07 Dic

Noruega, Capítulo 7: un poco de relax

El día 7 iba a ser un día tranquilo, como ya anticipaba el hecho de salir de Lom, ese pueblo de madera cuyas tres cuartas partes eran camping. No demasiado pronto, pero tampoco demasiado tarde compramos algo de desayuno para comerlo en el porche de la cabaña. Lo habitual, yogures baratos, un poco de zumo y galletas de chocolate. Nuestro objetivo era llegar a Geiranger, donde está uno de los fiordos más espectaculares de Noruega (otro que es patrimonio de la humanidad), y para ello haríamos la ruta turística, ya que no quedaba muy lejos.

La primera parada obligada fue la oficina de turismo, donde, como venía siendo habitual, Karlstad preguntó por Lofoten, y ellos nos dijeron que no tenían ni idea, pero nos dieron planos abundantes de Sogn og Fjordane, la zona donde estábamos en ese momento.

Así, salimos hacia Geiranger recorriendo la ruta turísitca, que como no podía ser de otra manera, estaba llena de caravanas y turistas. La ruta turística era espectacular: primero recorrimos la parte baja, que transcurría entre bosques, de los que esperábamos en todo momento que salieran alces. Más adelante fuimos subiendo y entramos en un paisaje similar al de Islandia, roca, poca vegetación, glaciares y cimas picudas.

la ruta turística

La carretera serpenteaba por el valle entre grandes montañas de las que caían arroyuelos y glaciares. Había también ciclistas heroicos, como los de Islandia, que se estaban haciendo esa pedazo de subida.

Cuando iniciamos el descenso hacia el otro lado del puerto nos dimos cuenta de que había un río bastante caudaloso a nuestro lado, y que eso tenía que desembocar en alguna cascada épica. Así fue, y no tardamos en encontrar un área de recreo con restaurante y tienda de souvenirs que estaba junto a una terraza desde la que se veía la enorme cascada.

la parte suave de la cascada

La vista era vertical por lo que no se aprecia bien la fuerza con la que caía el agua.

La caída, desde una perspectiva demasiado vertical

La parte inferior de la cascada

Karlstad no pudo evitar hacerse una foto con la cascada

las barbotas empezaban a asomar

Tras las fotos de rigor seguimos por la carretera de cabras hasta el valle que había al otro lado, donde volvimos a encontrarnos con lagos de aguas azules y granjas, el paisaje habitual noruego. Seguimos a la caza de la foto-embarcadero, pero nuevamente con poco éxito. Ninguna localización terminaba de convencer a Karlstad.

un embarcadero posible

La foto anterior era en un lugar idílico, el lago estaba verde, tranquilo, pequeñas granjas a los alrededores, y una casa particular en cuyo jardín nos habíamos metido para comer. Pero la foto embarcadero reveló que en la zona había incontables mosquitos así que dejamos el lugar y seguimos nuestro camino. Finalmente, como no encontrábamos ningún spot adecuado, acabamos en Stryn, uno de los pueblos principales de la zona. En realidad no podían vivir allí muchas más de 1000 personas. PEro era un pueblo con cierto encanto. La calle principal era bastante comercial y las calles interiores estaban más animadas que en otros pueblos que habíamos visto antes. Paramos el coche y nos dispusimos a comernos nuestra ración de chorizo tóxico. Sin embargo, el día 7 era el día de las complacencias. Cuando acabamos con nuestro chorizazo, mientras unos niños noruegos se metían en una fuente cercana (al parecer en Noruega es bastante normal que la gente se meta en las fuentes, a pesar de la rasca y que estaba lloviendo), nos dirigimos a Versthus, una cafetería cercana y nos tomamos unos señores chocolates que nos pusieron a tono. Matías había dejado mella en nosotros :)

Serían las 3 de la tarde y ya habíamos echado el día, y no nos quedaba mucho por hacer. Así que decidimos ir al glaciar Nigardsbreen. Este es uno de los más famosos y turísticos, y se suele escalar y navegar en zodiac por su lago. Era nuestro glaciar de backup, de hecho, aunque por lo que nos contaron, en verano era bastante menos paseable que Tunsbergdalsbreen porque se reblandecía.

El camino al glaciar iba constantemente acompañado del río, que bajaba salvaje, caudaloso y ruidoso, con un agua inquietantemente azul

carretera al glaciar

el río

pueblecito antes del glaciar

Aparcamos el coche en la zona de las tiendas de regalos y restaurantes y comenzamos a caminar hacia el glaciar. Parece ser que el glaciar había retrocedido unos cuantos cientos de metros en los últimos cien años, y era ése el recorrido que íbamos a hacer. Había unos carritos que llevaban hasta la misma lengua del glaciar pero hicimos el trayecto a pie, una subida suave de unos 45 minutos, que merecía la pena totalmente, ya que se veían paisajes espectaculares, propiciados sobre todo por el río glaciar, que era especialmente violento en esta zona.

rápidos en el río glaciar

 

más rápidos y cascadas

cascaditas everywhere

Hacia la mitad del camino había un puente sobre una cascada, que rompía tan violentamente debajo que era imposible cruzarlo sin calarse. El agua se pulverizaba en las rocas y duchaba todo lo que había alrededor, así que hicimos el mono un poco en el puente, y cruzándolo.

el puente en cuestión

Iñigorg cruzando

Karlstad haciendo lo propio

Cuando hubimos cruzado el puente, calados, llegaba la parte más dura, ya que era bastante más empinada. Pero no mucho después llegamos a la zona del lago del glaciar, muy azul.

Una lengua de Nigardsbreen

La verdad es que no sabemos muy bien cómo demonios harán las excursiones de icetroll por este glaciar, porque a parte de estar blando, según nos dijeron, da la sensación de ser bastante empinado, vamos que no son excursiones para todos los públicos. Sin embargo se hacían, ya que mientras estábamos allí pasaron un par de zodiacs cruzando el lago y hasta la base de la lengua.

Tras catar la temperatura del agua, que no era tan fría como se podía esperar, aunque mejor no bañarse…, nos hicimos alguna foto más y nos largamos de allí ya que el viento era suficiente para sujetarnos si nos dejábamos caer en contra, y no era precisamente un viento cálido

Se aprecia que la ropa de Karlstad está pegada al cuerpo, por el viento.

Cuando llegamos al coche y tuvimos mirada la tienda de souvenirs, poco nos quedaba para hacer, así que emprendimos camino hacia Geiranger, por carreteras muy similares a las que nos habían traído hasta aquí.

No demasiado tarde, hacia las 8, llegamos a Geiranger, comprobando que en efecto la belleza del paisaje hacía justicia a su fama. Una pared que bajaba un desnivel de más de 800 metros, en unos pocos metros de avance, por un puerto escarpadísimo, herraduras, pendientes del 20% de desnivel, y el pueblo de Geiranger arremolinado en la pendiente, junto a la carretera, desde la mitad de la pared hasta el mismo fiordo. El camping de Geiranger era un lujazo, como casi todos los que habíamos visto, enorme, con cabañas lujosas y una gran extensión  de parcelas para tiendas y autocaravanas. Al estar en la parte alta del pueblo las vistas eran increíbles, se veía hacia abajo el pueblo serpenteando junto a la carretera, y el fiordo y los ferrys y cruceros a lo lejos. Además, había una cascada dentro del propio camping, ya que lo atravesaba un río del glaciar.

Tras deleitarnos con las vistas, la cascada y demás, nos pusimos a hacer la cena, ya que tocaba cenar calentito otra vez (espaguetis, tampoco nada del otro jueves). Sentados, con los espaguetis, cansados de un día de coche y caminatas, pusimos la tele. Estaban poniendo Training Day. Qué más se podía pedir? Allí nos la tragamos para irnos a la cama relativamente pronto, ya que al día siguiente había un ferry que coger.

 

27 Oct

Noruega, Capítulo 6: ultra-men

El día 6.

El día 6 era el día de los ultra-men.

Debíamos ir desde Sogndal hasta Jostedal, el GPS estimaba una hora, pero sin saberlo a ciencia cierta porque Jostedal no aparecía en el GPS. En Jostedal comenzaríamos nuestra ice-adventure con Ice Troll, una compañía que organiza viajes por el glaciar, sólo que en nuestro caso habíamos añadido kayak por un lago y trekking. Yo me había imaginado cruzar un laguito, remar durante 15 minutos, pero no; Karlstad me dijo que eran 2 horas de ir y 2 más de volver. Era un lago considerable. Después había un trekking de unos 40 minutos y luego hikear por el glaciar durante otra hora y media. Era un día de darlo todo. Además, tenía que hacer bueno, pero después de 5 días de buen tiempo, el día salió gris, con un poco de llovizna. Mal comienzo.

Había dos glaciares míticos para ver, Nigardsbreen y Tunsbergdalsbreen. Por lo visto agosto no es buena época para ver el primero, ya que está blando y peligroso (o algo así), así que íbamos a Tunsbergdalsbreen, a donde en principio no se podía ir con mal tiempo. Con esperanzas de que el viaje no se cancelara por el mal tiempo y con el otro glaciar como backup, partimos hacia Jostedal.

El camino a Jostedal era impresionante. Una carretera estrecha, a un lado el bosque más cerrado. Al otro lado, un río que bajaba del glaciar, verde y salvaje, cubierto constantemente de una capa de bruma. La bruma se acotaba únicamente al cauce del río, dándole un efecto misterioso y espectacular.

nieblita sobre el río

más nieblita camino al glaciar

Cuando fuimos avanzando y el GPS empezó a perderse, nosotros dejamos de fijarnos tanto en el río y empezamos a pensar que estábamos perdidos.

También había puentecitos

Pero no, finalmente y tras preguntar a algún granjero, llegamos a Jostedal, donde encontramos un edificio que parecía que había reventado de dentro a fuera. La madera quemada y las vigas retorcidas daban la sensación de que había caído ahí un buen pepinazo que lo había mandado al guano. Karlstad lo identificó como Breheimsenteret, era el edificio que albergaba la casa del parque natural, y también a la compañía de hiking que habíamos contratado. Un edificio singular con el que había que hacerse fotos (y encontrarnos con el guía). Y estaba allí chamuscado. Qué bien.

Sin embargo conseguimos encontrar al guía en un edificio cercano que parecía un hotel. El guía era un tipo desarrapado con pelo largo y la nariz reventada. La compañía se llamaba ice-troll y yo estuve a punto de decir “éste debe de ser el troll”. Menos mal que no lo dije, porque segundos después nos saludó en castellano, y se presentó como Matías. Era argentino. Aparentemente bastante crack, hacía bromas constantes, la mayoría con poca gracia, pero bueno era un tipo divertido. Nos comentó que no cancelaban viajes por el tiempo a menos que la gente lo pidiera, así que si llovía durante nuestra travesía por el lago o el glaciar, simplemente nos mojaríamos. También nos explicó que al Breheimsenteret le había caído un rayo la semana anterior y se había quemado hasta las entrañas (como se puede ver aquí: http://www.firda.no/tv/article5685318.ece). El halo negro que nos (me) sigue a los viajes, de nuevo.

Así, le ayudamos a cargar crampones, remos, arneses, etc en su jeep y le seguimos hasta el lago. El lago era mucho más grande de lo que nos habíamos imaginado, al menos yo.

Era un gran embalse de agua verde-gris, del que no se veía el final. Por el camino, Matías nos contaba que íbamos a remar 7 km. Nos pusimos las botas húmedas, los “dispositivos de flotación” (según Matías “los chalecos no salvan vidas, sólo dios y sho”, así de fino hilaba el argentino), metimos las mochilas en los compartimentos de los kayaks, y a duras penas conseguimos entrar sin volcar. Al principio daba un poco de miedo: junto a la zona de embarcar había una pequeña presa con un salto de agua que quizá usaban para conseguir energía. Fuera así o no, el agua estaba revuelta y con corriente por la zona así que cuando Karlstad y yo hubimos montado en el primer kayak hubo unos momentos de tensión pensando que nos llevaba la corriente. Pero practicamos un poco el remo, bajamos el timón y ya estábamos ready to go.

 

Iñigorg y Xåbi no tardaron en embarcar

Iñigorg y Xåbi

Parece que remar en un kayak es algo trivial, pero tiene su punto, que hay que pillar. La primera media hora es posible que yo no remara nada y todo el esfuerzo se lo comiera Karlstad. Yo mover el remo lo movía pero parece que hay una técnica. La cosa es que tras 7 km remados, Karlstad estaba cansado y yo no, así que probablemente yo estuve haciéndolo mal y él comiéndose el esfuerzo de llevarnos a los dos. A ratos intentábamos competir con Xåbi e Iñigorg, pero ellos iban todo tranquilos, mil veces más rápido, aparentemente sin esfuerzo, por lo que por lo visto lo hacían mejor. Además una buena parte Xåbi iba hablando de fútbol con el argentino, que increíblemente, no era excesivamente futbolero.

Se puede observar quién ganaba, y lo parados que iban algunos

La sincronización no era nuestro fuerte

El agua del lago estaba dos grados, siempre según el inefable Matías. Yo llegué con la camiseta calada por mi ineptitud remadora y no tuve una hipotermia así que intuyo que no sería tan baja la temperatura. A nuestros lados dejábamos cascadas salvajes, islotes, y pequeños refugios. De vez en cuando pasaban lanchas con gente blanda a bordo que hacían olas y epificaban nuestra travesía (sí, me he inventado un verbo para hacerlo todo más grandioso). Aunque salimos con sol, de vez en cuando caían pequeños golpes de agua, breves, y que mojaban lo suficiente para que el constante viento del glaciar nos dejara helados. De pronto, quietud. Esto no era bueno. Ni una ola, ni un golpe de brisa. Una sombra se hacía cada vez más grande bajo nuestros kayaks.

El tentáculo pilló desprevenido a Iñigorg, que lo sacó del kayak como si fuera el relleno de una aceituna. Todo fue rápido, y pronto, el calamar gigante de los glaciares nos tenía subyugad….

ejem.

Tras dos horas remando contra el viento glaciar llegamos al otro extremo, con las manos amoratadas e insensibles, con la gran sensación de haber cruzado el lago, y con el reto del trekking y el hiking. Allí paramos para comer en una fría roca, donde Matías sólo se había traído un triste sandwich, por lo que le subalimentamos con nuestro chorizo horrible. Parece que estaba hambriento porque le supo a gloria.

comiendo con matías

El aparcamiento para barcas inspiraba confianza. Menos mal que no había mareas.

Cuando terminamos de comer no tardamos en iniciar el trekking que nos llevaría al glaciar. El trekking discurría por el lateral del río del glaciar, entre charcas, rocas musgosas y resbaladizas, rocas afiladas cortadas por el hielo y el río que bajaba con ímpetu. No había ningún camino, íbamos simplemente saltando de roca en roca. Mientras, Matías nos explicaba cosas como que “ashá en la Argentina, es normal tener uno o dos cabashos” “pero tú tienes uno?” “si, sho… mi familia… tenemos cabashos…” bueno botes de humo diversos nos vendió. Pero el paisaje era espectacular.

río glaciar

a veces teníamos que cruzar afluentes por rocas. Al volver esas rocas ya no estaban, ya que por lo visto el caudal y lecho de los afluentes cambiaba constantemente

recibiendo una dosis de humo

Empezamos a ver la lengua, aunque aún quedaba mucho para poder subir al glaciar por una zona segura

Panorámica cedida por Karlstad-metralleta

Cuando por fin llegamos al glaciar cogimos los crampones y empezamos a recibir instrucciones completamente opuestas a las que el bueno de Gudjon nos había dado en Vatnajökull. ¿qué nos dijo el bueno de Gudjon? Pisad fuerte para clavar los crampones, os cansaréis más pero es más seguro. ¿qué nos dijo Matías? No piséis fuerte, pisad normalmente, que si no os cansáis.

G: los montoncitos de tierra no son tierra, son hielo que se ha quedado más duro porque no le da el sol gracias a la tierra, no los chutéis que os podéis hacer daño

M (tras chutar varios montoncitos de tierra): estos montones se forman por la erosión de la tierra y blablablabla…. (WTF)

G: si veis hielo azul se debe a que por la presión es hielo que tiene más densidad

M (sin que nadie preguntara sobre el hielo azul): Bueno, mucha gente me pregunta sobre el hielo azul, y esto es porque los rayos de luz, unos … los azules… eee, pues tienen más fuerza y entonces el hielo atrapa esa luz, y no la otra, y blablablabla

G: No podemos saber la profundidad de las grietas, sólo estimarla. En cualquier caso son peligrosas

M: Veis esa grieta? es fácil saber qué profundidad tiene. (tira una piedrilla por la grieta, escucha el supuesto sonido)… mmmm 10 metros! (nos miramos incómodos aguantando la risa)

G: vamos a hacer este recorrido. Empezaremos por aquí, iremos hasta allí (Carlos, stop walking on your toes like a model!!!!!!), y después volveremos por tal sitio.

M: vamos a ir hasta arriba que hay unas cuevas que bla blablabla, luego no sé por dónde volveremos, porque el hielo cambia cada día y es un laberinto (finalmente nada de cuevas).

Pero, después de todo, Matías fue el auténtico jefe que nos conquistó. Cuando más flaqueaban nuestras fuerzas de andar por el glaciar (clavando bien los crampones por si acaso), cuando se puso a llover en medio de aquella mole de hielo, cuando más fuerte azotaba el viento, de repente, va el tío y se saca UN TERMO CON CHOCOLATE CALIENTE!!!!!! Fue nuestro maldito héroe!

dulce néctar de los dioses

cómo se puede ser tan jefe?

Allí, bajo la lluvia, sobre el hielo, contra el viento, sin ningún tipo de comodidad, me tomé uno de los chocolates más satisfactorios de mi vida. Un tipo que sabe cuidar de sus clientes. Después de aquello, hacer el mono en diferentes cuevas, agujeros azules y cavernas heladas fue algo trivial y divertido, y parecíamos un equipo de Al filo (en los vídeos al menos), y no un grupo de camaradas deportados a siberia.

con la barriga llena de chocolate, a quién le importaba porqué el hielo era azul?

la cueva más grande que vimos

La foto mítica. Límite vertical.

el equipo del Al filo

Después de una hora haciendo el mono por el glaciar, iniciamos la vuelta empezando a darnos cuenta de que había bastante camino que desandar: glaciar, trekking, y otras dos horas de lago… Quién dijo vacaciones de sol  y playa??…

Por el camino fuimos viendo como  había pasos que habían desaparecido porque el entorno del glaciar es muy cambiante y con la lluvia se inundaban algunos ríos. Sin embargo la vuelta fue trivial, y nos enteramos de porqué Matías tenía la nariz reventada. Cosas de fiestas populares. También supimos que dedicaba 4 meses a ser guía en Noruega pero que en el verano del hemisferio sur se iba a Argentina donde también era guía en los Andes, y tenía unos cuantos 6000 a sus espaldas. En el fondo era bastante crack pero parecía que los glaciares no eran su jodido elemento, Donnie.

Después volvimos a remar los 7 km, pero se hicieron livianos, además, Karlstad y yo ganamos, y llegamos mucho antes que los demás, ya que aplicamos una férrea disciplina de remo (y yo remé..).

llegada al inicio

Cuando llegamos al inicio habíamos echado el día, y lo habíamos echado bien. Un día completo.

petada

 

Tal era el paisaje que dejábamos atrás

Cuando nos despedimos de Matías salimos hacia Lom, el que sería nuestro albergue para esta noche. No estaba muy lejos pero decidimos ir por una carretera “turística” en la que en teoría íbamos a ver alces. La carretera turística pronto se volvió camino de cabras lleno de caravanas gigantes y todoterrenos y más bien pocos alces.

Cuando llegamos a lo más alto de la carretera turística pudimos entender porqué era turística. Arriba, entre glaciares, lagos helados, y montes picudos serpenteaba la microcarretera. Las vistas eran excelentes

 

carretera hacia el valle

Cuando faltaban 15 km para llegar la carretera empezó a ser infernal. Habían quitado el asfalto para echarlo de nuevo y la carretera  era gravilla, así que tardamos el doble en hacer este recorrido, no pasando nunca de 30km/h. Finalmente llegamos ya en noche cerrada a Lom, y nos metimos en el cámping más grande que habíamos visto, con incontables calles, cabañas y parcelas. Nuestra parcela era delux benelux como otras que habíamos tenido antes. Bien equipada, calentita, y con una habitación acogedora con las 4 literas juntas.

Cuando despertamos y fuimos a hacer la compra del día descubrimos que Lom no era una ciudad que tenía un camping, si no un camping que tenía una ciudad. El camping era inmenso y ocupaba la mayor parte del pueblo. Alrededor había un bar, una iglesia, una oficina de turismo. Pero el centro era el camping. Lom era uno de los sitios más bonitos que habíamos visto, un pueblo-camping entero de madera.

Pero eso es parte del capítulo 7

24 Ago

Diario de un calabacín en Islandia – Día 9: Viaje al centro de Snæfellsnes

La amanecida cayó por la mañana. Hoy teníamos que dejar Bíldudalur, una lástima, con sus buenas gentes, su estupenda situación geográfica, y su terma.

La bahía de Bildudalur, un enclave privilegiado

La bahía de Bildudalur, un enclave privilegiado

Íbamos al ferry que nos cruzaría a la península de Snæfellsnes. Si alguna vez queréis coger este ferry, reservadlo con antelación porque ya vimos gente quedarse en tierra. En cualquier caso, la mayoría de la gente hacía la ruta inversa. Al parecer, el recorrido estándar de la isla es en el sentido horario, como nos dijo Ander, aunque a nosotros nos dio la sensación en todo momento que recorrerla en sentido antihorario era lo más natural, y parecía que todo el mundo lo hacía así, yo creo que no.

El ferry también se llamaba Baldur.

El ferry también se llamaba Baldur.

En el ferry nos encontramos con toda la bandada de spanish pipol que había en el albergue de Bíldudalur, como era un viaje de tres horas, con escala en Flatey, nos dedicamos a intentar hacer fotos a una vieja que rondaba por allí, y a un viejo con una pipa, en plan lobo de mar, pero no salió nada decente

Creemos que esta señora escapó de Ceaucescu en el 81.

Creemos que esta señora escapó de Ceaucescu en el 81.

Uno de los coches que metieron en el coche no cabía demasiado bien (especificad siempre bien las dimensiones de vuestro coche) y tuvieron que meterlo a presión, pero iba con la parte de atrás colgando!!

Le pusieron un zanco de goma y unas cinchas para amarrarlo. Y carril.

Le pusieron un zanco de goma y unas cinchas para amarrarlo. Y carril.

-¿Qué día es hoy, Santa?   -Lunes...

-¿Qué día es hoy, Santa? -Lunes...

A mediodía llegamos a Stykkisholmur, donde iniciamos la ruta por la península. El gran checkpoint era el volcán Snæfells con el glaciar Snæfellsjökull, que es dónde comienza la historia de “Viaje al centro de la tierra” de Julio Verne.

Cumbre de Snaefells, cubierta por Snaefellsjokull

Cumbre de Snæfells, cubierta por Snæfellsjökull

Supuestamente aquí está la entrada. Allá fuimos, hacia nuestro enésimo volcán. Un poco de subida vertical después, llegamos a la zona más alta de la pista, con una niebla muy densa, y gran dificultad para avanzar.

Todo lo que se podía ver eran a penas 3 metros

Todo lo que se podía ver eran a penas 3 metros

En el momento en que vimos que no se podía subir más, aparcamos el coche entre la niebla, y nos aventuramos a lo alto de Snæfells.

El Jeep nos dió buenas fotos de revista

El Jeep nos dió buenas fotos de revista

Iñivegur, viejo montañero

Iñivegur, viejo montañero

No había pista, no había indicaciones, y había mucha niebla. Subimos un par de crestas, atravesamos un par de neveros, y llegamos a la base del glaciar.

En la base del glaciar, subida poco recomendada

En la base del glaciar, subida poco recomendada

Continuar arriba habría sido arriesgado por lo que nos dimos la vuelta, y bajamos entre la niebla, intentando distinguir el jeep en la distancia y no acabar en la otra punta.

Cuando llegamos, y encendimos el coche, apareció la luz del aceite en rojo. OMFG! En medio de ninguna parte, maldita sea! Tras unos momentos de tensión, de WTF de RTFM, arrancamos el coche y la luz se apagó. LOL! Probablemente, no pasaba nada y se había encendido todas las veces, pero como era la primera vez que la veíamos nos metió tensión en el cuerpo, y bajamos del volcán con extremo cuidado y sin revolucionar el coche, hasta la gasolinera más cercana, donde el gasolino nos lo miró y nos dijo que estaba todo ok.

Después de aquello, emprendimos el camino a Akranes, la que sería nuestra última parada antes de volver a la capital. Por el camino paramos en Skarðsvík, una tremenda playa rodeada de rocas negras, con arena dorada y aguas verdes, que parecía sacada de otras latitudes

Playita chachi, de aguas heladas.

Playita chachi, de aguas heladas.

Cómo no, Iñivegur tuvo que catar el agua

Iñivegur en las aguas gélidas de Islandia

Iñivegur en las aguas gélidas de Islandia

Al lado estaba la estructura más alta de Europa occidental, algo que no sabíamos, aunque podía intuirse porque era gigante. Una antena de 412 metros usada anteriormente para navegación y actualmente para las comunicaciones aéreas. Como no sabíamos lo que era, no hicimos fotos.

Después paramos en Djúpalónssandur, donde hay unas rocas de 23, 54, 100 y 154 kilos que, según cuentan, levantaban los marineros vikingos. Según cuál de ellas pudieran levantar podían ir a unos barcos, a otros o a ninguno.

La explicación de las piedras. Nosotros sólo pudimos con las dos primeras. Somos unas momias dentudas con brazos de nena raquítica.

La explicación de las piedras. Nosotros sólo pudimos con las dos primeras. Somos unas momias dentudas con brazos de nena raquítica.

Nosotros sólo pudimos con la de 54, y gracias… Aunque según su clasificación, ya somos aptos para ser marineros, pudiendo levantar esa roca.

Carlosstadir, como no bebió la cerveza El Grillo, no pudo con la roca.

Carlosstadir, como no bebió la cerveza El Grillo, no pudo con la roca. (en realidad estaba haciendo las fotos)

Junto a aquello había una playa de rolling stones, en la que pusimos a prueba nuestra puntería. También era un cementerio de viejos barcos, por lo que había restos de cascos oxidados por todas partes. Carlosstadir eligió un mástil que seguía erguido entre las rocas y allí se entretuvieron intentando acertarle. Por todo el camino en Islandia, absolutamente por todo el camino, por todas partes, había montoncitos como éste:

Piedras Zen, montón número 28.921

Piedras Zen, montón número 28.921

Estaban por todas partes, claro, en una playa de cantos rodados también. Nosotros hicimos alguno en los primeros días, pero eran mucho menos zen que éste, que podría formar parte de los wallpapers por defecto del MacOSX.

Después de aquello, continuamos hasta Akranes, probablemente la ciudad más fea de Islandia, industrial, cementera, con una gran chimenea en medio y enormes silos junto al mar (y mucho sitio en el albergue). No tenía ningún encanto, pero el albergue estaba decente. Por supuesto había cantidades ingentes de spanish pipol en él. El tipo del albergue era un crack de pestañas rubias que nos explicó que acababa de ser el festival del orgullo gay en Reykjavík, y que estaba todo “full of fags”, muy gentil el redneck.

Allí hicimos los que probablemente fueron los peores noodles y las peores salchichas de nuestra vida (al menos de la mía), y a dormir, con esa bomba en el estómago.

En próximos episodios

-Ponle pochocientos picogramos de epinefrina

-Pero qué dices!? le matará!

-Quién es el médico y quién es el maldito negro? Obedece, y a mí ponme una vicodinita!

-Seguro que no es lupus?

18 Ago

Diario de un calabacín en Islandia – Día 3: Calabacín o los infortunios del Jeep Cherokee

Cuando amaneció descubrí que aún quedaban horas para que amaneciera de verdad. Escuché a los pájaros (que deben de andar afónicos, por tener que cantar en unos amaneceres tan largos) y volví a dormirme hasta las 6. Sin desayunar arrancamos hacia Skaftafell, donde nos esperaba una de las lenguas de Vatnajökull, el glaciar más grande de Europa, que cubre aproximadamente un 20% de la isla

Vatnajökull es el gordo de la derecha

Vatnajökull es el gordo de la derecha

Al de pocos kilómetros descubrimos que se había activado el sensor de presión baja en un neumático. Mis compañeros desestimaron su importancia, pero un calabacín curtido en toda la gama de fallos que puede tener un coche no podía dejarlo pasar. Aunque Iñivegur se asomó peligrosamente para ver el estado de la rueda, y nos dio el OK, decidimos parar, para comprobar que efectivamente había pinchado. Síiii! Lo que nos faltaba. Maldito Cherokee.

¿La inflamos y nos la jugamos y seguimos, o la cambiamos?

Qué demonios! Vamos a cambiarla! ¿Quién dijo vacaciones de sol y playa!!?

Maldito Cherokee

Maldito Cherokee

Tras cambiar la rueda gracias a las skills adquiridas de Bayuvík, continuamos el camino con un recelo absoluto hacia el una y mil veces maldito Cherokee.

Por fin llegamos a Skaftafell, sin más problemas, y allí cogimos el minibús hacia el glaciar, donde nos guiaría el simpático Guðjón (nombre que jamás aprenderíamos a pronunciar, y que acabaría convirtiéndose en una especie de “guillaum”). Él tampoco aprendió a pronunciar nuestros nombres, por lo que acabaríamos siendo Red, Green, Blue, Grey and Zucchini.

Aunque nos dieron crampones, algo novedoso para todos nosotros, hubo una tensión absoluta pensando que nunca nos dejarían piolets. Sin embargo al llegar Guðjón tuvo la cortesía de darnos uno a cada uno, y explicarnos que no los íbamos a usar para nada salvo “to look cool in the photos”. Excelente, eso era exactamente lo que queríamos!

Aquí el ejemplo

Ice Axe Pawah

Ice Axe Pawah

Más Cool-looking

Más Cool-looking

Los piolets tienen un nombre mucho más chachi en inglés: hachas de hielo, mucho más vikingo, así que olvidaremos el afrancesado término a partir de ahora.

Así, comenzamos el acceso al glaciar, por una difícil pared, que sin embargo no fue problema para el grupo de alemanes que nos acompañaban, una familia con dos críos, que, por lo que dijeron debía de ser su cuarto glaciar esta semana.

Subiendo la cara norte (en realidad era un descenso)

Subiendo la cara norte (en realidad era un descenso)

La exploración del glaciar fue excitante, sin duda alguna en el top5 de actividades realizadas en Islandia, si es que no es la top1. Primero nos enseñaron a andar sin riesgos por el hielo. Luego cruzamos una cueva de hielo, pequeñita, pero espectacular, y teníamos que salir por nuestro propio pie.

Mighty Sedanur saliendo de la cueva como un héroe

Mighty Sedanur saliendo de la cueva como un héroe

Otros con menos éxito

Carlosstadir, fuet humano

Carlosstadir, fuet humano

Después iniciamos el ascenso entre el hielo, las enormes grietas azules sin fondo, las corrientes de agua glaciar “Pure icelandic water”, que bebimos a pelo de uno de los ríos, unos haciendo elegantes flexiones sobre el río, y otros apoyándose como perros callejeros (omitiré nombres, pero todos sabemos de quién hablo).

Grietas, montes de hielo, y al final la playa

Grietas, montes de hielo, y al final la playa

Un ascenso duro, sobre todo teniendo en cuenta que no habíamos cenado, habíamos dormido en el coche y en el suelo, y no habíamos desayunado, para después tener que cambiar una rueda del coche y llegar al glaciar.

Límite vertical. Foto no trucada. No intenten hacer esto en sus casas

Límite vertical. Foto no trucada. No intenten hacer esto en sus casas

Sin embargo las vistas eran impresionantes, tuvimos suerte con el tiempo. Se podía ver la montaña más alta de Islandia (2100 metros), Hvannadalshnjúkur (otro volcán). El guía nos explicó que en invierno todo esto se cubre por una capa de nieve tan gorda que puedes subir hasta la punta del volcán y bajar esquiando hasta la puerta del coche. Claro, el ascenso son más de 10 horas, y el descenso menos de 15 minutos, por no decir, que prácticamente todo el recorrido tiene que ser a la luz de la luna, los inviernos nórdicos es lo que tiene. Él lo había hecho varias veces. Era todo un vikingo.

El volcán en cuestión

El volcán en cuestión

Después de dos horas y media subiendo iniciamos un suave descenso en el que Carlosstadir puso a prueba el temple de Guðjón, acercándose demasiado a una grieta, y caminando sobre sus “toes, like a model” jajajajaja.

Bayuvík comenzó aquí la que sería su gran colección de piedras volcánicas, y con las que cargaría como tonto el resto del viaje.

Bajamos al campamento base, donde comimos, otra ración de pan rancio (curioso que rancio y ración sean anagramas), con embutido de calidad. De ahí fuimos, esta vez andando, por un precioso paseo montañil, a nuestra cuarta cascada: Svartifoss (cascada negra), curiosísima cascada en la que la presión en el terreno volcánico había producido unas columnas negras chulísimas que dan nombre a la cascada

Svartifoss, con sus columnas basálticas

Svartifoss, con sus columnas basálticas

Por supuesto Iñivegur tuvo que aventurarse a donde no debía, entre las afiladas y resbaladizas piedras. Sin embargo esto vino muy bien para poder apreciar la dimensión real de las columnas, que desde lejos parecían pequeñitas, pero no lo eran

Iñivegur jugándose el tipo

Iñivegur jugándose el tipo

Iñivegur con el tipo ya jugado

Iñivegur con el tipo ya jugado

Por la tarde recuperamos la Ring Road 1, y fuimos hasta Jökulsárlón, literalmente, “lago del río del glaciar”. Este es un lago a los pies de Vatnajökull, con montones de icebergs azules, gran profundidad y una alta salinidad que impide que se congele a pesar de sus bajas temperaturas. Normalmente suele haber focas, pero las pillamos en época de cría y se habían ido al mar.

Superpan cortesía de Carlosstadir

Superpan cortesía de Carlosstadir

Aquí cogimos un vehículo anfibio con una guía que pareció interesar a nuestros chicos más que el propio hielo

Vechículo anfibio, guía de fondo

Vechículo anfibio, guía de fondo.

Además, nos volvieron a dar a probar la pure icelandic water, a partir de un bloque de hielo cogido directamente de un iceberg. Agua de 5000 años de antigüedad! Muy rica y a la vez insípida.

Hielo azul, por la ausencia de aire en su interior

Hielo azul, por la ausencia de aire en su interior

Hielo, hielo, hielo

Hielo, hielo, hielo

Un refrescante baño

Un refrescante baño

Pero aún nos quedaba lo mejor del día. Nos las dábamos de listos, pensando que esa noche tendríamos alojamiento seguro en Höfn, cuando al llegar, problemas. Pero qué demonios? Teníamos una maldición o qué? Ayer en la calle, hoy pinchar el coche, llegamos al albergue y nos dicen que tenemos que esperar… Llegó el dueño del albergue y nos hizo ver el error. Maldición no, es que Alguien™, había rellenado mal la fecha de booking, para un mes antes… de modo que no había sitio para nosotros.

Alguien™ . Se mantiene privacidad

Alguien™ . Se mantiene privacidad

Así que a las 8 de la tarde nos pusimos a llamar a hostales como locos, otro día igual. Tras otro porrón de llamadas (el sur de Islandia debe de ser el lugar más fully booked del mundo), conseguimos que un albergue en Vagnsstadir, que estaba lleno, pero había un grupo que no se había presentado, se apiadara de nosotros. Eso sí, estaba a más de 100 km en dirección opuesta a la que íbamos, y eran las 9. A las 10 cerraban la cocina. Teníamos una hora para hacer más de 100 kilómetros por las carreteras islandesas. Cualquiera que piense en que es una tontería, que deje de pensar en una autopista… Apretamos todo lo que pudimos y llegamos justos a las 9.55. Una estricta islandesa nos exigió que cenáramos como islandeses, no como españoles. Nos dimos toda la prisa que pudimos, pero sus súplicas fueron totalmente inútiles, desde el momento en que el albergue estaba totalmente ocupado por españoles, que empezaron a hacerse sus cenas a las 11. Luego descubrimos que uno de esos grupos era al que le habíamos quitado la habitación, jojojo. Al parecer les dejaron algún cuchitril para dormir a regañadientes, así que tampoco pueden quejarse :D. Nosotros callados como putas.

Una cena gloriosa tras un día duro, pero bonito.

Esta es la cabaña que nos dieron

Cabañita en Vagnsstadir

Cabañita en Vagnsstadir

Y aquí, la imagen después de que nosotros llegáramos:

Habitación de Vagnsstadir, 30 segundos después de llegar.

Habitación de Vagnsstadir, 30 segundos después de llegar.

Por hoy, ya habíamos tenido bastante. Dormimos como osos polares.

En el próximo episodio…

-Well i guess we’ve…………………….. found our man……

-I before e…. except after c….

http://www.youtube.com/watch?v=HJSqkwyL1Zo


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