04 Feb

Alemania y Austria, capítulo 15: El último Knuckel en Müních

 

Día 15. Era nuestro último día. El 16 volábamos de vuelta a Bilbao por la mañana, así que básicamente nos quedaba este día. Y estábamos a 400 km de Munich. Básicamente parecía que el día iba a consistir en ir de vuelta a Munich, pero teníamos varias opciones de paradas intermedias. Tras darle un par de vueltas, mientras nos tomábamos el último desayuno con Doris, decidimos parar en la ciudad de Ulm, la ciudad que vio nacer a Einstein y a Rommel, y cuyo highlight más relevante es la impresionante catedral gótica, la más alta del mundo.

Pero para salir a la autopista que lleva de la Selva Negra hasta Munich, hay que pasar por Baden Baden, una de las ciudades más míticas de la Selva. Como íbamos pronto, decidimos parar en Baden Baden para conocer un poco el centro de la ciudad. Iba a ser una parada rápida, pero aún quedaban muchos souvenirs que comprar, así que podía ser una buena oportunidad.

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Esto qué es? Baden Baden o Cs_italy???

Baden Baden es una ciudad muy agradable. Según salimos del parking nos encontramos con un mercado callejero con productos locales muy apetecibles (habíamos visto unos cuantos mercados en ciudades en días laborables, mola mucho). Tardamos poco en llegar al centro, que era prácticamente entero peatonal, con callejuelas estrechas adoquinadas, edificios muy bien conservados y muchas tienditas de pijadas y souvenirs. Recordaba un poco a algunas ciudades francesas, lo que no es de extrañar, ya que está junto a la frontera. Baden Baden no es en realidad un pueblo (no es más grande que Basauri en población), pero tiene ese porte de las ciudades que han tenido mucha historia.

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Después de que Karl hubiera comprado un número indeterminado de boles de desayuno, bajamos hacia el gran parque que hay bajo el castillo de la ciudad.

En el parque, surgió de forma inesperada. El gigante medía más de 30 pies, y lanzó su ira contra nosotros. Sus gritos eran atronadores y sus pisadas perezosas hacían retumbar el suelo. Todos nuestros refrescos temblaron como en parque jurásico.

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Habíamos oído hablar del gigante de Baden Baden, pero no esperábamos encontrarlo tan fácilmente, así que nos largamos del pueblo con celeridad.

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Dos horas después llegamos a Ulm, y fuimos directo al infopoint, y nos dijeron los cuatro highlights míticos. Así que vimos la super catedral de Ulm, sólo por fuera. DEspués fuimos a dar un paseo por el barrio de los pescadores, el más mítico de la ciudad.

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El Fischerviertel es un barrio chulísimo, con canales, árboles muy coloridos y casitas bonitas, así como un montón de tiendas curiosas y cafeterías con agradables terrazas. Se ve en 15 minutos, ya que no son demasiadas calles.
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Seguimos la visita por el Neue Mitte, una zona completamente nueva de Ulm, muy cerca del barrio de los pescadores, que imitaba su estética con edificios modernos, teniendo un aspecto bastante particular.

Neue Mitte, con sus chabolas modernillas

Neue Mitte, con sus chabolas modernillas

También pudimos salir a una muralla de la ciudad por la que se podía pasear, y que discurría junto al Danubio. Es la primera vez que yo veía el Danubio, y no me pareció tan azul, Johann.
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Cuando hubimos dado el voltio completo, no había mucho más que ver en Ulm, pero además, estaba empezando a llover de forma un poco desagradable. Así que arrancamos para Münich con la intención de ver una peli por la tarde. No había grandes cosas en cartelera, pero peli en el viaje ya era una tradición. En el trayecto a Münich vimos por primera vez una de las famosas autopistas sin límites de velocidad de las que tanto hablan. La Autobahn. Hay gente que cree que en Alemania no hay límites de velocidad, pero no, esto sólo pasa en esta subred de autopistas, que mola un huevo, no tiene curvas, y agarra a tope (energy). En el resto de autopistas y carreteras, que son la inmensa mayoría, hay límites, y los vigilan intensamente. No vimos a nadie a 300 en un Mercedes SLS. La gente circulaba bastante tranquilita, incluso en la Autobahn.

En cuanto dejamos el coche en la compañía de alquiler fuimos a todo correr al hotel que teníamos para esta noche, que estaba junto a la estación central de trenes. En el mapa. Resulta que la estación central es TAAAAAN grande, que tuvimos que andar 25 minutos desde que llegamos a la entrada de la estación hasta que
terminamos de llegar al hotel. Estaba lejísimos.

Estuvimos mareando unos buenos 30 minutos a la recepcionista del hotel para que nos buscara cines que dieran pelis en inglés (algo que habíamos hecho en 3 minutos con el wifi, pero la pava no se aclaraba mucho, debía ser una de esas tipas que no ven cine nunca que conocemos en los viajes). Al final, cuando nos confirmó que no había pelis en inglés (salvo una que no molaba), y que había un cine bastante céntrico que daban la que queríamos ver y había opciones de que fuera en inglés, salimos pitando para desandar todo el trecho hauptbahnhof.

Al final, nos encontramos allí con toda la chavalería pero encontramos que no había versiones en inglés. Maldición. Ya iban dos años sin peli. 2015, sea donde sea, hay que ir a un sitio que no doblen las pelis.

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Sin rumbo, desorientados, salimos a vagar por la calle, que estaba tremendamente animada con músicos callejeros. De alguna manera inesperada, sin saber por qué, acabamos junto a la apple store de Münich. Curiosamente,aunque estaba cerrada, estaba rodeada de iZombies que chupaban del wifi. La escena era dantesca. Una calle oscura con la cálida luz marketiniana de la apple store de fondo, y un montón de figuras de pie con portátiles y móviles y sus caras sólo iluminadas por la luz de sus pantallas.

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con el wifi aprovechamos para buscar un lugar donde cenarnos nuestro último Knuckel. Dimos con él. Un Biergarten molón justo en frente de la apple store. A la nave!

Ensaladas? qué clase de invertidos son estos?

Ensaladas? qué clase de invertidos son estos? El Duke se pidió un Knuckel como dios manda!

La cena estuvo tremenda! Birra, salchichen, y nuestro último knuckel. Allí se forjó la leyenda del Duke Knuckel, allí empezamos a golpear la mesa mientras gritábamos “knuckel, knuckel, knuckel”
Fue una gran despedida.

Al día siguiente madrugaríamos para volar.
Y aterrizar en plenas fiestas de Bilbao!

30 Ene

Alemania y Austria, capítulo 14: Mil cucos y un Knuckel

Amaneció lluvioso. Muy lluvioso. El plan consistía en ver Triberg, el pueblo de los mil relojes de cuco, y en el que había una famosa cascada también, que quizá no fuéramos a ver con aquella lluvia.

El desayuno en casa de Doris fue correcto como siempre. Con un poco de pereza subimos al coche para dirigirnos a Triberg. Había que ir por carreteras secundarias, lo cual siempre se agradece en la Selva NEgra, ya que se ven los mejores paisajes. Al llegar a Triberg llovía de forma intensa. Primero intentamos ver una tienda-museo de cucos, y nos pasamos de largo con google maps., pero al final conseguimos encontrarlo. El museo tenía como fachada el reloj de cuco más grande del mundo. Estuvimos dentro de la tienda del museo viendo cienes de cucos, y baratijas varias.

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Al cabo de un rato vimos que seguía lloviendo, y que aquello no iba a parar, así que nos acercamos al centro de Triberg, aparcamos en un parking (el sitio escasea en Triberg), y nos lanzamos a recorrer las mil y un tiendas de relojes de cuco que hay por allí. No era difícil darse cuenta de que estas tiendas habían evolucionado a tiendas de baratijas y souvenirs con el tirón turístico que tenían los relojes. Aunque había relojes de 15000 euros, la mayor parte del contenido eran pijadas made in china.

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Cuando nos hubimos visto todas las tiendas, la lluvia seguía, y el frío. Así que fuimos a un restaurante de la zona a tomarnos un colacao, para darle un poco de tiempo a la lluvia. No funcionó.

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afuera seguía mordor

afuera seguía mordor

 

Si Triberg es famoso es por los cucos y por la cascada. Lo bonito es acceder a la cascada desde abajo y hacer un paseíto que te lleva poco a poco hasta la parte alta, y la ves en todo su esplendor, como la que vimos en Austria. Pero con el tiempo que hacía subimos directamente a la parte alta en coche, para ver si al menos podíamos ver la caída de agua. Ni eso. Los parkings que hay en la parte de arriba y media de la cascada están a casi dos kilómetros de la cascada. Kilómetros de caladura.

Desmoralizados, sin saber muy bien qué hacer, decidimos visitar Alpirsbach, un pueblo un poco más al norte de Triberg, y en el que se fabrica una de las cervezas más famosas de la Selva Negra, la Alpirsbacher, y que tiene un restaurante-museo muy famoso. Ya que no podíamos estar al aire libre, al menos ver una fábrica de cerveza.

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Tardamos un buen rato en llegar, aunque en el mapa estaba cerca, la carretera no era gran cosa y había mucho tráfico. Para cuando llegamos, se habían acabado las visitas en inglés a la fábrica. Maldición. En cualquier caso, siempre nos quedaría el Knuckel. El restaurante Alpisbacher, junto a la fábrica, era uno de los más recomendados en las guías, así que como ya era mediodía, entramos a ponernos las botas.

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Fue (al menos en mi caso) una de las mejores comidas del viaje. Knuckels, una especie de escalope sobre queso, y pollos, todo ello muy rico, con una de las mejores cervezas que he probado en el viaje (para mi gusto, en todo caso). La comida en Alpirsbacher fue la mejor decisión del día. Pero todavía nos quedaba la tarde. El tiempo estaba mejorando un poco, pero a estas alturas buscábamos un plan tranquilo, así que nos decantamos por visitar Vogtsbauernhof, un museo al aire libre de la Selva Negra. Era una especie de museo etnográfico que recogía la forma de vivir, cultivar, criar ganado y trabajar de los habitantes de la Selva Negra a lo largo de los siglos.

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El museo estaba en Gutach, tuvimos que volver atrás un trecho, pero mereció la pena. Había descuentos por alojamiento (por fin), descuentos por aparcar en su parking privado, y alguno adicional, así que entramos por no mucho dinero, y echamos la tarde entre casas de madera picudas con gruesos tejados de paja que servían de aislante a los selvanegrinos hace muchos años.

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El museo recordaba bastante a uno que vimos en Oslo sobre la vida de los vikingos. De hecho, aun estando a más de 2000 km de Oslo, las construcciones de la Selva Negra son muy similares, y la forma de vida también. Aunque en Schwartzwald las edificaciones eran enormes. En cada edificio vivían y trabajaban muchas familias.

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De hecho contaban que lo solían integrar todo en el mismo edificio para que la gente no tuviera que salir a la calle en el duro invierno centroeuropeo.

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Tras una tarde jugando en el museo al aire libre, fuimos arracando hacia Ohslbach de nuevo, hicimos la compra y nos recogimos en la super terraza. Nuestra última noche en la Selva Negra.

18 Ene

Austria y Alemania, capítulo 12: Knuckelparadies

Era nuestro duodécimo día de viaje y teníamos superplan: pasar todo el día en el paraíso. En realidad, el sitio al que íbamos, y en el que pensábamos perder todo el día se llamaba Badeparadies, y era un megaresort SPA con toboganes que está en el centro de la selva Negra.

Había sido la primera noche sin incidentes de los últimos días, igual porque Iñigenstein estaba sólo conmigo y mis tapones, y Xabimann ya no estaba. Después de desayunar nos dio un poco de pena despedirnos de la pensión Kramer y su agradable dueña (a la que Karl había dicho que el alemán era “rude” dejándola un poco a cuadros). El desayuno estuvo a la altura de su simpatía. Pero el paraíso nos llamaba, y teníamos que largarnos.

Después de dos semanas de buen tiempo, hoy había amanecido cubierto, lluvioso, tal como lo dejamos la noche anterior. No importaba, ya que el paraíso estaba cubierto. Cubierto por una cúpula de cristal gigante para que entrara la luz, pero cubierto al fin y al cabo.  El paraíso estaba muy cerquita de Grafenhausen y no tardamos mucho en llegar. Estaba además junto al lago Titisee, uno de los más famosos de la zona, aunque era bastante más pequeño que Schluchsee. No le hicimos mucho caso al lago y nos lanzamos al parking de Badeparadies, que ya estaba hasta las cartolas. Lunes de agosto. Niños en casa de vacaciones, sin plan. Mal tiempo. Ya sabíamos dónde iban a estar todos los niños de esta zona del Baden-Württemberg.

Atravesamos la recepción gigante, y entramos a una zona de vestuarios más grande aún. Nos compramos la pulserita verde, que nos daba acceso a todo menos a las saunas, y nos adentramos.

Badeparadies se sale. La zona principal es una piscina gigante rodeada de palmeras, bares y restaurantes, y miles de hamacas. Está muy bien iluminada porque el techo y el frontal es de cristal. A un lado está la zona spa, a la que teníamos acceso medio-restringido. Empezamos por las piscinas de iones denosequemovidas, que no se sabía muy bien para qué servían, pero pronto pasamos a las piscinas de sal, que emulaban la concentración de sal del Mar Muerto, así que se flotaba bastante bien.

No era difícil perder de vista a Iñigenstein y encontrárselo flotando con los ojos cerrados en alguna de estas piscinas.

DEspués de probar la sal, fuimos a la zona central, que aparentemente sólo era una über-piscina, pero en su perímetro escondía chorros y burbujas de diversos tipos. Era curioso porque no estaban todos encendidos a la vez, los iban alternando, por lo que de vez en cuando veías una migración de bañistas, que iban de un chorro a otro. Además, fuera, en la calle, había un fragmento de esta piscina en el que también había chorros y demás, pero tenía el encanto de estar en la calle, y de salir por una especie de puerta giratoria de plástico que evitaba que entrara el frío. También estuvimos un buen rato en las camas de burbujas de la calle, como si fuéramos huevos cociéndose.

Otra cosa chachi que había era una sala que recreaba “la niebla de la Selva Negra”, que básicamente era una especie de baño turco con buena ambientación luminosa y olfativa.  Y luego estaba la zona de recreo, con toboganes variados, y en los que nos tiramos unas cuantas veces. Las escaleras estaban a reventar, y todo el mundo llevaba consigo flotadores gigantes para tirarse por los toboganes, haciendo que todos apiñados en esas escaleras fuéramos una especie de torrente de glóbulos rojos con su carga de oxígeno. En uno de los toboganes era posible tirarse de dos en dos o de tres en tres. Decidimos darlo todo yendo tres a la vez. El recorrido era bastante largo, y cuando íbamos por la mitad, Unaien se soltó del flotador! De repente miré atrás y vi a Unaien bajando sobre su tripa haciendo esfuerzos inútiles por alcanzar el flotador, mientras Karl ni se enteraba de lo que estaba pasando. Era tan de película que empecé a mofarme tanto que casi me caigo yo también del flotador. Al final Unaien consiguió atrapar una esquina del flotador y bajar arrastrándose, mientras las curvas del recorrido le sacudían de un sitio a otro. Fue lo mejor de la mañana. Iñiguenstein se había ido de la zona de toboganes, él es un tipo de agua caliente.  Allí nos lo encontramos al volver.

Y así fue pasando la mañana a remojo, entre baños y toboganes, hasta que nos pusimos a comer, knuckels incluidos por parte de alguno en una cafetería cercana a la piscina. Después de comer nos tumbamos en las hamacas, desperdigados, para descubrir  que Iñigenstein se había puesto a roncar en su hamaca y había creado un círculo de hamacas desocupadas a su alrededor. Un tipo efectivo.

La tarde pasó repitiendo baños, toboganes y vapores, y a media tarde partimos hacia Ohlsbach, donde dormiríamos por tres noches en la pensión Doris, nuestro campo base en la Selva Negra. Al salir de Badeparadies, la chica nos daba un ticket impreso de justificante. Resultó que el ticket era un poco largo, y a Karl se le ocurrió espetarle “this is not ecologic”(sic). La tipa, claro, se quedó a cuadros. No es que fuera la vela más brillante de su menorah, pero a mí tampoco me habría hecho gracia. Era el episodio dos de “Karl y los alemanes”

Ohlsbach era un micropueblo al norte de Gengenbach, uno de los pueblos supuestamente más bonitos de la Schwartzwald, y en el que no había nada. Sólo chalets, casas de gente que vivía bien, y una pensión con unos señores muy agradables y muy buenas vistas desde la terraza.

DEsde nuestra terraza en Ohlsbach

DEsde nuestra terraza en Ohlsbach

Parece que la señora Doris había veraneado en Mallorca durante unos cuantos años, por lo que chapurreaba castellano (menos mal, porque cero de inglés), y nos acogió con mimo en su agradable casa. Allí pudimos cenar nuestros horribles bocatas de embutido alemán que habíamos comprado en el super, y preparar nuestro viaje para el día siguiente mientras contemplábamos el atardecer de Ohlsbach.

09 Ene

Alemania y Austria, capítulo 11: Knuckelhaus immer wieder

El día 11 empezó bastante pronto, y bastante mofas. A eso de las 4, la luz de la habitación se encendió. El alemán que estaba durmiendo con nostros no había podido dormir ni un minuto por culpa de los truenos respiratorios de Iñigenstein. Estaba enfadadísimo y flipaba con que nosotros pudiéramos soportarlo. Yo tenía mis tapones, pero en el fondo es bastante flipante que los demás pudieran soportarlo. El caso es que con la luz dada, con la voz elevada del alemán, e incluso con los empujones de Unaien, Iñigenstein no despertaba y seguía atronando…

Así que decidí darle unos tapones que tenía de más al alemán a ver si se tranquilizaba un poco. Se fue a la cama entre murmullos, y pudimos seguir durmiendo más o menos. Pero no mucho más tarde el alemán se despertó de nuevo, mucho más enfadado, diciendo que ni con tapones podía soportarlo (eso es porque se los puso mal, yo no oía absolutamente nada), y se largó de la habitación con un buen portazo.

Karpov, Karpov!

Karpov, Karpov! El hotel tenía una mesa de ajedrez muy proh

Alemanes somnolientos a parte, el día 11 era el de la despedida de Xabimann, que se volvía a la patria de manera anticipada y nos dejaba solos ante la Selva Negra (cuando él era el único que había sido capaz de plantar cara a los boches). ASí que como el hostel de Lindau no tenía desayuno, nos fuimos a buscar algún lugar para desayunar por allí. Como era domingo la cosa fue bastante complicada, pero al final conseguimos unos cafés y bollería en la propia estación del tren que llevaría a Xabimann hasta Münich.

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Cuando Xabimann se fue sacando el pañuelo blanco por la ventana, arrancamos hacia la Selva Negra. El plan consistía básicamente en llegar hasta allí y ver el lago Schluch, uno de los famosos de Schwartzwald. Nos llevó unas tres horas de buenos paisajes junto al lago Constanza y de las colinas que te adentran el la selva llegar hasta Grafenhausen, donde pasaríamos la noche antes de ir hasta el interior absoluto del superbosque. A mediodía llegamos a la Pensión Kramer, donde nos recibió su agradable propietaria que nos contó las batallas que tenía su hijo con el castellano, y nos contó qué podíamos hacer por la zona. Tras asentarnos en nuestras habitaciones de la pensión, salimos hacia Schluchsee, donde comeríamos y pasaríamos la tarde.

El centro de Schluchsee era bastante molón

El centro de Schluchsee era bastante molón

En Schluchsee estaba casi todo cerrado, pero conseguimos que nos atendieran en un restaurante italiano donde nos comimos unas pizzas muy buenas. DEspués, bajamos hacia el lago.

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El lago Schluch no es muy grande, tendrá unos tres kilómetros de largo por medio de ancho, pero es un sitio extremadamente agradable, con un paseo que recorre todo su perímetro, junto al cual pasa una vía de tren por la que aún pasan trenes de vapor (para turistillas). En el lago hay un montón de gente con pequeñas embarcaciones de vela, gozándola, y acampando a las orillas.

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Estuvimos un par de horas para recorrer el paseo, con pequeñas paradas allí donde veíamos alemanes navegando, o bañándose. Hacía un tiempo perfecto y la brisilla del lago lo hacía todo más agradable aún. Para volver habíamos pensado ir andando, pero nos dio el perezón y volvimos en tren. Aquí también tenían una de esas tarjetas de transporte gratuito si te alojas en alguna pensión, por lo que el tren de gratis.

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Para cuando llegamos a Grafenhausen era ya media tarde, y nos duchamos y preparamos para ir a la cervecera Rothaus, una de las más famosas de la selva negra. Resulta que justo al lado de Grafenhausen hay una fábrica de cerveza enorme que por supuesto tiene un biergarten tremendo. Allá fuimos a cenar, a volver al knuckel, y a probar cervezas locales. Llegamos tarde para ver la fábrica, que también es museo, aunque pudimos ver la maquinaria por unas cristaleras gigantes. La cena fue un auténtico homenaje, con knuckel, pollo, ensaladas, y las variadas y peculiares birras de Rothaus. Pero durante la cena empezó a llover y tronar como si no lo hubiera hecho nunca. Habíamos tenido muy buena suerte hasta el momento con el tiempo, pero esta super tormenta avanzaba lo que íbamos a encontrarnos en los próximos días. Tuvimos que salir al coche corriendo para no calarnos, y al llegar a la pensión Kramer nos tuvimos que secar.

Nos fuimos a la cama. Mañana íbamos al Paraíso!

15 Dic

Alemania y Austria, capítulo 10: ¿Sueñan los knuckels con aliens invisibles?

 

El día 10 empezó divertido. Yo no me enteré de nada, pero al parecer, los 30 alemanes que había en la habitación de al lado del hostel, y que habíamos visto llegar el día antes con cienes de cajas de cerveza, la habían montado parda de madrugada al llegar, despertando a todo el hostel, menos a Iñigenstein y a mí con mis tapones mágicos. El caso es que fue una levantada difícil para algunos, así que Xabimann decidió cobrarse venganza, que como todo el mundo es dulce y se sirve fría, por lo que es un helado.

Venganza (dramatización)

Venganza (dramatización)

Así, mientras nos vestíamos y preparábamos las mochilas, Xabimann puso una canción (un poco chunga) a todo el volumen que el móvil le permitió, y la puso en el vano de la puerta. Los alemanes no tardaron en despertarse y venir a quejarse. Hay que recordar que los alemanes eran gigantes, y ahora estaban cabreados. Bueno pues el crack de Xabimann les plantó cara y les dijo que la canción iba a estar ahí hasta que acabara, y que ellos habían hecho mucho ruido por la noche y que a joderse tocaba.

Los demás estábamos un poco a cuadros con la actitud de Xabimann, pero funcionó. Los alemanes se picaron y no hicieron nada más. Después de nuestro pique con los maleducados locales (a base de más mala educación), salimos hacia Bregenz, donde pasaríamos el día.

Bregenz está junto al lago Constanza, ese lago que comparten alemanes, austriacos y suizos, y que es una especie de zona de veraneo para ricos. Así era Bregenz también, que es famoso por su ópera al aire libre (donde ocurrían algunas cosas de la nefasta peli de James Bond Quantum of Solace). Otra cosa menos destacada que tiene, es una especie de mini-Cabárceno con animales sueltos en grandes recintos, de acceso gratuito y que está en una colina cercana. Como no hacía un día espléndido, decidimos subir en teleférico y ya veríamos si bajábamos andando.

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Había una buena vista del Lago Constanza, pero los animales resultaron ser fundamentalmente fauna local, así que pudimos ver cerdos, ciervos, y poquito más.

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También tenían un espectáculo con águilas, que no pudimos ver porque no cuadró, pero tenía pinta de ser lo mejor del parque.

Este parque está muy orientado para niños, y la vuelta completa al recinto se hace en poco más de una hora, así que cuando terminamos emprendimos el descenso, que estuvo bastante animado por las conversaciones sobre los aliens invisibles e indetectables, que sin lugar a dudas están presentes entre nosotros, pero no tenemos la tecnología para verlos. Tardamos más de una hora en bajar, por una pendiente bastante empinada. Habíamos hecho bien en coger el teleférico, y de hecho esta decisión marcaría el principio del resto del viaje, que no volveríamos a hacer nada más de ejercicio físico.

Al final, nos sentamos en el agradable paseo “marítimo” de Bregenz a comer, observando la fauna local (de otro tipo que la del parque), el teatro sobre el agua, y acabar ultra enganchados al 2048, que Bayern le había introducido a Xabimann, que al final todos acabaron jugando.

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El escenario actual de la ópera sobre el agua.

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Tiempo después, cuando todas las partidas hubieron acabado, tuvimos que rematar el día con una partidita de Minigolf. Yo ya había estado en este campo en 2007 y pensaba que me acordaba, pero al final no fue tan fácil, y nuevamente Xabimann se volvió a imponer, no exento de polémica por las Iñigo’s rules!

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La partida estuvo más ajustada que nunca.

Para acabar el día salimos hacia Lindau, un pequeño pueblo que volvía a ser Austria, en la orilla de enfrente de Bregenz. Lindau era un minipueblo y nos alojamos en un minihostal que estaba muy bien acondicionado y en el que teníamos que compartir habitación con un señor de unos 50 años.

Cuando nos hubimos duchado y refrescado, salimos hacia el centro de la ciudad a ver su conocido casco antiguo, y a cenar en un restaurante que nos recomendó la chica del hostel. Hoy tocaba capricho, ya que era la última noche de Xabimann, que se volvía, dejándonos solos y abandonados (y con más sitio en el coche).

Lindau es un pueblo muy elegante con un casco antiguo encantador, pero a la hora que era estaba todo cerrado salvo los restaurantes, así que tampoco pudimos aprovechar al máximo. Tras callejear brevemente, nos dirigimos al elegante y caro restaurante a orillas del lago que nos recomendaron. REsultó ser una opción muy de postureo, pero con escasa comida  (Unaien después se tuvo que comer un bocata).

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Cuando salimos fuimos a buscar algún antro en el que tomar algo, y acabamos en un irlandés que era muy irlandés, donde pudimos tomarnos unas Guiness, escapando de las tradicionales birras bávaras.

Allí Unaien se hincó un bocata como su antebrazo y seguimos nuestras conversaciones metafísicas sobre aliens invisibles y otros.

Al final, no muy tarde ya que Xabimann cogía el tren pronto, nos fuimos al hostel de nuevo y empezamos la que sería una divertida noche con nuestro compañero de habitación.

25 Ago

Alemania y Austria, capítulo 2: Sin knuckels no hay paraíso

Tras una noche de ronquidos cavernosos del infierno, despertamos sin mucha determinación. El desayuno de Wombats era más que correcto, un buffet en el que Karl se inició en el alpiste. Hoy empezaba el viaje de verdad, cogíamos nuestra Touran de alquiler y empezábamos a recorrer el interior de Austria y Baviera.

Al llegar a la oficina de alquiler descubrimos que no nos iban a poner una Touran, si no una Zafira… Parecía poca diferencia pero en los días sucesivos descubriríamos qué mierda de coche nos habían dado. Iniciamos en nuestro cutre-wagon el recorrido por las tierras bávaras y austriacas, con destino Salzburgo. Lo primero que descubrimos es que las carreteras de esta zona se quedan un poco pequeñas para las necesidades que hay. O todo el mundo se puso de acuerdo para largarse a la vez. Parecía Castro Urdiales en jueves-pre-finde-de-tres-días-que-va-a-hacer-bueno. Lo segundo que descubrimos es que el larguísimo CD que había traído Xabimann para amenizar los viajes básicamente se componía de temas folklóricos, patrióticos, Oskorri, y pinceladas de bizarradas francesas. No tardamos en empezar a skippear las canciones.

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Salzburgo está cerca de Munich, pero tardamos más de dos horas en llegar con ese intenso tráfico. Aparcamos en un parking cercano al youth hostel que habíamos cogido y salimos decididamente a ver el centro de la ciudad. Salzburgo me sorprendió por lo pequeña que es, una vez te salías del centro había unas cuantas zonas de viviendas pero no demasiado extensas. Parece que en Austria no se estilan las ciudades grandes. Estar rodeados de super montes y nieve una buena parte del año seguro que no ayuda demasiado. Aun así, Salzburgo tiene un pasado de poder e influencia. Su control de la sal de diversas minas cercanas (de ahí su nombre), parece que tuvo que ver en que fuera una ciudad independiente gobernada por un super arzobispo de la super iglesia romana.

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En cualquier caso, estábamos hambrientos. El condenado viaje se había alargado demasiado, y entre dejar las cosas en el hostel, aparcar, y conocer al pobre coreano al que le había tocado compartir habitación con nosotros, nos dio la hora de comer. Conocer ciudades con estómago vacío está muy mal, así que nos fuimos al primer italiano que pillamos y prescindimos un día más del bocata.

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Salzburgo no es muy grande, pero es bonito. Estuvimos callejeando un rato por sus callejuelas con tiendas de mucha pasta, adornos de navidad, y muchas referencias a Red Bull. Resulta que SAlzburgo es la ciudad de Red Bull, y había unas cuantas tiendas con referencias a los coches y a Felix Baumgartner (el que saltó desde muy arriba), que también es de Salzburgo. Parece que no hubiera más Salzburguinos ilustres… oh, wait!

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En fin, pronto llegamos a la espléndida catedral. Como Salzburgo fue un arzobispado de gran relevancia para la iglesia católica, tiene un montón de iglesias tremendas, una catedral impresionante, y un super edificio que si no entendí mal, era donde vivían los altos cargos eclesiásticos y donde se celebraban concilios y reuniones similares.

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El techamen de la catedral se salía

El techamen de la catedral se salía

Después de enredar un poco por lo viejo, subimos al castillo, el edificio más destacado de Salzburgo. Si algo hemos hecho en este viaje ha sido subir. Fuera donde fuera el destino, siempre había que subir una cuesta empinada. Había también un funicular, pero no era lo mismo. Así que salvamos la cuestita, y entramos al castillo.

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Este castillo-fortaleza tiene una pila de años (es del año 1077) y como no podía ser de otra manera, la iglesia estaba implicada en que alguien decidiera construirlo. En la primera parte de la visita se veía cómo habían ido entochando el castillo con los años, como si fuera uno de estos videojuegos de “hazte tu granjita”. Pues igual pero con “hazte tu überfortaleza en la montaña”.

También había zonas con buenas vistas

También había zonas con buenas vistas

Luego iban enseñando salas, papas, arzobispos y gente con poder y mucha sal. La visita te lleva también a una “cámara de la tortura”. Como bien decía Karl, ¿quién demonios no va a entrar en un sitio así? Una vez dentro, descubrías que era humazo, la cámara de la tortura era una sala en la que guardaban algunos instrumentos de tortura (4 instrumentos), y en la que nunca se había torturado a nadie, ya que en la fortaleza no se aplicaba la justicia material. ERa un poco decepcionante, pero luego pudimos subir a lo más alto del castillo para poder ver las tremendas vistas de Salzburgo y los valles colindantes.

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Una cámara de no tortura

Una cámara de no tortura

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Después de unos garbeos adicionales por otras áreas del castillo en las que se podían ver armas medievales, trajes de guerra, y otras cositas interesantes.

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Había un paisaje majo

Había un paisaje majo

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Al final, volvimos a bajar al centro, donde habría estado muy muy muy bien poder ver el concierto del Requiem de Mozart que daban en la super catedral con sus über-órganos, pero costaba 28 pavazos entrar. Yo los habría pagado, pero me parece que era el único.

Xabimann era el único al que le daba igual posar con tumbas

Xabimann era el único al que le daba igual posar con tumbas

Así que seguimos la vueltita por el centro, que nos llevó hasta la universidad, donde había unos pepinos gigantes:

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Cucumis sativa es un primo cercano de Calabacín, así que tuvimos que hacernos una fotillo con la primada.

Por último fuimos a ver la casa de Mozart (desde fuera, no era barato visitarla por dentro), y el palacio Mirabell, uno de esos palacios hechos por los poderosos para sus amantes, con unos jardines tremendos. Allí nos sentamos un rato, recordando la sentada en el parque de las estatuas de Oslo.

DEsde Mirabell se veía chachi el castillo

DEsde Mirabell se veía chachi el castillo

Después, volvimos al hostel a dejar las cosas, ducharnos y prepararnos para nuestra segunda noche de knuckel. El Duke Knuckel Iñigenstein estaba ya relamiéndose. Esta noche tocaba la cervecera Augustiner Braustubl, mítica por hacer su propia cerveza, y tener unos salones y jardines inmensos. El problema de esta cervecera es que no tiene cocina como tal, si no una serie de comercios pequeños dentro de la cervecera (es gigante), en los que puedes comprar diversas viandas de muchos tipos. La parte interior de la cervecera son unos cuantos salones enormes con pasillos centrales donde están los puestitos de comida que acaban en las grandes barricas de cerveza. Estos salones estaban un poco desangelados y casi sin gente y llegamos a pensar que no era la cervecera adecuada. Pero abajo hay un super biergarten, un jardin con árboles y mesitas donde estaba todo el jolgorio.

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Allí nos lanzamos, pedimos 5 de sus mejores cervezas, y fuimos a por comida. Iñigenstein y yo queríamos algo menos intenso que el knuckel, y pedimos lo que pensábamos que era jamón asado. Cuando la chica empezó a prepararlo descubrimos que eso de la foto era knuckel deshuesado. Así que otra noche de knuckel para el Duke. Los demás fueron unos blandengues que se conformaron con costillas.

La cena estuvo muy buena y la cerveza mejor. Al salir nos dirigimos a uno de los bares del centro que nos habían recomendado. Encontramos uno muy interesante que pretendía ser una especie de minibar belga, con una pequeña selección de cervezas de importación. Tenía el elefante rosa de Delirium Tremens en la puerta y nos tomamos unas cervezas artesanas muy buenas. Nos sorprendió que la gente estuviera fumando a saco, pero por lo visto en Austria se puede fumar en los bares. Asco.

Después de aquello nos volvimos apestando a nuestro hostel, donde el pobre koreano esperaba en el vano de la ventana con la mirada perdida. Parecía una peli de Wong Kar Wai, pero no sabía lo que le esperaba. Accedió a irse a la cama en cuanto nosotros estuvimos listos.

El resto de la noche, probablemente la pasó despierto. El knuckel me dio una digestión pesada, pero al Duke no: pudo dormir como un tronco. Y los demás lo pudimos notar.

20 Ago

Alemania y Austria, capítulo 1: En el principio, todo era Knuckel

El madrugón fue notorio. Teníamos sueño, pero por delante sólo nos esperaba un vuelo de dos horas. Sin escalas. Sin jet lag. A las 10 de la mañana estaríamos ya en Munich, nuestro centro de operaciones del octavo viaje de verano.

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Así que sin esperar demasiado, fuimos al céntrico Wombat City hostel donde no pudimos acceder a nuestra habitación. Al menos no teníamos mochilas, así que empezamos a recorrer el centro de Munich sin más demora.

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Todos habíamos estado ya en la ciudad, pero siempre hay cosas nuevas que hacer, y si no, siempre te queda el codillen y las salchichen. De hecho, Karl tenía algún tipo de historia turbia con esta ciudad. Por no hablar de Xabimann, que tenía al menos dos historias turbias. Que se sepa. Había que andar con pies de plomo, amigo (y mantenerse alejado de las jarras y la policía).

Lo primero que hicimos fue visitar el ayuntamiento, mítico edificio de Munich, en el que pudimos subir a la torre para ver si las vistas merecían la pena. Tampoco es para tanto, Munich es una ciudad agradable pero no tiene un super skyline.

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Al bajar, empezaba a apretar el hambre, sobre todo a Unaien, que parece que tiene una especie de tubería trituradora en vez de un estómago. Nos acercamos a la plaza del mercado Rindermarkt, donde había todo tipo de delicias teutonas: quesito, salchichas, codillo, fruta, miel, té… Como de momento Bayern estaba aplicando el modo austero (aunque no le dejaron hacerlo mucho tiempo…), nos decantamos por comer un bocata de salchicha. De pie. Y nuestra primera cerveza. Todo perfecto.

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Tras unas frutitas de postre, seguimos visitando el centro de Munich, sus iglesias convertidas en jungla, sus museos de juguetes y sus macrocerveceras.

Esta iglesia estaba reconvertida en algo mucho más práctico y bonito

Esta iglesia estaba reconvertida en algo mucho más práctico y bonito

Cuando por fin Unaien y Xabimann consiguieron el ansiado helado que querían de postre (en contra de la política de austeridad de Bayern), cogimos el metro para dirigirnos al norte, y ver la villa olímpica y el museo BMW. El transporte público de Munich es impensable en otros sitios: no hay canceladoras, y uno valida el ticket por principio. Nosotros cogimos un ticket para venir del aeropuerto, y compramos otro para ir a la villa olímpica, pero perfectamente podríamos haber ido gratis: nadie controla si has comprado y validado el billete.

Macroconcesionario BMW

Macroconcesionario BMW

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El museo BMW es un imponente edificio de diseño que… Ah no! esto no es el museo, es una especie de concesionario gigante!

En el museo se puede ver el i8. Hay un tipo con una balleta que pasa de vez en cuento a limpiar babas

En el museo se puede ver el i8. Hay un tipo con una balleta que pasa de vez en cuento a limpiar babas

También hay un tipo con pinta de moro que explica a la gente lo que es el par motor

También hay un tipo con pinta de moro que explica a la gente lo que es el par motor

El museo es bastante más discreto, aunque no está mal. Hay coches y motos míticas de la marca, y en la expo temporal tienen unos cuantos Rolls Royce, y está organizado de una forma elegante. Tampoco hay que fliparse demasiado, sólo son coches. Es una buena visita si ya has visto los otros muchos atractivos de Munich mucho más interesantes, como el museo de ciencia (que mola un huevo).

Después del museo nos pegamos con una máquina de refrescos que finalmente nos acabó robando varios euros, y nos fuimos a tomar nuestras cocacolas a una campa en el recinto olímpico.

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Tienen muy bien montado este espacio, uno de los mejores aprovechamientos de instalaciones olímpicas que recuerdo haber visto, y eso que han pasado una pila de años. En este gran parque hay diversas atracciones, lagos, e incluso una montañita para tener buenas vistas.

Karl aprovechó para hacerse la mítica foto embarcadero

Karl aprovechó para hacerse la mítica foto embarcadero

También hay una torre-pincho  a la que no subimos, pero que recuerdo de visita anterior que tenía un museo del rock bastante interesante (además de las mejores vistas de Munich). Nos apañamos con la montañita.

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Poco a poco fuimos volviendo hacia el hostel, esta vez andando, callejeando, con polémica sobre el Coleta, que es un populista, y blablablabla, que no, que es un semidiós, blablabla. POLÉMICA!! Xabimann había venido a este viaje especialmente militante (a qué se deberá?) y los primeros días hubo varias polémicas izquierdoso vs neocon, pero al final las conversaciones del viaje volvieron a su cauce habitual: el pez ese de los ríos tropicales.

El hostel estaba muy bien, buenas camas, una terraza terrible, y buena localización. Además tenía un bar. Así que descansamos un poco, nos duchamos, y salimos a por nuestro primer codillo. Hoy tocaba HofBräuHaus am Platzl, la cervecera super mítica y super grande que está en el centro (y en la que se constituyó el incipiente partido nazi, aunque de eso no comentaban mucho).

Esta cervecera es gigante, tiene varios pisos, infinitas mesas, y músicos tocando temazos bávaros alternados con el típico Ein Prosit. Aquí nos lanzamos al que sería el primero de una larga lista de codillos (knuckels) con los que Iñigenstein se convertiría en el legendario Duke Knuckel. Las cervezas de litro, y las salchichen de sabores tampoco faltaron.

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Codillers

Codillers; se acabó la conversación

Después de la copiosa cena arrancamos hacia el hostel, donde nos esperaba una cerveza gratis en el bar, y una noche de sueños pesados regurgitando la grasa del knuckel, y de los estruendosos ronquidos de Iñigenstein, que también se convertirían en leyenda.

 

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