09 Ene

Alemania y Austria, capítulo 11: Knuckelhaus immer wieder

El día 11 empezó bastante pronto, y bastante mofas. A eso de las 4, la luz de la habitación se encendió. El alemán que estaba durmiendo con nostros no había podido dormir ni un minuto por culpa de los truenos respiratorios de Iñigenstein. Estaba enfadadísimo y flipaba con que nosotros pudiéramos soportarlo. Yo tenía mis tapones, pero en el fondo es bastante flipante que los demás pudieran soportarlo. El caso es que con la luz dada, con la voz elevada del alemán, e incluso con los empujones de Unaien, Iñigenstein no despertaba y seguía atronando…

Así que decidí darle unos tapones que tenía de más al alemán a ver si se tranquilizaba un poco. Se fue a la cama entre murmullos, y pudimos seguir durmiendo más o menos. Pero no mucho más tarde el alemán se despertó de nuevo, mucho más enfadado, diciendo que ni con tapones podía soportarlo (eso es porque se los puso mal, yo no oía absolutamente nada), y se largó de la habitación con un buen portazo.

Karpov, Karpov!

Karpov, Karpov! El hotel tenía una mesa de ajedrez muy proh

Alemanes somnolientos a parte, el día 11 era el de la despedida de Xabimann, que se volvía a la patria de manera anticipada y nos dejaba solos ante la Selva Negra (cuando él era el único que había sido capaz de plantar cara a los boches). ASí que como el hostel de Lindau no tenía desayuno, nos fuimos a buscar algún lugar para desayunar por allí. Como era domingo la cosa fue bastante complicada, pero al final conseguimos unos cafés y bollería en la propia estación del tren que llevaría a Xabimann hasta Münich.

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Cuando Xabimann se fue sacando el pañuelo blanco por la ventana, arrancamos hacia la Selva Negra. El plan consistía básicamente en llegar hasta allí y ver el lago Schluch, uno de los famosos de Schwartzwald. Nos llevó unas tres horas de buenos paisajes junto al lago Constanza y de las colinas que te adentran el la selva llegar hasta Grafenhausen, donde pasaríamos la noche antes de ir hasta el interior absoluto del superbosque. A mediodía llegamos a la Pensión Kramer, donde nos recibió su agradable propietaria que nos contó las batallas que tenía su hijo con el castellano, y nos contó qué podíamos hacer por la zona. Tras asentarnos en nuestras habitaciones de la pensión, salimos hacia Schluchsee, donde comeríamos y pasaríamos la tarde.

El centro de Schluchsee era bastante molón

El centro de Schluchsee era bastante molón

En Schluchsee estaba casi todo cerrado, pero conseguimos que nos atendieran en un restaurante italiano donde nos comimos unas pizzas muy buenas. DEspués, bajamos hacia el lago.

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El lago Schluch no es muy grande, tendrá unos tres kilómetros de largo por medio de ancho, pero es un sitio extremadamente agradable, con un paseo que recorre todo su perímetro, junto al cual pasa una vía de tren por la que aún pasan trenes de vapor (para turistillas). En el lago hay un montón de gente con pequeñas embarcaciones de vela, gozándola, y acampando a las orillas.

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Estuvimos un par de horas para recorrer el paseo, con pequeñas paradas allí donde veíamos alemanes navegando, o bañándose. Hacía un tiempo perfecto y la brisilla del lago lo hacía todo más agradable aún. Para volver habíamos pensado ir andando, pero nos dio el perezón y volvimos en tren. Aquí también tenían una de esas tarjetas de transporte gratuito si te alojas en alguna pensión, por lo que el tren de gratis.

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Para cuando llegamos a Grafenhausen era ya media tarde, y nos duchamos y preparamos para ir a la cervecera Rothaus, una de las más famosas de la selva negra. Resulta que justo al lado de Grafenhausen hay una fábrica de cerveza enorme que por supuesto tiene un biergarten tremendo. Allá fuimos a cenar, a volver al knuckel, y a probar cervezas locales. Llegamos tarde para ver la fábrica, que también es museo, aunque pudimos ver la maquinaria por unas cristaleras gigantes. La cena fue un auténtico homenaje, con knuckel, pollo, ensaladas, y las variadas y peculiares birras de Rothaus. Pero durante la cena empezó a llover y tronar como si no lo hubiera hecho nunca. Habíamos tenido muy buena suerte hasta el momento con el tiempo, pero esta super tormenta avanzaba lo que íbamos a encontrarnos en los próximos días. Tuvimos que salir al coche corriendo para no calarnos, y al llegar a la pensión Kramer nos tuvimos que secar.

Nos fuimos a la cama. Mañana íbamos al Paraíso!

20 Ago

Alemania y Austria, capítulo 1: En el principio, todo era Knuckel

El madrugón fue notorio. Teníamos sueño, pero por delante sólo nos esperaba un vuelo de dos horas. Sin escalas. Sin jet lag. A las 10 de la mañana estaríamos ya en Munich, nuestro centro de operaciones del octavo viaje de verano.

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Así que sin esperar demasiado, fuimos al céntrico Wombat City hostel donde no pudimos acceder a nuestra habitación. Al menos no teníamos mochilas, así que empezamos a recorrer el centro de Munich sin más demora.

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Todos habíamos estado ya en la ciudad, pero siempre hay cosas nuevas que hacer, y si no, siempre te queda el codillen y las salchichen. De hecho, Karl tenía algún tipo de historia turbia con esta ciudad. Por no hablar de Xabimann, que tenía al menos dos historias turbias. Que se sepa. Había que andar con pies de plomo, amigo (y mantenerse alejado de las jarras y la policía).

Lo primero que hicimos fue visitar el ayuntamiento, mítico edificio de Munich, en el que pudimos subir a la torre para ver si las vistas merecían la pena. Tampoco es para tanto, Munich es una ciudad agradable pero no tiene un super skyline.

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Al bajar, empezaba a apretar el hambre, sobre todo a Unaien, que parece que tiene una especie de tubería trituradora en vez de un estómago. Nos acercamos a la plaza del mercado Rindermarkt, donde había todo tipo de delicias teutonas: quesito, salchichas, codillo, fruta, miel, té… Como de momento Bayern estaba aplicando el modo austero (aunque no le dejaron hacerlo mucho tiempo…), nos decantamos por comer un bocata de salchicha. De pie. Y nuestra primera cerveza. Todo perfecto.

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Tras unas frutitas de postre, seguimos visitando el centro de Munich, sus iglesias convertidas en jungla, sus museos de juguetes y sus macrocerveceras.

Esta iglesia estaba reconvertida en algo mucho más práctico y bonito

Esta iglesia estaba reconvertida en algo mucho más práctico y bonito

Cuando por fin Unaien y Xabimann consiguieron el ansiado helado que querían de postre (en contra de la política de austeridad de Bayern), cogimos el metro para dirigirnos al norte, y ver la villa olímpica y el museo BMW. El transporte público de Munich es impensable en otros sitios: no hay canceladoras, y uno valida el ticket por principio. Nosotros cogimos un ticket para venir del aeropuerto, y compramos otro para ir a la villa olímpica, pero perfectamente podríamos haber ido gratis: nadie controla si has comprado y validado el billete.

Macroconcesionario BMW

Macroconcesionario BMW

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El museo BMW es un imponente edificio de diseño que… Ah no! esto no es el museo, es una especie de concesionario gigante!

En el museo se puede ver el i8. Hay un tipo con una balleta que pasa de vez en cuento a limpiar babas

En el museo se puede ver el i8. Hay un tipo con una balleta que pasa de vez en cuento a limpiar babas

También hay un tipo con pinta de moro que explica a la gente lo que es el par motor

También hay un tipo con pinta de moro que explica a la gente lo que es el par motor

El museo es bastante más discreto, aunque no está mal. Hay coches y motos míticas de la marca, y en la expo temporal tienen unos cuantos Rolls Royce, y está organizado de una forma elegante. Tampoco hay que fliparse demasiado, sólo son coches. Es una buena visita si ya has visto los otros muchos atractivos de Munich mucho más interesantes, como el museo de ciencia (que mola un huevo).

Después del museo nos pegamos con una máquina de refrescos que finalmente nos acabó robando varios euros, y nos fuimos a tomar nuestras cocacolas a una campa en el recinto olímpico.

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Tienen muy bien montado este espacio, uno de los mejores aprovechamientos de instalaciones olímpicas que recuerdo haber visto, y eso que han pasado una pila de años. En este gran parque hay diversas atracciones, lagos, e incluso una montañita para tener buenas vistas.

Karl aprovechó para hacerse la mítica foto embarcadero

Karl aprovechó para hacerse la mítica foto embarcadero

También hay una torre-pincho  a la que no subimos, pero que recuerdo de visita anterior que tenía un museo del rock bastante interesante (además de las mejores vistas de Munich). Nos apañamos con la montañita.

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Poco a poco fuimos volviendo hacia el hostel, esta vez andando, callejeando, con polémica sobre el Coleta, que es un populista, y blablablabla, que no, que es un semidiós, blablabla. POLÉMICA!! Xabimann había venido a este viaje especialmente militante (a qué se deberá?) y los primeros días hubo varias polémicas izquierdoso vs neocon, pero al final las conversaciones del viaje volvieron a su cauce habitual: el pez ese de los ríos tropicales.

El hostel estaba muy bien, buenas camas, una terraza terrible, y buena localización. Además tenía un bar. Así que descansamos un poco, nos duchamos, y salimos a por nuestro primer codillo. Hoy tocaba HofBräuHaus am Platzl, la cervecera super mítica y super grande que está en el centro (y en la que se constituyó el incipiente partido nazi, aunque de eso no comentaban mucho).

Esta cervecera es gigante, tiene varios pisos, infinitas mesas, y músicos tocando temazos bávaros alternados con el típico Ein Prosit. Aquí nos lanzamos al que sería el primero de una larga lista de codillos (knuckels) con los que Iñigenstein se convertiría en el legendario Duke Knuckel. Las cervezas de litro, y las salchichen de sabores tampoco faltaron.

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Codillers

Codillers; se acabó la conversación

Después de la copiosa cena arrancamos hacia el hostel, donde nos esperaba una cerveza gratis en el bar, y una noche de sueños pesados regurgitando la grasa del knuckel, y de los estruendosos ronquidos de Iñigenstein, que también se convertirían en leyenda.