30 Ene

Alemania y Austria, capítulo 14: Mil cucos y un Knuckel

Amaneció lluvioso. Muy lluvioso. El plan consistía en ver Triberg, el pueblo de los mil relojes de cuco, y en el que había una famosa cascada también, que quizá no fuéramos a ver con aquella lluvia.

El desayuno en casa de Doris fue correcto como siempre. Con un poco de pereza subimos al coche para dirigirnos a Triberg. Había que ir por carreteras secundarias, lo cual siempre se agradece en la Selva NEgra, ya que se ven los mejores paisajes. Al llegar a Triberg llovía de forma intensa. Primero intentamos ver una tienda-museo de cucos, y nos pasamos de largo con google maps., pero al final conseguimos encontrarlo. El museo tenía como fachada el reloj de cuco más grande del mundo. Estuvimos dentro de la tienda del museo viendo cienes de cucos, y baratijas varias.

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Al cabo de un rato vimos que seguía lloviendo, y que aquello no iba a parar, así que nos acercamos al centro de Triberg, aparcamos en un parking (el sitio escasea en Triberg), y nos lanzamos a recorrer las mil y un tiendas de relojes de cuco que hay por allí. No era difícil darse cuenta de que estas tiendas habían evolucionado a tiendas de baratijas y souvenirs con el tirón turístico que tenían los relojes. Aunque había relojes de 15000 euros, la mayor parte del contenido eran pijadas made in china.

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Cuando nos hubimos visto todas las tiendas, la lluvia seguía, y el frío. Así que fuimos a un restaurante de la zona a tomarnos un colacao, para darle un poco de tiempo a la lluvia. No funcionó.

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afuera seguía mordor

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Si Triberg es famoso es por los cucos y por la cascada. Lo bonito es acceder a la cascada desde abajo y hacer un paseíto que te lleva poco a poco hasta la parte alta, y la ves en todo su esplendor, como la que vimos en Austria. Pero con el tiempo que hacía subimos directamente a la parte alta en coche, para ver si al menos podíamos ver la caída de agua. Ni eso. Los parkings que hay en la parte de arriba y media de la cascada están a casi dos kilómetros de la cascada. Kilómetros de caladura.

Desmoralizados, sin saber muy bien qué hacer, decidimos visitar Alpirsbach, un pueblo un poco más al norte de Triberg, y en el que se fabrica una de las cervezas más famosas de la Selva Negra, la Alpirsbacher, y que tiene un restaurante-museo muy famoso. Ya que no podíamos estar al aire libre, al menos ver una fábrica de cerveza.

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Tardamos un buen rato en llegar, aunque en el mapa estaba cerca, la carretera no era gran cosa y había mucho tráfico. Para cuando llegamos, se habían acabado las visitas en inglés a la fábrica. Maldición. En cualquier caso, siempre nos quedaría el Knuckel. El restaurante Alpisbacher, junto a la fábrica, era uno de los más recomendados en las guías, así que como ya era mediodía, entramos a ponernos las botas.

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Fue (al menos en mi caso) una de las mejores comidas del viaje. Knuckels, una especie de escalope sobre queso, y pollos, todo ello muy rico, con una de las mejores cervezas que he probado en el viaje (para mi gusto, en todo caso). La comida en Alpirsbacher fue la mejor decisión del día. Pero todavía nos quedaba la tarde. El tiempo estaba mejorando un poco, pero a estas alturas buscábamos un plan tranquilo, así que nos decantamos por visitar Vogtsbauernhof, un museo al aire libre de la Selva Negra. Era una especie de museo etnográfico que recogía la forma de vivir, cultivar, criar ganado y trabajar de los habitantes de la Selva Negra a lo largo de los siglos.

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El museo estaba en Gutach, tuvimos que volver atrás un trecho, pero mereció la pena. Había descuentos por alojamiento (por fin), descuentos por aparcar en su parking privado, y alguno adicional, así que entramos por no mucho dinero, y echamos la tarde entre casas de madera picudas con gruesos tejados de paja que servían de aislante a los selvanegrinos hace muchos años.

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El museo recordaba bastante a uno que vimos en Oslo sobre la vida de los vikingos. De hecho, aun estando a más de 2000 km de Oslo, las construcciones de la Selva Negra son muy similares, y la forma de vida también. Aunque en Schwartzwald las edificaciones eran enormes. En cada edificio vivían y trabajaban muchas familias.

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De hecho contaban que lo solían integrar todo en el mismo edificio para que la gente no tuviera que salir a la calle en el duro invierno centroeuropeo.

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Tras una tarde jugando en el museo al aire libre, fuimos arracando hacia Ohslbach de nuevo, hicimos la compra y nos recogimos en la super terraza. Nuestra última noche en la Selva Negra.

09 Ene

Alemania y Austria, capítulo 11: Knuckelhaus immer wieder

El día 11 empezó bastante pronto, y bastante mofas. A eso de las 4, la luz de la habitación se encendió. El alemán que estaba durmiendo con nostros no había podido dormir ni un minuto por culpa de los truenos respiratorios de Iñigenstein. Estaba enfadadísimo y flipaba con que nosotros pudiéramos soportarlo. Yo tenía mis tapones, pero en el fondo es bastante flipante que los demás pudieran soportarlo. El caso es que con la luz dada, con la voz elevada del alemán, e incluso con los empujones de Unaien, Iñigenstein no despertaba y seguía atronando…

Así que decidí darle unos tapones que tenía de más al alemán a ver si se tranquilizaba un poco. Se fue a la cama entre murmullos, y pudimos seguir durmiendo más o menos. Pero no mucho más tarde el alemán se despertó de nuevo, mucho más enfadado, diciendo que ni con tapones podía soportarlo (eso es porque se los puso mal, yo no oía absolutamente nada), y se largó de la habitación con un buen portazo.

Karpov, Karpov!

Karpov, Karpov! El hotel tenía una mesa de ajedrez muy proh

Alemanes somnolientos a parte, el día 11 era el de la despedida de Xabimann, que se volvía a la patria de manera anticipada y nos dejaba solos ante la Selva Negra (cuando él era el único que había sido capaz de plantar cara a los boches). ASí que como el hostel de Lindau no tenía desayuno, nos fuimos a buscar algún lugar para desayunar por allí. Como era domingo la cosa fue bastante complicada, pero al final conseguimos unos cafés y bollería en la propia estación del tren que llevaría a Xabimann hasta Münich.

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Cuando Xabimann se fue sacando el pañuelo blanco por la ventana, arrancamos hacia la Selva Negra. El plan consistía básicamente en llegar hasta allí y ver el lago Schluch, uno de los famosos de Schwartzwald. Nos llevó unas tres horas de buenos paisajes junto al lago Constanza y de las colinas que te adentran el la selva llegar hasta Grafenhausen, donde pasaríamos la noche antes de ir hasta el interior absoluto del superbosque. A mediodía llegamos a la Pensión Kramer, donde nos recibió su agradable propietaria que nos contó las batallas que tenía su hijo con el castellano, y nos contó qué podíamos hacer por la zona. Tras asentarnos en nuestras habitaciones de la pensión, salimos hacia Schluchsee, donde comeríamos y pasaríamos la tarde.

El centro de Schluchsee era bastante molón

El centro de Schluchsee era bastante molón

En Schluchsee estaba casi todo cerrado, pero conseguimos que nos atendieran en un restaurante italiano donde nos comimos unas pizzas muy buenas. DEspués, bajamos hacia el lago.

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El lago Schluch no es muy grande, tendrá unos tres kilómetros de largo por medio de ancho, pero es un sitio extremadamente agradable, con un paseo que recorre todo su perímetro, junto al cual pasa una vía de tren por la que aún pasan trenes de vapor (para turistillas). En el lago hay un montón de gente con pequeñas embarcaciones de vela, gozándola, y acampando a las orillas.

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Estuvimos un par de horas para recorrer el paseo, con pequeñas paradas allí donde veíamos alemanes navegando, o bañándose. Hacía un tiempo perfecto y la brisilla del lago lo hacía todo más agradable aún. Para volver habíamos pensado ir andando, pero nos dio el perezón y volvimos en tren. Aquí también tenían una de esas tarjetas de transporte gratuito si te alojas en alguna pensión, por lo que el tren de gratis.

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Para cuando llegamos a Grafenhausen era ya media tarde, y nos duchamos y preparamos para ir a la cervecera Rothaus, una de las más famosas de la selva negra. Resulta que justo al lado de Grafenhausen hay una fábrica de cerveza enorme que por supuesto tiene un biergarten tremendo. Allá fuimos a cenar, a volver al knuckel, y a probar cervezas locales. Llegamos tarde para ver la fábrica, que también es museo, aunque pudimos ver la maquinaria por unas cristaleras gigantes. La cena fue un auténtico homenaje, con knuckel, pollo, ensaladas, y las variadas y peculiares birras de Rothaus. Pero durante la cena empezó a llover y tronar como si no lo hubiera hecho nunca. Habíamos tenido muy buena suerte hasta el momento con el tiempo, pero esta super tormenta avanzaba lo que íbamos a encontrarnos en los próximos días. Tuvimos que salir al coche corriendo para no calarnos, y al llegar a la pensión Kramer nos tuvimos que secar.

Nos fuimos a la cama. Mañana íbamos al Paraíso!