14 Oct

Namibia, capítulo 3: Kalahari desde arriba

En nuestro segundo día en Waterberg teníamos una excursión contratada, ya que al ser una reserva privada sólo podías hacer excursiones con los tipos de la reserva, no con tu coche (que de cualquier manera no habría sido demasiado fiable, dadas las circunstancias). Por la mañana íbamos al plateau, la meseta. Como contaba anteriormente, Waterberg es una especie de oasis metido dentro de una herradura, que es una elevación con forma de V que rodea a la fuente de agua. La elevación es plana en su parte más alta y es conocida como el plateau, o meseta, y en ella guardan algunos de sus animales más preciados (para hacerlos más inaccesibles a los furtivos), como algún rinoceronte negro y algunos búfalos cafre.

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A primera hora salimos hacia el centro de reservas y nos recogió un guía junto con un grupo de alemanes tipo mayorquín y un par de parejas de viejos. Empezamos el muy vertical ascenso al plateau por las paredes de roca y poco más de 40 minutos después estábamos en lo más alto, con buenas vistas por un lado del interior de la herradura, y por otro, del desierto de Kalahari que se extendía kilómetros y kilómetros hasta llegar a Botswana._MG_5639 _MG_5642 _MG_5649

El desierto no está desierto, si no poblado por una capa de arbustos que en esta época del año (final de la temporada seca) estaban completamente grises. De ahí el nombre de los moradores de estas tierras, bosquimanos, o bushmen en inglés, literalmente hombres de los arbustos. Son ésos que salían en la peli de Los Dioses deben estar locos, y que hablan con chasquidos. Días después conoceríamos a uno de ellos y veríamos como efectivamente tenían ese extraño lenguaje. _MG_5653 _MG_5655

40 grados. El guía vistiendo pantalón largo, camisa de las gordas de manga larga, y chaleco de tela de polar. No sudaba

40 grados. El guía vistiendo pantalón largo, camisa de las gordas de manga larga, y chaleco de tela de polar. No sudaba

Arriba del plateau, más allá de las vistas del desierto, las fotos de todo el mundo, y las explicaciones del guía sobre los bosquimanos, los aceites que fabrican con las plantitas locales, y demás, pues no vimos ningún bicho llamativo. _MG_5664

Al final, y casi indistinguible entre los arbustos, nos encontramos con uno de los búfalos que vivían aquí. Era un bicharraco enorme (es uno de los big 5, junto con leopardo, elefante, rinoceronte y león). Molaba verlo de cerca, pero lo que no molaba tanto era ver al guía bastante angustiado, diciéndonos que estuviéramos en silencio y llamando por radio para decir que mientras el búfalo estuviera allí no podíamos bajar.

Al final el búfalo se movió un poco y lo fuimos bordeando con extremo cuidado (los alemanes escandalosos no tanto, se acercaban peligrosamente para echar fotos, algo que sí hizo sudar al guía). Pero al final conseguimos bajar del plateau para mudarnos a nuestro nuevo campamento (ya que alguien la habia liado con las reservas y teníamos que cambiar a otra zona de acampada para las otras noches).

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Allí comimos y fuimos a visitar por la tarde, andando, con toda la solana, al campamento principal del Waterberg, la Wilderness Lodge, que tenía las chozas de mayor nivel para la gente que venía con pasta. Estaba completamente vacío, así que estuvimos un buen rato en la cafetería usando el wifi, el único momento de toda la visita a Waterberg en el que realmente tuvimos acceso a internet. Bajo el sol abrasador volvimos a nuestro nuevo campsite, y estuvimos pasando el resto de las horas infernales del día en la charca de agua helada, bañándonos y leyendo un poco. Cuando refrescó un poco volvimos a subir al campsite de arriba, al que habíamos ido por la mañana para hacer la excursión, y allí nos tomamos unas cervezas y contratamos la excursión del día siguiente.

Nos anocheció bastante rápido así que nos volvimos a nuestro nuevo camping a cenar, esta noche sin criaturas del infierno, y a cambio con una hoguerita super chachi que hicimos, en la que no asamos nada de carne, pero nos daba calorcito y luz.

10 Oct

Namibia, capítulo 2: Memorias de Waterberg

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Llevábamos ya dos días en Namibia y estábamos empezando a pasar el mal trago del alquiler de coches. Nos levantamos recargados después de dormir en aquellas camas, que aunque estaban dentro de una tienda de campaña, no les faltaba lujo y comodidad. Teníamos la compra hecha, el depósito lleno y todo el kit de acampada en el maletero, así que salimos hacia nuestro primer destino: Waterberg.

Que vas al revés!!

Que vas al revés!!

Al principio fue un poco raro por lo de conducir por la izquierda, pero en Namibia las carreteras (cuando son carretera) son anchas, y con rectas largas, así que no tardamos mucho en estar adelantando largas filas de camiones con comodidad, sin jugárnosla mucho. El Corolla andaba bastante bien, pusimos nuestro cd de podcasts y empezamos a echar kilómetros. Todo parecía estar muy bien, incluso llegué a preguntarme por qué diablos la gente alquila todoterrenos para ir por Namibia, cuando las carreteras son tan buenas, y los todoterrenos tan caros. Aproximadamente en ese momento tuvimos que entrar en la D2512, el último tramo de unos 25 kilómetros hasta la reserva natural. Cuando llegamos y vi el terreno entré confiado, pero no tardé en darme cuenta de que o íbamos muy despacio o el Corolla iba a explotar. La “carretera” era un camino de polvo y gravilla lleno de socavones, piedras prominentes, y zonas extrañamente estriadas que no permitía que avanzáramos a más de 20km/h. Lo peor eran las zonas estriadas, como si alguien hubiera pasado un peine gigante por la carretra, transversalmente. Eran lo peor porque no se veían hasta que estabas encima. Y solía pasar que ibas super rápido (a 40 o 45, en plan sobrao), y llegabas a una de esas zonas y el coche entero parecía que iba a reventar, el capó saltaba, la columna de dirección temblaba como en un terremoto y tenía que poner el coche a la velocidad mínima posible para atravesar la zona. Incontables todoterrenos nos adelantaron mientras recorrimos este tramo de 25 kilómetros en hora y media. Y yo pensé que ojalá no tuviéramos que meternos en una carretera así ninguna vez más, porque el coche no lo iba a aguantar. Al fin y al cabo era una D. En Namibia, las mejores carreteras son las A. Las B están muy bien y las C son comarcales. Habíamos venido hasta esta D por una C que estaba muy bien, y cuando miré el mapa para ver otros recorridos que teníamos que hacer durante el viaje, sólo había Cs, como poco. Así que pensé que cuando nos fuéramos de Waterberg sería la última vez que iríamos por una carretera infernal. Pero de momento tocaba sufrir en la D2512. Al cruzar la valla del parque fue peor, la carretera dejaba de ser de grava y socavones para ser de fina arena roja. El coche perdía tracción cada dos por tres y en una pequeña cuesta casi nos quedamos sin poder subir porque no agarraba. Llegamos a venir en temporada de lluvias y nos habrían tenido que sacar de allí.

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Al final, entre sudores, llegamos a una casetilla que no era el centro de visitantes pero había una señora que nos miró en el mapa y nos dijo que nos teníamos que quedar allí, ya que era una de las zonas designadas de acampada y nos tocaba allí. Como habíamos cogido todo a última hora ibamos a dormir 3 noches en Waterberg, y cada noche en una zona de acampada diferente.  Waterberg es una especie de oasis en el enorme desierto de Kalahari. En la extensísima planicie, hay de pronto una formación montañosa con forma de herradura en cuyo centro hay un pequeño arroyo, de una fuente de agua natural. Todo el interior de la herradura es verde y florido y la parte exterior es desierto con arbustos (en donde viven, o más bien vivían, los bosquimanos). A pesar de ser un oasis, y tener vegetación muy densa, estábamos en la parte más exterior de la herradura donde el arroyo ya estaba seco, y en el final de la temporada seca (llevaba muchos meses sin llover nada), así que básicamente todos los árboles estaban secos y en general el paisaje era una mezcla de azul del cielo, rojo del suelo y gris de la vegetación. Eran las 3 de la tarde y el calor era implacable, pero aún así, dejamos montada la tienda en nuestra parcelilla con parrilla y mesa. La parcela estaba muy bien, y la tienda era extremadamente fácil de montar (por suerte, ya que en otro caso habríamos muerto deshidratados).

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Después salimos andando hacia el centro de visitantes, que estaba a un kilómetro y hacía algo de calor, pero andar era más seguro que el coche. Allí no había ni cristo y estuvimos un buen rato para conseguir pagar y formalizar nuestra estancia, y sobre todo para contratar las excursiones que íbamos a hacer los siguientes días. Waterberg en cualquier país de Europa sería un parque natural mantenido por el estado, pero en la África ex-colonial era una granja privada en la que algún tipo de europeo con pasado siniestro había comprado incontables acres de terreno y había montado una reserva privada con bichos de diferentes tipos, para vivir, y para alojar a otros europeos y sacar pasta. Modelo Memorias de África, pero con éxito en vez de fracaso y animales en vez de café. Al ser privada, la mantenían con bastante gusto, pero también hacían lo que les salía del moño con sus animales. Que en este caso era para bien, ya que tenían tres rinocerontes blancos, un tipo de rinoceronte escasísimo y en grave peligro de extinción, a los que protegían como el bien comercial que son, frente a la probable incapacidad del estado de protegerlos. Así que para los bichos era algo bueno que unos burgueses alemanes hubieran tomado el control. Para los bosquimanos y namibios en general, ya tal. Como el calor era abrumador y era ya por la tarde, no pudimos planificar ninguna excursión para el día de la llegada, así que decidimos planificarnos la tarde nosotros: piscina, cuando bajara el calor, excursión por un trekking que había cerca del camping, y cuando empezara a irse el sol, cerveza en el centro de visitantes 2.

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La piscina no era mucho más que una poza redonda de 4 metros de diámetro. Las había en TODOS los campings y si la hubiera visto desde aquí antes de ir a Namibia habría pensado que vaya castaña de piscina. Pero con 50 grados y ni una sombra, aquella piscina de agua HELADA era el auténtico paraíso, y agradecimos infinito que en cada camping hubiera una. Básicamente entre las 3 y las 5.30 de la tarde era mejor disponer de un lugar fresco o morir. Íbamos con librito y allí entre remojón y remojón se aliviaba el calor infame, y se podía leer algo.

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A eso de las 5.30 el sol empezaba a caer y nos fuimos a hacer un trekking por una ruta que salía de la herradura para entrar en el desierto. Allí vimos nuestros primeros termiteros, un montón de pájaros y un atardecer rojo y abrasador. Después, subimos al camping de arriba. La reserva tenía el centro de visitantes en medio de la herradura, pero había un camping al principio (el nuestro), otro camping en un montículo cercano, con bungalows y lodges de ultra lujo (unaffordable para nosotros), otro camping en el interior de un bosque y un cuarto alojamiento más caro aún que ya era un hotel, en el cogollo de la herradura, donde nacía el arroyo y donde se concentraba toda la vegetación aún verde. Este último hotel era lógicamente lo más caro posible y no lo vimos hasta el tercer día. Pues el elevado, que tenía unas vistas increíbles sobre el Kalahari, y desde el que se llegaba a ver Botswana, estaba completamente vacío y tenía un gran restaurante donde nos sacamos unas cervezas para tomarlas junto a una especie de roedores gigantes que llenaban los árboles cercanos. Nos duraron muy poco, después de todo el día en el secano absoluto, y para las 7 estábamos volviendo a la tienda ya que estaba a unos dos kilómetros y teníamos que llegar antes de que se hiciera completamente de noche.

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Nuestra primera cena en el camping fue un poco caótica, ya que aún no teníamos controlado dónde estaba cada cosa, y cómo usarlas eficientemente. Al menos teníamos una especie de encimera, y una mesa y unas sillas de hormigón, algo que aunque nos parecía muy básico, terminaríamos echando de menos, ya que a partir de Waterberg, cada camping que fuéramos sería un poco peor que el anterior. La cena estuvo amenizada por unos simpáticos solífugos, una especie de criatura del infierno que vi de refilón a la escasa luz del farolillo que teníamos. Cuando lo seguí con la linterna descubrí que en el muro había una grieta donde se ocultaban varias decenas más, una pequeña grey de las tinieblas, algo que me hizo comer con los pies subidos al banquito (como si no fueran capaces de trepar al banquito). La cosa es que eran  inofensivos (creo), pero daban bastante cosica, amén de estar muy cerca de la entrada a la tienda de campaña. Después de un rato se me olvidó y nos centramos en observar la vía Láctea, desde una perspectiva nueva (hemisferio sur), que lógicamente se veía bastante mejor en el desierto que en cualquier ciudad.

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Nos metimos a la tienda, cerrando todas las pequeñas aperturas que tuviera la lona y la cremallera, y esperamos a la noche del desierto, pertrechados de mantas por si acaso.

Al final no hicieron mucha falta.

06 Oct

Namibia, capítulo 1: empezando con buen pie

Namibia está en el mismo rango de longitudes que Europa, por eso cuando miramos al mapa parece que está bastante cerca, e intuitivamente, si nunca hemos viajado en el eje de los meridianos, en lugar del de los paralelos, más habitual, pensamos que en unas pocas horas, 6, u 8 estaremos allí. Pero no, entre los vicios de las proyecciones cartográficas a las que estamos acostumbrados, y no contar con jet-stream, el vuelo (desde Londres, no Bilbao, y hasta Johannesburgo, no Windhoek), es bastante largo, unas 13 horas, lo que es más que la duración  de Europa a Japón, o algo parecido a volar de París a Los Angeles, o de Madrid a Santiago de Chile. Si a eso sumamos todos los vuelos accesorios (BIO-LHR, JNB-WDH), y las esperas, pues te juntas con un dia entero de aeropuertos y llegas a Windhoek con una mezcla de cansancio y fascinación por haber estado dos horas y pico volando por encima de un gran erial desértico que es por donde te vas a mover los siguientes días.

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El plan era sencillo, llegar al aeropuerto, formalizar visados, montar con un driver que nos llevaría hasta la empresa de alquiler de coches, coger uno de esos super todo terrenos con tienda de campaña en el techo y después de una noche de refresco y descanso, salir inmediatamente hacia Botswana, donde veríamos el gran delta del Okavango, durante 5 días, para volver a Namibia y seguir con las super visitas de este país.

Por la carretera el tipo nos señaló unos monos que andaban urgando en la basura, y pensamos que si podíamos ver monos en la carretera del aeropuerto, qué animales no veríamos en este viaje! No íbamos muy desencaminados, pero algo iba a torcerse de forma espectacular.

El driver nos dejó en la misma puerta de Camping Car Hire, una de las docenas de empresas de alquiler de todo terrenos que hay en Namibia, y una de las más famosas, quizá junto con Asco Car Hire. La empresa está regentada por unos alemanes, o descendientes de alemanes o algo por el estilo (luego alguien nos dijo que hablaban afrikaans, así que igual eran sudafricanos… ), lo cual, haciendo la reserva me daba cierta confianza, ya que las reservas en este país se hacen muy a lo salvaje, enviando el número de tarjeta de crédito, el cvc  y demás por email. Pero al llegar nos encontramos con que precisamente esa tarjeta de la que sólo nos faltó mandarles una foto, no servía para hacer la reserva. El motivo: no tiene los números en relieve y no la pueden pasar por la máquina de hacer copias en carbón. Cualquiera que lea esto se dirá, qué chorrada, se me ocurren mil soluciones a esa tontería, usar otra tarjeta, pagar en metálico, hacerle una foto a la tarjea para que se la queden, incluso a malas dejarle la tarjeta para que se la queden a modo fianza. Pues bien, absolutamente NADA valía. Resulta que en Namibia la mayoría de coches van sin seguro, y a eso hay que añadir que muchos de los conductores de coches alquilados son europeos y americanos que van como locos por las carreteras de tierra y tienen problemas con los coches. Por estas dos circunstancias, los seguros son muy estrictos y requieren una copia en carbón de la tarjeta para hacerse cargo de las coberturas en caso necesario. La cosa es que ninguno de los dos tenía otra tarjeta con números en relieve, y los alemanes, otrora fiables, se habían convertido en despiadados y fríos. No no no no no, no se puede, no os vamos a dar el coche porque no podéis asegurarlo. Si dejáis la tarjeta no sirve de nada porque el seguro no nos la coge. Es más, si vais a otro alquiler de coches os va a pasar lo mismo. Ok, deja que lo comprobemos nosotros, devuélvenos la pasta y santas pascuas. TAMPOCO. Porque para ello tendríais que haber cancelado la reserva 2 semanas antes. Así que allí estábamos, pintadísimos, sin coche, y con 1600€ menos en el banco. En Windhoek, una de las ciudades más feas que he pisado nunca, sin plan. Y con medio país reservado para dormir. A todo esto, los alemanes se comportaron como auténticos bastardos, que no sólo no mostraron nada de empatía con nuestra situación, si no que nos trataron bastante mal, que fue lo que peor nos sentó. Porque en los miles de mails que había intercambiado con la señora Rechter, sí que especificaba que tenía que llevar una de esas tarjetas. Y decía que si no cancelábamos con tiempo no nos devolvían la pasta. Pero no decía que si no cumplíamos nos iban a tratar como escoria.

En fin, nos fuimos con las manos vacías y tuvieron el detalle de llevarnos al hostel, que teníamos pillado por una sola noche. Allí conocimos a nuestro salvador, un namibio (aunque tenía pinta de egipcio) que estuvo peleando por teléfono, en persona y durante horas con la familia alemana, llamando a bancos, a la embajada, a abogados… Dijo que no podía ser y que o nos daban la pasta o el coche. Y el tipo se lo curró.

Así que nuestra primera tarde en Windhoek se tradujo en pánico, depresión, aceptación y finalmente búsqueda de soluciones. Fuimos a la empresa una vez más,  de la mano del namibio, y después estuvimos mirando alternativas. Primero intentando conseguir una tarjeta namibia que nos sirviera. Imposible, había que trabajar allí. Luego otras empresas de coches, para alquilar un coche al día siguiente!!! Estaba muy complicado. Finalmente decidimos que lo único que podíamos hacer era intentar conseguir la pasta, e intentar alquilar un coche en una AVIS o Herz, que según los alemanes nos podrían los mismos problemas, pero que yo sabía que no funcionaban así.

Buscamos un alojamiento en Windhoek para el día siguiente, ya que no íbamos a poder irnos, pero tampoco quedarnos donde el namibio, que estaba fully booked, y esa noche nos fuimos sin cenar, descompuestos, a la cama, y no dormimos prácticamente nada.

Al día siguiente, o en la continuación de la pesadilla que estábamos experimentando, fuimos de nuevo a Camping Car Hire, con el namibio salvador tomando notas y con cara de pocos amigos (algo que pareció que no iba a servir de nada, pero el caso es que ellos se pusieron bastante nerviosos con esta situación). Al principio nos dijeron que no se podía hacer nada, pero después de que yo suplicara, el namibio amenazara en afrikaans con juicios, y otras situaciones a cual más extraña e  incómoda (incluyendo la presencia de un supuesto banquero), la alemana se sacó de la manga un acuerdo que ya tenía firmado ella según el cuál nos devolvían prácticamente todo el dinero y se quedaban con una parte por las molestias de dejarles con el coche parado. Al margen del alivio del momento, en el que casi lloro, la clave aquí para ver lo miserables que eran estos tipos, es que tenían el acuerdo escrito y firmado, o sea habían pensado devolvernos la pasta, pero decidieron estirar el tema por si no lo peleábamos, y nos tuvieron una hora de tiras y aflojas hasta que nos lo entregaron.

Nos largamos de los muy desagradables Camping Car Hire, y fuimos directamente a AVIS, donde nos alquilaron un Toyota Corolla, lo único que les quedaba, sin ponernos ningún tipo de pega por la tarjeta. El Corolla no era un 4×4, y además habíamos perdido un día entero, así que por los dos motivos nuestra visita a Botswana se iba a pique, ya que varias de las cosas que queríamos ver allí requerían 4×4, y teníamos dos días enteros para entrar y salir del país, lo que nos dejaba un único día completo de estancia. Lo primero que hicimos fue ir a un garito de alquiler de equipamiento de camping, ya que nuestro coche de camping car hire incluía tienda, colchones, mesa, cocina, vajilla, cubiertos… y teníamos bastantes campings reservados, pero ahora sólo teníamos un Corolla. Esto limitaba bastante, ya que aunque no es un coche pequeño, tampoco cabían tantas cosas como en un todoterreno, así que nos limitamos a coger la tienda más pequeña, unas colchonetas suficientemente cómodas, y una caja con utensilios para cocinar y camping gas. Con eso y nuestras mochilas llenamos todo el maletero y buena parte de los asientos de detrás. Ahora sólo faltaba rezar porque las carreteras principales de Namibia no requiriesen 4×4.

Después aprovisionarnos de bártulos también nos aprovisionamos de comida y dinero efectivo en un mega centro comercial de la capital (los dólares namibios fueron imposibles de conseguir en Bilbao, donde sólo nos ofrecian rands sudafricanos, que por otra parte es moneda de curso legal en Namibia y está pareada con el valor del nambian dollar). Es curioso porque a cualquier sitio que vayas, por remoto y culturalmente diferente que sea, cuando entras en un super descubres que en realidad todo es lo mismo.

Nos fuimos a nuestro nuevo alojamiento provisional, el Windhoek urban camping, un camping en medio de la ciudad que está muy muy muy bien, es barato, y puedes dormir en tu coche o en tiendas que te ponen ellos, pero son tiendas con camas de verdad! Además tiene unas duchas al aire libre la mar de exóticas (no tienen techo), y una piscinita al lado del bar. Así que aunque era poco antes del mediodía nos fuimos un rato al camping a descansar ya que llevábamos prácticamente tres días seguidos sin dormir nada. Comimos el primero de una larga secuencia de almuerzos insípidos y abominables, y yo me eché un rato en la cama, aunque no duré mucho ya que al ser una tienda de campaña se calentaba muchísimo por el día.

Primer helado de las vacaciones, en Windhoek

Primer helado de las vacaciones, en Windhoek

Luego salimos a conocer Windhoek, algo que no habíamos planeado, pero ya que íbamos a estar atrapados aquí un día, pues aprovecharlo. A pesar de haber sido una excolonia alemana y luego británica, y de ser un país bastante turístico, en la zona central de la capital se ven muy poquitos blancos, y de hecho en algunas zonas daba la sensación de que los namibios no están muy acostumbrados a verlos. Estuvimos paseando por el centro viendo los escasísimos atractivos turísticos que tiene Windhoek, y después de visitar un infame mercado de artesanía en el que varios individuos de la tribu himba venden piezas de calidad y procedencia dudosa, fuimos a buscar un helado, para pegarnos algún tipo de placer después de los diversos incidentes de las últimas 24 horas.

En general, en Windhoek no hay nada, el mercado de artesanía de los himba es muy cutre, no tienen a los himba muy bien cuidados como podría ser esperable si no que les tienen apartados de forma casi marginal cubiertos con lonas de plástico azul y dando la sensación de que sólo están ahí por la pasta (que obviamente lo están, pero no tendrían por qué “dar la sensación de estarlo”). El último día descubrimos que había otro mercado que merecía más la pena, pero ya hablaré de él. Fuera de esto, es una ciudad fea, caótica, sin planificación y por lo que nos contaron, peligrosa.

Tiendas delux

Tiendas delux

En todo caso, teníamos que volver al camping ya que teníamos que planificar los días que no íbamos a estar en Botswana, porque 4 días más en Windhoek eran impensables. Allí, cerca del wifi, de la piscina, y de una cerveza Windhoek (pronunciado vindhuk), y después de probar un montón de opciones sin éxito, conseguimos alojamiento no demasiado caro en la reserva de Waterberg, una granja privada de unos alemanes que no tiene  mucha relevancia en las guías turisticas de Namibia, pero que pronto gozaríamos.

Pues tampoco se está tan mal

Pues tampoco se está tan mal

Se nos hizo de noche en la piscina, entre remojón, lectura, reserva, y cerveza, y decidimos salir a cenar al Joe’s Beer house, un tremendo garitazo en medio de la nada, obviamente pensado para turistas, pero que con todo era un goce. El sitio consistía de una gran explanada al aire libre con mesitas de paja, ambientación safari, y especializado en carnes de caza mayor, lo que en estos países llaman “game” (algo que descubrimos mucho después). Game significa algo así como “vida salvaje”, o sea todos los bichos que hay en el campo, pero en los restaurantes suele englobar generalmente a todos los derivados del antílope: springboks, kudus, impalas.. pero también cebras o ñus. Pues aquí básicamente tenían un plato con cada animal, aunque también tenían una cola absolutamente aberrante, y no habíamos reservado. Por primera vez en este viaje, tuvimos un golpe de suerte (buena), y nos propusieron sentarnos sin esperar la cola, si estábamos dispuestos a compartir mesa con otros dos que también lo estuvieran. Fue así, y nos sentaron con una pareja de suizos medianamente majetes (aunque con la manía que  les cogí cuando fui allí, tampoco les hice mucho caso). Lo mejor es que ellos estaban de vuelta del viaje, y nos contaron detalles interesantes, dónde ir, qué evitar, dónde quedarse más días de los previstos, y también nos dijeron que en general toda namibia se puede recorrer en un coche sin 4×4, que las carreteras están bien y sólo hay un punto en el que es obligatorio. Esto me alivió bastante, aunque luego se verá que no era exactamente cierto.

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El caso es que tras pincharnos un filete de kudu y otro de cebra, que están muy muy buenos, nos volvimos al camping a descansar de verdad. Al día siguiente había que salir pronto hacia Waterberg!

 

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