18 Ene

Austria y Alemania, capítulo 12: Knuckelparadies

Era nuestro duodécimo día de viaje y teníamos superplan: pasar todo el día en el paraíso. En realidad, el sitio al que íbamos, y en el que pensábamos perder todo el día se llamaba Badeparadies, y era un megaresort SPA con toboganes que está en el centro de la selva Negra.

Había sido la primera noche sin incidentes de los últimos días, igual porque Iñigenstein estaba sólo conmigo y mis tapones, y Xabimann ya no estaba. Después de desayunar nos dio un poco de pena despedirnos de la pensión Kramer y su agradable dueña (a la que Karl había dicho que el alemán era «rude» dejándola un poco a cuadros). El desayuno estuvo a la altura de su simpatía. Pero el paraíso nos llamaba, y teníamos que largarnos.

Después de dos semanas de buen tiempo, hoy había amanecido cubierto, lluvioso, tal como lo dejamos la noche anterior. No importaba, ya que el paraíso estaba cubierto. Cubierto por una cúpula de cristal gigante para que entrara la luz, pero cubierto al fin y al cabo.  El paraíso estaba muy cerquita de Grafenhausen y no tardamos mucho en llegar. Estaba además junto al lago Titisee, uno de los más famosos de la zona, aunque era bastante más pequeño que Schluchsee. No le hicimos mucho caso al lago y nos lanzamos al parking de Badeparadies, que ya estaba hasta las cartolas. Lunes de agosto. Niños en casa de vacaciones, sin plan. Mal tiempo. Ya sabíamos dónde iban a estar todos los niños de esta zona del Baden-Württemberg.

Atravesamos la recepción gigante, y entramos a una zona de vestuarios más grande aún. Nos compramos la pulserita verde, que nos daba acceso a todo menos a las saunas, y nos adentramos.

Badeparadies se sale. La zona principal es una piscina gigante rodeada de palmeras, bares y restaurantes, y miles de hamacas. Está muy bien iluminada porque el techo y el frontal es de cristal. A un lado está la zona spa, a la que teníamos acceso medio-restringido. Empezamos por las piscinas de iones denosequemovidas, que no se sabía muy bien para qué servían, pero pronto pasamos a las piscinas de sal, que emulaban la concentración de sal del Mar Muerto, así que se flotaba bastante bien.

No era difícil perder de vista a Iñigenstein y encontrárselo flotando con los ojos cerrados en alguna de estas piscinas.

DEspués de probar la sal, fuimos a la zona central, que aparentemente sólo era una über-piscina, pero en su perímetro escondía chorros y burbujas de diversos tipos. Era curioso porque no estaban todos encendidos a la vez, los iban alternando, por lo que de vez en cuando veías una migración de bañistas, que iban de un chorro a otro. Además, fuera, en la calle, había un fragmento de esta piscina en el que también había chorros y demás, pero tenía el encanto de estar en la calle, y de salir por una especie de puerta giratoria de plástico que evitaba que entrara el frío. También estuvimos un buen rato en las camas de burbujas de la calle, como si fuéramos huevos cociéndose.

Otra cosa chachi que había era una sala que recreaba «la niebla de la Selva Negra», que básicamente era una especie de baño turco con buena ambientación luminosa y olfativa.  Y luego estaba la zona de recreo, con toboganes variados, y en los que nos tiramos unas cuantas veces. Las escaleras estaban a reventar, y todo el mundo llevaba consigo flotadores gigantes para tirarse por los toboganes, haciendo que todos apiñados en esas escaleras fuéramos una especie de torrente de glóbulos rojos con su carga de oxígeno. En uno de los toboganes era posible tirarse de dos en dos o de tres en tres. Decidimos darlo todo yendo tres a la vez. El recorrido era bastante largo, y cuando íbamos por la mitad, Unaien se soltó del flotador! De repente miré atrás y vi a Unaien bajando sobre su tripa haciendo esfuerzos inútiles por alcanzar el flotador, mientras Karl ni se enteraba de lo que estaba pasando. Era tan de película que empecé a mofarme tanto que casi me caigo yo también del flotador. Al final Unaien consiguió atrapar una esquina del flotador y bajar arrastrándose, mientras las curvas del recorrido le sacudían de un sitio a otro. Fue lo mejor de la mañana. Iñiguenstein se había ido de la zona de toboganes, él es un tipo de agua caliente.  Allí nos lo encontramos al volver.

Y así fue pasando la mañana a remojo, entre baños y toboganes, hasta que nos pusimos a comer, knuckels incluidos por parte de alguno en una cafetería cercana a la piscina. Después de comer nos tumbamos en las hamacas, desperdigados, para descubrir  que Iñigenstein se había puesto a roncar en su hamaca y había creado un círculo de hamacas desocupadas a su alrededor. Un tipo efectivo.

La tarde pasó repitiendo baños, toboganes y vapores, y a media tarde partimos hacia Ohlsbach, donde dormiríamos por tres noches en la pensión Doris, nuestro campo base en la Selva Negra. Al salir de Badeparadies, la chica nos daba un ticket impreso de justificante. Resultó que el ticket era un poco largo, y a Karl se le ocurrió espetarle «this is not ecologic»(sic). La tipa, claro, se quedó a cuadros. No es que fuera la vela más brillante de su menorah, pero a mí tampoco me habría hecho gracia. Era el episodio dos de «Karl y los alemanes»

Ohlsbach era un micropueblo al norte de Gengenbach, uno de los pueblos supuestamente más bonitos de la Schwartzwald, y en el que no había nada. Sólo chalets, casas de gente que vivía bien, y una pensión con unos señores muy agradables y muy buenas vistas desde la terraza.

DEsde nuestra terraza en Ohlsbach

DEsde nuestra terraza en Ohlsbach

Parece que la señora Doris había veraneado en Mallorca durante unos cuantos años, por lo que chapurreaba castellano (menos mal, porque cero de inglés), y nos acogió con mimo en su agradable casa. Allí pudimos cenar nuestros horribles bocatas de embutido alemán que habíamos comprado en el super, y preparar nuestro viaje para el día siguiente mientras contemplábamos el atardecer de Ohlsbach.