21 Jun

Improvising Switzerland 2015 – capítulo 11: Es oficial: odio Ginebra

Calor.

Y macarrones con queso para cenar del italiano “asequible”.

Fórmula mágica del no-descanso. Un estómago ácido y rebelde y sudores en la cama.

En Ginebra hacía mucho calor, y a diferencia del día anterior, que teníamos nuestro hotel con spa, hoy nos teníamos que ir a las 11 y después no teníamos dónde caer muertos hasta las cuatro.

Después de desayunar en un infame café cercano al hotel, con un vaso de zumo de 10 ml por 4 euros, nos fuimos a dar un garbeo por el centro y la zona de la colina, que ya conocíamos, pero que tampoco había otra cosa que hacer. El calor era asfixiante, y nuestro cansacio nos tenía medio adormilados.

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Al final, tras vagar por las calles arrastrando los pies de forma indefinida, acabamos sentándonos en un parque a ver cómo unos viejos echaban múltiples partidas de ajedrez gigante.

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Cuando empezó a haber algo de hambre buscamos un sitio para comer, y acabamos, efectivamente, en un italiano. Esta vez en uno de la cadena Vapiano, que tiene la peculiaridad que te dan una tarjeta y luego vas tirando de ahí y al final la pagas, lo cuál en el fondo es una chorrada máxima. Y caro. Pero bueno servía para los propósitos bucheros.

Frente al italiano, una pintada en una pared lo decía todo: “Geneve cité morte!”. La firmaba alguien de Zurich. Por lo visto Ginebra no gusta ni a los propios suizos. Es verdad que era una ciudad muerta, con mucho lujo y muchos Porsche, muchos trajes y muchos Patek Philippe, pero sin alma. Un agujero negro de la corrupción del mundo empapelado con bonitos billetes de 100. Y encima hacía calor.

Huimos de allí sin entretenernos mucho, pero cuando llegamos al aeropuerto, todo el calor que había estado haciendo todos nuestros días en Suiza quedó compensado con la madre de todas las tormentas, que convirtió el cielo en noche profunda e hizo que nuestro vuelo se retrasara más de una hora. Bien, un poco más de tiempo para disfrutar de la cámara acorazada del infierno.
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Tras unas buenas partidas de 2048, pudimos coger el avión y largarnos de allí.

Qué bonito es Bilbao.

15 Jun

Improvising Switzerland 2015 – capítulo 10: El Montblanc desde cerca

Nos levantamos muy pronto. Teníamos que ir a Ginebra a dejar a Einigen en el aeropuerto, subiendo antes al Aiguille du Midi, un pequeño resort turístico a 3842 metros desde el que uno puede tirarse montaña abajo por infinitas pistas de esquí, o trepar al Montblanc por las peliagudas rutas que nos había descrito Einigen, que lo había coronado una semana antes. Para subir a esta estación hay un teleférico por unos módicos 60 euros, que en 20 minutos te pone arriba. Los 60 euros son un precio tirando a asequible, conociendo los precios de los teleféricos suizos; pero ahora estábamos en Francia, y las cosas no tenían precios de locura. A pesar de levantarnos a eso de las 7, para estar en la puerta del teleférico cuando abrieran, cuando llegamos ya había una cola aberrante, y tuvimos que esperar cerca de una hora. Chamonix estaba hasta las cartolas de gente, y claramente todos tenían pensado subir a Aiguille du Midi por una u otra razón. Al final conseguimos que nos empaquetaran a eso de las 9, y descubrimos una “feature” curiosa del transporte: hay que coger dos teleféricos, ya que hay un intercambio en el medio. Y no cabe el mismo número de gente en uno y en otro, por lo que en uno de los dos sentidos había riesgo de quedarse fuera si no andabas vivo. De ahí que las colas estuvieran llenas de gente tensa.

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Al llegar arriba uno se daba cuenta de los 60 euros están bien justificados. A parte de las vistas del Montblanc y Montblanc du Tacul, se podían ver muchos otros picos del macizo montblanc, valles blancos surcados por esquiadores, alpinistas acampados, gente que volvía de su expedición al Montblanc, y escaladores trepando los picos más cercanos.

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Estuvimos echándonos fotos un buen rato, poses de unos tipos y otros, panorámicas, no tan panorámicas, detalles de los alpinistas que andaban por allí… Al final decidimos coger el teleférico de bajada ya que entre lo que habíamos tardado en coger el de subida y el tiempo que habíamos pasado arriba, se nos había echado el mediodía. Einigen estaba solo abajo, ya que no había subido porque hacía una semana campaba por aquí, bártulos de alpinista en mano.

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La bajada fue mucho más tranquila, casi no había gente para bajar, ya que muchos lo hacían esquiando, y otros lo hacían en otro miniteleférico que había en la cara sur, que llevaba a Italia. Abajo nos encontramos con Einigen, más que aburrido, y fuimos al ya clásico sitio de las hamburguesas a comer. Tras la breve parada salimos pitando hacia Ginebra, otra vez a Suiza :(.
Tras dejar a Einigen en el aeropuerto, fuimos a devolver el coche, donde tuvimos otro encontronazo con los suizos. Resulta que el coche tenía una rayita blanca de menos de 4 cm en una de las puertas. Una raya mínima. El tipo de la compañía nos dijo que eso teníamos que pagarlo. Algo bastante poco habitual, ya que hemos alquilado con esa compañía en muchos países y nos han aceptado desperfectos mucho mayores sin mayor problema. Al final, aparcando en mil sitios siempre te dan algún toque. No podíamos objetar mucho, de todas formas, te entregan el coche de una manera y así hay que devolverlo. Las formas si que fueron objetables. Por un lado, nos vendió la moto que tenía que llamar al perito y que nos podía ofrecer un pago fijo de 300€ y que nos olvidáramos de la peritación. Sonaba a timo por todo lo alto, ya que nos lo estaba vendiendo como “os voy a hacer un favor y os hago una especie de franquicia”. Pero después, y sin que nosotros objetáramos nada a tener que pagar, nos empezó a soltar un rollo de “ya sé que en España estas cosas no son así, pero en Suiza esto hay que pagarlo y blablablabla”, muy condescendiente y bastante estúpido. Le dimos la pasta, nos largamos y pusimos una reclamación en la valoración del servicio que nos pidió la compañía. No hubo repercusiones, que sepamos. DSCF4536

El caso es que teníamos toda la tarde en Ginebra bajo un sol de justicia, 40 grados y una humedad brutal. Empezamos visitando la parte vieja, que anteriormente no habíamos visto, pero al final nos rendimos al calor y acabamos yendo al lago a tomar una Heineken de tercio por casi 6 euros. DSCF4535No tardamos mucho en ir al refugio, un hotel bastante decente en el centro que no nos había costado mucho, considering, y que tenía spa. La clave era el spa, y ahí le dimos.

19 Abr

Improvising Switzerland 2015 – capítulo 8: Subiendo a los Alpes. O algo

Amanecía de nuevo en Adelboden, entre cantos de pajarillos en los abetos, rayos de sol colándose por las contraventanas de madera y el silbante sonido de los telesillas. No sabíamos de dónde venía, pero en el viento se oía “La Mañana” de Grieg… ejem, no. La improvisación nos había llevado a no tener plan para hoy. Había que pensar algo. Pero 10 minutos más sumergidos en aquellos edredones nórdicos no nos iban a hacer daño. Después de desperezarnos y repetir el mítico desayuno a base de zumo, café y yogur con cereales, decidimos que había que hacer un montecillo. Al fin y al cabo el plan original era ir al monte, y estábamos en medio de los alpes. Mi gemelo seguía como una piedra, pero ya no dolía tanto, así que estuvimos de acuerdo en subir un pequeño monte. Elsighorn era un pico no demasiado alto (2341m), pero con buena prominencia sobre sus circundantes, que nos daría unas vistas estupendas de este valle y el del otro lado. Elsighorn está en el extremo de una cadena por lo que los dos valles forman una V entorno a él, y es un pico muy visible desde casi todos los sitios en los que habíamos estado, incluyendo nuestro refugio de madera. Así que parecía un buen reto.

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El ascenso a Elsigenalp, en la base del Elsighorn, lo hicimos en teleférico, como viene siendo habitual, y teniendo en cuenta que no podía forzar… así que el desnivel total que íbamos a hacer sería de unos 600 metros, vamos, como ir al Pagasarri. Era un trayecto más largo y más duro, sin embargo. La última parte era notablemente más empinada, casi trepando, y el gemelo empezó a resentirse.

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Con todo, para el mediodía estábamos en la cima del Elsighorn, aunque no pudimos disfrutar de las vistas ya que la niebla se nos echó inmisericorde.

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Al bajar, el mítico “va, por aquí también se tiene que llegar” nos llevó a meternos en un campo rodeado de verjas electrificadas, que tuvimos que atravesar malamente. Al final llegamos al Berghaus, un hotel de esquí que estaba en verano en temporada baja, pero seguían dando comidas. El hambre apretaba, y algún día teníamos que darnos el capricho, así que tras pelearnos con la camarera, que sólo hablaba alemán, pedimos unos filetes de montaña con patatas cocidas, especias y salsita, que nos supieron a gloria.

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De vuelta en Adelboden decidimos continuar con nuestra racha andadora, y arrancamos un paseo que bajaba hasta la garganta Cholereschlucht.

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La garganta era una más de la larga lista de gargantas que llevábamos viendo por el centro de Europa (especialmente cerca de los Alpes) desde que visitamos Eslovenia. La visita empezaba bajando unos cuantos metros por unas escaleras para luego volver a subir poco a poco por pasarelas de metal y madera siempre muy pegadas al caudal y a la roca.

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El paseo concluía en medio de la carretera entre Frutigen y Adelboden, así que tuvimos una buena caminata hasta volver a Adelboden, y otra para llegar hasta el coche, en la que pudimos conocer la parte más rural del pueblo, lejos de los complejos de esquí, y cerca de los tractores y vacas.

Al final llegamos a nuestra taberna proveedora de wifi a eso de las 8, y no nos quedó mucho para ir a casa a hacernos nuestras pizzas de despedida de la casa.

Al día siguiente ya nos íbamos hacia el sur, y nos despedíamos de nuestro refugio en los Alpes Berneses.

12 Abr

Improvising Switzerland 2015 – capítulo 7: Por 25 pesetas, ciudades suizas que acaban por “erna”

Después de no madrugar y desayunar copiosamente era hora de salir. El tiempo había cambiado: Unaiguille intentó sin éxito contactar con los tipos del parapente, pero se habían levantado los vientos y era demasiado arriesgado, así que Adelboden no daba más de sí. Así que nos íbamos a visitar algunas ciudades del entorno, concretamente las que acababan por “erna”: Lucerna y Berna. Lucerna es YASCWAL (yet another swiss city with a lake). Hubo un momento cuando revisaba las fotos del viaje en que había algunas que no sabía si habían sido tomadas en Lucerna, en Thun o en Ginebra. Ciudades con lago y puentecitos cubiertos llenos de flores cruzando el lago. Algo que diferencia a Lucerna es la torre de planta hexagonal que conecta dos de los puentes y que hacen una de las estampas típicas de la ciudad.

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Por lo demás, tampoco tiene mucho más que ver. Hay una muralla con torres a la que se puede subir y caminar por ella subiendo a las torres (en una de ellas se ve un mecanismo de reloj). Una zona antigua con edificios pinchudos y mucho orgullo regional (Lucerna además de ciudad es cantón, con lo que tiene cierta autonomía, y supongo que usos y costumbres propios).

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Hacía un calor infame y pegajoso así que estuvimos deambulando por las callejuelas, entrando en iglesias para refrescarnos pero pronto, la mítica incómoda pregunta apareció: cuándo comemos?. Teníamos todo preparado, habíamos visitado el super de Adelboden para comprar pan y embutido, y sólo faltaba preparar los bocatas frente al lago y… se puso a llover.  Después del calor húmedo que había hecho, la tormenta era casi esperable, pero ralentizaba un poco nuestro plan, y el parquímetro del coche se nos iba a acabar. No le dimos demasiada importancia y nos comimos los bocatas en un banco, como venía siendo habitual, con vistas a un lago más que veíamos en este país.  DSCF4391

Cuando volvimos al coche íbamos 30 minutos pasados de la hora del parquímetro, pero no le habíamos dado mucha importancia, ya que 1) era domingo! 2) era la hora de comer y 3)hay un margen de cortesía, una regla no escrita de los oteros, que te dejan un poco de holgura por si te has liado, o algo… En fin, nos habían puesto una multa. Pero no 30 minutos después, ni 28… miramos la hora, y la habían puesto a las 14.32, dos minutos después de expirar la hora sin ota del mediodía.  35 euros al cambio. 35 euros por pasarte dos minutos en el aparcamiento en un domingo?  Suizos… money always first. Bueno fuimos a preguntar cómo pagarla (a diferencia de Bilbao, donde pagas los 12 (sí, DOCE) euros de multa en la propia máquina, aquí había que ir a la policía, y como era domingo nos dijeron que probablemente estaba cerrado. También nos dijo un tipo que lo mejor era que no lo pagáramos, que como el coche era alquilado pues blablabla… Le hicimos caso, y ahí que llegó 3 meses después la multa a mi casa con una serie de amenazas e información legal. Suizos…

Partimos hacia Berna, la menos conocida capital de Suiza (las ciudades míticas son Zurich o Ginebra), pero que, tal vez por ser menos “mítica”, o por ser más alemana… fue la ciudad que más me gustó de todo el viaje.

El centro de Berna está en una colina dentro de un gran meandro del río Aar, un río alpino que baja con aguas verdeazuladas y cruzado por multitud de puentes que llevan desde los distritos modernos a la bonita y empedrada parte antigua.

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La ciudad tiene un ambiente agradable, con mucha animación en terrazas y varias torres-reloj legendarias que concentran a la gente alrededor para contemplar a campaneros y otras figuritas animadas que salen cada cuarto de hora. Cuando dejas atrás una torre, sigues avanzando y encuentras otra. Y al final encuentras un parque con vistas al río bastante bonito, con sus terracillas  y sus partidas de ajedrez gigante que generan gran expectación.DSCF4401 DSCF4404 DSCF4406 DSCF4407 DSCF4409

En otra de las plazas del centro había una especie de mercadillo solidario intercultural en el que personas de diversos países de África tenían montados puestecillos vendiendo productos locales típicos, mayormente de comida, pero también de marroquinería, talla de madera, ropa, etc. Estaba interesante, y la mayor parte de los asistentes eran africanos, que además iban vestidos para la ocasión con indumentarias de colores llamativos y aspecto fresquito. Así que de repente, en este país tan blanco, éramos los raros de la multitud, tres tipos rosas con cámaras, camisetas con frases ingeniosas y pantalones cortos. Había de fondo un escenario en el que chavales de distintos países hacían una competición de bailes con movimientos imposibles. Lo que yo había podido ver del resto de Suiza me hacía impensable que esto fuera posible en cualquiera de las otras ciudades. Berna molaba. Pronto algo estropearía el encanto de la situación: la mascota de la “feria”, que no era otra cosa que un tipo disfrazado de billete de 100 francos gigante. Se puede ser más suizo? tu mascota de un evento cultural africano es un condenado billete de 100 francos?

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Después de que Unaiguille arrasara con los imanes y llaveros en las tiendas de souvenirs de la calle principal, nos despedimos de Berna, ya que teníamos casi dos horas de vuelta a Adelboden. Nuestro refugio sin wifi.

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Una última visita al bar del wifi, con cerveza incorporada nos tuvo absortos durante otra hora, hasta que finalmente volvimos al refugio en la montaña.

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07 Dic

Improvising Switzerland 2015 – capítulo 3: Aquapark

El tipo de encima se levantó a las 5.30. Salió. Volvió. Volvió a salir, y regresó de nuevo. Entre tanto trasiego me di cuenta de que era incapaz de entender las letras de la marca de su pasta de dientes, tirada en su mochila junto a mi cabeza. El logo era conocido, pero ¿qué diablos ponía ahí? Colgate! Sí! Era un tubo de Colgate. Pero ahí no ponía Colgate. Estaba en árabe! (igual sí que ponía Colgate después de todo :D) . El caso es que el tipo era musulmán, y ahora empezaba a darme cuenta de que se había levantado muy pronto para sus oraciones. Cuando mi somnolencia empezaba a despejarse me di cuenta de que el tipo estaba extendiendo una mantita plegable en el suelo y acto seguido se lanzó a murmurar unas oraciones casi en infrasonidos. Poco después se levantó el francés, un tipo extremadamente raro, que estuvo un buen rato de pie en medio de la habitación sin hacer nada. Después de su gran montón de nada, se puso a enredar con bolsas de plástico, que casi no hacen ruido.

En fin, el despertar fue gradual y escandaloso hasta que bajamos al aceptable desayuno del hostel y nos preparamos para marchar  a Lausanne, una ciudad al norte del lago LeMan, a unos 50 kilómetros de Ginebra, conocida por la universidad principalmente. Pero antes había que pasar por el centro de Ginebra a comprar un bañador para Einigen, ya que el plan de la tarde era ir al super resort acuático que había junto a Montreux. No puede haber cena sin patatas para Unaiguille, y no puede haber viaje sin acuapark.  Einigen había pasado algunas penurias el mes anterior, y no precisamente por subir al monte: le habían robado buena parte de su equipaje y había tenido que recomprarlo para poder ascender al Mont Blanc, por lo que tenía muchas cosas nuevas pero le faltaba alguna de las viejas. Por eso estuvimos recorriendo algunas de las tiendas del centro. EL plan de comprar un bañador barato en HM fracasó, por no tener ninguno el componente “barato”, así que finalmente cayó un discreto bañador deportivo, que tampoco duraría mucho…

Salimos hacia Lausanne un poco más tarde de lo esperado, para encontrar una ciudad agradable y animada.

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Lausanne tenía una vidilla callejera completamente diferente a la de Ginebra: bares, terrazas, vida artística, y mucha menos importancia del lago para la ciudad, que estaba notablemente más elevada que el centro de Ginebra. En definitiva, se notaba que era una ciudad universitaria.

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Lausanne era mucho más “artsy” que Ginebra
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En ese ambiente estuvimos hasta que se nos acabó la OTA, básicamente.  En ese momento cogimos el coche y arrancamos hacia Montreux, donde pararíamos a comer. Montreux está en el extremo opuesto a Ginebra del lago Leman. Es una ciudad de ricos, por ricos y para ricos. El lago era más azul aquí, las vistas de los Alpes, mejores. Los hoteles, todos y cada uno de ellos impresionantes. Era una especie de ciudad de vacaciones para los más ricos de este país de ricos. Tenía un largo paseo junto al lago mucho más bonito y acogedor que el paseo de Ginebra, al que se le puede achacar hasta un aire soviético, con esa anchura desmedida y ese muro espartano y frío. El paseo de Montreux, con esculturas cada poco tiempo, bonitos adoquines, y muchas plantitas de diversos tipos era un sitio realmente acogedor y daba una vista del mismo lago mucho menos desapacible.  En vez de motoras, se oía el sonido de los grandes barcos turísticos, y conversaciones amortiguadas por el extenso follaje de las plantas.

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En ese contexto, bajo un sol de justicia, buscamos una sombra para comernos unos triste-bocatas que constituirían nuestra comida de hoy. No éramos los únicos losers que ante los desmedidos precios suizos habían decidido hacerse unos bocatas, y en muchos más bancos del paseo había gente como nosotros comiendo bocatas y dando miguitas de pan a los miles de gorriones que inundaban el paseo. Fue una comida tranquila, con una pequeña siestita en la hierba (mientras intentábamos adjudicar nuestras identidades a viejos que paseaban: “tú cuando seas viejo, a qué viejo te vas a parecer? a ese que va en bici todo sportman, o a ese venerable anciano con cachaba? o tal vez a ese con pinta de mala uva?”.

Dimos un paseíto por el lago, hasta llegar a una zona de baño que tenía muy buena pinta, pero contuvimos nuestras ansias porque nos esperaba el super aquapark!
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El calor de las tres de la tarde se hacía insoportable por lo que decidimos arrancar hacia el cercano aquapark para ponernos a remojo.

El aquapark era grande, pero no estaba al nivel del que visitamos en Eslovenia. Además, imagino que por el tiempo, era completamente cubierto, salvo unas pequeñas piscinas exteriores que tenían para los 4 días de sol que les hace al año. Cuando llegamos había un ejército de niños peleándose por los diferentes deslizadores que eran necesarios para cada tipo de tobogán. Cada tobogán tenía un tipo de deslizador, así que tenías que andar peleándote para conseguir el flotador y luego hacer la cola. Era mucho menos práctico que el de Ptuj, en el que con un deslizador tipo donuts podías tirarte por cualquier sitio. Eso sumado a que fuera interior hizo que estuviéramos hacinados en colas mucho más tiempo  que a remojo.

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Hubo varios toboganes no obstante que merecieron la pena. Uno de ellos era un tubo vertical que tenía una plancha de metacrilato que se abría bajo tus pies, dejándote caer al vacío. No lo probamos ya que había que pagar una tasa adicional. Sin embargo había uno similar en el que se caía casi verticalmente, y se cogía gran velocidad. Yo me tiré dos veces y las dos bajé a tumbo puro. De hecho, a Einigen y a mí se nos rasgó el bañador en ese tobogán. Los demás fueron más normales pero molaban, sobre todo los que nos tirábamos en barca de 3.

A las 7 de la tarde cerraban el centro y misteriosamente a las 6.30 empezaron a estar cerradas todas las atracciones. A las 6.45 había un revuelo generalizado de gente yendo y viniendo, intentando apurar algún tobogán que quedara abierto.  A las 6.50 estábamos todos en el vestuario, y a las 7 el sitio estaba cerrado a cal y canto. Bastante efectiva la puntualidad suiza.

Como no era muy tarde, de camino a casa, por si no habíamos tenido bastante agua, paramos en un lago y nos echamos un último baño del día, que nos quitaría el calor que habíamos acumulado en el aquapark de concentración.

Ya con el sol bajando, arrancamos de nuevo a Ginebra, para aprovechar nuestra última noche, que acabaríamos cenando en el mismo sitio que el día anterior. Una curiosidad que encontramos en las txoznas de la Ginebrako Aste Nagusia fueron unos feriantes cuya atracción consistía en una barra suspendida y un cronómetro. Si conseguías permanecer colgado durante 2 minutos sin caerte te llevabas 100 euros. Parecía una cosa evidente que cualquiera podría conseguirlo, así que infinita gente picó. Lógicamente cuando los feriantes ponen ese tiempo es que saben que muy muy poca gente va a ser capaz de aguantarlo. Pero todo el mundo se ve muy power. Y no pasa de un minuto colgado como un fuet. Al día siguiente esto nos daría juego. Einigen y Unaiguille no se lo creían. Pero sí.

Al final acabamos visitando la “txozna” de los bailes latinos, donde había unos rusos preocupantes dándolo todo. Una vez más, cerraron puntualmente a las 12, y nosotros nos largamos a dormir.

 

23 Sep

Improvising Switzerland 2015 – capítulo 2: Ginebrako Aste Nagusia

Pues nada, tocaba improvisar. Improvisar empezando por Ginebra. La ciudad de los relojes está a una hora de Chamonix, así que nada más desayunar arrancamos hacia allí, dejando detrás el Mont-Blanc y lo que podía haber sido nuestro viaje, y que finalmente no fue.

Suiza es un país caro. Muy caro. Y Ginebra no lo es menos. Por eso elegimos ir al Youth Hostel, que no es que fuera nuestra elección prioritaria, pero el sitio más cutre posible para dormir en Ginebra, con habitación para 6, costaba como un hotel de calidad media aquí. Así que fuimos al HI de Ginebra, ubicado en su barrio rojo. Nos costó un huevo aparcar, aunque al final conseguimos dejar el coche dentro del hostel, por pura chamba. Tras dejar las mochilas en recepción, salimos a ver un poco la ciudad de la famosa convención de derechos humanos.

El lago Leman es una de las cosas que más caracteriza a Ginebra. Tiene una parte vieja agradable, cuna de la Reforma protestante y del calvinismo, pero todo lo que ves en sus postales es el lago y su chorro absurdo.

DSCF4196 DSCF4197Parece que ese chorrazo es lo que más mola a los ginebrinos, ya que sale en todos los retratos de la ciudad, desde cualquier ángulo. El chorro es un absurdo total, simplemente dos bombas de agua lanzan medio metro cúbico de agua p’arriba, a 140 metros. Sí, es una fuente grande, pero ni es bonita, ni hace filigranas, ni tiene ningún valor estético. Tampoco funcional. Si algo no tiene estética ni función, ¿para qué diablos existe? Pues es el emblema de la ciudad.

En fin, la primera visión que tuvimos del lago Leman y del chorrazo fue desde la orilla norte, donde estábamos alojados. Resulta que en esa orilla también había una serie de atracciones de feria, puestecitos y tómbolas ultra-chabacanas, ya que era la semana grande de Ginebra! La Aste Nagusia! O algo parecido. Si Ginebra hubiera tenido un atisbo de glamour o de estilo de ciudad europea con historia destacada, lo habría perdido de un plumazo con esta feriucha del tres al cuarto que montaron ocupando unos buenos centenares de metros de su principal paseo junto al lago. La cosa es que sin necesidad de feria, todo ese estilo y glamour se iban perdiendo por otras causas.

Por la feria íbamos viendo los precios de los platos de comida rápida y cervezas que tenían por allí. No es un buen indicativo del índice de precios de un país, pero si montarte un viaje en la noria cuesta 10 euros, pues algo de idea te haces. Ninguna cerveza bajaba de los 5 euros (y éstas eran 20 cl de heineken). Lo normal era pagar 8 euros por una cerveza normal y entre 8 y 10 por cosas como perritos calientes. Los “mojitos” de algunos puestitos (el entrecomillado es intencionado, claro), rondaban los 16 euros. Sí, Suiza es muy caro. Así que cuando llegamos a la orilla del Ródano y vimos el exclusivísimo hotel Cuatro Estaciones, donde el coche más cutre que había en la puerta era un Porsche Macan, no quisimos ni pensar en el precio que podría tener allí una simple taza de té que se estaban tomando unos tipos con pinta de banqueros chungos. Gran parte de los coches del hotel tenían matrículas árabes: Bahrain, EAU, Arabia Saudí… No me sorprendería que buena parte de esa gente que estaba allí, a 10 metros de nosotros, pagando 10000 euros por noche, tuviera algún tipo de relación con las cosas que se están viendo por oriente próximo. Era como el vórtice de ignorancia de Bart, pero en este caso era un vórtice de chunguez. Eso sí, los Aston Martin muy bonitos.

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Plaza Molard

Cruzamos el Ródano para entrar en el distrito chachi de Ginebra, donde empiezas con el museo de Patek Philippe, luego pasas a Constantin Vacheron y a partir de ahí empiezas a cruzar relojerías y bancos a partes iguales. La zona de la plaza Molard y el boulevard que llega a ella son lo que más recuerda a una ciudad europea de las buenas, aunque el ambiente que hay en ésta no tiene nada que ver con el que hay en ciudades francesas, alemanas o incluso otras suizas que veríamos después. Aquí todos son banqueros estirados. Y nosotros con ropas de monte, barbucias, y un tipo a cuyo pelo sus colegas lo habían denominado “mocho picón”.

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Subimos a la parte antigua de la ciudad, sin duda lo más elegante de Ginebra, lugar de grandes acontecimientos históricos, pero nuevamente nos encontramos con calles vacías, sin el brillo de otras partes antiguas.

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Aunque había un festival de teatro de calle y marionetas ongoing, sólo pudimos ver un escenario con espacio para 10 o 15 espectadores en un pequeño rincón. Allí pudimos ver también el parlamento cantonal, una de las cosas que molan de Suiza es su afición por votar sobre muchas más cosas de las que votamos en el resto del mundo, y los parlamentos cantonales son pequeños centros de poder superdistribuidos. Me pareció curioso, considerando todo lo que había visto, que el parlamento estuviera abierto al público, pero así era.

Unaiguille en el pato del edificio del Parlamento

Unaiguille en el pato del edificio del Parlamento

Poco a poco fuimos bajando de la colina donde se haya la ciudad vieja hacia el centro, atravesando algunos otros centros de poder y también alguna que otra calle con pilinguis. Durante esta bajada vimos un kebab. Un kebab infecto, cutre, y maloliente. Nos acercamos para ver cuánto podía costar un kebab aquí. Desolador: 16 pavazos.

Cerca del hostel, en las txoznas de Ginebrako Aste Nagusia, había una de bailes latinos, que increíblemente para su temática, era la mejor!! Unaiguille les dio unas lecciones de baile a los malditos suizos mientras a Einigen y a mí nos apretaba el hambre como nunca.Para evitar los platos de pasta a 32 euros fuimos a un super que había cerca del hostel y compramos comida cutre y barata para ir a comer tirados en un parquecillo junto a la aste nagusia de Ginebra.

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Con el calor que hacía, tuvimos que comer en una sombra cercana, para no morir en llamas. Por la tarde teníamos plan: ir a ver el jardín botánico, que increíblemente era gratis, el edificio de la ONU y puede que un plan adicional más. Seguimos por un gran parque que hay junto al lago en el que habían instalado una guardería improvisada, aunque Einigen se montó su propia guardería con los columpios que había.

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Muy cerca estaba el jardín botánico, que no tenía grandes historias, pero era bonito. Quizá lo más bonito para ver en Ginebra. Y tenía un pequeño jardín zen, con gong y todo que tuvimos que tocar.

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Intentamos llegar al edificio de la ONU entre conversaciones sobre comprarse pisos (cómo han cambiado las conversaciones desde que calabacín empezó…). Digo intentamos porque al menos por la parte que intentamos acceder estaba completamente vallado y no se podía entrar. No parecía un sitio muy acogedor. Como para ir con problemas. Con este ya son dos los edificios de la ONU que he visitado y me han defraudado enormemente.

Al volver hacia el centro, Unaiguille no pudo evitar ver de nuevo algo que ya había fichado antes: el puestecito donde se contrataban viajes de waterski por el lago. YA desde el minuto 1 había visto a gente hacer waterski y se había interesado por hacerlo él también, aunque no había quedado claro hasta ahora cómo contratarlo. Fuimos al hostel y cogimos todos los bañadores, ya que aunque sólo Unaiguille pensaba hacer waterski, la idea era bañarnos después en el lago, ya que habíamos encontrado junto al parque (el de la guardería) una zona apta para el baño, que estaba prohibido en todo el resto de orilla.

El puestecito de waterski se componía de un pequeño embarcadero, una mesita pegada a la pared del muelle, con una sombrilla, y cuatro tipos debajo que llevaban básicamente todo el día bebiendo. Había multitud de latas a su alrededor y ahora se estaban centrando en una botella de ron. De vez en cuando aparecía un quinto tipo con la lancha, que parecía que no había bebido tanto. Luego volvía a irse con algún insensato. El caso es que cuando llegamos de coger los bañadores, los borrachos del waterski nos dijeron que la lancha se acababa de ir y que en 20 minutos estaría allí para coger a Unaiguille y a quien quisiera acompañarle desde dentro de la lancha. Parece que la familia completa que se había ido en el ultimo viaje quería experimentar todas las opciones que la lancha ofrecía: skis, tabla, un flotador gigante, etc, por parte de todos sus miembros. Así que los 20 minutos se transformaron en hora y media que estuvimos sentados en un banquito esperando a que volvieran los rusos y nos dejaran.

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Al final conseguimos arrancar con el driver de la lancha francés que no dio mucho juego, pero era mucho más majo que el suizo medio. El waterski no parece complicado, pero en la práctica parece que sí que lo es. No obstante Unaiguille le cogió el cayo rápido, y en las últimas pasadas, el driver lanchero forzaba sus caídas tipo “a ver si doy este giro aquí a toda piña, genero una ola, y así le tiro jainjainjain”

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Tras la experiencia lanchera, nos dimos un pequeño baño junto al embarcadero, sin irnos a la “playa” que había a unos cuantos metros, ya que tanto esperar se nos había ido el sol y la salida del agua estaba fresquita. Y tras el baño, una cerveza en la feria. A lo LOCO! Cerveza en Suiza! Fuimos de nuevo al puestecillo de los bailes latinos, donde seguían dándolo todo y las cervezas no eran tan increíblemente prohibitivas como en otros sitios: sólo 5 euros por una de medio litro en lata. Después del día de calor y el baño en el lago, la cerveza entró rica. Pero había que empezar a pensar en cenar. Qué hacer en esta ciudad para cenar. Otra vez cutrecomida? No. Tendríamos que pasar por el aro y pagar 25 o 30 euros por un plato de pasta o una pizza. Por suerte encontramos un italiano cerca del hostel en el que todo el personal era italiano (o eso parecía, no creo que ningún suizo hable italiano de verdad, por mucho que éste sea un idioma cooficial). Todo lo que comimos ahí estaba increíblemente bueno, y de hecho, repetimos cena en ese mismo italiano todas las demás noches que cenamos en Ginebra. Muy recomendable visitar Chez Remo

Después salimos hacia el quay de nuevo, a intentar encontrar algo de ambiente. Como con el tiburón de las algas, la lucha dura poco. Nos pudimos tomar una cerveza en la txozna de los bailes latinos, junto al lago, con una vista espectacular de los alpes al fondo, pero poco más. A eso de la una desmontaron el chiringuito y nos desalojaron, por lo que nos fuimos al hostel. El reto era dormir con los 3 tipos que nos habían tocado: el moro, el francés mediobobo y el mazorcas.

 

 

07 Sep

Tour Mont Blanc… Improvising Switzerland 2015 – capítulo 1: Mala pata

Faltaban dos días. Lo habíamos hablado desde marzo. El Tour Mont-Blanc. Un paseo, comparado con subir-al-Mont-Blanc. Pero con su dificultad. Doscientos kilómetros en ocho días por uno de los macizos más increíbles de Europa, a los pies de su monte más alto. Habíamos reservado todos los albergues, concretado la ruta. Habíamos comprado lo que nos faltaba. Todo estaba pensado. Había algunos nervios, por diferentes motivos.
“¿Puede salir algo más mal?” – Einigen
“¿Estaré a la altura del reto físico?” – Bayunne
“¿Estará a la altura del reto físico?” – Einigen
“¿Nos dejará vendidos el Einigen, tras las noticias que nos ha contado?” – Unaiguille

Pero cuando faltaban dos días todo se disipó. O más bien pasó de ser una fina niebla matinal a un denso humo negro. No sabe lo que pasó. No pisó mal. No hizo ningún movimiento brusco. Simplemente, las fibras se rompieron. En el peor momento. No podía andar. La pasta de dientes estaba fuera del tubo, ya no había vuelta atrás.

B – “Me quedo en casa. Id.”
U – “No!, lo cambiamos todo!”
B – “Nos falta Einigen.”

Einigen estaba, tras muchas penurias, cumpliendo uno de sus múltiples sueños: llegar a la cima del Mont-Blanc. Incomunicado, sorteando rocas y cruzando aristas, y sin saber que en Bilbao estábamos a punto de decirle que cancelábamos el viaje. Esperamos. Todo apuntaba a que la expedición se partiría. El domingo a las ocho de la tarde conseguimos hablar con Einigen. Estaba en el refugio de Gouter. Esa noche partiría hacia la cima del Mont-Blanc.

Todo cambió en diez minutos. De pronto, íbamos a hacer un viaje por Suiza. No teníamos nada mirado, ni qué ver, ni a qué ciudades ir, ni ningún hotel reservado. A última hora, alquilamos un coche para toda la semana y nos pusimos a cancelar todos los albergues que teníamos reservados, perdiendo toda la pasta en muchos casos. Íbamos a improvisar Suiza.

Al día siguiente me encontré con Unaiguille en el autobús. Había trabajado de noche, así que no le había dado tiempo a cambiar la maleta: maleta de montaña para ver ciudades. Chachi. Yo llevaba el equipaje más ligero ever. Seis kilos para una semana.

Por la tarde llegamos a Les Houches, un pequeño pueblo junto a Chamonix, y que era el único del que habíamos mantenido reservas, ya que Einigen bajaba del Mont-Blanc allí, y era un buen punto para encontrarnos y planificar mínimamente el viaje.

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Las vistas desde el hotel de Les Houches no defraudaban. Era el sitio que nos perderíamos.

 

Einigen apareció a las ocho de la tarde, barbudo, con dos grandes bolsas de viaje de montaña y cansancio de dos días seguidos caminando por las alturas. Rápidamente nos fuimos a tomar una cerveza, ante la cual nos contó en detalle sus diversos incidentes y gestas desde que se había ido de viaje, hacía ya un mes. Robos de equipaje, colegueo con la policía de Bérgamo, ascensiones a variados picos, cortes profundos y visitas a médicos. Y lo más importante, la llegada a la cumbre del Mont-Blanc. También estuvimos planificando el que iba a ser nuestro viaje a partir de ahora. Habíamos pensado mantener algunos de los refugios para no perder tanto dinero, pero esto implicaba dar grandes rodeos y estar en zonas que lo único que tenían era monte; monte al que Bayunne no podía subir con su lesión. Así que finalmente nos decantamos por coger un alojamiento más o menos en el centro del país y movernos desde allí a diferentes ciudades y sitios de interés, que tampoco sabíamos cuáles eran. Ya iríamos viendo. Por lo pronto, al día siguiente volveríamos a Ginebra, donde habíamos aterrizado, para poder conocerla en profundidad.

La "factura" que nos dieron en el hotel de Les Houches. Muy artesanal

La “factura” que nos dieron en el hotel de Les Houches. Muy artesanal

Tras una espectacular pizza en el restaurante Le Basilic, probablemente el único abierto en Les Houches a esa hora,  y que Einigen ya conocía de sus diversos tejemanejes por la zona, nos fuimos al hotel. Allí, Einigen caería dormido de forma instantánea, mientras Unaiguille y yo reservábamos hotel en Ginebra y mirábamos alojamientos para los siguientes días.

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