04 Jun

Namibia, capítulo 14: Larguémonos

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Era el último día de visitas reales en Namibia y ya tocaba ir volviendo para Windhoek, que como estaba a bastante distancia lo haríamos poco a poco y durmiendo en sitios intermedios (y pasando un montón de veces por el condenado Solitaire).

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Nos despedimos de nuestra espartana plaza de camping donde habíamos sobrevivido a una tormenta de arena y nos dirigimos hacia el norte, y tras llegar a Solitaire, bajamos hacia Bullsport, una granja privada que prometía excursiones viendo animales. Cuando llegamos allí nos encontramos con un señor mayor, de origen alemán que básicamente nos dio las llaves para cruzar a su enorme finca donde podíamos darnos un garbeo por ella como tuviéramos a bien. La finca estaba situada en el Naukluft Zebra park, así que esperábamos ver algún bichito. Nos hicimos un trekking de unas 4 horas por la finca y no vimos absolutamente nada, pero bueno, las vistas en general estaban bien. El Zebra park este es una montaña enorme en medio del desierto y la finca de Bullsport iba por la falda, así que se podían ver cosas curiosas. Estuvimos toda la mañana sin ver a nadie, lo cual también tiene su cosilla.

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Por la tarde volvimos por donde habíamos venido ya que esa noche la teníamos reservada en el Agama river camp, un camping no muy lejos de Sesriem (vueeeelta a pasar por Solitaire). El camping Agama SE SALE. Es uno de los mejores que hemos estado. Tenía una piscina BRUTAL, y buenas plazas de camping con todo tipo de lujos como sombra, agua o toma de corriente. Allí, yendo a bañarme a la piscina vi como un oryx se metía en nuestra plaza de camping y husmeaba por las cercanías. Risas.

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Pasamos la tarde leyendo y en la piscina, muy a gusto, y a eso de las 7 nos subimos al techo del edificio principal del camping, donde estaba todo el mundo con unas cervezas. No entendíamos demasiado el asunto pero luego nos dimos cuenta de que era porque se veían tremendos atardeceres desde allí. Lamentablemente mi cámara ya no tenía batería y lo tuvimos que ver sin hacer fotos.

Al día siguiente emprendimos el regreso a Windhoek. Sí, nuevamente pasamos por Solitaire, ya por última vez. Abastecimiento, gasolina, y palante. Como era un camino largo decidimos hacer entre medio una paradita de “treat-yo-self”. Había algo llamado Lake Oanob Resort que tenía pinta de sitio para hacer el vago a cholón, y estaba a medio camino. En efecto, el sitio, junto a la población de Rehoboth(con nombre de localización de Star Wars), era todo un resort de lujo para los estándares namibios. Tenía un muy buen restaurante, una piscina que se podía llamar piscina (no era una poza como la de los otros sitios), y cada una de las “plazas de camping” estaban adecuadamente posicionadas con vistas al famoso lago Oanob. Entrecomillo lo de plazas, porque realmente eran más bien una especie de cabañas sin paredes con toda suerte de lujos (pero más que los de agama): suelo de madera, cocina completa, con fregadero y hornillo, mesa con sillas y muchísimo espacio. Montabas la tienda allí msmo en el suelo y tenías tus hamaquitas con vistas al lago para echarte unas buenas lecturas y una cerveza.

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Además de esto, el lago tenía unas bicis con ruedas gigantes de plástico que permitían navegarlo a pedales, así que ahí nos lanzamos a recorrer los recovecos del Oanob en bici, dándonos un refrescón de la misma. Al volver nos metimos en la piscina con una cerveza y de pronto parecía que ya no estábamos en Namibia. Hasta teníamos internet.

Aproveché para seguir online la esperadísima presentación del Pixel de Google, y.. qué mal… qué decepción… Pero bueno para quitar el mal sabor de boca fuimos a cenar al restaurante, que nos puso una mesa en una terraza sobre el lago y nos sirvió unos platazos de caza (game) que la gozamos. Aquella noche sí que dormimos bien en nuestras cabaña-campings. Al día siguiente había que volver a Windhoek y despedirnos porque nos volvíamos para Bilbao.

Cena terracera

Allí no pudimos hacer gran cosa, volvimos al mismo camping del principio, que molaba bastante, estuvimos devolviendo los trastos de camping alquilados y salimos de compritas de regalos y a comer a un garito elevado, en el que comías en una terraza con vistas a una calle infecta de Windhoek.

La tarde estuvo bien y conseguimos comprar regalitos suficientes. Comprar souvenires no siempre es fácil ya que lo que mola es caro y lo barato suele ser muy chustero. Así nos despedimos de Namibia, sus leones, elefantes, facóqueros, su mar salvaje y sus árboles secos.

 

27 May

Namibia, capítulo 13: La tormenta de arena

La tormenta de arena empezó a las 4 de la mañana. Empezó con la tienda moviéndose un poco, algo que no nos había pasado nunca hasta ese momento, era una tienda bastante sólida. Tras media hora el viento aplastaba la tienda poniendo las varillas inclinadas, y tras una hora podíamos tocar el techo (o mejor dicho, la pared frontal, que ahora era techo) sólo alargando el brazo, desde nuestra posición tumbados en el suelo. Estuvimos un buen rato pensando que era cuestión de que hacía bastante viento, y poco más pero llegado un punto pensamos que el viento nos iba a arrastrar. Cuando empezó a amanecer, a eso de las 5 y media, descubrimos que además de viento, había arena. Mucha arena dentro de la tienda y al salir al exterior estábamos en medio de un vendaval marrón, sin visibilidad y muy hostil. La arena entraba por todas partes, no se podían abrir los ojos, ni la boca y se respiraba con dificultad. No podíamos hacer mucho allí en la intemperie, así que decidimos adelantar nuestra visita a Sossusvlei, pero recogiendo todo. Aunque teníamos que estar allí una noche más, no dejamos la tienda montada porque puede que no estuviera al volver. Hicimos a toda prisa un gurruño con todo y lo metimos al maletero y nos fuimos al centro de Sesriem, a desayunar, y a ver qué podíamos hacer con este percal.

Allí nos dijeron que con tormenta no era recomendable ir a Sossusvlei, porque al fin y al cabo eran dunas. Pero también que para las 10 u 11, la tormenta habría pasado. Me sorprendió cómo podían dar predicciones con tanta precisión, pero me sorprendió aún más cuando vi que acertaban.

Sossusvlei es una zona de Naukluft con dunas enormes rojas y zonas con árboles muertos. Todo el recinto está cerrado y para entrar sólo puede hacerse por Sesriem, pagando si no recuerdo mal, 35 dólares namibios por persona (que no era poco). El precio incluye que en el último tramo te lleven en un todoterreno, ya que este tramo es de arena, no hay carretera ni nada, y no recomiendan cruzarlo por tu cuenta ni aunque lleves un 4×4.  Pero eso sería al final

_MG_6229Según entramos en la parte protegida, a parte de las espectaculares dunas rojas  sobre terreno ocre y marrón, vimos que había una constante niebla roja envolviéndolo todo en la distancia. Aunque la tormenta había pasado, seguía habiendo un viento salvaje y llevaba muchísima arena en suspensión.

 

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Es increíble porque frente a la carretera de mieeeerda que nos había traído hasta aquí, la carretera del interior de Sossusvlei era de un asfalto perfecto, negra, suave, lisa… Así que hicimos el primer tramo del recorrido muy a gusto, entre oryx, dunas rojas y la constante nieblina arenosa.

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A medio camino de los árboles muertos, está la duna 45. YA ves, son originales ellos. Esta duna es enorme, y roja y está prácticamente en medio de la nada, así que impone bastante. Cuando llegamos no había casi nadie y nos dispusimos a subirla.

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Pero no habíamos contado con el viento. A pesar de llevar el pañuelo por la cara, las gafas y demás, el viento en la arista de la duna era extremo y la arena en suspensión te pasaba por la piel como lija. Esta dificultad, sumada al calor insoportable, y a que subir una duna es una cosa bastante más física de lo que puede parecer, hizo que nos diéramos la vuelta a la mitad.

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La arena salía despedida de la arista, pero por la cara contraria esa arena circulaba pegada a la superficie de la duna raspando todo lo que pillaba a su paso.

De pronto la duna se llenó de gente. Franceses, señoras, alemanes, pocos chinos, thankgod.., pero dejó de ser un lugar misterioso y vacío. Así que nos largamos.

En pocos kilómetros llegamos al parking donde se cogían los  4×4 shuttles a la zona de los árboles muertos. Los shuttles son opcionales, pero estando incluidos en el precio son muy recomendables. De hecho vimos a un europeo quedarse atrapado con su todoterreno y varios guías del parque ayudarle a salir. Conducir por la arena suelta requiere bastante experiencia. Los shuttles salen cada 10 minutos más o menos, o cuando se llenan, y para volver hay una frecuencia parecida, así que son bastante cómodos. Además, te dan una visión divertida del asunto porque van por donde buenamente pueden.

En donde los árboles, que es la parte que efectivamente se llama Sossusvlei, había mucho más viento y la arena era mucho más agresiva. Había bastante gente por allí ya  y todo el mundo estaba tapado hasta el cogotillo. Cualquier resquicio que dejabas libre se llenaba de arena. Así que era un poco peliagudo sacar la cámara de fotos.

Por suerte al llegar a los lechos de los lagos la cosa cambiaba ya que estaban más resguardados.

Esta zona había sido en algún momento un sitio con lagos, y vegetación, pero al secarse se habían quedado los lechos, blancos, las dunas, enormes rojas alrededor,  y los troncos de árboles secos en el centro. Entiendo que la ausencia total de vida y microorganismos habían llevado a que los árboles se queden así, en vez de descomponerse.

 

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El paisaje era apabullante.

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DEspués de un buen rato haciendo fotos y volvimos Sesriem y comimos en el centro de visitantes algo un poco mejor que nuestro habitual arroz blanco y bonito de lata.

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Por la tarde, gloriosa idea tuvimos, a las 3 de la tarde, ir a visitar una duna que había cerca de Sesriem, y que era muy famosa.

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Famosa era, bonita también, pero si no hacía 54 grados no hacía ninguno. Era la muerte estar allí. Para más inri, en una vuelta de curva de la duna nos encontramos con un oryx de frente, que serán hervíboros y todo eso, pero imponen bastante con sus super cuernos. Así que no tardamos en retirarnos._MG_6284

Dimos el día por cerrado después de una nueva visita a Solitaire para aprovisionarnos, y volver a montar la tienda, y toda la parafernalia. Unos bañitos, un poco de lectura y a dormir.

 

26 Mar

Namibia, capítulo 12: Pedregales tropicales

Un día más, el objetivo del día era llegar del punto A al punto B. B era Sossusvlei, uno de los sitios más fotografiados de Namibia, y una contraposición directa a su otro gran highlight, Etosha. Sossusvlei es una zona con dunas de arena roja y árboles muertos que sale en todas las guías de referencia de Namibia, y está en la parte central del desierto de Namib-Naukluft. Para llegar allí desde Swakopmund había unos 400 kilómetros, un sencillo Bilbao-Madrid. Pero claro, las carreteras, unas C-xxx de toda la vida de Namibia, no nos permitirían viajar a más de 30 en muchos tramos, así que era mejor contar con todo el día.

La parte norte del desierto está pegando a Swakopmund y hay una muy buena porción (unos 100 o 120 km) que se hacen por carretera convencional, pudiendo avanzar bastante en relativamente poco tiempo. Eso sí, la sensación es muy extraña. Esta parte del desierto recuerda mucho a Mad Max. Es un graaan erial con una carretera, pero como está cerca de la costa, y el viento en la costa es salvaje, hay muchísimo polvo en suspensión. El cielo es gris oscuro, y hay una constante sensación de niebla. En cuanto la carretera se mete hacia el interior empieza el pedregal, y aunque eso nos hacía reducir la velocidad de forma extrema, también se agradecía, porque al no haber arena ni polvo, el cielo se veía por fin despejado._MG_6171

Así entramos en la zona central de Naukluft, un pedregal de aspecto lunar que recordaba más a los paisajes que vimos en el Tibet que a cualquiera de los que habíamos visto aquí._MG_6172

En un momento dado pudimos sentir como una pieza del corolla saltaba por los aires, y tuvimos que parar para ponerla en su sitio. No parecía mucho, pero había que andarse con ojo por estas carreteras infernales._MG_6176

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Esta pedregal era más montañoso y tenía algunos altos donde paraban autobuses llenos de chinos para hacer fotos, y también paramos nosotros. Era un paisaje inesperado para Namibia, pero no tardamos mucho en salir de él para llegar a la parte realmente desértica.

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En el desierto la carretera es de grava, pero si tienes suerte y no hay zonas estriadas, el coche puede ir más rápido sin salir volando, así que aquí incluso pudimos disfrutar de la carretera sin andar preocupados por que la columna de dirección reventara en nuestra cara.

Por esta carretera pronto llegamos al Trópico de Capricornio, la línea que corta con el plano de la eclíptica que describe la tierra alrededor del sol. Uno siempre piensas en vegetación densa, pirañas y cócteles de piña cuando oye la palabra tropical, pero esto no se ajusta mucho a lo que te puedes encontrar en el trópico de Capricornio.

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Es un pedregal naranja. De todas formas, lo que solemos llamar “Tropical” es más bien lo que se conoce como “intertropical”, es decir, lo que hay entre los trópicos. De hecho, en este viaje lo que estábamos haciendo era precisamente salir de la zona intertropical. También hay que pensar que el trópico de Cáncer pasa por sitios como el Atlas o Arabia Saudí, y el mismo de Capricornio por todo el Outback australiano. Así que tampoco es todo jolgorio verde. _MG_6190

Frikadas cartográficas al margen, poco después del Trópico de Capricornio (por cierto cuya señal estaba completamente vandalizada…), llegamos a Solitaire. No sabría muy bien cómo definir este lugar. Por una parte, es muy probable que cualquier lector haya visto imágenes de solitaire, con los coches oxidados abandonados, y de gran colorido._MG_6192-2

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Pero la cosa es que solitaire es esencialmente un área de servicio. Aunque es muy famoso por la decoración con coches que han puesto, realmente no se puede ni considerar un pueblo. Es  un conjunto de edificios que dan servicio a los viajeros que pasan por aquí. Y vaya si pasaban. En los próximos 3 días íbamos a pasar al menos 8 veces por este punto. Allí hay baños, gasolina, un supermercado y un restaurante. Y un buen parking de autobuses y caravanas. Así que siempre estaba lleno. Pero tampoco tenía mucho más que ofrecer que los citados servicios.

De ahí no tardamos en llegar a Sesriem, la base de operaciones de todos los visitantes de Sossuvlei, y donde se encontraban todos los campings desde los que partían las visitas. Era ya tarde para visitar las dunas de Sossusvlei, así que decidimos visitar el cañón de Sesriem, que estaba junto al pueblo y no había mala hora para verlo.

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El cañón recordaba un poco al de Wadi Mujib que recorrimos en Jordania, pero sin agua. De hecho, si hubiera tenido agua habría sido espectacular, pero así vacío, pues básicamente sólo aumentaba la sensación de sed y calor._MG_6202

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El cañón tiene una visita de una hora aproximadamente, con un recorrido por el lecho del río y la llegada a una cueva de donde mana el agua y donde ahora sólo había unos pequeños charquitos pútridos

Ya en Sesriem, fuimos al camping, que fue, con diferencia, el más hostil de cuantos habíamos visitado. Un pedregal se extendía en todas direcciones alrededor de nuestra sobria plaza de camping. No había árboles, no había otros campistas, no había vayas, no estaba refugiado… no había absolutamente nada. Era  acampar en medio de la nada.

IMG-20161004-WA0017Fuimos a la “piscina” de que disponía el camping, que resultó ser una pocita cuadrada de agua gélida, y en la que no pudimos refrescarnos mucho.. Y volvimos rápidamente para cocinar antes de que se fuera la luz del día. ç

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Las imágenes calmadas de un cielo púrpura y naranja no anticipaban la noche que nos venía por delante.

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02 Mar

Namibia, capítulo 11: La costa del esqueleto

Tras hacer noche en aquel camping en medio de la larga playa de Namibia arrancamos hacia el sur, dirección Swakopmund, la segunda ciudad más grande del país, y una que al tener costa, supuestamente tiene más encanto que Windhoek.  La larga carretera salada de la costa no estaba asfaltada pero tampoco tenía baches ni botes, ya que la gruesa capa de sal, arena,  y vete a saber qué más que había en la superficie hacían que pareciera una carretera nueva, con una conducción suave y agradable que el Corolla agradeció sin duda. Y yo también. Por esa carretera fuimos buscando los famosos naufragios de barcos o de ballenas, que dan nombre a la costa (de los esqueletos), pero no vimos gran cosa, ya que como habíamos leído el día anterior, los restos de barcos son retirados, mientras que los restos de animales son cogidos por gente que vive por allí para intentar venderlos a turistas. Así que más que la costa de los esqueletos, es la costa del esqueleto, ya que sólo hay uno.

De hecho, cuando paramos en el único barco que vimos, una nube de vendedores nos asaltó, supusimos que bosquimanos porque cuando les dejamos atrás se comunicaban con chasquidos. Eran un tanto agobiantes, hasta el punto de pensar que te ponían un poco presión de que si no les comprabas eras racista o algo así.. No sé, mala sensación, aunque no peor que la de cualquier otro país en el que unos señores te vienen a dar la murga para que compres cosas.

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Uno de los pocos barcos que sobreviven a la costa de los esqueletos está (o al menos cuando llegamos), bastante mar adentro, así que tampoco se pueden hacer fotos desde justo debajo del casco, como se suele ver por ahí, aunque supongo que en marea baja la cosa cambiará.

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El mar además estaba bastante picado, como vimos que era costumbre por estos lares, así que tampoco podías acercarte demasiado._MG_6164-2

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El barco se había conertido en un conveniente nido de gaviotas y otros pájaros y daba un espectáculo curioso, pero no era en todo caso lo que teníamos en mente.

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Hacia medio día llegamos a Swakopmund y fuimos directos a comer a uno de los 2 o 3 restaurantes que recomendaba la guía. La verdad es que cada vez desconfío más de la guía, en general parece que los autores no se esfuerzan mucho y te eligen 3 o 4 sitios así como muy en el centro con buena apariencia y luego rellenan con algún garito raro.  Pero en este caso fue un acierto, una especie de cafetería que servían sandwiches y bocatas, y estaba lleno de europeos (arrastrados por la guía, seguramente), con buen ambiente, y buena música. Nos pusimos finos, por primera vez en unos cuantos días, y nos fuimos a ver la ciudad.IMG-20161004-WA0014

Swakopmund es un poco la ciudad bohemia que todos los países tienen, pero claro, aplicado a Namibia no es lo mismo que a un país europeo. Tiene mar, y un estilo colonial curioso y bonito (en el centro, el resto es muyyy sin más).  Y en la zona de la playa hay algunos hoteles con pinta de mucho más caros y elegantes que cualquiera de la capital. Hay un embarcadero de madera con restaurantes que daba algunas de las mejores vistas de la ciudad, y también del mar, del que se podía apreciar su fuerza. Normalmente en estas estructuras las olas romen de tranquis, pero aquí, olas de 3 metros rompían con mucha violencia y mojaban a todo el mundo.IMG-20161004-WA0018

Estuvimos paseando por el centro sin mucho más que ver que la propia arquitectura de la ciudad, y algunas tiendas de artesanía que vendían cosas realmente interesantes y realmente caras. Finalmente para cuando anocheció, que no era muy tarde, nos fuimos a la casita que habíamos alquilado por el centro para ver una peli. Al día siguiente teníamos nueva paliza de coche, para cruzar el trópico y meternos de lleno en el desierto.

18 Ene

Namibia, capítulo 10: Eran cientos de kilómetros de arena

Dejado Okaukejo atrás, y con él, Etosha, nos adentrábamos en la fase dos del viaje: la costa de los esqueletos y el sur desértico. Cambiaríamos los bichos por arena y los cómodos campings por hostiles refugios en medio de la nada. El viaje empezó confirmando algo que  me había venido temiendo desde hacía días.. las carreteras C no eran necesariamente asfaltadas.  Y de hecho íbamos a hacer un porrón de kilómetros oí una carretera de arena.

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Dejado atrás okaukejo no tardamos en llegar a Outjo, donde echamos gasolina y abandonamos toda esperanza de asfalto. Pero algo iba a cambiar en este caso, tras unos buenos 100 o 150 kilómetros por las infernales carreteras estriadas entramos en otro tramo bien diferente. Parecía igual, pero no lo era. La carretera era de arena dura, que tenía abundante sal cristalizada. El resultado era un firme naranja blanquecino, muy liso y algo resbaladizo. Si bien la columna de dirección había dejado de vibrar como si fuera a reventar y parecía indicarme que podía ir a 80 o 90 (a lo loco), había algo en la carretera que no inspiraba confianza. Parecía que en cualquier momento el coche iba a salir disparado patinando.

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Asi que solo por la ausencia de vibración el viaje mejoró bastante, pero no pudimos ir todo lo rápido que podríamos haber ido por aquella recta lisa infinita con máxima visibilidad._MG_6105 _MG_6106

otra cosa bastante impactante de la larga planicie amarilla que estábamos cruzando es que a pesar del sol, hacia frío. Llevábamos más de una semana pasando unos calores infernales en Namibia, y aquí, en medio de esa especie de desierto y con un sol de justicia, hacia frío. Era más que nada por el viento, la costa atlántica de Namibia es extensa en longitud, pero no tiene ningún tipo de obstáculo hacia el interior, así que los vientos fríos del océano entran muchos kilómetros tierra adentro. De hecho, cuando llegamos a la costa, aunque parecía que hacía sol, si mirabas al océano solo había nubes. Era un ambiente raro, soleado y nublado a la vez, hostil, frío, con viento y mucha humedad, y el mar estaba muy bravo. Con razón se hundían tantos barcos aquí, niebla y aguas bravas poco profundas eran una combinación muy risas.

Nuestro destino era Swapkomund, la ciudad más grande la costa, y de hecho creo que la segunda ciudad de Namibia en tamaño. Pero antes de eso íbamos a pasar un día en la costa de los esqueletos, para disfrutar un poco más esa costa de 400 kilómetros de playa y con suerte ver algún barquito naufragado. Además había una colonia de focas (lobos marinos) que según los libros albergaba 100.000 ejemplares. Sí, cien mil. A mí me parecía una exageración hasta que llegué allí y lo vi. La colonia era absolutamente brutal en tamaño, el olor nauseabundo, y los gritos de las focas, dantescos. Las focas estaban por todas partes, no tenían ningún tipo de miedo a las personas y se acercaban y paseaban por debajo y encima de las pasarelas de personas. Casi todo el mundo que estaba allí llevaba la cara tapada por el olor.

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Las focas se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Era absolutamente e xagerada la cantidad de focas._MG_6120 _MG_6121 _MG_6123

el agua estaba amarilla por donde había focas, por sus desechos. _MG_6125 _MG_6126 _MG_6127 _MG_6128 _MG_6130 _MG_6133 _MG_6136 _MG_6139 _MG_6145

Mar bravo, nubes, sol, niebla, humedad, viento… todo a la vez._MG_6147 _MG_6148

cuando nos cansamos del olor, nos fuimos al camping donde habíamos cogido para dormir esa noche, con idea de montar la tienda y pasear por la playa, sin focas, y er algún naufragio. La playa no defraudaba,hacia el sur, a 3 kilómetros estaba la colonia. Hacia el norte, 300 kilómetros más de playa continua. En esta playa vimos una foca cría que se había extraviado de l grupo y no conseguía volver a entrar al agua, tal era el nivel de resaca y embravecimiento del mar. La estuvimos viendo pelear contra las olas un buen rato pero no consiguió nada. Tampoco nosotros podíamos hacer nada por ella._MG_6150 _MG_6151 _MG_6155 _MG_6158 _MG_6159

el camping que habíamos cogido tenía una estética un tanto sovietica, con las plazas de camping separadas por paredes de ladrillo sin lucir. Pero algo que en principio parecía que nos e echaba para atrás, resultó se de gran utilidad ante el viento que se levantó por la noche. Si por el día había sido fuerte y racheado, por la noche se convirtió en huracanado. Menos mal que había paredes de ladrillo al lado de la tienda porque si no salimos volando._MG_6162

Por otra parte, el camping tenía un bonito y elegante restaurante con chimenea en el centro y motivos marítimos, muy poco namibio, pero en el que cenamos como señores, una cena totalmente europea y deliciosa. Nunca pensé antes en este viaje que agradecería estar sentado junto a una chimenea, pero la costa de los equeletos, su viento humedad y frío hicieron que fuera una de las experiencias más acogedoras del viaje.

No habíamos visto barcos al final, pero por suerte en el camping había un mapa con las localizaciones de los que aún estaban visibles, ya que normalmente los iban retirando. Así que ya teníamos plan para mañana, de camino al sur.

28 Nov

Namibia, capítulo 9: El oasis de Okaukejo

Okaukejo era un camping que animaba a quedarse dentro más que a salir a ver bichos, son sus super instalaciones y sus plazas de acampada altamente equipadas. Antes de despedirnos de Okaukejo, hicimos una última visita al waterhole y a la piscina, sin encontrar más que unos oryx en el primero y unas viejas éuropeas tomando el sol en la segunda. Salimos con nuestra tartanita a recorrer la cola más occidental de Etosha, sin saber muy bien qué podríamos encontrarnos, y no estuvo nada mal.

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Poco después de salir vimos a lo lejos unos elefantes como cruzando el horizonte. Paramos el coche para hacer unas fotos pero los elefantes cambiaron su trayectoria y decidieron circular por la carretera. Hacia nosotros. Así que empecé a dar marcha atrás mientras sacábamos fotos por la otra ventana y con un poco de cosica, por conocer la velocidad punta de los elefantes y la no tan punta de nuestro coche. Al final, después de un rato circulando por el medio de la carretera, volvieron a salirse y pudimos seguir nuestro camino, con unas buenas fotos de esta manada, en la que había al menos uno de 5 metros, eran tochísimos.

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A partir de cierto momento, empezó a haber ñus por todas partes, grandes manadas que buscaban las escasas sombras con gran ahínco, y se apelotonaban en ellas, con su aspecto de yonkis de la sabana. Pero lo mejor fue cuando llegamos a un waterhole natural, un oasis en toda regla, en el que había cientos de animales, muy variados, todos compartiendo agua, algunos corriendo, otros saltando. Estábamos lejos con el coche pero aun así la imagen era espectacular.

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Estuvimos parados en el oasis más de media hora, sin poder dejar de mirar cómo llegaba un tumulto de cebras, los ñus se apartaban, pero luego aparecían unos oryx y se iban las anteriores. Había springboks, kudus e impalas, avestruces, pájaros secretaria, y un montón de otros animales que no identificábamos. Al final nos dimos la vuelta y para la hora de comer empezamos el largo camino hacia las puertas de Etosha.

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A falta de campings dentro del parque para una cuarta noche, habíamos cogido sitio en un camping que estaba fuera, pero justo a la entrada. La idea era pasar el día entero en Etosha pero salimos pronto, pensando que nos llevaría tiempo llegar al otro camping, y no, resulta que estaba al lado, y a media tarde ya estábamos allí, sin mucho que hacer, ya que no había nada en los alrededores. Este camping parece que vive de los turistas como nosotros que no saben muy bien cómo funciona el rollo de los campings internos, y se cogen uno fuera con idea de ir entrando y saliendo, pero resulta que si entras y vuelves a salir lueog hay que pagar tasas otra vez, así que no compensa. Además los campings del interior son públicos y más baratos, aunque también más petaos (razón por la que vinimos a este). Anyway, como no había mucho que hacer, dedicamos la tarde a montar la tienda, leer y remojarnos en la piscinita.

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Por la noche hubo bastante animación ya que montaron una especie de hoguera con música y estuvo entretenido, birra en mano.

12 Nov

Namibia, capítulo 8: Vagos melenudos

No es fácil reservar muchos días en Etosha en el mismo camping, ya que hay bastante demanda. Tampoco es recomendable, Etosha es muy grande y los campings están estratégicamente situados para visitar todos y así tener una experiencia más global. Así iba a ser. Hoy tocaba recorrer los 100 kilómetros que separaban Halali, en el extremo oriental y Okaukejo, al oeste del parque. Esos 100 kilómetros de por sí ya iban a llevar tiempo porque en las “carreteras” de Etosha nuestro Corolla no podía pasar de 40km/h. Pero además pensábamos tomar algunos detours para llegar a Okaukejo a la hora de comer viendo varios waterholes intermedios y recorriendo senderos recónditos.

Después de un buen rato recorriendo estos caminos y ver un montón de bichos de tamaño pequeño, nos encontramos un tumulto de coches que presagiaba un accidente o algo similar. Las carreteras de Etosha son muy fluidas. Aunque hay bastantes coches, están bien repartidos, y como no hay demasiadas normas, la gente adelanta cuando quiere y para donde le da la gana. No habíamos visto en ningún momento más de 3 coches juntos, pero ahora había más de 20 colapsando todo. Conseguimos meter morro siguiendo a un todoterreno que iba hacia adelante ignorando todo. Y descubrimos el origen. A dos metros de la carretera había una familia de leones, unos 10 o 12, con 2 o 3 machos, y uno de ellos tenía en su poder una jirafa muerta a la que le estaba hincando el diente.

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Ésta es una de esas cosas que parece que no van a impresionar porque lo has visto mil veces en la tele, pero en directo era impactante ver aquellos animales de ese tamaño comiéndose una jirafa en descomposición. Y realmente da bastante cosa que uno de esos bicharracos salte hacia el coche. El dedo estaba cerca del elevalunas en todo momento, por si acaso.
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También quedaba patente lo extremadamente vagos que son. En los 45 minutos que estuvimos nosotros no se movieron del sitio a pesar de tener una nube masiva de turistas con cámaras, teleobjetivos y cuerpos medio salidos por la ventana, y los leones ni se inmutaron. En un momento dado, el macho más grande le pegó un bocao al cuello de la jirafa, pero no se esforzó demasiado, ni siquiera llegó a arrancar un pedazo de carne. Estos leones eran como nos había dicho Paulus el día anterior. Igual por la noche se meneaban un poco, pero ahora desde luego no parecía que fueran a hacer grandes alardes. Tampoco era para menos, hacía 45º.

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En todo caso los turistas flipamos bastante, ver leones en tales circunstancias era absolutamente improbable, incluso con guías, así que si ese día no se echaron 100.000 fotos, no se echó ninguna.

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Cuando vimos nuestra primera hiena, después del impacto de los leones, no nos dijo mucho. Pero es raro ver hienas por el día. Por la noche veríamos más. Y las oiríamos!

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Al final, con tanto trasiego, acabamos comiendo en una de las áreas de descanso que hay por Etosha, y llegamos a Okaukejo por la tarde. Como hacía un calor infernal y llevábamos todo el día en el coche, decidimos contratar un tour nocturno, algo llamativo y algo más caro que los otros, y nos fuimos a la piscina a leer. Hay que decir que Okaukejo aunque vale lo mismo que Halali ya que son ambos propiedad del estado, es mucho más lujoso. Las instalaciones están mucho mejor, también la plaza de camping y la piscina parecía sacada de una peli de explotadores blancos que viajan a Africa en el siglo XIX, con sus hamacas, sombrillas individuales, y un bar del que salían camareros impecablemente vestidos a traerte cervezas a la piscina. Había también muchos más viejos que en Halali (igual la gente sabía de antemano que este camping es mejor y los viejos que buscan comodidad van allí).

El Waterhole de Okaukejo también era mucho mejor aparentemente, con mucho más espacio y visibilidad (y más agua también). Pero yo creo que los bichos se saben que hay mucho más turista aquí, porque nos visitaron muchos menos. Halali molaba más en este sentido (también era algo más salvaje y auténtico).

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En cualquier caso nos pilló un pedazo de atardecer (que aquí se veían de frente) y en el qeu vino un elefante solitario, una pareja de rinocerontes y un montón de jirafas que se acercaron desde la lontananza meneando sus cuellos al compás. Parecía una escena de El Rey León.

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Después del waterhole, que fue un poco más sobrio que el de Halali, fuimos a cenar y luego a esperar nuestro tour nocturno. Las puertas del camping estaban cerradas, pero al ir con guarda teníamos permiso. REsulta que nuestro guía era bosquimano, y antes de salir nos estuvo enseñando algunas frases en su idioma impronunciable de chasquidos. Muy risas.

Luego salimos. Como los faros del coche asustan a los animales, íbamos sin luces, en plena oscuridad, a la luz de las estrellas y nada más. Daba un poco de cosica porque no se veía NADA. Al final te hacías a la oscuridad y empezabas a ver cosas. Pero lo mejor es que el guía llevaba un foco rojo que no asusta a los animales y lo iba encendiendo para pillar bichos. Parecía el ojo de Sauron.

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Pudimos ver un montón de animales haciendo cosas que por el día no hacían. A parte de un montonazo de hienas que se reían como en las pelis (al volver a casa vimos El Rey León y el sonido de las hienas de esa peli está muy muy bien hecho, se parece mucho al real, más que una risa es una especie de grito desaforado).

También vimos leones conviviendo en un waterhole con un montón de otros animales potenciales presas, tal como nos había dicho Paulus. Y en un momento dado vimos a unos 5 elefantes que cuando nos vieron empezaron a acercarse y el guía se asustó bastante y salió pitando.

Al final, el tour nocturno está curioso, y sólo puedes hacerlo contratando, no con tu coche, pero es bastante más caro que los diurnos y ves los mismos bichos. Para hacerlo valer, hacen que dure dos horas, pero a mí se me hizo un poco largo, principalmente porque dos razones: ya me había acostumbrado a irme a la cama a las 9 todos los días y esto empezaba a las 9, así que a las 10 y media estaba cabeceando como un tonto; y además, hacía frío, mucho frío. Es la primera vez que pasé frío en Namibia, aunque nos dieron unas cuantas mantas para todos los que íbamos en el jeep, al final acababas pasando mucho frío.

Al final cuando volvimos vimos unos cuantos chacales DENTRO del camping de Okaukejo acercándose a bungalows y tiendas, buscando comida. Había señales por todo el camping urgiéndonte a evitarlos. Así que nos fuimos a la cama a las 11 y pico (insólito en Namibia), y nos dormimos oyendo a las hienas fuera del camping.

05 Nov

Namibia, capítulo 7: Paulus el destroyer

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Halali Camp se cerraba a las 6 de la tarde, cuando empezaba a oscurecer y las bestias salían a comerte. Pero también se abría muy pronto, a eso de las 5.30, por lo que muy pronto había grupos de turistas que levantaban campamento estruendosamente y salían hacia los animales.  Así que nosotros nos levantamos bastante pronto también, sin que esto supusiera más sueño, ya que también nos dormíamos prontísimo. Desués de desayunar nos fuimos a dar un garbeo por todo lo que se podía andar sin coche en las inmediaciones de Halali, que básicamente suponía recorrer el perímetro del camping y poco más. Había una especie de montículo junto al waterhole con unos árboles muy bizarros que daba para un paseíco de 45 minutos. Después salimos con el coche a explorar por nuestra cuenta, pero no vimos mucha cosa en toda la mañana. Si no tienes un guía conectado por walkis con otros guías que saben dónde está el meneo, dependes enteramente de la suerte para ver bichos, y puede que no veas ninguno reseñable, aun estando en un sitio como Etosha.

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Algunos springboks, alguna cebra y poco más. Pero después, por la tarde, llegaría el espectáculo. Habíamos contratado un guía para que nos llevara por los caminos chachis que conocía y conectado con otros guías. Como la gente viene en todoterreno es poco habitual que la gente contrate guías, pero está bien por las razones anteriores y porque te explican cosas de los animales. Además, nos costó unos 20 euros por persona y nos dio una vuelta de casi 4 horas, así que está bien rentabilizado.

El guía en cuestión  según llegó nos demostró quién tenía TODO EL SWAG DE NAMIBIA. De hecho, más que namibio parecía un tipo que acababa de llegar en vuelo directo de algún club de moda de Los Ángeles con sus amigos raperos. Llevaba la visera de lado, (sí, como el príncipe de bel air), y lo primero que hizo cuando llegó y nos montamos fue dejarnos en el jeep y largarse a hablar con otro tipo de la reserva al que saludó con algún tipo de saludo de negros enrevesado e irreproducible, con un choque de manos en lo alto, luego algún tipo de giro y alguna interacción entre los dedos. Al volver, subió al jeep y dejó su puerta abierta, arrancó y aceleró, cerrando la puerta con la inercia del coche en movimiento. El resto del camino estuvo conduciendo medio sentado de lado y cogiendo el volante por la parte derecha con su mano izquierda, pasando el brazo entero por encima del mismo.

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Poco después de arrancar nos empezó a comentar que se llamaba Paulus y su hermano Saulus, y nos contó detalles extraños de su vida. Lo mejor es que a diferencia de los demás namibios que habíamos conocido, este hablaba con acento americano (más específicamente acento de negro de The Wire). Se refería constantemente a los animales como “that bitch” o “that motherfucker is lazy”. Era muyyyy mofa.

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Pero al margen del folklore, Paulus nos contó un montón de detalles de la fauna (y flora) de Etosha, y hay que decir que era muy buen guía (algo que obviamente no está reñido con todo lo anterior)._MG_5928

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Vimos kudus, impalas, cebras, jirafas, sprinkboks, los minispringboks que no recuerdo su nombre, y una interesante familia de elefantes a la que estuvimos siguiendo un rato. Paulus nos contó que al final de la época seca en la que estábamos, muchos animales no podían seguir viviendo porque no había comida y morían en mayor número que en otros momentos del año, lo que facilitaba mucho el trabajo a depredadores. También nos dijo que los leones son extremaaaadamente vagos y generalmente están todo el día durmiendo (también las leonas, que son las que se lo curran normalmente ). Por la noche van a beber agua y si hace un tiempo que no han comido y hay hambre pues igual entonces deciden cazar algo. Por eso no era raro ver leones junto a posibles presas juntos, básicamente no siempre tienen hambre y tampoco matan por diversión, así que tampoco se la juegan tanto los bichos.

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Los elefantes también se ven afectados por la sequía, parece que cuando no hay verde empiezan a comer raíces (de hecho vimos como arrancaban plantas con una pericia increíble, sujetándolas con la trompa y dándoles una patada cuando están en tensión!!). Las raíces son un problema porque llevan mucha tierra que van desgastando los dientes de los elefantes y llega un momento que con los dientes no pueden comer porque los tienen muy desgastados, y se mueren de hambre. Así que a esperar a las lluvias.

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La técnica de la patada

Otro bicho muy risas que vimos es el pájaro secretaria (creo que se llama de otra forma pero Paulus lo llamó así), que es un pajarraco enooorme que no da la sensación de que pueda volar, pero sí que vuela. Y nos contó que tiene las patitas básicamente hechas de hueso y que no tiene prácticamente carne porque le atacan mucho las serpientes y así no tienen donde pinchar.

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Al pájaro secretaria sólo le faltaba un maletín, con esa cabeza y ese plumaje bien podría llamarse pájaro abogado.

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También vimos algún chacal, que son como perros pequeños, se alimentan básicamente de restos, así que no parecían muy peligrosos, casi daban ganas de acariciarles la barriga. Y ahí estaba el mayor riesgo, ya que parece que transmiten la rabia con mucho ímpetu.

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Después del largo y extraño paseo con Paulus volvimos al camping justo antes de que cerrara las puertas, y nos fuimos a dar un baño a la pisci, que molaba mucho más que las de otros campings, de hecho el baño estuvo acompañado de unas hamacas, un libro y unas birras.

Por la noche fuimos de  nuevo al waterhole, pero estuvo mucho menos animado que el día anterior, sólo unos rinocerontes y un montón de springboks se acercaron.

29 Oct

Namibia, capítulo 6: Bichos a porrillo en Etosha

Cuando despertamos yo seguía agitado por la cuestión de la sirena, aunque sabía que no había sido nada. Recibí una bronca moderada por la película que me monté la madrugada anterior. Fue un poco humillante también porque cuando fuimos a desayunar preguntamos a la persona de recepción del hotel a ver qué había sido la sirena que había sonado a media noche, y nos dijo que ella no había oído nada. Eso era imposible, ¿cómo no la iba a oír? El último día en Windhoek oímos durante el día una sirena exactamente igual, y allí se me ocurrió mirar en google maps a ver qué podía haber en las inmediaciones para que sonara esa sirena, y encontré un cuartel militar, que tenía toda la pinta de ser el origen. En Otjiwarongo había otro.

Pero bueno, había que olvidarse de la sirena, ya que hoy era el día de entrar en Etosha, el mayor highlight de Namibia, con permiso de Sossusvlei, en el que estaríamos 3 días gozándola entre elefantes, rinocerontes, leones y muchos otros bichos.

Habíamos oído hablar bastante de Etosha e incluso habíamos reservado alojamiento para varias noches, pero no teníamos muy claro como funcionaba el parque, si ibas por tu cuenta a la aventura, cómo de peligroso era, o qué pasaba si dormías fuera (ya que el alojamiento de dentro era más caro). Pues bien, el parque tiene dos o tres entradas en las que pagas por cada vez que se entra, que están un poco lejos de la acción, así que dormir fuera para entrar no parece muy recomendable, habría que pagar todos los días y además supondría bastante coche cada día.

Por otra parte, yo me imaginaba que básicamente habría una carretera y luego si querías salirte de ella para ver bichos podrías hacerlo, con tu super todo terreno y luego acampar libremente donde quisieras en tu tienda de campaña en el techo y dormir al calor de una hoguera… y blablabla. Pues no, lo primero que descubrimos al llegar es que la “carretera” que atraviesa el camping no es una carretera, a pesar de ser una C. Es un camino de grava por el que sufriríamos hasta el infinito. Ése y otros muchos caminos que hay a sus laterales y por los que se puede circular sin problema, son los únicos por los que se puede ir, ya que no está permitida la conducción off-road. Tampoco está permitido acampar fuera de los recintos habilitados para ello, ni siquiera bajarse del coche. Parece ser que después de todo sí que entraña sus riesgos, así que siempre tienes que ir en coche (y recomiendan con la ventana cerrada, aunque eso suele venir seguido por la polvareda constante que hay en suspensión gracias a los cientos de coches circulando por los caminos de grava).

Principalmente hay dos campings, Halali, al este y Okaukejo al oeste. Ambos están situados junto a un waterhole, un estanque al que vienen los animales a beber por la noche, algo que tampoco sabíamos, pero que es una de las cosas más interesantes del parque, ya que los campings cierran las puertas aproximadamente a las 6 de la tarde y a partir de entonces tienes que estar dentro, así que algo de entretenimiento en el camping viene bien. Okaukejo es un poco más de lujo, tiene mucho más sitio para dormir, y las piscinas e instalaciones de comer y demás son de más categoría, pero a mí me gustó más Halali, y su waterhole era más salvaje y molón (a parte que también se agradecía bastante el hecho de que tuviera menos turistas).

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Tardamos casi dos horas en llegar desde la entrada oriental hasta el camping Halali, ya que íbamos despacico por la carretera infernal, aunque hay que decir que a pesar de ser de grava y tener zonas en las que no se podía ir rápido, en general pudimos hacer una media de 50km/h, lo cual era todo un avance respecto a carreteras anteriores. Por el camino empezamos a ver bichos random casi sin proponérnoslo, al principio springboks, luego jirafas y de pronto vimos a un super elefante, absolutamente enorme que andaba despacio dejando una estela de polvo. Parecía viejo, y probablemente lo sería, ya que los elefantes suelen ir en manadas y sólo se separan cuando son muy viejunos y van a morir. El bicharraco era gigante, aunque con los colmillos muy pequeños, nada comparado con otros elefantes que había visto anteriormente en Nepal y en Vietnam, que eran mucho más pequeños (2-3 metros en su parte más alta). Este rondaría los 5, estaba muy lejos del coche y aun así imponía, estábamos con el motor en marcha por si le daba por correr hacia nosotros. Aunque en el mismo cartel en que leímos que en este parque se habían registrado alturas de hasta 6 metros (lo cual es una salvajada), y que los colmillos solían ser pequeños porque tienen dietas muy pobres en calcio, también contaban que si se ponen a correr pueden alcanzar 40 km/h, lo cual probablemente nos habría dejado atrás, ya que el Corolla no daba para tanto en este terreno.

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Después de un buen rato por aquella carretera comiendo polvo de los todoterrenos nos dimos cuenta de que probalemente el resto de carreteras que íbamos a recorrer por Namibia serían como ésta, y que íbamos a tener un viaje bastante intensito, en contra de lo esperado. Realmente sale a cuenta alquilar un todoterreno en Namibia, y si nos hubieran dado el que habíamos alquilado las cosas habrían sido muy diferentes. El camping Halali no tenía nada que ver con otros campings que habíamos visto antes, tenía unas instalaciones brutales, con grandes restaurantes, una piscina a la que se le podía llamar piscina, y en general, instalaciones de lujo, considerando el sitio en el que estábamos. Las plazas de camping estaban bastante bien, con electricidad, sitio para hogeras, y buen espacio para el coche y la tienda, aunque sin mesa. Si hubiéramos tenido un todoterreno habríamos tenido sitio para nuestra propia mesa y sillas… ay.. el todoterreno… Aunque otra cosa que descubrimos en este camping es que quizá la mejor forma de recorrer Namibia sea en un todoterreno, pero quizá sea mejor uno normal en el que alquilas equipamiento y tienda de campaña normal que uno con tienda en el techo, que eran los típicos (y el que habíamos reservado en primer lugar). Aquí estábamos rodeados de grupos con este tipo de todoterrenos y lo que vimos es que por un lado tardaban como 3 o 4 veces más que nosotros en montar y desmontar la tienda, la nuestra era casi instantánea, y la de los techos era un poco más compleja y todo el mundo tardaba bastante más. Por otra parte, cuando estás más de un día en un sitio, si tienes una tienda independiente no tienes que desmontar toooodo si te quieres llevar el coche, algo que le pasaba a casi todo el mundo, por la mañana a desmontar todo (tienda, plegar colchones, recoger mesa, utensilios, todo..) Nosotros lo dejábamos todo ahí y nos íbamos con el coche vacío, y cuando llegábamos por la noche nos íbamos directos al waterhole mientras los demás montaban sus tiendas otra vez. Así que realmente, si yo volviera a Namibia alquilaría un todoterreno normal, que se pueden alquilar en compañías normales como Avis, con muchas más garantías que las locales (que te pueden dejar vendido como nos pasó a nosotros), y luego alquilar por 4 duros el equipamiento. Probablemente cueste la mitad de pasta que uno con tienda en el techo (éstos rondan los 1500-1600 euros, frente a los 700 de un 4×4 en Avis, para 3 semanas, al que luego hay que sumar el equipo que te puede costar unos 50 o 60 euros).

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En fin, coches a parte, el primer día de Etosha estuvimos informándonos un poco y poco más, le habíamos metido buena tralla al coche, y era ya media tarde, así que lo único que hicimos fue salir a dar un garbeo por las carreteras cercanas al camping en el que sin esforzarnos mucho vimos jirafas, ñus, springbox y cebras, que luego nos acostumbraríamos, pero la primera vez impresionba bastante tenerlas a 10 cm de tu coche intentando meter la cabeza por la ventana.

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Después de la miniexcursión de hora y media volvimos para ver el waterhole, algo que a priori parecía turístico y un poco absurdo, pero que se convirtió en absolutamente memorable. Cuando llegamos llamaba la atención el silencio máximo que había en el que sólo se oían los obturadores de las cámaras de muchos turistas. En el waterhole, tres leonas bebían tranquilamente, a escasos metros de la gente. Es bastante chocante llegar a un sitio con unos asientos en el que simplemente te sientas y esperas a que vengan los bichos, y allí, sin más te encuentras con unas leonas.

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Pero lo que llegó después fue mucho más impactante. Cuando las leonas se fueron, y como si hubieran estado esperando una cola imaginaria, ocultos entre las sombras, aparecieron unos rinocerontes negros que también se dieron sus buenos tragos. Y lo mejor estaba por llegar, cuando se fueron los rinocerontes, guardando escrupulosamente el turno, apareció una manada de elefantes en la que tranquilamente podía haber 30 o 40. Había algunos líderes que les iban marcando el paso, otros más perezosos y algunos muy pequeños. Estuvieron más de media hora en la charca, bañándose, bebiendo, echándose agua mutuamente, e incluso parecía que estaban disfrutando. Parece ser que la mayoría de estos animales esperan al atardecer cuando hace menos calor para no perder líquidos durante las horas de calor. Lo curioso es que parece que los depredadores respetan la hora de beber, porque no parecía que atacaran mucho, aun sabiendo que era un sitio donde se congregarían presas fáciles.

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a este le llamábamos Trompeti

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Los elefantes dieron muchísimo juego, los turistas estábamos flipando con lo que estábamos viendo, el ruido, el olor y los barritos a escasos 10 metros. Al final, con un estruendo, como habían llegado, el motrollón de elefantes se fue y las leonas volvieron (u otras  leonas diferentes vinieron). Esta vez se dedicaron a juguetear como lo haría un gato, tirándose por el suelo, dando volteretas y bueno, dejando ver que en el fondo son básicamente gatos muy grandes. Después de flipar bastante con el waterhole, nos fuimos a cenar al restaurante del camping para probar las delicias locales, como el kudu o la cebra, y luego nos fuimos a la cama.

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18 Oct

Namibia, capítulo 4: Kalahari desde abajo

Nos quedaban dos días en Waterberg, y la excursión más importante, la que nos llevaba al desierto y en la que veíamos bichos. Pero eso sería por la tarde, así que por la mañana hicimos una excursión por la parte baja de la reserva, recorriendo un sendero que conectaba nuestro camping (el Anderson Campsite) con el manantial que hacía que el interior de la herradura fuera un vergel en medio del desierto.

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El sendero discurría por el monte entre árboles que no estaban del todo secos, como en el resto de sitios, para al final desembocar en la zona del manantial, donde había una fuente de agua inesperada, rodeada de hierba, berros y tréboles, y todos los árboles eran grandes y verdes, e incluso había un río, algo muy raro de ver en temporada seca en Namibia. Parecía que estábamos de vuelta en algún parque natural europeo, pero los árboles, enormes y retorcidos nos recordaban que seguíamos en latitudes tropicales.

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De vuelta paramos de nuevo en el camping caro para hacer uso del wifi, y nos fuimos a nuestro campsite a comer, echar una pequeña siestita con el sonido de las cigarras, y esperar a que vinieran a buscarnos para hacer la excursión estrella de nuestra visita a Waterberg.

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A eso de las 5, cuando empezaba a calentar un poco menos, un jeep enorme apareció en la estrechita carretera del camping y aparcó justo delante de nuestra plaza. El tipo que lo conducía parecía bastante simpático. Éramos los primeros, pero luego fuimos pasando por los otros campings recogiendo a otros europeos (franceses y alemanes mayormente) que nos acompañarían al encuentro de los rinocerontes por toda la extensión de la granja, que no era poca.

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Poco después de salir ya nos topamos con las primeras jirafas, que parecen como algo más normal de ver, pero cuando ves montones de ellas y a un par de metros de tu jeep la cosa impresiona un poco más. Nos enseñaron a diferenciarlas machos de hembras por las antenitas que tienen pero cualquiera se acuerda._MG_5675 _MG_5677 _MG_5680 _MG_5682

Lo que sí recordamos es que cuanto más oscuro era el color de las manchas más viejas eran, así que se podían distinguir fácilmente las jovencitas de los vejestorios._MG_5684 _MG_5750

Ya sin jirafas y sin bichos enormes, el paisaje era muy llamativo, con muchos pajaricos, roedores de diversos tamaños y árboles en posiciones imposibles a los que no les quedaban hojas porque las jirafas son muy voraces. De todas formas, la joya de la corona eran los rinocerontes blancos, que son una especie escasísima, y en la granja tenían 3, dos hembras y un macho, algo que hacía que tuvieran que vigilar fuertemente la granja contra los furtivos, que por lo que comentaban eran mayoritariamente chinos en busca de cuernos de vigor (un estilo al capítulo de Futurama en el que los omicronianos quieren el “cuerno inferior” de Fry, pero con malditos chinos y especies en peligro de extinción). _MG_5748

La movida es que la granja tenía un buen porrón de hectáreas y los rinocerontes son bastante huidizos, así que a pesar de que pagas la excursión porque el guía supuestamente sabe encontrarlos, hay posibilidades (avisadas en un disclaimer) de que no veas un solo rinoceronte. Pero nosotros tuvimos bastante suerte, y media hora después de salir, el guía recibió algún tipo de chivatazo por radio y pegó un volantazo.

Parece ser que otro guía había detectado a las dos rinocerontas echándose una siesta entre unos matojos, y si íbamos muy despacico podíamos verlas. Inquietantemente, nos bajamos del jeep, y fuimos tras el guía, siempre intentando estar en contra del viento, y metiéndonos en el sotobosque del kalahari hasta verlas allí. Enormes, mucho más de lo esperado y mirándonos, mientras algunos franceses que iban en la expedición ponían de los nervios al guía intentando acercarse más de la cuenta.

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En seguida echaron a andar y el guía nos dijo que podíamos seguirlas siempre que fuéramos opuestos al vector del viento y a una distancia prudencial.

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También nos contó el motivo de llamarlos rinocerontes blancos, que no sé hasta qué punto es cierto, pero sonaba razonablemente creíble. Resulta que hay dos especies en África, los negros y los blancos. Los negros son bastante más pequeños y tienen el morro más en punta, mientras que los blancos, a parte de enormes, tienen el morro ancho, con lo que los primeros colonos que le dieron un nombre en holandés les llamaban widje, ancho. Pero ese widje acabó degenerando en white  cuando los colonos británicos entraron en Sudáfrica. Y al final se quedó con rinoceronte blanco. Tanto los blancos como los negros son en realidad bastante grises. _MG_5693

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Después del encuentro con las rinocerontas estuvimos un rato más dando un garbeo en el jeep hasta que paramos delante de una explanada en la que había cienes de bichos, sobre todo roedores, kudus, ñus, pájaros, y muchos otros. La idea era ver el atardecer sobre la explanada con unas cervezas y refrescos que había en una neverita secreta en el jeep, que iban a entrar como dios porque estábamos todos con la boca ultraseca. Pero cuando estábamos tranquilamente viendo a los bichos, a nuestra espalda apareció un bicharraco, a escasos metros y mirándonos fijamente. El rinoceronte macho estaba ahí. El guía, visibilemente preocupado, nos dijo que nos ocultáramos detrás el coche (las escalas no estaban puestas para volver a montarse), y empezó a retarle dando golpes al coche para que se fuera._MG_5758

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Pero el rinoceronte no parecía muy agresivo, era un tipo tranquilo que nos observó un rato, dio unos cuantos pisotones levantando arena y luego se piró por donde había venido.

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La excursión triunfó muchísimo, y cuando volvimos estábamos destruidos del calor y las emociones, así que tras una cena ligera, a las 8 estábamos ya sumidos en la oscuridad y nos fuimos a la tienda a ver una peli.

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