final acabé en la parte sur de la playa de las 90 millas y vi como de hecho la gente se metía aquí con el coche y era como una especie de carretera sin ley. No había límites de velocidad, la gente hacía trompos.. y lo que quisieras.. Todo sin cubrir por los seguros. La playa es muy muy tendida y cuando baja la marea queda mucha arena húmeda y dura para poder circular, así que hay una especie de “carriles de facto” por los que va la gente con todo tipo de coches.

Esa noche dormí en una casa en Kaitaia, el último pueblo antes de la 90 mile beach, que tenía de todo (supermercados y gasolinera). El tipo de la casa era muy majete y me dejó uns huevos de pascua “ocultos” (básicamente estaban en la nevera), y la casa estaba muy muy bien, con una buena tele en la que me vi algunos capítulos.

Al día siguiente ya habían cambiado la hora, y empezábamos a tener una hora menos de luz, algo que se notaría bastante. Empecé visitando la playa y duna de Oponini, que tampoco era gran cosa, pero que conducía a un mirador bastante interesante donde me hice un trekking de una hora hasta una playa un poco remota.

En esta zona hay un gran delta por el que desembocan unos cuantos ríos y había bastante meneo de gente en sus barquitos pescando.

Después del trekking seguí hacia el sur para visitar el gran bosque de kauris. Los kauris son un árbol autóctono que se caracteriza por ser mu goooordo, y en algunos casos alto. También se caracteriza, como otras especies vivas de esta isla, por ser extremadamente frágil a los agentes externos, por lo que todos los sitios en los que hay kauris siempre hay puestitos con desinfectante y cepillos para los pies. Al parecer, cualquier semillita u hongo hacen que un árbol que ha resistido a 2000 años de avatares de la vida se muera en cuestión de meses.

Así que después de comerme el lunch en una mesita que había cerca del bosque, me cepillé los pies y arranqué una caminata de casi 4 horas entre arbolacos y otras plantas medio tropicales que te rodeaban tupidamente.

Los kauris fueron otro ejemplo de desepsió. Aunque en este bosque había algunos de los más gordos de nueva Zelanda (el segundo más grande y el séptimo más grande), salí con la misma sensación de “esto ya lo he visto antes, pero en mejor”. Los kauris son muy majestuosos, pero no rivalizan con las secuoyas de Mariposa groove en Yosemite. Aquéllas eran más gordas, mucho más altas, y sobre todo, mucho más abundantes (supongo que eran más resistentes también).

En todo caso, siempre es impactante ver troncos de 22 metros de diámetro. Aunque ninguna foto les hace justicia, porque como son tan débiles no te dejan acercarte y no se pueden poner referencias humanas.

 

Cuando acabé con los kauris eran las cinco y media. Media hora para anochecer! Cogí el coche y seguí mi viaje hacia Maungatapere, una pequeña población rural cercana a donde había dormido el primer día. Allí me alojó una pareja de mediana edad en una super mansión, al lado de la cual habían construído unos anexos que eran donde dormiría yo. Mi habitación era más grande que la casa entera en la que vivo en AKL, y tenía todo tipo de lujos. Además, el tipo me vio cansado y me dijo que me invitaba a cenar a su mansión.

Allí me estuvieron contando un poco su vida (no gran cosa), pero en contra de lo que pensaba, por la mansión que manejaban, estos tipos no eran banqueros o productores de cine, el tipo era electricista y la señora trabajaba en la gasolinera. No quise preguntar, pero o dan mucho dinero esos trabajos, o vivir en estos pueblos rurales es bastante barato. También les estuve contando lo que hacía yo (por tercera noche consecutiva, empiezo a tener el discurso bastante pulido),  y la señora no entendía el concepto de inteligencia artificial. Dónde ha estado esta señora metida? No ve películas, no lee el periódico, no oye la radio? bueno, risas.

Nuevo día, y nueva sesión de playas, pero esta vez tenía una buena sesion de monte también. Me dirigí a las Whangarei heads, que es como llaman aquí a cabos que emergen de la costa. Muchas playas, especialmente en esta zona, acaban en un monte bastante gordo al que llaman heads. En el caso de Whangarei, había un gran saliente que definía dos bahías, una a cada lado. Me fui a una de ellas, Ocean Beach, y desde allí me hice el trekking que subía a las puntas del cabo.

El ascenso no sería más de 300 o 400 metros, pero era muy empinado y me llevó un rato llegar hasta lo más alto. DEspués había un trekking por las alturas quepensab que me daría buenas vistas pero estaba rodeado de árboles. Sin embargo en un lugar donde había un antiguo puesto de radar antibarcos de la guerra,  había un banquito con unas vistas estupendas y a la sombrita, donde estuve leyendo un rato.

el camino, con vistas a Ocean Beach

Al bajar tuve más aliento para sacar algunas fotos a los paisajes tremendos que me había perdido al subir, y cuando llegué a la playa finalente, me quité todos los pertrechos de monte y me eché un mini chombito relajante.

De nuevo, encontré un spot con sombra en la playa donde comí, y me eché un poco de siesta con el librito.

Otro chombo, y siguiente heads, las Mangawhai, unos 20 kilómetros más al sur. Allí, una gran lengua de arena generaba una ensenada protegida donde había cientos de barquitos. Al otro lado, una playa enorme que ahora empezaba a estar en sombra, porque ya eran las 5 de la tarde. Y un nuevo recprrido por los acantilados, con subida inicial rigurosa pero luego paseo agradable.

Mi última tarde en Mangawhai consistió en ver el atardecer desde la playa con los pinreles a remojo. Cuando la luz se fue, me fui al apartamento en Mangawhai, para volver al día siguiente a AKL. Estaba ya un poco quemado de tanta playa.

4 thoughts on “Kiwi el Aucklander 15: La pascua

    • calabacin

      jaja, es que llevo 5 meses viendo playas iguales. son paisajes guapísimos, pero al final en la isla norte es todo muy parecido. Y en el fondo tampoco es tan diferente de otros sitios que haya visto antes.

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