04 Mar

Calabacín en Caledonia, capítulo 7: De vuelta en Edimbur… AL PULMÓN!

Al levantarnos todavía estábamos pensando en las hazañas de Iñigoch de la noche anterior, pero tuvimos que sobreponernos para ir, antes de que fuera demasiado tarde, a hacer cola al castillo de Edimburgo para no comernos la oleada masiva de turistas.

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Nos la comimos de todas formas. Era bastante pronto pero los turistas no defraudan y el castillo estaba hasta los topes. Cuando lo ves desde abajo el castillo parece grande, pero no gigante. Una simple fortificación en una colina. Cuando te dicen que hay que pagar 25 libras por entrar, te buscas el orificio de salida, ya que no es un sablazo, te perforan con una espada bastarda. O eso parece, pero resulta que el castillo es enooooooorme, y bien puedes pasar todo el día viendo salas, mini museos militares, de reyes, aposentos, etc.

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El castillo es pues una visita interesante que nos llevó prácticamente toda la mañana y nos dejamos cosas por ver por puro agotamiento.dscf5937 dscf5938 dscf5940

Agotamiento y calor, hacía muuucho calor.dscf5942 dscf5943

A medio día comimos  un evidente plato de pasta (carbonara, of course) en un restaurante barato que pillamos por el centro donde todos los camareros y demás sabían castellano, y cuando acabamos nos fuimos al marys milk bar, una famosísima heladería en los bajos del castillo, que haciendo honor a su fama, soportaba unas colas de 20 o 25 minutos para comprar un helado.  Al menos estábamos en una de las zonas más céntricas de Edimburgo y había mucho ambiente y teatro callejero.dscf5944 dscf5945

Iñigoch disfrutó con su nuevo helado de la supuestamente mejor heladería de Edimburgo, en la que sí había chocolate (qué gusto volver a la civilización).  Y después nos fuimos a pasear por la vieja ciudad bajo un sol asfixiante. Vimos tiendas de gaitas, tiendas de kilts, tiendas de whisky, y vuelta a empezar, gaita, kilt, whisky. Todo era lo mismo. Hasta que siguiendo por la Royal Mile, llegamos hasta el parlamento escocés, donde estaría el famoso Salmond, independentista de proh, y que curiosamente está situado justo en frente del palacio de Holyroodhouse, de los reyes británicos. Pero bueno después de ver los museos militares del castillo tampoco sorprende mucho que votaran no en el referendum de independencia, hay un rollo de orgullo militar que se intrinca un poco con el servicio a la corona y blablabla, que tampoco da la sensación de un sentimiento mayoritario independiente, por mucha banderita que te pongan. dscf5946

Por la tarde volviendo asfixiados por el calor, hicimos una parada en el primark para comprarnos unas spare-t-shirts, ya que nos habíamos quedado sin ropa limpia, y fuimos a descansar un poco al hostel. Y por la noche llegó el desfile.

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Uno de los grandes highlights del viaje era ir al Military Tattoo, un desfile militar musical en el castillo de Edimburgo, de las famosas marching bands. Algo muy muy anglosajón, en el que de hecho había multitud de miembros de maching bands americanas entre el público (algunas bandas enteras), algo que supimos porque el desfile tiene un animador que media hora antes del espectáculo va saludando a toda la gente del público que por una razón u otra sabe que están allí. El desfile básicamente consiste en bandas de música de ejércitos y otros cuerpos armados que tocan temas clásicos de forma muy muy bien sincronizada con sus movimientos. (Clásicos militares quiero decir, pero ya se sabe la frase de Groucho: la inteligencia militar es a la inteligencia lo que la música militar a la música. Pues eso).dscf5949

El desfile, como todo desfile militar, por muy musical que sea, no aporta gran cosa al espectador, salvo a aquellos que sienten ese orgullo militar del que hablaba antes (uno de ellos se sentaba a mi lado, un señor muy mayor que casi llora). Para todos los demás, añadían florituras de baratillo como hacer acrobacias en una moto o tocar temas de star wars con las gaitas. Sólo faltaban los palitos de luz.

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También invitaban a miembros de otros ejércitos del mundo que hacían el canelo con sus armas y sus tambores. dscf5953 dscf5956

Y no podían faltar los fuegos artificiales, y como este año tocaba visita de Nueva Zelanda, pues qué menos que tocar temas del Señor de los Anillos.dscf5958 dscf5959

Las chicas que bailaban eran lo más alejado de los motivos militares, y por ende, lo  más interesante para el común de los mortales (de los que habíamos pocos, por otra parte)

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Cuando el desfile acabó hacía un frío de mil demonios, pero no pudimos irnos sin despedirnos con otra super pinta, esta vez en un bar random de cerca de nuestro hostel, en el que también los camareros eran españoles.dscf5971

Al día siguiente salimos con calma hacia el aeropuerto, donde había que hacer multitud de compras de whisky y otros items. El viaje a pesar de lo relajado, había terminado siendo cansado.

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Pero había que reponerse, en cuanto aterrizáramos empezarían las fiestas de Bilbao!

04 Mar

Calabacín en Caledonia, capítulo 6: William “puñales” Wallace

Amanecimos en aquel hostel international perdido de la mano de dios y después de un desayuno rápido nos largamos a algún sitio que no estuviera tan incivilizado.  Nuestro destino era el parque natural de Trossachs, un gran complejo de lagos y bosques que ocupan todo el centro de Escocia.

Lo primero que nos sorprendió del parque natural fue la extrema quietud de las aguas de los lagos, que parecían auténticos espejos.  Lo segundo, la ausencia total de turistas. Era un entorno y un paisaje espectacular, con miles de rutas, y hacía un día perfecto. Con todo a favor y miles de turistas dando vueltas por Escocia, ni uno estaba por aquí.

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En cualquier caso, cogimos una de las múltiples rutas que había y nos fuimos a dar un paseo por los lagos.

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Para media mañana fuimos a Loch Lommond, el más famoso de los lagos de esta zona, que además contaba con una playa en la que había miles de chavs almorzando, con familias ingentes de niños gordos y rosas. En este lago había mucha menos paz ya que además de los escoceses rosados había lanchas, motos de agua, y barcos. Era una especie de mini-salou en una sección de 300 metros de playa de un lago en un bosque recóndito.

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Habíamos pensado comer allí, pero el ambiente no era muy acogedor en la playa, y en los merenderos había hordas de familias haciendo parrilladas y llenándolo todo de humo y grasa en suspensión. Así que nos fuimos a Stirling, que era nuestra última parada antes de Edimburgo, conocida por la afamada batalla de William Wallace.

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Hay que decir que Stirling es un pueblo bonito. Está en una colina que domina un enorme valle que es donde probablemente tendría lugar la batalla. Curiosamente en lo alto de la colina había una iglesia y un cementerio. Muy batallil todo.

En la parte baja comimos nuestros bocatas cutreibols de chorizo, mientras teníamos una animada discusión sobre si “creo que sí” es lo mismo que “creo que no”. Yo defendía que si la expresión “creo que sí” se refiere a recordar algo, o sea, equivale a “no me acuerdo exactamente pero me parece que era sí”, es esencialmente lo mismo que decir “creo que no” (obviamente si la expresión se refiere a tener una creencia o una opinión, no se puede establecer esta analogía (“crees que el verde es bonito?””creo que sí”, ahí NO)). Iñigoch decía que ni pa dios era lo mismo. Pero yo tenía razón. :D

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Después de tener la barriga llena nos fuimos a ver las estatuas de Robert The Bruce, auténtico héroe de todas las historias escocesas, que estaba en el centro de Stirling, y posteriormente el über-monumento de William Wallace, que está a tomar por saco y hay que ir en coche. Si bien hay que decir que el monumento es mucho más grande.

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De hecho se ve desde la distancia (desde mucha distancia) y el de Robert no.

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Como había que pagar y somos unos ratas (especialmente yo), no entramos. Tampoco creo que nos perdiéramos gran cosa. En cualquier caso una de las cosas más destacadas son las vistas, ya que este monumento se encuentra en otra colina en frente de la anterior, y proporciona unas vistas excelentes del valle y de la colina principal de Stirling. Como hacía un día fetén pues la gozamos (aunque la subida hasta la torre fue una palicilla bajo el calor de la tarde)

Después de monumentear, nos fuimos hacia Edimburgo, donde nos alojamos en un nuevo hostel international, pero este con gente más normal, y con acceso al wifi y esas cosas que suelen ser básicas. Y tras un refresco y puesta a punto salimos a dar un garbeo por el centro y cenar, acabando en el restaurante de Jaimie Oliver, donde volvimos a cenar pasta carbonara. Increíblemente, habíamos comido 5 días fuera de casa y los 5 habíamos pedido pasta carbonara los tres. Parece que era lo único que Escocia podía ofrecernos. En el de Jaimie Oliver la pasta estaba muy rica.

Después salimos hacia la zona de meneo de Edimburgo, en la que había bastante ambiente ya que era viernes, y nos metimos en un bar irlandés con música en directo y cienes y cienes de estudiantes que estaban dándolo todo. Allí tomamos unas buenas pintas con música en directo e Iñigoch puso en marcha su imparable maquinaria de seducción basada en miradas. Cuando quisimos darnos cuenta, Unaigh y yo estábamos solos en nuestra mesa mirando ojipláticos como Iñigoch estaba muy entretenido con una escocesa de la mesa de al lado.

Nos fuimos a casa mirándonos confundidos, intentando entender cómo sólo con unas miradas Iñigoch, from now on known as “The Fucking Meister”, había… bueno… que a dormir.

 

23 Ene

Calabacín en Caledonia, capítulo 5: Puñalfall

La amanecida en las mullidas camas del Skyewalker fue agradable, pero teníamos que irnos pintando, ya que teníamos que coger un ferry en Armadale, una minúscula localidad costera al sur de Skye, para cruzar a la “mainland” escocesa. No coger ferry habría implicado volver por donde entramos a Skye, y tardar casi 3 horas en llegar al norte de la mainland. El ferry nos dejaba en 30 minutos en una zona bastante más al sur, aunque íbamos a tardar más de una hora en llegar a Armadale. La idea era llegar por la tarde al parque nacional Trossachs, donde dormiríamos. Pero por el camino teníamos algunas paradas destacadas.

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Después del desayuno en una cafetería junto al ferry de Armadale, la única del pueblo probablemente, y que debía su negocio a los pasajeros, paramos en un súper en Mallaig, ya en la mainland, para continuar por la enrevesada carretera que iba rodeando fiordos. Paramos en Glenfinnan, una localidad al norte del lago Shiel, que acogió uno de los levantamientos jacobitas del siglo 17 y hay una estatua y un museo conmemorativo y blablabla…

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Pero donde iban todos a hacerse fotos era al viaducto, un tramo elevado de vía que pasa entre dos colinas y que es famoso por salir en Harry Potter. El pueblico era muy bonito pero no tenía mucho que ver tampoco.

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Así que seguimos hacia nuestra siguiente parada Fort William, una destacada localidad a las faldas del Ben Nevis, el monte más alto de Escocia, y como no podía ser de otra manera, estaba llena de tiendas de ropa de montaña (además de las ya clásicas tiendas de whisky). Dimos un garbeo viendo las tiendas, pero como ya era casi medio día no tardamos en buscar a un restaurante a pincharnos una hamburguesa, que entró bastante bien. Salimos de allí decididos a comernos un helado, pero al entrar en la heladería más cercana vimos que no había helado de chocolate. Iñigoch estaba indignadísimo. Era inconcebible, una heladería sin helado de chocolate! Hasta ahí podíamos llegar! Salimos de inmediato a la búsqueda de otra heladería, para encontrarla sorprendentemente rápido y descubrir que aquí tampoco había helado de chocolate. Pero qué les pasa a los escoceses? No era aceptable, así que salimos a buscar otra heladería, y en la misma calle encontramos otra. En esta… tampoco había helado de chocolate. Los ojos de Iñigoch estaban saliéndose de las órbitas, mientras Unaigh sufría por su ansia de helado, ya que a él le daba igual el chocolate pero quería comprarlo ya. Tentando a la suerte, ya que en un pueblo tan pequeño no era de esperar que hubiera muchas más heladerías, salimos de nuevo a buscar una cuarta heladería. Y la encontramos. Y tampoco tenían helado de chocolate. Sabíamos que era improbable que encontráramos una quinta, así que al final Iñigoch cedió y se compró un helado de coco. Si el diccionario necesitara una imagen para ilustrar la definición de “decepción”, una de las más fieles podría haber sido la cara de Iñigoch en ese momento. Se estaba comiendo el pedazo de materia fría más insípida de su vida.

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Después de la deslavada experiencia láctea salimos hacia el sur. Íbamos a Crianlarich, nuestro siguiente alojamiento, perdido de la mano de dios en medio del parque natural de Trossachs (casi como John Benjamin). El sitio de nombre casi impronunciable, especialmente si uno quiere pronunciarlo con acento escocés (abriendo mucho la boca y poniendo el acento en la penúltima sílaba), estaba a unas dos horas de Fort William. Pero por el caminó teníamos algunos highlights.

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En primer lugar paramos en el valle de Glencoe, unas suaves y verdes laderas rodeadas de picos que recordaban a los paisajes más llamativos de Noruega. Allí, tras las fotos de rigor hicimos un mini-trekking (de 20 minutos) que rodeaba una pequeña colina pasando por un bosque. Allí Unaigh no perdió su oportunidad de apuñalar el pulmón de Iñigoch con un palo afilado. El paseo estuvo bien, y tuvimos la oportunidad de ver a unos gordos escoceses meterse vestidos en un río cercano y perder pie porque el río era mucho más profundo de lo que esperaban, y proporcionarnos unos minutos de angustioso espectáculo hasta que consiguieron volver a salir.

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Seguimos por el suave valle del río Coe (un glen es un valle alargado y profundo dejado por un glaciar o por un río, de ahí Glencoe), para visitar The meeting of the three waters, el encuentro de tres aguas, que en realidad es de dos, para dar lugar a una tercera, el río Coe. Allí hay unas bonitas cascadas a las que uno puede trepar y hacer el mono.

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Desde allí nos metimos en un camino de cabras con un ancho en ocasiones inferior al del coche, por el que tras un buen rato en segunda llegamos a uno de los highlights del día: el mítico lugar de la foto de Skyfall donde James Bond está junto a su Aston Martin DB5 y mira al horizonte de las highlands. Encontramos el punto exacto de la foto y como buenos mitómanos (aunque la peli era un poco castaña), nos hicimos una sesión de fotos, amenizada una vez más por los mosquitos infernales psicópatas que había en un charquito justo al lado de donde había que situar la cámara para conseguir el ángulo original.

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Es un Kia Rio en vez de un Aston Martin, pero por lo demás, resulta difícil distinguir esta foto de la oringal :D

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Iñigoch parecía que iba a desenfundar en cualquier momento

El resultado no estuvo mal pero un lanzallamas nos habría facilitado las cosas. En cualquier caso, después de 200 fotos, seguimos la carretera para aprovechar el increíble paisaje de este valle en pleno atardecer.

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Después de unas cuantas fotos y un paseo por el valle, arrancamos hacia Crianlarich, donde llegamos al anochecer. El pueblo, por llamarlo de alguna manera, tenía unas 10 casas, un hotel! y algún que otro comercio, todos cerrados. Nos dimos una vuelta por el pueblo, descubriendo que no había mucho que ver. Estábamos en un entorno natural impactante, pero sólo podíamos acceder a él en coche, ya que no había acera ni pistas. El albergue (un youth hostel international), estaba en medio de un bosquecito, aislado del resto del pueblo (y del mundo, no había cobertura de móvil, ni internet, bueno internet había una conexión que no funcionaba). El tipo que lo atendía era un señor de avanzada edad que por un lado no se enteraba de nada y por otro se la traía todo al pairo (excepto que hiciéramos mal uso de las instalaciones, algo con lo que nos insistió abundantemente). Tardamos 20 minutos en pagar porque el señor no se aclaraba con el TPV, metió mal la tarjeta, le dijo a Unaigh que su tarjeta estaba mal, y al final tuvimos que pagar en metálico. Para cenar nos ofreció bebidas que tenía en su cabinita donde estaba la recepción, y le comentamos que cuando fuéramos a cenar se las pedíamos. Pues bien, cuando un rato después fuimos a cenar, el tipo se estaba hincando un sandwich en el restaurante del hostel, y le dijimos que a ver si podía sacarnos las botellas. Nos dijo que tenía que terminar de cenar, para lo cual se tomó sus buenos 25 minutos (era un condenado sandwich y estaba empezado cuando llegamos!!), minutos que estuvimos sentados en la mesa esperando a tener las bebidas y mirándole de vez en cuando, el tipo haciéndose el sueco. Pero además cuando por fin nos atendió con gesto de “a qué vienen estas prisas, me estáis agobiando”, tardó otros 10 minutos en sacarnos las dos botellas de cerveza de su cuartucho y 5 más en hacer la suma de lo que costaban para cobrarnos. No era un tipo con mucha entrega. Pero sí era el primer tipo con el que nos cruzamos que tenía un cerrado acento escocés, lo que dificultaba todo más, ya que no entendíamos nada.
Después de cenar estuvimos enredando un poco por el hostel, viendo la tele con los que aparentemente eran los únicos otros clientes del hostel aquella noche, y al final nos fuimos al sobre.

11 Oct

Calabacín en Caledonia, capítulo 1: Gaitas y puñales

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La British nos llevó hasta Edimburgo eficazmente y para las seis de la tarde ya estábamos en el Baxter hostel, dejando maletas y preparándonos para visitar un ratito la capital. La chica que nos atendió nos preguntó qué pensábamos ver en el festival de teatro y actividades callejeras que estaba teniendo lugar en ese momento, algo de lo que no teníamos ni idea, pero ya era buena chanza aterrizar en Edimburgo en pleno festival de teatro. Así que acompañando a la super nube gris y a la lluvia intermitente,  tuvimos a una variedad de músicos, magos, actores y artistas varios a lo largo de toda la milla real.dscf5681 dscf5677

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Edimburgo es una ciudad agradable con buen ambiente,pero más allá del castillo tampoco tiene mucho para ver. En seguida se nos fue haciendo de noche  y empezamos a buscar un lugar para saciar las ansias de Unaigh.

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Encontramos una especie de recinto ferial con comida callejera, bebida y música en directo que estaba muy bonito y agradable y decidimos pincharnos allí mismo unas hamburguesas. La de Unaigh de haggis, para no defraudar.

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Las patatuelas no podían faltar.

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Pero a lo que íbamos: había que buscar un buen garito para tomar cerveza, a poder ser de esas de fuelle. En la calle Rose pudimos encontrar un pub estupendo donde habñia gran variedad de birras y mayoría de público escocés, lo cual siempre era  de agradecer.

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dscf5694Salimos contentos del bar y aunque ya era un poco tarde, teniendo en cuenta que al día siguiente salíamos pronto hacia el norte, buscamos otro local donde probar nuevas birras artesanas. Encontramos un nuevo antro cerca del hostel, al lado  del apple store, donde además de la cerveza encontramos una nutrida banda de jazz que nos quiso cautivar con canciones y música ligera. El swing y el encanto del local hacían que sólo echáramos en falta unas bolsas de papel marrón recubriendo nuestras bebidas y unas flappers bailando lindy hop en el centro del local.
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Para media noche ya estábamos en nuestras lujosas camas del baxter hostel, aunque no duraríamos mucho allí. Inverness esperaba.

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