02 Mar

Namibia, capítulo 11: La costa del esqueleto

Tras hacer noche en aquel camping en medio de la larga playa de Namibia arrancamos hacia el sur, dirección Swakopmund, la segunda ciudad más grande del país, y una que al tener costa, supuestamente tiene más encanto que Windhoek.  La larga carretera salada de la costa no estaba asfaltada pero tampoco tenía baches ni botes, ya que la gruesa capa de sal, arena,  y vete a saber qué más que había en la superficie hacían que pareciera una carretera nueva, con una conducción suave y agradable que el Corolla agradeció sin duda. Y yo también. Por esa carretera fuimos buscando los famosos naufragios de barcos o de ballenas, que dan nombre a la costa (de los esqueletos), pero no vimos gran cosa, ya que como habíamos leído el día anterior, los restos de barcos son retirados, mientras que los restos de animales son cogidos por gente que vive por allí para intentar venderlos a turistas. Así que más que la costa de los esqueletos, es la costa del esqueleto, ya que sólo hay uno.

De hecho, cuando paramos en el único barco que vimos, una nube de vendedores nos asaltó, supusimos que bosquimanos porque cuando les dejamos atrás se comunicaban con chasquidos. Eran un tanto agobiantes, hasta el punto de pensar que te ponían un poco presión de que si no les comprabas eras racista o algo así.. No sé, mala sensación, aunque no peor que la de cualquier otro país en el que unos señores te vienen a dar la murga para que compres cosas.

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Uno de los pocos barcos que sobreviven a la costa de los esqueletos está (o al menos cuando llegamos), bastante mar adentro, así que tampoco se pueden hacer fotos desde justo debajo del casco, como se suele ver por ahí, aunque supongo que en marea baja la cosa cambiará.

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El mar además estaba bastante picado, como vimos que era costumbre por estos lares, así que tampoco podías acercarte demasiado._MG_6164-2

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El barco se había conertido en un conveniente nido de gaviotas y otros pájaros y daba un espectáculo curioso, pero no era en todo caso lo que teníamos en mente.

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Hacia medio día llegamos a Swakopmund y fuimos directos a comer a uno de los 2 o 3 restaurantes que recomendaba la guía. La verdad es que cada vez desconfío más de la guía, en general parece que los autores no se esfuerzan mucho y te eligen 3 o 4 sitios así como muy en el centro con buena apariencia y luego rellenan con algún garito raro.  Pero en este caso fue un acierto, una especie de cafetería que servían sandwiches y bocatas, y estaba lleno de europeos (arrastrados por la guía, seguramente), con buen ambiente, y buena música. Nos pusimos finos, por primera vez en unos cuantos días, y nos fuimos a ver la ciudad.IMG-20161004-WA0014

Swakopmund es un poco la ciudad bohemia que todos los países tienen, pero claro, aplicado a Namibia no es lo mismo que a un país europeo. Tiene mar, y un estilo colonial curioso y bonito (en el centro, el resto es muyyy sin más).  Y en la zona de la playa hay algunos hoteles con pinta de mucho más caros y elegantes que cualquiera de la capital. Hay un embarcadero de madera con restaurantes que daba algunas de las mejores vistas de la ciudad, y también del mar, del que se podía apreciar su fuerza. Normalmente en estas estructuras las olas romen de tranquis, pero aquí, olas de 3 metros rompían con mucha violencia y mojaban a todo el mundo.IMG-20161004-WA0018

Estuvimos paseando por el centro sin mucho más que ver que la propia arquitectura de la ciudad, y algunas tiendas de artesanía que vendían cosas realmente interesantes y realmente caras. Finalmente para cuando anocheció, que no era muy tarde, nos fuimos a la casita que habíamos alquilado por el centro para ver una peli. Al día siguiente teníamos nueva paliza de coche, para cruzar el trópico y meternos de lleno en el desierto.

18 Ene

Namibia, capítulo 10: Eran cientos de kilómetros de arena

Dejado Okaukejo atrás, y con él, Etosha, nos adentrábamos en la fase dos del viaje: la costa de los esqueletos y el sur desértico. Cambiaríamos los bichos por arena y los cómodos campings por hostiles refugios en medio de la nada. El viaje empezó confirmando algo que  me había venido temiendo desde hacía días.. las carreteras C no eran necesariamente asfaltadas.  Y de hecho íbamos a hacer un porrón de kilómetros oí una carretera de arena.

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Dejado atrás okaukejo no tardamos en llegar a Outjo, donde echamos gasolina y abandonamos toda esperanza de asfalto. Pero algo iba a cambiar en este caso, tras unos buenos 100 o 150 kilómetros por las infernales carreteras estriadas entramos en otro tramo bien diferente. Parecía igual, pero no lo era. La carretera era de arena dura, que tenía abundante sal cristalizada. El resultado era un firme naranja blanquecino, muy liso y algo resbaladizo. Si bien la columna de dirección había dejado de vibrar como si fuera a reventar y parecía indicarme que podía ir a 80 o 90 (a lo loco), había algo en la carretera que no inspiraba confianza. Parecía que en cualquier momento el coche iba a salir disparado patinando.

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Asi que solo por la ausencia de vibración el viaje mejoró bastante, pero no pudimos ir todo lo rápido que podríamos haber ido por aquella recta lisa infinita con máxima visibilidad._MG_6105 _MG_6106

otra cosa bastante impactante de la larga planicie amarilla que estábamos cruzando es que a pesar del sol, hacia frío. Llevábamos más de una semana pasando unos calores infernales en Namibia, y aquí, en medio de esa especie de desierto y con un sol de justicia, hacia frío. Era más que nada por el viento, la costa atlántica de Namibia es extensa en longitud, pero no tiene ningún tipo de obstáculo hacia el interior, así que los vientos fríos del océano entran muchos kilómetros tierra adentro. De hecho, cuando llegamos a la costa, aunque parecía que hacía sol, si mirabas al océano solo había nubes. Era un ambiente raro, soleado y nublado a la vez, hostil, frío, con viento y mucha humedad, y el mar estaba muy bravo. Con razón se hundían tantos barcos aquí, niebla y aguas bravas poco profundas eran una combinación muy risas.

Nuestro destino era Swapkomund, la ciudad más grande la costa, y de hecho creo que la segunda ciudad de Namibia en tamaño. Pero antes de eso íbamos a pasar un día en la costa de los esqueletos, para disfrutar un poco más esa costa de 400 kilómetros de playa y con suerte ver algún barquito naufragado. Además había una colonia de focas (lobos marinos) que según los libros albergaba 100.000 ejemplares. Sí, cien mil. A mí me parecía una exageración hasta que llegué allí y lo vi. La colonia era absolutamente brutal en tamaño, el olor nauseabundo, y los gritos de las focas, dantescos. Las focas estaban por todas partes, no tenían ningún tipo de miedo a las personas y se acercaban y paseaban por debajo y encima de las pasarelas de personas. Casi todo el mundo que estaba allí llevaba la cara tapada por el olor.

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Las focas se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Era absolutamente e xagerada la cantidad de focas._MG_6120 _MG_6121 _MG_6123

el agua estaba amarilla por donde había focas, por sus desechos. _MG_6125 _MG_6126 _MG_6127 _MG_6128 _MG_6130 _MG_6133 _MG_6136 _MG_6139 _MG_6145

Mar bravo, nubes, sol, niebla, humedad, viento… todo a la vez._MG_6147 _MG_6148

cuando nos cansamos del olor, nos fuimos al camping donde habíamos cogido para dormir esa noche, con idea de montar la tienda y pasear por la playa, sin focas, y er algún naufragio. La playa no defraudaba,hacia el sur, a 3 kilómetros estaba la colonia. Hacia el norte, 300 kilómetros más de playa continua. En esta playa vimos una foca cría que se había extraviado de l grupo y no conseguía volver a entrar al agua, tal era el nivel de resaca y embravecimiento del mar. La estuvimos viendo pelear contra las olas un buen rato pero no consiguió nada. Tampoco nosotros podíamos hacer nada por ella._MG_6150 _MG_6151 _MG_6155 _MG_6158 _MG_6159

el camping que habíamos cogido tenía una estética un tanto sovietica, con las plazas de camping separadas por paredes de ladrillo sin lucir. Pero algo que en principio parecía que nos e echaba para atrás, resultó se de gran utilidad ante el viento que se levantó por la noche. Si por el día había sido fuerte y racheado, por la noche se convirtió en huracanado. Menos mal que había paredes de ladrillo al lado de la tienda porque si no salimos volando._MG_6162

Por otra parte, el camping tenía un bonito y elegante restaurante con chimenea en el centro y motivos marítimos, muy poco namibio, pero en el que cenamos como señores, una cena totalmente europea y deliciosa. Nunca pensé antes en este viaje que agradecería estar sentado junto a una chimenea, pero la costa de los equeletos, su viento humedad y frío hicieron que fuera una de las experiencias más acogedoras del viaje.

No habíamos visto barcos al final, pero por suerte en el camping había un mapa con las localizaciones de los que aún estaban visibles, ya que normalmente los iban retirando. Así que ya teníamos plan para mañana, de camino al sur.

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