22 Dic

Eslovenia, capítulo 8: El origen de los dragones

Nos levantamos pronto en Piran, tras una noche de calor y colchones pegajosos. Fuimos a desayunar al mismo sitio en el que habíamos tomado la cerveza el día anterior, y nos tomamos unos épicos chocolates con cosas.

Pronto salimos hacia Postojna, la cueva más mítica de Eslovenia, la más grande. En poco más de una hora nos plantamos en el recinto. Era mucho más grande que el de Škocjan, el día anterior. El parking era enorme, y la entrada a las cuevas, espectacular. Un gran edificio de taquillas, restaurantes, hotel y multitud de puestos de souvenirs. Estaba claro cuál era el atractivo number one de Eslovenia.

La cueva es enorme, tanto que el inicio se recorre en tren. Nada más entrar, te montan en un trenecillo que parece que es la típica turistada para hacer el mono, pero no, el tren dura un buen rato y va a bastante velocidad, por lo que ahorra un buen tramo de cueva.

Hacia las entrañas

Otra cosa a tener en cuenta al visitar Postojna, y de la que te avisan al entrar es que hace mucho frío dentro. En el trenecillo se pasa un mal rato, de hecho, ya que con la velocidad, la humedad y el ir poco preparado porque fuera hace 40º, la brisa es refrescante.

El tren pasa por un buen número de salas y cavidades a cual más espectacular, incluida una con lámparas de araña de cristal fino en la que se hacen representaciones de navidad y a la que acuden familias reales y dirigentes varios. Es una cueva muy grande

Nada que no conociéramos

Cuando acaba el recorrido en tren, estás a más de 100 m bajo tierra, y empieza la visita por cavidades enormes, con estalactitas y estalagmitas gigantes, así como columnas, cuando se unen dos de ellas. Está todo muy preparado, y la afluencia de turistas es masiva, así que la prohibición de hacer fotos se queda un poco ridícula, todo el mundo está sacando.

El símbolo de la cueva: el diamante. Una columna blanca con forma de diamante

Por los excesivos turistas, la cueva quedaba un poco en segunda posición respecto a Škocjan, mucho más pequeña, pero que se difrutaba más. Eso sí, en Postojna se podían ver columnas brutales, salas completamente blancas y dragones, ya que había mucha vida en el interior de la cueva.

Era curioso descubrir salas blancas en una cueva, es algo que no se suele ver. Estas salas que parecían una appple store con pinchos, por lo visto eran de lo más común, ya que el carbonato cálcico, componente muy habitual de las paredes de las cuevas y por el que filtra el agua, es de este color. Explicaba la guía que la mayor parte de salas blancas del mundo fueron descubiertas mucho antes de que la iluminación eléctrica fuera de uso general. El color tostado de las paredes de muchas cuevas, se debe, al parecer, al humo de antorchas, candelas, velas, y demás enseres de iluminación pre-eléctricos. Sin embargo la espectacular sala apple de Postojna fue descubierta en los 70, por lo que seguía siendo blanca. O eso decía la guía.

Los dragones prometidos eran otra cosa. Resulta que entre toda la vida que crece dentro de esta cueva, hay una especie de pez que tiene unos minibigotillos y minibrazos y piernas. Por ello el nombre común de este pez es «human fish», ya que es completamente blanco, y tiene pies y manos (aunque no tiene ojos.) Pues bien, la cueva acaba en un río que pasa por un poblado. Al parecer antiguamente se creía que dentro de la cueva vivían dragones, y cuando había lluvias torrenciales o los ríos interiores de la cueva iban muy cargados, algunos de estos peces  (que necesitan oscuridad para vivir), salían moribundos al exterior. Los lugareños pensaban que eran crías de dragón, y esto reforzaba su tesis de que vivía un dragón dentro.

Cría de dragón en el terrario

Pero sólo eran peces.

Agur cueva

Cuando salimos de la cueva el calor nos golpeó de nuevo, pero esta vez se agradeció. De ahí fuimos a visitar el terrario, que estaba incluido en la entrada y en el que se podían ver de cerca todos los bichos de los que nos habían hablado, y que no habíamos visto más que murciélagos dentro de la cueva.

Después de aquello cogimos el coche para dirigirnos al mítico castillo de Predjama, cerca de Ljubljana.

Allí, antes de entrar nos pusimos a comer, chorizo horrible, en una campa cercana, mientras los todoterrenos accedían al parking y nos cubrían de polvo. Sentados en la campa volvimos a tener la sensación de estar sentados en las faldas del Anboto, el paisaje era exactamente igual (lo cual no es para quejarse).

Predjama, embebido en la roca

Después visitamos el castillo de Predjama, un castillo curioso por estar integrado en una roca. El edificio se empezó a construir de dentro a fuera y luego fueron añadiendo cada vez más estancias hacia afuera. Lo más curioso es que el interior de la cueva tenía galerías y grutas que llevaban a un bosque en lo alto del monte. De esta manera, podían resistir asedios por tiempo indefinido, ya que se podían aprovisionar por su sistema de galerías.

tenía su propio campo de justas

El exterior del castillo es bastante impresionante, pero el interior, convertido en museo donde se ve la vida que llevaban los señores en su día, aunque es interesante, se queda un poco corto. Merece la pena la visita a las almenas, totalmente integradas en la roca, y desde las que se divisa todo el valle. La gruta también estaba bien

Desde la gruta

Tras el castillo, paramos un poco para reponer fuerzas, ya que el calor era aplatanante, y cogimos el coche para dirigirnos a Ljubjlana, por fin la capital!

El albergue de Ljubljana estaba muy muy bien, era un albergue casi de lujo, pero estaba en las afueras. Tampoco es que Ljubjlana sea una ciudad enorme, pero teníamos 20 minutos andando hasta el centro. Allí nos refrescamos y preguntamos al dueño, que era un crack, a ver dónde podíamos cenar y tomar alguna.

Nos recomendó buenos sitios, la mejor pizzería de Ljubljana (según él, y algunos otros), llamada la Pizzería Trta, y en la que nos pinchamos unas buenas pizzas a precios excelentes. Después tiramos hacia la rivera del Ljubljanica, un estrechito río que cruza la ciudad, y donde se aglutinan casi todas las terrazas y bares. El ambiente nocturno de Ljubljana es casi de lujo, la gente iba muy preparada, nada que ver con nuestras barbas de viajeros y ropas de veraneante. Tomamos una cerveza no eslovena en una de las terrazas, pero la cosa estaba muriendo un poco, así que decidimos dirigirnos a un club que nos había recomendado el tipo: the Top! Un ascensor en medio de la calle con un portero cuadrao anticipaba lo que veríamos después.

Top es un club en la azotea de un edificio de oficinas, uno de esos sitios que hay que ir aunque sólo sea por verlo. REsultó bastante animado, y mereció la pena pagar la entrada (era sábado). Así que en Top pasamos la noche del sábado (unos más que otros), con intentos frustrados de aproximaciones, y bailes entregados.

La buena cama del hostel Confidenti se agradeció, llegando a las 3 y 5 de la mañana respectivamente. Al día siguiente tocaba conducir un buen rato