20 Ago

Alemania y Austria, capítulo 1: En el principio, todo era Knuckel

El madrugón fue notorio. Teníamos sueño, pero por delante sólo nos esperaba un vuelo de dos horas. Sin escalas. Sin jet lag. A las 10 de la mañana estaríamos ya en Munich, nuestro centro de operaciones del octavo viaje de verano.

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Así que sin esperar demasiado, fuimos al céntrico Wombat City hostel donde no pudimos acceder a nuestra habitación. Al menos no teníamos mochilas, así que empezamos a recorrer el centro de Munich sin más demora.

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Todos habíamos estado ya en la ciudad, pero siempre hay cosas nuevas que hacer, y si no, siempre te queda el codillen y las salchichen. De hecho, Karl tenía algún tipo de historia turbia con esta ciudad. Por no hablar de Xabimann, que tenía al menos dos historias turbias. Que se sepa. Había que andar con pies de plomo, amigo (y mantenerse alejado de las jarras y la policía).

Lo primero que hicimos fue visitar el ayuntamiento, mítico edificio de Munich, en el que pudimos subir a la torre para ver si las vistas merecían la pena. Tampoco es para tanto, Munich es una ciudad agradable pero no tiene un super skyline.

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Al bajar, empezaba a apretar el hambre, sobre todo a Unaien, que parece que tiene una especie de tubería trituradora en vez de un estómago. Nos acercamos a la plaza del mercado Rindermarkt, donde había todo tipo de delicias teutonas: quesito, salchichas, codillo, fruta, miel, té… Como de momento Bayern estaba aplicando el modo austero (aunque no le dejaron hacerlo mucho tiempo…), nos decantamos por comer un bocata de salchicha. De pie. Y nuestra primera cerveza. Todo perfecto.

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Tras unas frutitas de postre, seguimos visitando el centro de Munich, sus iglesias convertidas en jungla, sus museos de juguetes y sus macrocerveceras.

Esta iglesia estaba reconvertida en algo mucho más práctico y bonito

Esta iglesia estaba reconvertida en algo mucho más práctico y bonito

Cuando por fin Unaien y Xabimann consiguieron el ansiado helado que querían de postre (en contra de la política de austeridad de Bayern), cogimos el metro para dirigirnos al norte, y ver la villa olímpica y el museo BMW. El transporte público de Munich es impensable en otros sitios: no hay canceladoras, y uno valida el ticket por principio. Nosotros cogimos un ticket para venir del aeropuerto, y compramos otro para ir a la villa olímpica, pero perfectamente podríamos haber ido gratis: nadie controla si has comprado y validado el billete.

Macroconcesionario BMW

Macroconcesionario BMW

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El museo BMW es un imponente edificio de diseño que… Ah no! esto no es el museo, es una especie de concesionario gigante!

En el museo se puede ver el i8. Hay un tipo con una balleta que pasa de vez en cuento a limpiar babas

En el museo se puede ver el i8. Hay un tipo con una balleta que pasa de vez en cuento a limpiar babas

También hay un tipo con pinta de moro que explica a la gente lo que es el par motor

También hay un tipo con pinta de moro que explica a la gente lo que es el par motor

El museo es bastante más discreto, aunque no está mal. Hay coches y motos míticas de la marca, y en la expo temporal tienen unos cuantos Rolls Royce, y está organizado de una forma elegante. Tampoco hay que fliparse demasiado, sólo son coches. Es una buena visita si ya has visto los otros muchos atractivos de Munich mucho más interesantes, como el museo de ciencia (que mola un huevo).

Después del museo nos pegamos con una máquina de refrescos que finalmente nos acabó robando varios euros, y nos fuimos a tomar nuestras cocacolas a una campa en el recinto olímpico.

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Tienen muy bien montado este espacio, uno de los mejores aprovechamientos de instalaciones olímpicas que recuerdo haber visto, y eso que han pasado una pila de años. En este gran parque hay diversas atracciones, lagos, e incluso una montañita para tener buenas vistas.

Karl aprovechó para hacerse la mítica foto embarcadero

Karl aprovechó para hacerse la mítica foto embarcadero

También hay una torre-pincho  a la que no subimos, pero que recuerdo de visita anterior que tenía un museo del rock bastante interesante (además de las mejores vistas de Munich). Nos apañamos con la montañita.

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Poco a poco fuimos volviendo hacia el hostel, esta vez andando, callejeando, con polémica sobre el Coleta, que es un populista, y blablablabla, que no, que es un semidiós, blablabla. POLÉMICA!! Xabimann había venido a este viaje especialmente militante (a qué se deberá?) y los primeros días hubo varias polémicas izquierdoso vs neocon, pero al final las conversaciones del viaje volvieron a su cauce habitual: el pez ese de los ríos tropicales.

El hostel estaba muy bien, buenas camas, una terraza terrible, y buena localización. Además tenía un bar. Así que descansamos un poco, nos duchamos, y salimos a por nuestro primer codillo. Hoy tocaba HofBräuHaus am Platzl, la cervecera super mítica y super grande que está en el centro (y en la que se constituyó el incipiente partido nazi, aunque de eso no comentaban mucho).

Esta cervecera es gigante, tiene varios pisos, infinitas mesas, y músicos tocando temazos bávaros alternados con el típico Ein Prosit. Aquí nos lanzamos al que sería el primero de una larga lista de codillos (knuckels) con los que Iñigenstein se convertiría en el legendario Duke Knuckel. Las cervezas de litro, y las salchichen de sabores tampoco faltaron.

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Codillers

Codillers; se acabó la conversación

Después de la copiosa cena arrancamos hacia el hostel, donde nos esperaba una cerveza gratis en el bar, y una noche de sueños pesados regurgitando la grasa del knuckel, y de los estruendosos ronquidos de Iñigenstein, que también se convertirían en leyenda.