19 Abr

Improvising Switzerland 2015 – capítulo 8: Subiendo a los Alpes. O algo

Amanecía de nuevo en Adelboden, entre cantos de pajarillos en los abetos, rayos de sol colándose por las contraventanas de madera y el silbante sonido de los telesillas. No sabíamos de dónde venía, pero en el viento se oía “La Mañana” de Grieg… ejem, no. La improvisación nos había llevado a no tener plan para hoy. Había que pensar algo. Pero 10 minutos más sumergidos en aquellos edredones nórdicos no nos iban a hacer daño. Después de desperezarnos y repetir el mítico desayuno a base de zumo, café y yogur con cereales, decidimos que había que hacer un montecillo. Al fin y al cabo el plan original era ir al monte, y estábamos en medio de los alpes. Mi gemelo seguía como una piedra, pero ya no dolía tanto, así que estuvimos de acuerdo en subir un pequeño monte. Elsighorn era un pico no demasiado alto (2341m), pero con buena prominencia sobre sus circundantes, que nos daría unas vistas estupendas de este valle y el del otro lado. Elsighorn está en el extremo de una cadena por lo que los dos valles forman una V entorno a él, y es un pico muy visible desde casi todos los sitios en los que habíamos estado, incluyendo nuestro refugio de madera. Así que parecía un buen reto.

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El ascenso a Elsigenalp, en la base del Elsighorn, lo hicimos en teleférico, como viene siendo habitual, y teniendo en cuenta que no podía forzar… así que el desnivel total que íbamos a hacer sería de unos 600 metros, vamos, como ir al Pagasarri. Era un trayecto más largo y más duro, sin embargo. La última parte era notablemente más empinada, casi trepando, y el gemelo empezó a resentirse.

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Con todo, para el mediodía estábamos en la cima del Elsighorn, aunque no pudimos disfrutar de las vistas ya que la niebla se nos echó inmisericorde.

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Al bajar, el mítico “va, por aquí también se tiene que llegar” nos llevó a meternos en un campo rodeado de verjas electrificadas, que tuvimos que atravesar malamente. Al final llegamos al Berghaus, un hotel de esquí que estaba en verano en temporada baja, pero seguían dando comidas. El hambre apretaba, y algún día teníamos que darnos el capricho, así que tras pelearnos con la camarera, que sólo hablaba alemán, pedimos unos filetes de montaña con patatas cocidas, especias y salsita, que nos supieron a gloria.

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De vuelta en Adelboden decidimos continuar con nuestra racha andadora, y arrancamos un paseo que bajaba hasta la garganta Cholereschlucht.

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La garganta era una más de la larga lista de gargantas que llevábamos viendo por el centro de Europa (especialmente cerca de los Alpes) desde que visitamos Eslovenia. La visita empezaba bajando unos cuantos metros por unas escaleras para luego volver a subir poco a poco por pasarelas de metal y madera siempre muy pegadas al caudal y a la roca.

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El paseo concluía en medio de la carretera entre Frutigen y Adelboden, así que tuvimos una buena caminata hasta volver a Adelboden, y otra para llegar hasta el coche, en la que pudimos conocer la parte más rural del pueblo, lejos de los complejos de esquí, y cerca de los tractores y vacas.

Al final llegamos a nuestra taberna proveedora de wifi a eso de las 8, y no nos quedó mucho para ir a casa a hacernos nuestras pizzas de despedida de la casa.

Al día siguiente ya nos íbamos hacia el sur, y nos despedíamos de nuestro refugio en los Alpes Berneses.

31 Oct

Austria y Alemania, capítulo 8: Knuckels, mentiras y poses de Facebook

La amanecida en Innsbruck reveló caras de sueño tras otra noche de intensos ronquidos del duque. Hoy teníamos un día durísimo por delante. Era extremo. Íbamos a subir a 3200 metros. Con nuestra escasa preparación. Iba a ser un ascenso muy muy difícil, con crampones. Ni más ni menos que a la cima más alta del Tirol.

Por suerte para nosotros, esto sólo era cierto en parte. Es cierto que íbamos a subir a lo más alto del Tirol, pero no lo íbamos a hacer andando. El acceso al glaciar Stubaital, que es el que da nombre a la montaña más alta del Tirol está muy cerca de Innsbruck, pero nos costó encontrarlo. El valle que llega hasta allí está plagado de pequeños pueblos con teleféricos y cimas altísimas, así que cuando llegamos a Neustift im Stubaital, pensábamos que ya habíamos llegado. Este pueblito era muy bonito, tenía muchas casitas típicas tirolesas, comercios y un centro de información de cimas, que eran estaciones de esquí. Allí nos bajamos y descubrimos que esos teleféricos que veíamos que subían hasta por encima de las nubes no eran nuestro Top of Tyrol. Parecía que la carretera se acababa aquí, pero sin embargo había que seguir 20 kilómetros más hacia el sur, entre las imponentes montañas tirolesas.

Aclarado el malentendido seguimos por la carretera, que era significativamente peor y no aparecía en los mapas que teníamos, para llegar al final al super centro deportivo de Stubaital. Aquí no había pueblo, sólo un gran centro de visitantes muy moderno, al pie de la montaña y un parking vacío. Parecía que no había muchos animaos a subir.

Para llegar a lo más alto de Stubaital hay que salvar 2000 metros, que se hacen rápidamente en tres teleféricos. Lo tienen muy bien montado, y puedes comprar tantos tramos como quieras, o sea puedes coger solo 4 tramos y hacerte 3 de subida en teleférico, uno de bajada, y el resto andando, o por ejemplo, teleférico, ando, teleférico, ando, teleférico, teleférico. Nosotros compramos 5: no íbamos a andar ni un metro para subir, pero al bajar haríamos el segundo tramo, que es el más largo, andando. Bajar no es muy de tipos duros, pero al menos nos daríamos un paseíto por esta increíble montaña.

Durísima subida a Stubaital

Durísima subida a Stubaital

Así que tiramos para arriba en los huevos que estaban completamente preparados para esquiar, y en unos 20 minutos estábamos arriba. Nos costó bastante subir las 40 escaleras que hay hasta la plataforma de observación, la altitud se notaba. No agobiaba, pero se notaba. Cinco escaleras y ya estabas fatigado.

Esto es lo que buscábamos

Esto es lo que buscábamos

Las vistas desde Top of Tyrol, al principio estaban tapadas por unas nubes negras, e incluso nos nevó! Nieve en verano, as usual. ¿Quién dijo vacaciones de sol y playa? Pero en poco tiempo las nubes se largaron y dejaron un panorama espectacular y soleado en el que pudimos aprovechar el prismático con realidad aumentada en el que te salían todas las cimas y sus altitudes.

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Pero lo más importante en Top of Tyrol era hacerse las fotos para poner en facebook, por supuesto sin ningún tipo de aclaración de que allá arriba habíamos subido en ascensor.

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A bajar hicimos un tramo muy interesante a pie, donde tuvimos que cruzar un estrecho paso glaciar, y sortear rocas y ríos. Fue una bajada muy divertida. Al final terminamos comiendo unos bocatas en el solitario parking.

La cascada junto al parking no daba mucho de sí

La cascada junto al parking no daba mucho de sí

POr la tarde arrancamos hacia Füssen, donde pasaríamos las dos siguientes noches. Con esto volvíamos a Alemania definitivamente. Füssen es un bonito pueblo bávaro cuyo principal atractivo es el castillo de Neuschwanstein (pero eso es otro capítulo), y que tiene unas calles encantadoras totalmente pintorescas. A parte de esto, no hay mucho que hacer allí salvo quizá ir a pasear al lago. Nos desplegamos por nuestra habitación de chicas del hostel (parece que cuando hice la reserva seleccioné “habitación de chicas”, aunque yo no recuerdo nada). La habitación estaba decorada con motivos florales rosas. A parte de esto, era una muy buena habitación con buenas camas. Después de ducharnos y ponernos frescos, y un buen rato de internet, salimos a dar una vuelta, pero como no había mucho que hacer, buscamos algún sitio para tomar unas birren localen.

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Para cenar encontramos el sitio perfecto, el paraíso de los devoradores de knuckels: una taberna medieval! En este gran biergarten había mazas y estrellas de la mañana colgadas en las paredes, los camareros vestían como pajes y caballeros, y las camareras como taberneras, la comida se servía en platos y vasos de barro y todo molaba mil. Nada mas sentarnos nos pusieron unos baberos gigantes, que eran obligatorios, pues aquí se comía con las manos!

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No faltó el knuckel y los ríos de cerveza. Probablemente uno de los mejores knuckels del viaje, según los expertos entrevistados.

Al final nos sirvieron chupitos de algún tipo de licor, pero no venían en un vaso pequeño, si no en un barril que uno de los camareros iba abriendo en la boca de cada comensal

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La cena fue espectacular, pero no tocaba quedarse por la noche… Füssen estaba desierto y al día siguiente había que madrugar bastante para ir al castillo. Sin embargo, volviendo al hotel nos encontramos un “bar” abierto, donde entramos a tomar unas cervezas. Encontramos que el “bar” no era tal, si no que era una lonja de un colectivo ecologista-comeflórico, y todas las cervezas que tenían eran “ecológicas” (o sea sabían a rayos). En cualquier caso nos las tomamos como buenamente pudimos. Estando allí de pie, se nos acercaron una serie de individuos a cual más peculiar. Uno de ellos se presentó pero luego se quedó junto a nosotros sin decir ni una palabra más, escuchando lo que decíamos nosotros (en castellano, probablemente no entendía nada). A la vez vino uno que tenía un aspecto de pirao, pero que era el más normal de todos, y se dedicó a hablar de fútbol con nosotros. También nos contó que su alquiler de casa era carísimo, porque Füssen era una ciudad muy cara, y que le agobiaba mucho. Pagaba 400 euros… Cuando le contamos los precios de Bilbao casi le da un mal.

DEspués de la desconcertante experiencia en la choza comeflores, nos fuimos a dormir, para poder estar frescos en Neuschwannstein, uno de los highlights del viaje.

17 Oct

12 meses, 12 montes: Aitzorrotz

Parecía que nos íbamos a quedar en el primer monte, pero al final reunimos valor para afrontar el segundo de la lista. Como era complicado encontrar uno que nos cuadrara bien a todos, elegimos Aitzorrotz, un pequeño montículo de poco más de 730 metros en el macizo de Zaraia.

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La subida se puede empezar en Eskoriatza, pero nosotros fuimos con el coche un poco más arriba, así que realmente tuvimos poca subida. El inicio es bastante empinado, pero después se hace un monte facilito y sin mucho rigor.

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Parecía que la lluvia nos iba a marcar el día, pero al final salió el sol y nos dejó una niebla muy interesante

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Una vez arriba, a donde se llega en una hora, hay opciones de seguir el camino hasta Leintz Gatzaga.

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Hicimos un pequeño tramo de ese camino, pero nos dimos la vuelta para ver la ermita que hay en el peñón que es la cima del monte y echar alguna foto.

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La bajada fue rápida, en poco más de media hora habíamos vuelto.

30 Sep

Austria y Alemania, capítulo 6: Sequía de Knuckels

Amaneció gris en casa del euroescéptico. Desayunamos como generales en el super hotel Schlosswirt, y emprendimos el viaje pronto. Hoy teníamos dos posibles destinos, recomendados por el dueño del hotel. Por un lado podíamos subir a Mohar, un pico de unos 2700 metros, que iba a ser bastante duro, pero por otra parte gratificante, o ir a la garganta de Raggaslucht, recomendada en todas las guías de la zona, y también recomendada por el tipejo del hotel, aunque él nos dijo que era muy sencilla.

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Decidimos probar con Mohar, a menos que lloviera. DE momento parecía que íbamos a tener suerte, así que tras comprar pan en la única panadería de Grosskirchheim, iniciamos la subida a la base del monte. Mohar está a casi 2700 metros, pero el ascenso empezaba a casi 2000, así que en realidad era un ascenso considerablemente menor para nosotros, y mayor para el coche. La subida empezaba suave, alejándose del valle, entre las casas de los lugareños que preferían vivir en el monte. Poco a poco se fue complicando y desapareció del GPS, hasta que entramos en un camino de tierra. Todo apuntaba a que el condenado Zafira nos dejaría vendidos, pero llegó hasta el final.

En el final, tal como nos indicó llegamos a Glocknerblick, un pequeño pero bien equipado refugio donde aparcamos, y desde donde vimos el pico, imponente.

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El ascenso hasta Mohar fue exigente, eran sólo 700 metros pero se salvaban en muy poca horizontal, por lo que el desnivel era considerable. En un punto medio llegamos a Moharkreuz, un pico intermedio con una gran cruz, donde descansamos y nos hicimos algunas fotos de cracks. DEspués de la cruz, la subida transcurre por una cresta de hierba bastante espectacular.

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Al final, a eso de las 12 llegamos a la cima de Mohar. Tal como nos indicó el amigo euroescéptico, las vistas desde aquí eran terribles: se podía contemplar todo el macizo Glockner, así como Großglockner, el pico más alto de Austria, y la segunda montaña más alta de los Alpes, tras el Montblanc, con 3798 mts. Por el otro lado podían observarse otras cimas de la Marmolada o Ankogel.

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En Mohar estaba lloviendo de forma más intensa, y teníamos dos opciones, hacer el tour completo, de 4 horas, que consistía en bajar por otra ruta que nos llevaría por los valles, o bajar por donde habíamos venido, en mucho menos tiempo, para poder así ver también la garganta de Raggaschlucht. Nos decantamos por la segunda opción, menos épica, pero más práctica.

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Al llegar de nuevo a Glocknerblick, abajo hacía un tiempo estupendo, que aprovechamos para ver una pequeña iglesia que había en el borde del precipicio, y para comer uno de nuestros últimos bocatas premium, que supo más a gloria que nunca, tras el esfuerzo de la mañana.

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Salimos hacia Raggaslucht, que estaba un poco a desmano de nuestro destino de hoy. La entrada a esta garganta cuesta 6 euros y ofrece un paseo impresionante por encima y dentro de una estrechísima garganta que baja con fuerza hasta el río. Todo el paseíllo va por unas pasarelas de madera que no inspiran ninguna confianza, especialmente cuando se ven letreros que prohíben a los paseantes juntarse en el mismo tramo de pasarela. Así que fuimos haciendo el paseo, una constante subida, por las pasarelas de madera con un poco de desconfianza, pero gozándola con las vistas.

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Sin embargo, estas vistas se acaban rápido. Hicimos muy bien en venir después de Mohar, este plan no te ocupa un día entero, ni siquiera una mañana entera. Al final se volvía por otro camino entre bosque, que también era muy agradable.

Neukirchen am Grossvenediger era nuestro nuevo destino, un minipueblo en la cara norte de Hohe Tauern, que quedaba un poco a desmano.

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Hoy sin embargo cruzamos el super macizo Glockner por un túnel en vez de por la ruta panorámica, por la que se tardaba mucho más. El túnel también era de pago, pero era mucho más rápido. Dos horas después, sobre las 7 llegamos a Neukirchen, y descubrimos que estaba todo ultra cerrado. REstaurantes incluidos. Y no teníamos para cenar. Tuvimos que contactar con la señora de la casa que habíamos reservado, ya que era un apartamento y no vivía allí. La casa estaba muy bien, tenía una terraza terrible, y tres habitaciones, en las que podríamos dormir de lux benelux. Tambien tenía una cocina nueva muy chachi.PEro no teníamos nada que cocinar, así que salimos a todo meter a encontrar algo abierto, un restaurante o un super. Nada.

Finalmente encontramos un pequeño super que estaba abierto. Mientras nos acercábamos se me ocurrió comentar “te imaginas que cierran a las 7 y media y nos cierran en la cara?” “jajaja” risas nerviosas. Pues así fue. Según llegamos a la puerta sale una tipa y nos dice que quedan dos minutos para cerrar y que no podemos entrar. Karl le convenció de que íbamos a ser ultra rápidos y al final la mujer nos dejó entrar. Pero fue la compra más relámpago hecha nunca: a las 7 32 estábamos fuera con nuestro desayuno y con los macarrones con tomate que íbamos a cenar.

Las vistas desde nuestra terraza

Las vistas desde nuestra terraza

La cena fue un poco insípida (y abundante), pero la gozamos en nuestra super cocina, aunque echamos de menos el knuckel… dónde quedaron las grasientas cenas de los primeros días…. Los días empezaban a ser más flojos después de los duros días del principio. Así que estuvimos un buen rato haciendo el vago por el aparta. Al día siguiente no tocaba madrugón!

12 Sep

12 meses, 12 montes: Tologorri

El otro día empecé con Carlos (sí, cuando estamos aquí no tiene nombres raros), Leire e Irantzu el reto de hacer un monte al mes. Es una nimiedad de reto, pero con nuestra escasísima preparación y fondo, es todo un reto (que además vendrá premiado por chuletas o similares en los montes que sea procedente). Carlos me propuso el 12 meses 12 montes en plan original, y luego descubrí que hay otra veintena de blogs que han recogido iniciativas similares. Así que muy originales no hemos sido (incluso unos empezaron el reto por el Tologorri!)

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Pero aquí van las fotos del Tologorri, nuestro bautismo de fuego, en el que nos perdimos (mira que es complicao…), pero tuvimos un día espléndido.

El paseo al Tologorri empieza en Lendoño Goikoa, atravesando un hayedo muuu bonito, por el que nos perdimos. No es que sea un camino complicado, es todo el rato por pista, pero nos des-pistamos :D

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Cuando acaba el hayedo, que es la parte más dura de la subida, y que no será más de 45 minutos, se empieza a ir por una ladera muy chachi con unas vistas guays del monte y el valle, hasta que se llega a una pequeño paso que da lugar a la campa que hay en la cima, que es una pendiente muy suave hasta que se llega al pincho.

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Desde arriba del todo se pueden ver los dos valles alrededor de la sierra Salvada, y el propio cresterío de la sierra, hasta la virgen de Orduña.

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Después de unas mandarinillas, hacia abajo, y alubiada épica!

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26 Dic

Eslovenia, capítulo 9: el esloveno errante

Levantarse el día 9 no fue fácil. La noche había sido más larga de lo esperado y  hoy tocaba hacer unos cuantos kilómetros, ya que íbamos a Maribor, la segunda ciudad de Eslovenia, y una de las más norteñas. La idea era parar a visitar Kamnik, un pequeño pueblo cerca de Ljubljana conocido por su monasterio franciscano, su castillo en el monte y sus calles antiguas.

Salimos pronto hacia Kamnik, algunos envueltos en una nube de resaca, y tras perdernos un par de veces llegamos a la ciudad.  Estaba desierta. Era domingo, no había nadie, ni nada abierto. Karloš preguntó a una mujer local qué podíamos hacer allí, y nos contestó que ver los edificios.

CAlles de Kamnik

Fue un poco fraude el tema, así que deambulamos por las calles vacías de Kamnik durante un buen rato, hasta que en una oficina de turismo nos dijeron que podíamos subir a un monte cercano, en el que estaba el castillo. Era una subida fácil y corta, y por supuesto, era una subida mañanera… Ya nos estábamos haciendo a cada mañana meternos una pechada a subir a algún sitio.

Los tejados de Kamnik

Así que nos dirigimos al monte y empezamos el ascenso por unas laderas bastante empinadas y con un camino que se desdibujaba a ratos. Prácticamente íbamos por el medio del bosque y la pendiente era muy elevada. El cansancio de la noche anterior empezaba a notarse, parando cada poco tiempo, cuando de repente, nos adelantó un esloveno motivao. Iba a toda piña en esa cuesta, con su perrillo, y se paró a hablar con nosotros y contarnos algunas cosas sobre el monte y unos enanos de porcelana que había en el camino. No se puede decir que tuviéramos mucho aliento como pare responderle, y se dio cuenta de ello, así que siguió, a su ritmo extenuante hacia arriba.

Las vistas desde lo alto

Cuando por fin coronamos el monte, el “castillo” no eran más que cuatro piedras que habían sobrevivido, pero arriba nos encontramos con el agradable esloveno, que rápidamente se puso a hablar con nosotros. Tenía bastante rollo el hombre y lo que empezó siendo una declaración seminacionalista destacando las virtudes de Eslovenia y criticando a esos malditos austriacos que se llevan la madera, pasó por un “pero venga, hazle fotos a mi perra… No, hazle más, una sola no…”, y acabó con nosotros sentados en la terraza de un bar que había en la cima del monte, tomando unas coca colas, y con el esloveno hablando sobre mujeres, y lo pérfidas que eran.

La perra del esloveno (pero no la que le había abandonado)

Al principio parecía que era un flipao, pero después lo que dio la sensación es que las mujeres le habían hecho daño y estaba resentido. Fue bastante divertido (para los que no estábamos de resaca).

Cuando conseguimos quitarnos de encima al esloveno motivao que desperdiciaba su vida jugando a videojuegos y despreciaba a las mujeres, tiramos hacia abajo.

Después de comer malamente, seguimos nuestro camino hacia MAribor, a donde llegamos cuando era media tarde.

Maribor

Maribor es una ciudad bonita y agradable. Era la actual capital europea de la cultura, y había multitud de referencias a ello. Nuestro hotel (sí, hotel, sin “s”), estaba en el centro, y habíamos quedado con el dueño en un bar, ya que no tenía recepción. Resultó que después de todo ni siquiera era un hotel, era un piso con un par de habitaciones y baños. En el bar nos dijeron que el dueño no estaba, pero nos dijeron cómo acceder al hotel (lo que aún no sabíamos era cómo pagar, ya que el dueño no aparecía). El hotel resultó un auténtico lujo. Todo nuevo, puesto con mucho gusto, sin más invitados, y con unos baños exquisitos (con bañera de hidromasaje y todo). En aquella cama con nórdicos de plumas y colchones viscoelásticos, y después del monte de la mañana no vimos más remedio que echarnos la siesta.

Cuando apareció por fin dimos con el dueño intentamos pagarle con tarjeta pero no hubo manera. Tenía todo pinta de negocios turbios, pero qué demonios, era un hotel de lujo extremadamente barato, así que pagamos y nos fuimos a recorrer la capital europea de la cultura 2012.

Resultó que era una capital además de bonita, muy activa, peeeero, no en domingo, así que poco pudimos hacer aparte de pasear por la orilla del río viendo un espectacular atardecer. Allí nos encontramos con dos chicas, francesa y eslovena, con las que Karloš se puso a hablar de buenas a primeras, y que nos contaron que la ciudad era bastante animada otros días. Mal timing.

Podmaribornye Vechera!

De todas formas pudimos ver a unos tipos cubriendo toda una calle con pintadas de tiza y velas (algún tipo de hippy), y varias actividades culturales interesantes. Al final nos fuimos a cenar a un super restaurante en el que fabricaban su propia cerveza (hmmm), y conseguimos unas ensaladas épicas y alguna cosa más.

Después de unos tragos en el bar de abajo del hotel, que estaba muy muy bien, nos fuimos a disfrutar de las camas viscoelásticas.

 

 

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