04 Feb

Alemania y Austria, capítulo 15: El último Knuckel en Müních

 

Día 15. Era nuestro último día. El 16 volábamos de vuelta a Bilbao por la mañana, así que básicamente nos quedaba este día. Y estábamos a 400 km de Munich. Básicamente parecía que el día iba a consistir en ir de vuelta a Munich, pero teníamos varias opciones de paradas intermedias. Tras darle un par de vueltas, mientras nos tomábamos el último desayuno con Doris, decidimos parar en la ciudad de Ulm, la ciudad que vio nacer a Einstein y a Rommel, y cuyo highlight más relevante es la impresionante catedral gótica, la más alta del mundo.

Pero para salir a la autopista que lleva de la Selva Negra hasta Munich, hay que pasar por Baden Baden, una de las ciudades más míticas de la Selva. Como íbamos pronto, decidimos parar en Baden Baden para conocer un poco el centro de la ciudad. Iba a ser una parada rápida, pero aún quedaban muchos souvenirs que comprar, así que podía ser una buena oportunidad.

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Esto qué es? Baden Baden o Cs_italy???

Baden Baden es una ciudad muy agradable. Según salimos del parking nos encontramos con un mercado callejero con productos locales muy apetecibles (habíamos visto unos cuantos mercados en ciudades en días laborables, mola mucho). Tardamos poco en llegar al centro, que era prácticamente entero peatonal, con callejuelas estrechas adoquinadas, edificios muy bien conservados y muchas tienditas de pijadas y souvenirs. Recordaba un poco a algunas ciudades francesas, lo que no es de extrañar, ya que está junto a la frontera. Baden Baden no es en realidad un pueblo (no es más grande que Basauri en población), pero tiene ese porte de las ciudades que han tenido mucha historia.

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Después de que Karl hubiera comprado un número indeterminado de boles de desayuno, bajamos hacia el gran parque que hay bajo el castillo de la ciudad.

En el parque, surgió de forma inesperada. El gigante medía más de 30 pies, y lanzó su ira contra nosotros. Sus gritos eran atronadores y sus pisadas perezosas hacían retumbar el suelo. Todos nuestros refrescos temblaron como en parque jurásico.

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Habíamos oído hablar del gigante de Baden Baden, pero no esperábamos encontrarlo tan fácilmente, así que nos largamos del pueblo con celeridad.

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Dos horas después llegamos a Ulm, y fuimos directo al infopoint, y nos dijeron los cuatro highlights míticos. Así que vimos la super catedral de Ulm, sólo por fuera. DEspués fuimos a dar un paseo por el barrio de los pescadores, el más mítico de la ciudad.

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El Fischerviertel es un barrio chulísimo, con canales, árboles muy coloridos y casitas bonitas, así como un montón de tiendas curiosas y cafeterías con agradables terrazas. Se ve en 15 minutos, ya que no son demasiadas calles.
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Seguimos la visita por el Neue Mitte, una zona completamente nueva de Ulm, muy cerca del barrio de los pescadores, que imitaba su estética con edificios modernos, teniendo un aspecto bastante particular.

Neue Mitte, con sus chabolas modernillas

Neue Mitte, con sus chabolas modernillas

También pudimos salir a una muralla de la ciudad por la que se podía pasear, y que discurría junto al Danubio. Es la primera vez que yo veía el Danubio, y no me pareció tan azul, Johann.
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Cuando hubimos dado el voltio completo, no había mucho más que ver en Ulm, pero además, estaba empezando a llover de forma un poco desagradable. Así que arrancamos para Münich con la intención de ver una peli por la tarde. No había grandes cosas en cartelera, pero peli en el viaje ya era una tradición. En el trayecto a Münich vimos por primera vez una de las famosas autopistas sin límites de velocidad de las que tanto hablan. La Autobahn. Hay gente que cree que en Alemania no hay límites de velocidad, pero no, esto sólo pasa en esta subred de autopistas, que mola un huevo, no tiene curvas, y agarra a tope (energy). En el resto de autopistas y carreteras, que son la inmensa mayoría, hay límites, y los vigilan intensamente. No vimos a nadie a 300 en un Mercedes SLS. La gente circulaba bastante tranquilita, incluso en la Autobahn.

En cuanto dejamos el coche en la compañía de alquiler fuimos a todo correr al hotel que teníamos para esta noche, que estaba junto a la estación central de trenes. En el mapa. Resulta que la estación central es TAAAAAN grande, que tuvimos que andar 25 minutos desde que llegamos a la entrada de la estación hasta que
terminamos de llegar al hotel. Estaba lejísimos.

Estuvimos mareando unos buenos 30 minutos a la recepcionista del hotel para que nos buscara cines que dieran pelis en inglés (algo que habíamos hecho en 3 minutos con el wifi, pero la pava no se aclaraba mucho, debía ser una de esas tipas que no ven cine nunca que conocemos en los viajes). Al final, cuando nos confirmó que no había pelis en inglés (salvo una que no molaba), y que había un cine bastante céntrico que daban la que queríamos ver y había opciones de que fuera en inglés, salimos pitando para desandar todo el trecho hauptbahnhof.

Al final, nos encontramos allí con toda la chavalería pero encontramos que no había versiones en inglés. Maldición. Ya iban dos años sin peli. 2015, sea donde sea, hay que ir a un sitio que no doblen las pelis.

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Sin rumbo, desorientados, salimos a vagar por la calle, que estaba tremendamente animada con músicos callejeros. De alguna manera inesperada, sin saber por qué, acabamos junto a la apple store de Münich. Curiosamente,aunque estaba cerrada, estaba rodeada de iZombies que chupaban del wifi. La escena era dantesca. Una calle oscura con la cálida luz marketiniana de la apple store de fondo, y un montón de figuras de pie con portátiles y móviles y sus caras sólo iluminadas por la luz de sus pantallas.

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con el wifi aprovechamos para buscar un lugar donde cenarnos nuestro último Knuckel. Dimos con él. Un Biergarten molón justo en frente de la apple store. A la nave!

Ensaladas? qué clase de invertidos son estos?

Ensaladas? qué clase de invertidos son estos? El Duke se pidió un Knuckel como dios manda!

La cena estuvo tremenda! Birra, salchichen, y nuestro último knuckel. Allí se forjó la leyenda del Duke Knuckel, allí empezamos a golpear la mesa mientras gritábamos “knuckel, knuckel, knuckel”
Fue una gran despedida.

Al día siguiente madrugaríamos para volar.
Y aterrizar en plenas fiestas de Bilbao!

30 Ene

Alemania y Austria, capítulo 14: Mil cucos y un Knuckel

Amaneció lluvioso. Muy lluvioso. El plan consistía en ver Triberg, el pueblo de los mil relojes de cuco, y en el que había una famosa cascada también, que quizá no fuéramos a ver con aquella lluvia.

El desayuno en casa de Doris fue correcto como siempre. Con un poco de pereza subimos al coche para dirigirnos a Triberg. Había que ir por carreteras secundarias, lo cual siempre se agradece en la Selva NEgra, ya que se ven los mejores paisajes. Al llegar a Triberg llovía de forma intensa. Primero intentamos ver una tienda-museo de cucos, y nos pasamos de largo con google maps., pero al final conseguimos encontrarlo. El museo tenía como fachada el reloj de cuco más grande del mundo. Estuvimos dentro de la tienda del museo viendo cienes de cucos, y baratijas varias.

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Al cabo de un rato vimos que seguía lloviendo, y que aquello no iba a parar, así que nos acercamos al centro de Triberg, aparcamos en un parking (el sitio escasea en Triberg), y nos lanzamos a recorrer las mil y un tiendas de relojes de cuco que hay por allí. No era difícil darse cuenta de que estas tiendas habían evolucionado a tiendas de baratijas y souvenirs con el tirón turístico que tenían los relojes. Aunque había relojes de 15000 euros, la mayor parte del contenido eran pijadas made in china.

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Cuando nos hubimos visto todas las tiendas, la lluvia seguía, y el frío. Así que fuimos a un restaurante de la zona a tomarnos un colacao, para darle un poco de tiempo a la lluvia. No funcionó.

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afuera seguía mordor

afuera seguía mordor

 

Si Triberg es famoso es por los cucos y por la cascada. Lo bonito es acceder a la cascada desde abajo y hacer un paseíto que te lleva poco a poco hasta la parte alta, y la ves en todo su esplendor, como la que vimos en Austria. Pero con el tiempo que hacía subimos directamente a la parte alta en coche, para ver si al menos podíamos ver la caída de agua. Ni eso. Los parkings que hay en la parte de arriba y media de la cascada están a casi dos kilómetros de la cascada. Kilómetros de caladura.

Desmoralizados, sin saber muy bien qué hacer, decidimos visitar Alpirsbach, un pueblo un poco más al norte de Triberg, y en el que se fabrica una de las cervezas más famosas de la Selva Negra, la Alpirsbacher, y que tiene un restaurante-museo muy famoso. Ya que no podíamos estar al aire libre, al menos ver una fábrica de cerveza.

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Tardamos un buen rato en llegar, aunque en el mapa estaba cerca, la carretera no era gran cosa y había mucho tráfico. Para cuando llegamos, se habían acabado las visitas en inglés a la fábrica. Maldición. En cualquier caso, siempre nos quedaría el Knuckel. El restaurante Alpisbacher, junto a la fábrica, era uno de los más recomendados en las guías, así que como ya era mediodía, entramos a ponernos las botas.

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Fue (al menos en mi caso) una de las mejores comidas del viaje. Knuckels, una especie de escalope sobre queso, y pollos, todo ello muy rico, con una de las mejores cervezas que he probado en el viaje (para mi gusto, en todo caso). La comida en Alpirsbacher fue la mejor decisión del día. Pero todavía nos quedaba la tarde. El tiempo estaba mejorando un poco, pero a estas alturas buscábamos un plan tranquilo, así que nos decantamos por visitar Vogtsbauernhof, un museo al aire libre de la Selva Negra. Era una especie de museo etnográfico que recogía la forma de vivir, cultivar, criar ganado y trabajar de los habitantes de la Selva Negra a lo largo de los siglos.

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El museo estaba en Gutach, tuvimos que volver atrás un trecho, pero mereció la pena. Había descuentos por alojamiento (por fin), descuentos por aparcar en su parking privado, y alguno adicional, así que entramos por no mucho dinero, y echamos la tarde entre casas de madera picudas con gruesos tejados de paja que servían de aislante a los selvanegrinos hace muchos años.

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El museo recordaba bastante a uno que vimos en Oslo sobre la vida de los vikingos. De hecho, aun estando a más de 2000 km de Oslo, las construcciones de la Selva Negra son muy similares, y la forma de vida también. Aunque en Schwartzwald las edificaciones eran enormes. En cada edificio vivían y trabajaban muchas familias.

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De hecho contaban que lo solían integrar todo en el mismo edificio para que la gente no tuviera que salir a la calle en el duro invierno centroeuropeo.

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Tras una tarde jugando en el museo al aire libre, fuimos arracando hacia Ohslbach de nuevo, hicimos la compra y nos recogimos en la super terraza. Nuestra última noche en la Selva Negra.

22 Ene

Alemania y Austria capítulo 13: Knuckelsbach

El día 12 había sido demasiado tranquilo, así que el 13 teníamos que buscar algo más de actividad por la Selva Negra. Todavía no sabíamos muy bien qué podíamos hacer a nivel de trekkings o hikings, que la hacen tan famosa. Así que en primer lugar decidimos ir a Freiburg, que estaba bastante más al sur, pero es quizá la ciudad más importante de la región, y con una pasado histórico muy completo. El desayuno en la pensión Doris estuvo a la altura de los anteriores, con mucho embutido y cositas ricas. En seguida salimos hacia Friburgo.

La ruta alternativa, más bucólica que la autopista

La ruta alternativa, más bucólica que la autopista

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El GPS no nos llevó por la autopista que recorre la Selva Negra de norte a sur, y tardamos un rato largo en llegar, pero finalmente, tras aparcar, estábamos en una agradable ciudad con un centro histórico completamente peatonal y muy agradable.

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Recorrimos una de las calles principales hasta el ayuntamiento, y la oficina de turismo, donde Karl tuvo su tercer encuentro de la serie “Karl y los alemanes”. Preguntamos a la señora del infopoint qué cosas había para ver por Friburgo, pero también a dónde podíamos ir en la Selva Negra, y la buena mujer nos dio todo tipo de explicaciones detalladas de actividades, entre las que incluyó visitas a viñedos. Los vinos del Rhin son muy famosos, y aunque no era nuestro primary objective, Karl le espetó con desprecio “Tenemos vinos mejores en España”, que sonó claramente a “sí claro, ahora nos ponemos a perder el tiempo viendo vuestra chusta de viñedos”. Obviamente la tipa se quedó a cuadros, y ahí acabó nuestra visita al infopoint.

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Empezamos entonces a hacer una ruta que venía predefinida en el mapa con los vista-points más relevantes. Había vista-points como lugares de nacimiento de señores, o similares, pero el gran hot-spot era la catedral, una de tantas catedrales góticas super famosas de Alemania. Además, a sus pies se extendía un gran mercado callejero que tenía productos muy curiosos de comida y de artesanía.

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Al final del recorrido acabamos de nuevo en el ayuntamiento (Rathaus, la casa de las ratas, en alemán :D (no, en realidad Rat creo que es consejo o algo así)). Y ahí empezamos a darnos un garbeo de shopping y a buscar algún sitio para comer.

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Terminamos dando con La Cicogna, un agradable restaurante italiano que hace esquina con una terracita cerca de una de las puertas de la ciudad vieja. Allí nos hincamos unas pizzas con hierbas encima y unos platos de pasta, mientras las moscas nos devoraban.

Con las panzas llenas la cosa cambiaba, y salimos a ver más tienditas molonas de Friburgo, y si se terciaba tomar una cerveza. Terminó no terciándose, y cuando nos dio media tarde salimos de nuevo hacia el norte, con la intención de ver Gengenbach, uno de los pueblos más recomendados de la Selva Negra, que estaba justo al lado de Ohlsbach, pero aún no habíamos podido ver.

Gengebach es un pueblito que parece sacado de un cuento. Todas las casas son bonitas con sus vigas y sus ventanas con contraventanas de colores. El centro está completamente adoquinado, prácticamente sin coches, pero con alegres alemanes en bici, muchas flores, y letreros con tipografía gótica. Hasta el parking donde dejamos el coche, que estaba fuera del centro urbano, era bonito.

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Estuvimos dando un paseíllo por todas las calles cercanas al centro, y al final acabamos sentados en una terraza con una buena birra y unas partidas de 2048.

 

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Y una hilarante postal que escribió Iñigenstein con un gráfico incluido.

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Cuando empezó a caer la tarde, arrancamos hacia la pensión Doris, ya que teníamos que pasar antes por un supermercado a por la cena, y ya sabemos cómo las gastan los alemanes con los horarios.

Como había dejado de llover, pudimos hacer una buena cena en la terraza de la pensión, con nuestros bocatas de cutrechorizo y el vecino árabe que estaba siempre fumando en la terraza y daba un poco mal rollo.

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Aunque KArl tb se las daba de malote.

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Después de unas partidas, nos fuimos a la cama. Al día siguiente tocaba ver la ciudad de los mil relojes de cuco.

18 Ene

Austria y Alemania, capítulo 12: Knuckelparadies

Era nuestro duodécimo día de viaje y teníamos superplan: pasar todo el día en el paraíso. En realidad, el sitio al que íbamos, y en el que pensábamos perder todo el día se llamaba Badeparadies, y era un megaresort SPA con toboganes que está en el centro de la selva Negra.

Había sido la primera noche sin incidentes de los últimos días, igual porque Iñigenstein estaba sólo conmigo y mis tapones, y Xabimann ya no estaba. Después de desayunar nos dio un poco de pena despedirnos de la pensión Kramer y su agradable dueña (a la que Karl había dicho que el alemán era “rude” dejándola un poco a cuadros). El desayuno estuvo a la altura de su simpatía. Pero el paraíso nos llamaba, y teníamos que largarnos.

Después de dos semanas de buen tiempo, hoy había amanecido cubierto, lluvioso, tal como lo dejamos la noche anterior. No importaba, ya que el paraíso estaba cubierto. Cubierto por una cúpula de cristal gigante para que entrara la luz, pero cubierto al fin y al cabo.  El paraíso estaba muy cerquita de Grafenhausen y no tardamos mucho en llegar. Estaba además junto al lago Titisee, uno de los más famosos de la zona, aunque era bastante más pequeño que Schluchsee. No le hicimos mucho caso al lago y nos lanzamos al parking de Badeparadies, que ya estaba hasta las cartolas. Lunes de agosto. Niños en casa de vacaciones, sin plan. Mal tiempo. Ya sabíamos dónde iban a estar todos los niños de esta zona del Baden-Württemberg.

Atravesamos la recepción gigante, y entramos a una zona de vestuarios más grande aún. Nos compramos la pulserita verde, que nos daba acceso a todo menos a las saunas, y nos adentramos.

Badeparadies se sale. La zona principal es una piscina gigante rodeada de palmeras, bares y restaurantes, y miles de hamacas. Está muy bien iluminada porque el techo y el frontal es de cristal. A un lado está la zona spa, a la que teníamos acceso medio-restringido. Empezamos por las piscinas de iones denosequemovidas, que no se sabía muy bien para qué servían, pero pronto pasamos a las piscinas de sal, que emulaban la concentración de sal del Mar Muerto, así que se flotaba bastante bien.

No era difícil perder de vista a Iñigenstein y encontrárselo flotando con los ojos cerrados en alguna de estas piscinas.

DEspués de probar la sal, fuimos a la zona central, que aparentemente sólo era una über-piscina, pero en su perímetro escondía chorros y burbujas de diversos tipos. Era curioso porque no estaban todos encendidos a la vez, los iban alternando, por lo que de vez en cuando veías una migración de bañistas, que iban de un chorro a otro. Además, fuera, en la calle, había un fragmento de esta piscina en el que también había chorros y demás, pero tenía el encanto de estar en la calle, y de salir por una especie de puerta giratoria de plástico que evitaba que entrara el frío. También estuvimos un buen rato en las camas de burbujas de la calle, como si fuéramos huevos cociéndose.

Otra cosa chachi que había era una sala que recreaba “la niebla de la Selva Negra”, que básicamente era una especie de baño turco con buena ambientación luminosa y olfativa.  Y luego estaba la zona de recreo, con toboganes variados, y en los que nos tiramos unas cuantas veces. Las escaleras estaban a reventar, y todo el mundo llevaba consigo flotadores gigantes para tirarse por los toboganes, haciendo que todos apiñados en esas escaleras fuéramos una especie de torrente de glóbulos rojos con su carga de oxígeno. En uno de los toboganes era posible tirarse de dos en dos o de tres en tres. Decidimos darlo todo yendo tres a la vez. El recorrido era bastante largo, y cuando íbamos por la mitad, Unaien se soltó del flotador! De repente miré atrás y vi a Unaien bajando sobre su tripa haciendo esfuerzos inútiles por alcanzar el flotador, mientras Karl ni se enteraba de lo que estaba pasando. Era tan de película que empecé a mofarme tanto que casi me caigo yo también del flotador. Al final Unaien consiguió atrapar una esquina del flotador y bajar arrastrándose, mientras las curvas del recorrido le sacudían de un sitio a otro. Fue lo mejor de la mañana. Iñiguenstein se había ido de la zona de toboganes, él es un tipo de agua caliente.  Allí nos lo encontramos al volver.

Y así fue pasando la mañana a remojo, entre baños y toboganes, hasta que nos pusimos a comer, knuckels incluidos por parte de alguno en una cafetería cercana a la piscina. Después de comer nos tumbamos en las hamacas, desperdigados, para descubrir  que Iñigenstein se había puesto a roncar en su hamaca y había creado un círculo de hamacas desocupadas a su alrededor. Un tipo efectivo.

La tarde pasó repitiendo baños, toboganes y vapores, y a media tarde partimos hacia Ohlsbach, donde dormiríamos por tres noches en la pensión Doris, nuestro campo base en la Selva Negra. Al salir de Badeparadies, la chica nos daba un ticket impreso de justificante. Resultó que el ticket era un poco largo, y a Karl se le ocurrió espetarle “this is not ecologic”(sic). La tipa, claro, se quedó a cuadros. No es que fuera la vela más brillante de su menorah, pero a mí tampoco me habría hecho gracia. Era el episodio dos de “Karl y los alemanes”

Ohlsbach era un micropueblo al norte de Gengenbach, uno de los pueblos supuestamente más bonitos de la Schwartzwald, y en el que no había nada. Sólo chalets, casas de gente que vivía bien, y una pensión con unos señores muy agradables y muy buenas vistas desde la terraza.

DEsde nuestra terraza en Ohlsbach

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Parece que la señora Doris había veraneado en Mallorca durante unos cuantos años, por lo que chapurreaba castellano (menos mal, porque cero de inglés), y nos acogió con mimo en su agradable casa. Allí pudimos cenar nuestros horribles bocatas de embutido alemán que habíamos comprado en el super, y preparar nuestro viaje para el día siguiente mientras contemplábamos el atardecer de Ohlsbach.

15 Dic

Alemania y Austria, capítulo 10: ¿Sueñan los knuckels con aliens invisibles?

 

El día 10 empezó divertido. Yo no me enteré de nada, pero al parecer, los 30 alemanes que había en la habitación de al lado del hostel, y que habíamos visto llegar el día antes con cienes de cajas de cerveza, la habían montado parda de madrugada al llegar, despertando a todo el hostel, menos a Iñigenstein y a mí con mis tapones mágicos. El caso es que fue una levantada difícil para algunos, así que Xabimann decidió cobrarse venganza, que como todo el mundo es dulce y se sirve fría, por lo que es un helado.

Venganza (dramatización)

Venganza (dramatización)

Así, mientras nos vestíamos y preparábamos las mochilas, Xabimann puso una canción (un poco chunga) a todo el volumen que el móvil le permitió, y la puso en el vano de la puerta. Los alemanes no tardaron en despertarse y venir a quejarse. Hay que recordar que los alemanes eran gigantes, y ahora estaban cabreados. Bueno pues el crack de Xabimann les plantó cara y les dijo que la canción iba a estar ahí hasta que acabara, y que ellos habían hecho mucho ruido por la noche y que a joderse tocaba.

Los demás estábamos un poco a cuadros con la actitud de Xabimann, pero funcionó. Los alemanes se picaron y no hicieron nada más. Después de nuestro pique con los maleducados locales (a base de más mala educación), salimos hacia Bregenz, donde pasaríamos el día.

Bregenz está junto al lago Constanza, ese lago que comparten alemanes, austriacos y suizos, y que es una especie de zona de veraneo para ricos. Así era Bregenz también, que es famoso por su ópera al aire libre (donde ocurrían algunas cosas de la nefasta peli de James Bond Quantum of Solace). Otra cosa menos destacada que tiene, es una especie de mini-Cabárceno con animales sueltos en grandes recintos, de acceso gratuito y que está en una colina cercana. Como no hacía un día espléndido, decidimos subir en teleférico y ya veríamos si bajábamos andando.

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Había una buena vista del Lago Constanza, pero los animales resultaron ser fundamentalmente fauna local, así que pudimos ver cerdos, ciervos, y poquito más.

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También tenían un espectáculo con águilas, que no pudimos ver porque no cuadró, pero tenía pinta de ser lo mejor del parque.

Este parque está muy orientado para niños, y la vuelta completa al recinto se hace en poco más de una hora, así que cuando terminamos emprendimos el descenso, que estuvo bastante animado por las conversaciones sobre los aliens invisibles e indetectables, que sin lugar a dudas están presentes entre nosotros, pero no tenemos la tecnología para verlos. Tardamos más de una hora en bajar, por una pendiente bastante empinada. Habíamos hecho bien en coger el teleférico, y de hecho esta decisión marcaría el principio del resto del viaje, que no volveríamos a hacer nada más de ejercicio físico.

Al final, nos sentamos en el agradable paseo “marítimo” de Bregenz a comer, observando la fauna local (de otro tipo que la del parque), el teatro sobre el agua, y acabar ultra enganchados al 2048, que Bayern le había introducido a Xabimann, que al final todos acabaron jugando.

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El escenario actual de la ópera sobre el agua.

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Tiempo después, cuando todas las partidas hubieron acabado, tuvimos que rematar el día con una partidita de Minigolf. Yo ya había estado en este campo en 2007 y pensaba que me acordaba, pero al final no fue tan fácil, y nuevamente Xabimann se volvió a imponer, no exento de polémica por las Iñigo’s rules!

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La partida estuvo más ajustada que nunca.

Para acabar el día salimos hacia Lindau, un pequeño pueblo que volvía a ser Austria, en la orilla de enfrente de Bregenz. Lindau era un minipueblo y nos alojamos en un minihostal que estaba muy bien acondicionado y en el que teníamos que compartir habitación con un señor de unos 50 años.

Cuando nos hubimos duchado y refrescado, salimos hacia el centro de la ciudad a ver su conocido casco antiguo, y a cenar en un restaurante que nos recomendó la chica del hostel. Hoy tocaba capricho, ya que era la última noche de Xabimann, que se volvía, dejándonos solos y abandonados (y con más sitio en el coche).

Lindau es un pueblo muy elegante con un casco antiguo encantador, pero a la hora que era estaba todo cerrado salvo los restaurantes, así que tampoco pudimos aprovechar al máximo. Tras callejear brevemente, nos dirigimos al elegante y caro restaurante a orillas del lago que nos recomendaron. REsultó ser una opción muy de postureo, pero con escasa comida  (Unaien después se tuvo que comer un bocata).

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Cuando salimos fuimos a buscar algún antro en el que tomar algo, y acabamos en un irlandés que era muy irlandés, donde pudimos tomarnos unas Guiness, escapando de las tradicionales birras bávaras.

Allí Unaien se hincó un bocata como su antebrazo y seguimos nuestras conversaciones metafísicas sobre aliens invisibles y otros.

Al final, no muy tarde ya que Xabimann cogía el tren pronto, nos fuimos al hostel de nuevo y empezamos la que sería una divertida noche con nuestro compañero de habitación.

20 Nov

Alemania y Austria, capítulo 9: El castillo de Parsifal

El noveno día de viaje íbamos a ver uno de los principales highlights: el castillo de Neuschwanstein (nuevo-cisne-piedra). Para mí no era tan highlight porque ya había estado, pero siempre molaba volver.

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Nos levantamos anómalamente pronto para poder visitar el castillo sin aglomeraciones, así que a las 8 y media estábamos ya en la cola de las entradas. Fue bastante gracioso porque Iñigenstein abandonó la larga cola y se fue a la calle. Allí, en medio de un parque, sin sentarse ni apartarse, justo justo en el medio, se pusoi a lavarse los dientes. Pudimos verle desde el interior del edificio de las entradas, y echarnos unas risas. El cepillado duró 15 minutos, y el enjuague fue con una botella de agua que había por allí. Nunca nadie tuvo semejante higiene bucal. Esto, que venía repitiéndose en los sitios más inverosímiles, nos llevó a crear el térmimo “Extreme Toothbrushing” que en nuestro próximo viaje pondremos en práctica creando tendencia mundial.

Así que tras la completa higiene oral de Iñigenstein y la adquisición de las entradas empezamos el ascenso del tramito que hay que subir hasta la entrada del castillo, de unos 25 minutos. Que no nos quiten nuestro ascenso matutino diario, que no somos nadie.

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NEuschwanstein está muy bien organizado, y con unas pantallitas van informando del grupo que va a entrar, que aparece en números impresos en las entradas. Cuando estuve la última vez no recuerdo que fuera así, además la visita fue bastante larga y detallada. Sin embargo parece que la máquina de dinero es implacable, y actualmente la visita al super castillo se hace en poco más de media hora, en la que vas a todo meter por las salas, con una audioguía, interesante, pero mucho menos que cuando fuimos con un guía humano. REcuerdo haber oído la historia completa con todo lujo de detalles escabrosos del rey Luis que construyó y vivió en este castillo. En la nueva visita ultraeficiente, sólo te cuentan el vicio que tenía Luis con Wagner, y cómo la ópera Parsifal está inspirada en Parsifal, pero sobre todo en Luis, que estaba tronao y se creía el propio Parsifal, como así se puede ver en las pinturas de muchas de las salas del castillo.

Aunque la relación con Wagner era muy interesante, se ven menos salas y se cuentan menos cosas que hace unos años. De todas formas también contaban lo que supuso la construcción de este castillo de pura opulencia en una región entonces no tan próspera (no había BMW), y da que pensar sobre lo que se suele decir sobre las obras faraónicas. No le criticarían a este pavo ni nada por gastarse los duros en esto. Y mira qué bien ahora.Anyway.

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Como salimos prontito, nos fuimos a dar una vuelta por el mítico paseo desde el que se tiene la vista más típica de Neuschwanstein, donde todos nos hicimos foto.

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Después dimos un paseíto por el monte y por el lago cercano al castillo, para volver a comer al centro de Füssen.

Íbamos a quedarnos aquí una noche más, aunque no hay mucho que hacer por este pueblo, que es más de estar de relax. Así que después de una correcta siesta, fuimos a echar un segundo minigolf, a ver si la polémica con las reglas de Iñigenstein volvía a surgir.

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El minigolf de Füssen mola un montón y tiene diversos chismes con los que la pelota interactúa, pero el mejor sin duda es un teleférico en el que la pelota va viajando de un punto a otro.

Molaba bastante porque una de las cabinas tenía algo mal, y no cogía la pelota, haciendo que hubiera que volver a empezar, así que había que encajarla en la “sala de espera” justo cuando venía la cabina buena.

La segunda partida no estuvo exenta de polémicas, especialmente en el hoyo barco pirata. Al final ganó el de siempre.

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Los alemanes juegan al minigolf de forma rápida y eficaz. Lo hacen de forma tan desinteresada que hasta tengo mis dudas de que se diviertan. Nosotros sin embargo tardamos casi tres horas en hacer los hoyos, y nos adelantaron diversos grupos, incluidos varios grupos de niños, que nos miraban como si fuéramos una especie de gente sin capacidades motoras. Qué diablos! Lo éramos! Y eso nos daba una muy buena forma de hacer que 5 euros cundan.

Después de aquello, nos volvimos al hotel, a ducharnos, hablar con el hogar, y bajamos a cenar. Esta vez tocaba italiano, donde conocimos a un grupo de españoles (mayores), que estaban perdidísimos.

Bañadores para bañistas mazaos

Bañadores para bañistas mazaos

Por la noche nos fuimos a dormir relativamente pronto. En Füssen no había nada que hacer, y además, habíamos madrugado. Y al día siguiente otra vez madrugar, ya que íbamos a otro monte.

Pero algo pasaría durante la noche…

31 Oct

Austria y Alemania, capítulo 8: Knuckels, mentiras y poses de Facebook

La amanecida en Innsbruck reveló caras de sueño tras otra noche de intensos ronquidos del duque. Hoy teníamos un día durísimo por delante. Era extremo. Íbamos a subir a 3200 metros. Con nuestra escasa preparación. Iba a ser un ascenso muy muy difícil, con crampones. Ni más ni menos que a la cima más alta del Tirol.

Por suerte para nosotros, esto sólo era cierto en parte. Es cierto que íbamos a subir a lo más alto del Tirol, pero no lo íbamos a hacer andando. El acceso al glaciar Stubaital, que es el que da nombre a la montaña más alta del Tirol está muy cerca de Innsbruck, pero nos costó encontrarlo. El valle que llega hasta allí está plagado de pequeños pueblos con teleféricos y cimas altísimas, así que cuando llegamos a Neustift im Stubaital, pensábamos que ya habíamos llegado. Este pueblito era muy bonito, tenía muchas casitas típicas tirolesas, comercios y un centro de información de cimas, que eran estaciones de esquí. Allí nos bajamos y descubrimos que esos teleféricos que veíamos que subían hasta por encima de las nubes no eran nuestro Top of Tyrol. Parecía que la carretera se acababa aquí, pero sin embargo había que seguir 20 kilómetros más hacia el sur, entre las imponentes montañas tirolesas.

Aclarado el malentendido seguimos por la carretera, que era significativamente peor y no aparecía en los mapas que teníamos, para llegar al final al super centro deportivo de Stubaital. Aquí no había pueblo, sólo un gran centro de visitantes muy moderno, al pie de la montaña y un parking vacío. Parecía que no había muchos animaos a subir.

Para llegar a lo más alto de Stubaital hay que salvar 2000 metros, que se hacen rápidamente en tres teleféricos. Lo tienen muy bien montado, y puedes comprar tantos tramos como quieras, o sea puedes coger solo 4 tramos y hacerte 3 de subida en teleférico, uno de bajada, y el resto andando, o por ejemplo, teleférico, ando, teleférico, ando, teleférico, teleférico. Nosotros compramos 5: no íbamos a andar ni un metro para subir, pero al bajar haríamos el segundo tramo, que es el más largo, andando. Bajar no es muy de tipos duros, pero al menos nos daríamos un paseíto por esta increíble montaña.

Durísima subida a Stubaital

Durísima subida a Stubaital

Así que tiramos para arriba en los huevos que estaban completamente preparados para esquiar, y en unos 20 minutos estábamos arriba. Nos costó bastante subir las 40 escaleras que hay hasta la plataforma de observación, la altitud se notaba. No agobiaba, pero se notaba. Cinco escaleras y ya estabas fatigado.

Esto es lo que buscábamos

Esto es lo que buscábamos

Las vistas desde Top of Tyrol, al principio estaban tapadas por unas nubes negras, e incluso nos nevó! Nieve en verano, as usual. ¿Quién dijo vacaciones de sol y playa? Pero en poco tiempo las nubes se largaron y dejaron un panorama espectacular y soleado en el que pudimos aprovechar el prismático con realidad aumentada en el que te salían todas las cimas y sus altitudes.

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Pero lo más importante en Top of Tyrol era hacerse las fotos para poner en facebook, por supuesto sin ningún tipo de aclaración de que allá arriba habíamos subido en ascensor.

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A bajar hicimos un tramo muy interesante a pie, donde tuvimos que cruzar un estrecho paso glaciar, y sortear rocas y ríos. Fue una bajada muy divertida. Al final terminamos comiendo unos bocatas en el solitario parking.

La cascada junto al parking no daba mucho de sí

La cascada junto al parking no daba mucho de sí

POr la tarde arrancamos hacia Füssen, donde pasaríamos las dos siguientes noches. Con esto volvíamos a Alemania definitivamente. Füssen es un bonito pueblo bávaro cuyo principal atractivo es el castillo de Neuschwanstein (pero eso es otro capítulo), y que tiene unas calles encantadoras totalmente pintorescas. A parte de esto, no hay mucho que hacer allí salvo quizá ir a pasear al lago. Nos desplegamos por nuestra habitación de chicas del hostel (parece que cuando hice la reserva seleccioné “habitación de chicas”, aunque yo no recuerdo nada). La habitación estaba decorada con motivos florales rosas. A parte de esto, era una muy buena habitación con buenas camas. Después de ducharnos y ponernos frescos, y un buen rato de internet, salimos a dar una vuelta, pero como no había mucho que hacer, buscamos algún sitio para tomar unas birren localen.

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Para cenar encontramos el sitio perfecto, el paraíso de los devoradores de knuckels: una taberna medieval! En este gran biergarten había mazas y estrellas de la mañana colgadas en las paredes, los camareros vestían como pajes y caballeros, y las camareras como taberneras, la comida se servía en platos y vasos de barro y todo molaba mil. Nada mas sentarnos nos pusieron unos baberos gigantes, que eran obligatorios, pues aquí se comía con las manos!

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No faltó el knuckel y los ríos de cerveza. Probablemente uno de los mejores knuckels del viaje, según los expertos entrevistados.

Al final nos sirvieron chupitos de algún tipo de licor, pero no venían en un vaso pequeño, si no en un barril que uno de los camareros iba abriendo en la boca de cada comensal

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La cena fue espectacular, pero no tocaba quedarse por la noche… Füssen estaba desierto y al día siguiente había que madrugar bastante para ir al castillo. Sin embargo, volviendo al hotel nos encontramos un “bar” abierto, donde entramos a tomar unas cervezas. Encontramos que el “bar” no era tal, si no que era una lonja de un colectivo ecologista-comeflórico, y todas las cervezas que tenían eran “ecológicas” (o sea sabían a rayos). En cualquier caso nos las tomamos como buenamente pudimos. Estando allí de pie, se nos acercaron una serie de individuos a cual más peculiar. Uno de ellos se presentó pero luego se quedó junto a nosotros sin decir ni una palabra más, escuchando lo que decíamos nosotros (en castellano, probablemente no entendía nada). A la vez vino uno que tenía un aspecto de pirao, pero que era el más normal de todos, y se dedicó a hablar de fútbol con nosotros. También nos contó que su alquiler de casa era carísimo, porque Füssen era una ciudad muy cara, y que le agobiaba mucho. Pagaba 400 euros… Cuando le contamos los precios de Bilbao casi le da un mal.

DEspués de la desconcertante experiencia en la choza comeflores, nos fuimos a dormir, para poder estar frescos en Neuschwannstein, uno de los highlights del viaje.

25 Oct

Austria y Alemania, capítulo 7: Knuckels y conversaciones trascendentes

Fue un agradable amanecer en nuestra super casa de Neukirchen, el pueblo fantasma. Desayunamos a toda prisa los pocos víveres que habíamos podido comprar el día anterior en el supermercado cerrado, y tras reciclar los vidrios como REM, salimos pintado hacia las cataratas Krimml, las más altas de Austria, con un salto de agua de casi 400 metros. Esta cascada (la polémica con la diferencia entre cascada y catarata está presente cada viaje…) está cerquita de Neukirchen así que llegamos relativamente rápido.

Tras pagar los 3 euros de entrada a las cataratas (mucho más barato que la garganta del día anterior, que habíamos visto en media hora), empezamos lo que ya venía siendo habitual: ascenso, ascenso, ascenso.

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La catarata no tiene 380 metros de caída, como venden, sino que es una caída de 380 metros pero en varios tramos, por lo que cada uno no es tan grande. Aun así, es completamente espectacular. El chorro cae con fuerza brutal en el último tramo creando una gran cortina de agua en suspensión. La cascada estaba reventadísima de turistas, pero algo que nos llamó bastante la atención es que igual un 80% eran musulmanes. Había infinitas mujeres con niqab por todas partes (con el calorazo que hacía). Es como si hubieran llegado 30 autobuses de Qatar. También había un par de autobuses de españoles, bastante característicos por hacer un ruido infernal, y porque gran parte de los señores iban con mocasines, y las señoras con zapatos de tacón. Curioso, teniendo en cuenta que era subir al monte, y era terriblemente resbaladizo.

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Así que poco a poco, fuimos trepando a las partes más altas de la cascada, asomándonos de vez en cuando a terrazas naturales que había, desde donde aparte de calarte, conseguías buenas vistas de la caída de agua, siempre que no hubiera media docena de musulmanas sacándose fotos de una en una (que al final no sé cómo se diferencian…)

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Todo el trayecto de cascada, subir, hacer fotos, bajar, nos llevó más de dos horas, así que es un muy buen plan mañanero.


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Por la tarde íbamos a visitar Innsbruck, ya que allí teníamos el siguiente alojamiento. Así que antes de comer salimos hacia allí, dejando atrás cientos de figuras negras iguales.  La idea era comer en Innsbruck, aunque llegaríamos tarde. Cogimos el que a priori parecía el camino más corto en google maps, para descubrir 40 minutos de intensa subida después, que el camino estaba cortado.

Las vistas desde el puerto

Las vistas de la cascada desde el puerto

Tuvimos que volver a bajar el puerto, volver hacia la cascada y tirar por un cerrado puerto de montaña (que en google maps parecía horrible, pero luego estaba mucho mejor que el otro camino). Al final comimos en un  restaurante de carretera, que no estaba nada mal, aunque estuvimos solos.

A media tarde llegamos a Innsbruck, y dejamos el coche en el hotel. El hotel era un poco de mala muerte y estaba aparentemente lejos del centro. Sin embargo luego bajamos una cuesta y aparecimos en el río, y bastante centrados, así que no habíamos elegido tan mal, después de todo. Empezamos a recorrer las calles de Innsbruck, que tampoco tiene demasiado para elegir.

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Lo primero que hicimos fue acercarnos a la oficina de turismo para que nos dijeran… un momento! Iñigenstein se lanzó a hablar con la tipa de la oficina de turismo, y le pidió información sobre… museos? Sitios de interés? Sitios para cenar? Compras?… NO! Le dijo literalmente a la tipa “Dónde me puedo comer un helado muy grande y muy bueno?”

Mientras nos retorcíamos por el suelo de la risa, la sorprendida empleada de turismo nos dio unas cuantas indicaciones que nos llevaron a comernos unos super helados.

Muy Correcto, Iñigenstein!

Muy Correcto, Iñigenstein!

Innsbruck tampoco tiene demasiado que ver (aunque es centro de Swarovski, y hay un super museo del cristal, pero no era nuestro estilo), así que dimos unas cuantas vueltas por su interesante casco antiguo, vimos una partida de ajedrez gigante, y el rodaje de un anuncio de una escuela de taichí.

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Y después de eso nos lanzamos al knuckel. Habían pasado demasiados días. Había que buscar un biergarten y darle al knuckel y a la birra. Encontramos uno agustino cerca de la heladería magna, y entramos bastante pronto, para las 8 y media ya estábamos empezando a comer quesitos austriacos, fase previa del knuckel.

Con las panzas llenas, emprendimos el camino de regreso al hotel, pero encontramos un bar interesante de camino, donde conseguimos más birras y tuvimos unas conversaciones profundas sobre temas fascinantes. Lo que hace una buena cerveza.

Volvimos al hotel antro. Mañana tocaba madrugar otra vez, para subir a 3000 metros!

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